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Capítulo 3: Aplausos prestados

last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-27 06:04:41

La Semana de la Moda de Nueva York olía a laca, a flores caras y a ambición.

Esa mañana, Lucas le había dicho en el desayuno, sin levantar la vista del teléfono: «Siéntate atrás, que no quiero distracciones». Ella había asentido. Se había puesto un vestido negro sencillo, se había recogido el cabello y había llegado una hora antes para sentarse donde nadie la mirara.

Ariadna ocupaba un asiento de segunda fila, sin nombre en la tarjeta, junto a una anciana que no dejaba de abanicarse. A tres lugares, en primera fila, Eugenia lucía su collar de perlas. Y a su lado, con un vestido verde esmeralda que Ariadna había descartado de su propio armario, Regina sonreía a las cámaras como si ya fuera de la familia.

Cuando se apagaron las luces, todos guardaron silencio.

La primera modelo apareció con un vestido de seda azul medianoche.

A Ariadna se le apretó el pecho. Lo conocía puntada a puntada: el drapeado que imitaba el río bajo la luna, el escote en la espalda, la costura del hombro izquierdo que había rehecho siete veces hasta que cayó sin peso. Pasó una modelo, luego otra. Alguien aplaudió. Después, toda la sala.

Y al final, Lucas salió a la pasarela con un traje oscuro, saludando con la mano.

El aplauso fue una ola.

Ariadna aplaudió también. Despacio, con la mano en el vientre, mientras su esposo recibía el mérito de sus noches sin dormir. Las lágrimas le quemaban los ojos, y no eran de tristeza. Eran de rabia, fría, fina como una aguja.

«Disfrútalo», pensó. «Es el último aplauso que te voy a prestar».

* * *

En el pasillo de prensa, una periodista le acercó el micrófono a Lucas.

—¿De dónde nace la inspiración de Medianoche en el Hudson?

Lucas sonrió con esa seguridad que Ariadna había visto tantas veces ante el espejo.

—De mi instinto y del legado de mi abuelo. Los Montalvo llevamos la moda en la sangre.

Ariadna, a unos pasos, sintió que la náusea le subía por la garganta. Se llevó la mano a la boca y respiró despacio, como le había enseñado la doctora. Tranquilo, pensó, dirigiéndose al bebé. Pronto se acabarán las mentiras.

Detrás de los telones, el caos era un animal vivo. Fue hasta el camerino con el pretexto de ayudar con los ajustes y, al pasar junto a una cortina entreabierta, oyó risas masculinas.

—¿Y la esposa? —preguntó Gael, el mejor amigo de Lucas.

—Por ahí, con su cara de santa —rio Santiago—. Ni sospecha. Es perfecta, Lucas, de verdad. La esposa perfecta no se entera de nada.

—Y la otra le va a dar el heredero —añadió Gael—. Qué suerte tienes, cabrón.

Ariadna se quedó inmóvil. Esperó a que Lucas defendiera su nombre, aunque fuera con una palabra.

—No hablen así de mi esposa —dijo Lucas.

Un segundo de esperanza.

—Es lo mejor que me ha pasado, pero no es la única.

Las risas siguieron. Ariadna dio media vuelta y caminó sin hacer ruido, con la espalda recta. Había aprendido a no llorar en esa casa. En esa pasarela aprendió algo nuevo: a guardar nombres.

Gael. Santiago. Lucas.

* * *

En el salón del cóctel, entre copas de champán, la gente se acercaba a Lucas como moscas a la miel. Ariadna se quedó junto a una columna, con una copa de agua.

—Qué orgullosa debes de estar de tu esposo —dijo Regina, apareciendo a su lado. Llevaba el vestido verde pegado al cuerpo y una mano posada, con descuido ensayado, sobre el vientre—. Tan talentoso. Tan generoso con lo que no es suyo.

Ariadna sostuvo su mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. —Regina sonrió—. Que a veces las esposas tardan en entender cuál es su lugar. Yo solo me estoy adelantando.

—Qué amable de tu parte.

—Soy amable. —Se inclinó y le susurró al oído—: Para cuando ese vestido salga en las revistas, la señora Montalvo seré yo.

Se alejó con el taconeo suave de una ganadora. Ariadna apretó la copa hasta que el cristal le dejó una marca en la palma.

Desde la otra punta del salón, Eugenia las observaba con una copa en la mano. No sonreía. Había algo en su mirada que Ariadna no supo descifrar: no era triunfo, era cálculo. Como si hiciera cuentas que no terminaban de cuadrar.

Fue entonces cuando apareció un hombre que no sonreía.

Era alto, de unos treinta y cinco años, con un traje negro hecho a medida y ojos grises que parecían medir cada cosa antes de tocarla. No se movía con prisa, y sin embargo la sala se abría a su paso.

Había en él una quietud peligrosa, la de un animal que no necesita demostrar que puede morder.

—Mateo Valcárcel —susurró alguien—. El dueño de Valcárcel Group. Dicen que compra las casas de moda que se hunden y las levanta.

Mateo se detuvo frente a Lucas.

—El vestido azul —dijo, sin saludar—. El de la costura del hombro izquierdo. ¿Por qué lo hizo así?

Lucas parpadeó. Rio, nervioso.

—Bueno, quería que tuviera caída.

—¿Caída?

—Sí. Mucha caída.

Mateo lo miró un segundo más de lo cómodo. Luego, sin que Lucas lo notara, sus ojos grises se desviaron entre la multitud y se posaron en Ariadna.

Fue un instante. Pero ella sintió como si él hubiera visto debajo de la tela.

—Quien dibujó ese vestido —dijo Mateo, en voz baja, todavía mirándola— sabe lo que es cargar con un peso y fingir que no existe.

Lucas se rio otra vez, sin entender nada de lo que acababa de oír.

Mateo sacó una tarjeta, se la pasó a su asistente y caminó hasta Ariadna. Rozó su mano al dejarla en la palma y siguió de largo.

Ariadna bajó la vista.

Cuando quiera hablar con quien de verdad dibuja, llámeme.

Le temblaron las manos. Cerró los dedos y guardó la tarjeta junto a los zapatitos de lana.

No durmió esa noche. Sobre la cama, con la tarjeta entre los dedos, repasó cada palabra de Mateo Valcárcel. Quien de verdad dibuja. Alguien, por fin, había mirado el vestido y no el apellido.

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