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Capítulo 2

Author: Isabella Solís
El asistente de Jaime permanecía junto a la puerta, visiblemente incómodo.

—Señor Rosales, la señorita Peña lo está buscando.

Antes de guardar el celular, debió de notar que yo había visto la nueva foto de perfil en la que aparecía con Valentina y el bebé.

—La foto de perfil es solo temporal. La cambié para complacer a Valentina. No le des importancia. Después volveré a poner la de antes.

Se marchó a toda prisa.

Lo observé alejarse hasta que desapareció por completo. Luego cambié la foto de pareja que habíamos usado durante diez años.

Él no sabía que mi abogado ya había presentado el convenio firmado ante el juzgado de familia para iniciar el divorcio.

Tampoco sabía que el treinta por ciento de las acciones del Grupo Rosales estaba legalmente registrado a mi nombre desde hacía años. Eran bienes propios, quedaban fuera del patrimonio conyugal y podía disponer de ellas cuando quisiera.

Para nosotros no habría un después.

Tras dejar a una colega a cargo de mis pacientes, regresé a la habitación que tenía asignada mientras me recuperaba en el hospital. Sobre la mesa había un ramo de lisianthus.

Al verme entrar, una auxiliar de enfermería bromeó con una sonrisa:

—Su esposo debe quererla muchísimo. No pasa un solo día sin mandarle flores.

La miré y también sonreí.

—Usted es nueva, ¿verdad?

Todo el hospital sabía que yo había atendido los partos de las amantes de mi esposo. Desde hacía tiempo, mi matrimonio era uno de los temas favoritos de conversación.

Además, Jaime ni siquiera elegía las flores; su asistente se encargaba de enviarlas.

Jaime siempre había cuidado mucho las apariencias: aunque una de sus amantes estuviera dando a luz, jamás olvidaba mandar un ramo para mantener tranquila a su esposa.

Sin esperar respuesta, le tendí las flores.

—Tírelas, por favor. Soy alérgica al polen.

La sonrisa se le borró del rostro. Tomó el ramo y salió.

Enseguida recibí un mensaje de Jaime:

"¿Te llegaron las flores? Las elegí especialmente para ti".

Mis dedos se detuvieron sobre la pantalla. Recordé el lugar donde me había pedido matrimonio, cubierto por completo de flores.

Jaime había retirado los estambres de todas las flores para evitarme una reacción. Al manipular los tallos sin guantes, se había llenado los dedos de pequeños cortes.

Cuando deslizó el anillo en mi dedo, vi aquellas heridas de cerca. Me eché a llorar al imaginar cuánto debían de dolerle, pero él lo ocultó bajo su habitual aire despreocupado.

—¿Qué te parece? Te prometí que te pediría matrimonio de una forma que jamás olvidarías. No exageraba, ¿verdad?

Yo sí había conocido al Jaime que me amaba. Por eso entendía mejor que nadie lo poco que se esforzaba ahora que ya no sentía nada por mí.

Sin embargo, durante años me empeñé en aferrarme a él. Lo vi tener un hijo tras otro con distintas mujeres y, aun así, no fui capaz de soltarlo.

Ahora estaba cansada.

Podía tener todos los hijos que quisiera con quien quisiera. Ya no era asunto mío.

No respondí.

Por primera vez en mucho tiempo, logré dormir, aunque las pesadillas no me abandonaron. Cuando desperté aquella tarde, Jaime estaba sentado junto a mi cama.

Sostenía mi celular y fruncía el ceño.

—¿Por qué cambiaste la contraseña?

En lugar de responder, pregunté:

—¿Qué haces aquí?

Debía de venir de la habitación de Valentina y del bebé. Aparté el rostro por instinto.

Jaime notó mi rechazo y frunció aún más el ceño, pero se contuvo.

—No contestaste mi mensaje.

Lo dijo con un tono dolido.

Lo miré fijamente y recordé nuestra antigua promesa: sin importar la hora, responderíamos en cuanto viéramos un mensaje del otro.

No sabía en qué momento nuestra conversación había terminado convirtiéndose en un monólogo. Si no recordaba mal, la última vez que había respondido uno de mis mensajes había sido un mes atrás.

—Estaba dormida. No vi el mensaje —respondí con indiferencia.

Jaime vaciló un momento, como si no supiera si debía continuar, pero al final habló:

—Valentina quiere celebrar una boda. Camila, ¿podrías dejar que Valentina use todo lo que preparaste para nuestra boda?

Me quedé inmóvil.

Llevábamos siete años casados por lo civil, pero nunca habíamos celebrado una boda porque su familia se había opuesto a nuestra relación.

Durante aquellos años, Jaime me había prometido varias veces que algún día me daría la boda que me debía. La primera vez, fijamos la fecha poco después de perder a nuestro primer hijo, pero me dijo que tenía un viaje de trabajo. En realidad, acompañó a su primera amante a un control prenatal.

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