INICIAR SESIÓNAntes de cruzar las puertas de madera de doble hoja que encerraban la sala de juntas de aquel bufete, el abogado de Lisa Díaz la detuvo, tomándola de un brazo.
—Está bien, aceptemos esto: como tu defensor no lo recomiendo. Posiblemente Bader no tenga problema alguno a que esto se haga con permisos legales, ya que aún no se ha enviado tu denuncia a un departamento policial. Ella tendría que hacer llamar a un agente de la ley colaborador de su juridiscción. —La mujer escuchaba atentamente—. Así que, si te quedas a solas con ese hombre... —George tragó grueso y lo que diría a continuación, lo soltaría con toda la convicción y consciencia que podía reunir dentro de sí—, llama a Peter y mantén la llamada encendida, que Smith no se de cuenta —le dijo, observando cómo los ojos grises de ella tomaban un brillo particular ante el consejo de Miller, quien luego de decir aquello, miró a Peter y le dijo por señas que estuviese al pendiente de su móvil—. Déjame hablar a mí, a menos que Bader pida que hables tú.
A Lisa no le debía sorprender dicho mandato y trabajo en equipo. Su abogado le estaba diciendo que hiciera partícipe a su agente de seguridad de lo que su futuro ex esposo le diría, pero ella sabía que aquel grabaría la conversación sin importar si era privada o no.
Ella entendía que todo se debía a su seguridad, pero le sabía amargo ese protocolo. Quiso preguntarles tanto a Peter como a George, cuántas veces ella había sido grabada de esa forma.
Respiró profundo y exhaló todo ese aire que le ayudaba a calmarse para volver al ruedo.
Asintió.—Está bien, llamaré a Peter. —Se enderezó y entró a la sala de juntas.
—Disculpen los presentes —habló George, sentándose en el mismo asiento de antes, junto a Lisa, y le hizo señas al asistente de Bader para que encendiera de nuevo la cámara—. En base a la petición emitida por la defensa, mi cliente ha aceptado una cercanía de cuerpo para una conversación con el señor Jefferson Smith, pero exponiendo una nueva condición, si la parte defensora está de acuerdo. La condición es que dicha conversación se efectúe en las presentes instalaciones con la posibilidad de vigilancia policial. Debo destacar que no es baladí la denuncia en contra del señor Smith por abuso sexual y contacto agresivo. —George deslizó el folio más terrible de todos, donde estaban las pruebas físicas y forenses que daban razón a la denuncia por parte de su clienta.
Bader abrió el expediente y quiso ocultar su estupor al ver las facciones de Lisa Díaz destrozadas por los golpes propinados por, como lo estipulaba la denuncia, Jefferson Smith hace aproximadamente dos años.
La jueza no miró las caras de los involucrados en la denuncia, pero de nuevo, tenía que felicitar al abogado de la demandante, George J. Miller, por su azaña de traer a colación el tema de abuso con el mínimo de pruebas, entendiéndolas contundentes para pedir protección.
Bader miró a Miller y asintió.
—La juridiscción acepta la protección policíaca y que la conversación se haga en este edificio y el día de hoy posterior a la firma —dijo, sin permitirle hablar a la defensa. Miró a su asistente, quien abrió los documentos de divorcio y se los entregó a Lisa—. Señora Díaz, aunque ya ha firmado las primeras misivas para efectos de entrega de los documentos al señor Smith, su rúbrica se oficializa en este instante. Mi asistente le indicará dónde tiene que firmar. ¿Está usted segura de hacerlo?
—Sí, su señoría.
Bader asintió y todos vieron cómo Lisa Díaz firmó sobre los lugares que el asistente le indicó.
George miró muy bien, detallando a la mujer que amaba, separarse de ese monstruoso ser sin que el pulso le temblara, como si colocara un autógrafo, o entregara un simple cheque.
Luego de terminar de colocar su nombre en cada espacio de las planillas que el asistente de Bader le cedió, Lisa colocó la estilográfrica en la mesa y la rodó hacia Jefferson.
George quiso sonreír.
El asistente de la jueza tomó los documentos y se los dio al demandado, quien, con expresión serena, firmó todo.
No era tan seguro saber si Lenis y George captaron lo mismo al momento de la firma de Smith, pero después de perseguirla, acosarla y maltratarla, parecía dejarla libre demasiado fácil y rápido, sin parecer molesto o rendido, además, de solo exigir una conversa.
El abogado estaba seguro que dicho comportamiento se debía a la demostración ante la jueza de buena voluntad y de que un hombre como él, pacífico, consciente y centrado, no podía ser capaz de cometer la atrocidad retratada en la imagen que Bader acababa de ver hace tan solo minutos.
A Lisa le parecía extraño el comportamiento de Jefferson, pero no era la primera vez que lo veía. En numerosas ocaciones, ella pudo ver a ese hombre controlado y ecuánime, pero siempre fachada de algo peor. Pedir permiso para acercarse a ella llevaba un plan, ella lo sabía, pero no podía ser mejor idea que intentar averiguarlo oficializando el divorcio.
Cuando el rubio asesor del gobernador terminó de firmar cada hoja, alzó la cara y miró a Lisa.
Bader recibió los documentos y los revisó, pasándoselos a su asistente, a quien también le dejó un mensaje que lo hizo levantarse y salir por un momento.
—Muy bien —habló Margareth Bader—, la señora Lisa Díaz, ciudadana de este país y el señor Jefferson Smith, ciudadano de este país, a partir de hoy dejan de ser esposa y esposo ante la ley de este estado y ante Dios como testigo, pero esta audiencia aún no ha terminado. —Ambos abogados esperaban que la jueza dijera eso, pero los ex esposos sí se sorprendieron—. Con respecto a la denuncia de abuso y maltrato patriarcal, se abre una investigación a partir de este momento. Ninguna de las partes puede salir del país en el tiempo que se establezca dicha investigación. En breve estará presente un agente policial quien recibirá la denuncia para oficializarla. Señora Díaz —ambas mujeres se miraron fíjamente—, usted tendrá que acudir a la estación de policía junto a su abogado para emitir la denuncia ante las autoridades competentes. Son ellos quienes oficializarán la orden de alejamiento. Mientras tanto, si ambas partes desean mantener la conversación solicitada ante mi jurisdicción, pueden sostenerla en este mismo edificio el día de hoy, y usted podrá acceder a ello con testigos presenciales. Yo misma le informaré de esto al agente policial. Señor Smith —ahora, eran ellos dos quienes se miraban—, sabemos que su cargo le obliga a viajar dentro del estado y en ocasiones, salir de la provincia, pero tiene terminantemente prohibido salir del país desde este momento. Espero que colabore en la misiva y que no acumule cargos en los documentos presentados el día de hoy. —Los miró a todos—. Ya podemos retirarnos de la sala, pero debemos esperar la llegada del oficial. —La jueza se levantó y salió de aquel salón, acompañada por su ayudante.
Adam Coney y Jefferson Smith se pusieron de pie, la asistente de Coney también, al igual que George J. Miller, sin decirse nada más, solamente viendo cómo todos salían del gran despacho de juntas.
A punto de salir, el abogado de Lisa se detuvo en el umbral de las puertas dobles y se giró hacia el interior. Su clienta permanecía sentada y tenía los ojos cerrados, los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados.
George se paralizó por completo, sintiendo cómo la piel parecía erizarse por las enormes ganas de acercarse y abrazarla.
Lenis Evans era libre.
Se había divorciado por fin, pero la batalla continuaba, de hecho, aún no podían salir del edificio hasta que un oficial de policía se llevara los documentos, o hasta que ella y Jefferson conversaran.
George se fijó bien, pudo darse plena cuenta que Lenis oraba, aún más cuando, después de sus susurros muy bajos y personales, pasó ambas manos por su cara, así como solía hacerlo su difunta madre cuando le pedía a Alá por alguien, o cuando le agradecía.
Él se quedó de pie, observando a una mujer dar las gracias por haberse liberado y por primera vez sintió que su trabajo valía la pena, que podía transformar por completo la vida de las personas.
Alguien tocó una de las puertas dobles abiertas.
—Disculpe, señor Miller —era su secretaria—, el oficial de policía ya llegó.
Lenis abrió los ojos y suspiró, levantándose y dirigiéndose a la salida de la sala.
—Perfecto, gracias. En breve nos encontramos con los demás —dijo el abogado.
La chica asintió, los miró a ambos y salió, cerrando las puertas tras de sí.
George tomó a Lenis del brazo, deteniéndole el paso. La atrajo hacia sí, tan solo un poco, y acercó su rostro al de ella.
Miró sus ojos, su cara, ella claramente había evitado llorar. La estaba empezando a conocer: a ella no le gustaba dejarse ver así, la hacía sentir demasiado débil, pero lo que ella no sabía era que George la admiraba y la seguiría admirando llorase o no, sabiendo él que sus lágrimas eran un símbolo de su más pura humanidad, de esa misma de la que él estaba enamorado.
—¿Estás segura de querer conversar con tu ex esposo? —lanzó él con una exhalación al final, porque se sentía genial decir el dichoso estatus, siento éste ya una realidad.
George sonrió, pero de inmediato se puso serio para que no se malinterpretara nada. Había notado cómo levemente Lenis evitaba sonreír también: ella había sentido el efecto gozoso de la palabra «ex».
El abogado arrastró la mano por lo largo y ancho del brazo de ella en descenso, hasta encontrarse con la delicada mano de Lenis. Él apretó esa mano haciendo que el corazón de ella se acelerara, ambos sintiendo cómo la sangre bullía.
George abrió la boca, pero no dijo nada. Negó con la cabeza y sonrió triste. Exhaló de tajo, dejando caer los hombros por un momento para luego mirarla directo al rostro.
Cuando su ámbar se topó con los ojos de ella, él pudo ver atrapadas sus lágrimas y tuvo que ser fuerte para no besarla, abrazarla y sacarla de allí.
Él amagó varias veces, no quería estropera el momento, quería sostener su mano por más tiempo, pero algo tenía que decir.
—Siento mucho lo que te hice, Lenis. —Él apretó la mandíbula al decirlo, sintiendo un nudo extraño en la garganta porque ultimamente la sentía demasiado lejana y con toda razón.
Ella lo miró por un par de segundos.
—El oficial ya llegó —recordó Lenis con una voz baja.
George suspiró y asintió, pasando la lengua por sus labios y abriendo la puerta con el ceño fruncido, permitiendo que ella saliera primero.
Los quejidos de una chica se filtraron por los ductos de ventilación del gimnasio. Carla Davis, hermosa mujer de casi cuarenta años aunque con un aspecto juvenil, de cabellos negros y lacios, elegantemente alta, con rasgos levemente asiáticos, mezclados con sangre y raíces inglesas, se apartó del agua de la ducha para escuchar mejor el bullicio que parecía envolverla o caerle encima. Era de noche, términos de diciembre. Carla ya llevaba tiempo sin poder asistir al spa, a nadar en la pileta o hacer ejercicio, por lo que esa noche prefirió quedarse más tiempo del establecido allí en el gimnasio donde siempre solía entrenar.La ducha estaba deliciosa. Agua tibia y relajante. Pero tuvo que cerrar la llave del grifo para así poder prestar mejor atención, quedándose absolutamente quieta, intentando comprender lo que se escuchaba en el recinto. El eco que regalaba la quietud le permitía auscultar mejor todo. Hasta un alfiler cayendo sobre ese mismo suelo podía ser escuchado por cualquiera
El abogado miraba el horizonte desde su terraza, dos semanas después del terrible episodio con el forastero hijo de Turgut. Cerró sus ojos momentáneamente para respirar el aire puro que le rodeaba. Diciembre les tocó la puerta. En las calles de la ciudad, las casas, tiendas, oficinas y establecimientos de negocios ya se encontraban decorados con motivos navideños. Luces, alegría, comercio a rabiar, villancicos y vacaciones escribían la historia de cada ciudadano dentro de aquella metrópolis. Abrió los ojos y volvió a enfocarlos en el bello paisaje que tenía de frente. Adoraba las alturas, haciéndole sentir imponente, poderoso, como el jefe de su propio entorno. Y lo era. Era el jefe de su vida, de su bufete de abogados y de sus lugares para vivir y pernoctar. Incluso, era jefe de un hotel, ya que la mayoría de las acciones que sus amigos y él invirtieron en el mundo hotelero, eran de él, y bien que podía mencionarse dueño de aquel recinto, al igual que los otros dos jefes, a pesar
—Mi padre se ha salido de control —dijo Kheral—. La única solución para encarrilarlo es cumpliendo con todo lo que mande.—¿Dónde está? —ladró George, interrumpiédole. Lenis le miró alarmada, intentando detenerle o calmarlo—. ¿Dónde se está escondiendo? Es él quien debería asesinarnos. Si hay alguien que deba apretar el gatillo en contra nuestra, es él, Ferit Turgut, no su súbditos ni su propio hijo.Lenis se sentía cada vez más nerviosa. Su celular estaba dentro de su cartera, el de George sobr su pierna y al mirarlo, se percató que la pantalla parecía brillar.El corazón latió desbocado. George logró efectuar la llamada y la misma seguía en curso.Quiso tomar su móvil, quiso acercarse al de él, pero suponía una tarea imposible sin que el hijo de su padrastro se diera cuenta la lastimara.Lenis solo podía confiar en la experticia de Peter Embert y en la pericia para llegar hasta ellos en tiempo record.Miró a su eposo. Su lenguaje corporal y las facciones daban lectura a una tácita
El tiempo para Lenis pasó lento y veloz a la vez.En sí misma, ocurría un espesor extraño, parecía que se había quedado estancada bajo una misma expresión, como si sus latidos del corazón se establecieran y desoyeran el resto.Mientras detrás de ella la gente salía, entraba, venía gente…, mientras su ropa cambiaba, sus peniados, el maquillaje y los zapatos…, mientras su sonrisa aprecía por inercia, los abrazos también, la comida entraba a su estómago y su metabolismo no se detenía para procesar todo alimento…, mientras George, Max y Peter la observaban, de vez en cuando, preocupados…, Lenis contemplaba un horizonte inexistente, manteniendo sobriedad sobre sí, como si el interruptor desu consciencia se apagara de repente y actuara el insconciente vistiéndose de ella.Para todos, el tiempo les permitió esperar los resultados de la autopsia, los cuales arrojaron lo que ellos temían: la mujer encontrada en las aguas no tan profundas entre la costa y la isla, era Francis de Turgut.No fue
—Disculpa, no quise…Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un papel blanco rectangular que él volteó cuando la vio parada allí, junto a un vaso de whisky.Ella se cruzó de brazos.Mientras, George disfrutó por un momento cómo la luz que provenía de la sala y la cocina entraba por el pasillo de habitaciones y la iluminaban tenuemente en contraluz, rodeándola de un brillo luminoso excepcional.El abogado recostó su espalda en la silla, evidentemente cansado, y le dio un trago a su bebida.—¿Estás bien? —preguntó ella.Él asintió.—Sí. Termino de hacer unas cosa
George salió de la habitación, Lenis aún dormía plácidamente.Tomó su abrigo, cubrió con él su pijama de suéter manga larga y pantalón de algodón, se calzó unos zapatos deportivos y salió a la terraza para contemplar el paisaje.Llevó su teléfono celular. Cruzó a la izquierda, subió el escalón de tarima y se acercó a la balaustrada de bloques rojos que lo cercaba todo, respirando profundo ese aire frío de noviembre.Mientras tanto, Max veía, desde una camioneta negra, el desarrollo del operativo. Rogaba al cielo que no fuese exitoso.En La Nave se presionaba a Carmen para que hablara, se coordinó una visita a Jefferson y a su sobrino, Donald, con una nueva orden de la jueza para que fuesen de nuevo interrogados en compañía de su nuevo abogado, quien, antes del operativo de búsqueda, recibió el aviso.Cindy D’Vigo logró, con sus abogados, conseguir casa por cárcel y se esperaba su juicio. Los litigantes buscaban que el tiempo detenida fuese su propia condena ya cumplida. Cindy era cómp







