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Después de Siete Hijos, Lo Abandoné
Después de Siete Hijos, Lo Abandoné
Author: Isabella Solís

Capítulo 1

Author: Isabella Solís
Justo cuando le devolví el convenio firmado, sacaron a Valentina Peña de la sala de partos en una camilla.

Jaime corrió hacia ella con tanta prisa que me apartó de un empujón. Sentí una punzada en el vientre, todavía dolorido por la pérdida que había sufrido tres días antes, y palidecí al instante.

Pero nadie se fijó en mí. Todos rodearon a Valentina para preguntarle cómo se sentía.

Apoyándome en la pared, regresé lentamente a mi consultorio. Sobre el escritorio estaba el informe médico de aquella pérdida y, al verlo, las lágrimas me nublaron la vista.

Tres días antes de que naciera el séptimo hijo extramatrimonial de Jaime, había sufrido una nueva amenaza de aborto que terminó con la pérdida del bebé.

Era la tercera vez que perdía a un hijo.

Mientras soportaba el dolor, sola en una sala de procedimientos y sin un solo familiar a mi lado, Jaime acompañaba a Valentina, que estaba a punto de dar a luz, a una función de ópera en el mismo teatro donde había comenzado nuestra historia.

Yo apenas llevaba tres días recuperándome cuando, a las tres de la madrugada, Jaime me sacó de la cama del hospital para obligarme a atender el parto de Valentina.

Con los ojos enrojecidos, me llevó casi a rastras hasta la sala de partos y, ahogado por la angustia, me dijo:

—Camila, Valentina es muy joven y este es su primer parto. Eres la única médica en la que confío.

En aquel momento, me cambié en silencio y me puse la ropa quirúrgica.

No discutí ni hice una escena. Tampoco lo insulté ni le exigí explicaciones hasta perder el control, como había hecho otras veces. No lloré hasta quedarme sin fuerzas ni me negué a entrar al quirófano.

Yo misma llevé a Valentina a la sala de partos y la atendí con la misma serenidad que a cualquier otra paciente.

Después de diez años al lado de Jaime, ¿cómo no iba a darme cuenta de que esta vez se había enamorado de verdad?

Deslicé la mano sobre la fotografía que teníamos juntos en el escritorio. En ella, Jaime aparecía con el rostro cubierto de heridas y un brazo enyesado. Con el otro me rodeaba los hombros mientras sonreía con su habitual aire despreocupado.

Con los dedos temblorosos, saqué la foto del marco. En el reverso se leía, escrito con letras grandes:

"Jaime protegerá a Camila toda la vida".

Aquel día yo acababa de cumplir dieciocho años. Mi padre, un adicto al juego, me había vendido a un burdel.

Jaime fue a rescatarme. Lo golpearon hasta dejarlo cubierto de heridas y le rompieron un brazo. Nunca volvió a jugar al baloncesto, el deporte que más amaba.

Incluso herido, en el hospital me pidió que nos tomáramos una foto para celebrar mi cumpleaños y me dijo con una sonrisa:

—No tengas miedo. De ahora en adelante, yo te protegeré.

Acaricié su rostro en la fotografía y murmuré:

—Tú me salvaste una vez y yo pagué esa deuda con la vida de tres hijos. Ya estamos a mano.

Rompí la foto y la arrojé a la basura.

Alguien llamó a la puerta. Jaime entró y, al ver el marco vacío, preguntó sin pensar:

—¿Dónde está nuestra foto?

Sin esperar mi respuesta, me puso el celular delante, entusiasmado.

—¿Cuál de estos nombres te gusta para el bebé?

Al ver aquellos nombres en la pantalla, sentí que el pecho se me cerraba.

Eran los mismos que yo había elegido durante mi primer embarazo, después de pasar noches enteras pensando en ellos.

Observé su rostro con atención: la sonrisa radiante, la ternura de sus ojos y la alegría de volver a ser padre.

Fue entonces cuando comprendí que él había olvidado por completo aquella lista y todo lo que representaba.

Nuestro bebé solo vivió treinta y siete días. Había nacido con aquella enfermedad hereditaria y era demasiado débil para sobrevivir a aquel invierno.

—¿Camila?

Al verme distraída, volvió a llamarme. Su sonrisa se apagó un poco y dijo con evidente fastidio:

—Creí que ya lo habías entendido. Te lo he explicado mil veces. No puedo permitirme quedarme sin herederos. Si me amaras, entenderías que…

Lo interrumpí con calma:

—Ponle este.

Señalé el nombre que había llevado nuestro hijo.

Jaime se quedó desconcertado. Estaba a punto de hablar cuando oyó un ruido detrás de él.

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