ログインEl sábado a las siete y cincuenta de la noche, yo estaba parada frente al espejo de mi habitación sintiendo que el corazón se me salía por la garganta.
Había cambiado mi uniforme corporativo por un vestido ajustado de punto en tono vino tinto, de manga larga y escote modesto, pero que marcaba las curvas exactas de mi cuerpo sin llegar a ser vulgar. Me dejé el cabello suelto, cayendo en ondas suaves sobre los hombros, y me apliqué un lápiz labial del mismo tono que el vestido. No quería parecer desesperada ni demasiado arreglada, pero tampoco pensaba ir vestida como si fuera a revisar estados financieros. A las ocho en punto, el timbre de mi departamento sonó. Ese maldito hombre era puntual hasta para desarmarme la existencia. Tragué saliva, tomé mi bolso de mano y fui a abrir la puerta. Al otro lado estaba Matthew. Se me cortó la respiración. Llevaba un pantalón oscuro bien cortado, una camisa negra de cuello abierto que dejaba ver la base de su garganta y una chaqueta de cuero sobre los hombros. Se veía ridículamente atractivo, tan lejos del estereotipo de CEO en traje rígido que mi cerebro tardó un par de segundos en procesar la imagen. Sus ojos grises me barrieron de arriba abajo, despacio, deteniéndose en mi boca con una intensidad que me hizo apretar el asa del bolso. —Estás increíble, Anastasia —dijo con esa voz grave que siempre me erizaba la piel. —Tú tampoco te ves mal, King —respondí, intentando mantener la compostura mientras cerraba la puerta con llave y me ponía a su lado. No fuimos a ninguno de los restaurantes ejecutivos de moda donde la élite empresarial solía dejarse ver. Matthew me llevó en su automóvil deportivo hasta un pequeño local italiano escondido en una callejuela empedrada del centro histórico. El lugar tenía paredes de ladrillo expuesto, luz tenue de velas y pocas mesas sepultadas en una atmósfera íntima y acogedora. —Pensé que me llevarías a algún sitio lleno de fotógrafos o de colegas de la empresa —comenté mientras el camarero nos servía dos copas de vino tinto. —Te prometí una cena sin presiones y sin chismes de oficina —respondió Matthew, apoyando los codos en la mesa y mirándome fijamente—. Además, este lugar es mío. O bueno, de un viejo amigo. Aquí nadie te va a molestar ni a juzgar. Durante la primera hora de la cena, la tensión flotó en el aire como un hilo delgado a punto de romperse. Pero a medida que pasaban los minutos y el vino hacía su trabajo, la armadura de ambos empezó a ceder. Descubrí cosas de Matthew que jamás habría imaginado leyendo su expediente laboral. Supo que venía de una familia humilde y que había construido su imperio a base de no dormir y de soportar traiciones corporativas que lo volvieron paranoico y distante. Por mi parte, le conté sobre mi infancia en un pueblo pequeño, sobre la presión que sentía por no fallar jamás y el pánico visceral que me daba que un tropiezo profesional arruinara todo por lo que había trabajado. —Por eso te asustaste tanto la mañana de Halloween —dijo Matthew en voz baja, jugando con el tallo de su copa de vino. —Claro que me asusté —admití, sosteniéndole la mirada—. No soy una modelo de revista ni una mujer de la alta sociedad con la que puedas salir en portadas. Soy tu empleada. Si la gente se entera, para ellos no seré la profesional capaz que entrega balances perfectos; seré la zorra que trepó a la cama del dueño. Y me da pánico que reduzcan todo mi esfuerzo a eso. Matthew dejó la copa sobre la mesa de madera. Su mirada se volvió oscura, profunda y dolorosamente honesta. —Nadie en esa empresa te ha regalado nada, Anastasia. Tu trabajo es impecable y lo sabes. Si alguien se atreve a decir una sola idiotez sobre ti, se va a la calle ese mismo día. Pero te juro por lo que quieras que mi interés en ti no tiene nada que ver con un poder corporativo ni con un antojo pasajero. —¿Entonces qué es? —pregunté, sintiendo que el aire entre los dos se volvía denso. —Que me vuelves loco —soltó sin pestañear—. Me desarmas la cabeza desde hace meses. Me gusta cómo te defiendes, me gusta lo inteligente que eres, me gusta tu sarcasmo y me muero de rabia cada vez que te pones esa máscara de hielo para actuar como si no me conocieras. El restaurante parecía haber desaparecido. Solo quedábamos él, yo y la luz temblorosa de la vela sobre la mesa. Pagó la cuenta antes de que pudiera protestar y salimos al aire fresco de la noche. Caminamos un par de calles en silencio, uno al lado del otro. El calor de su cuerpo al caminar tan cerca de mí era una tentación constante. Cuando llegamos a su coche, en una esquina oscura y poco transitada, no me abrió la puerta del copiloto. Se giró hacia mí, acorralándome suavemente contra la carrocería del automóvil. —Se acabó el tiempo de la cena, Ana —murmuró, acortando la distancia hasta que su aliento mentolado me rozó los labios—. Prometí que si después de esto me pedías que me alejara, lo haría. Dímelo ahora. Mírame a los ojos y dime que quieres que vuelva a ser solo tu jefe. El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho. Tenía la oportunidad de salir ilesa. Podía decir la palabra, tomar un taxi, regresar a mi vida ordenada y fingir que esta noche jamás había existido. Pero lo miré a los ojos, vi la devoción y el fuego que quemaban en su mirada, y me di cuenta de que ya era demasiado tarde. La barrera racional se había caído por completo. —No quiero que te alejes, imbécil —susurré. Matthew soltó un sonido entre un gruñido y un suspiro de alivio. Sus manos grandes se enredaron en mi cabello, tirando suavemente hacia atrás para exponerme el cuello, y pegó sus labios a los míos con una voracidad contenida que me hizo soltar un gemido ahogado. El beso en la calle no fue como el de la fiesta. No había alcohol distorsionando las cosas. Estábamos perfectamente sobrios, conscientes de cada movimiento, saboreando la rendición mutua. Su lengua invadió mi boca con lentitud y posesión, mientras su cuerpo aplastaba el mío contra el metal del coche. Sentí la dureza de su pelvis presionando contra mi cadera, una prueba irrefutable de lo mucho que me deseaba. —Nos vamos a mi casa —dijo contra mis labios, respirando con dificultad mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta apretar mis nalgas por encima del vestido. —No... —logré articular, aunque mis manos estaban agarradas a las solapas de su chaqueta—. A tu casa no. Si nos ven entrar a tu edificio, es lo mismo. Matthew se detuvo un segundo, mirándome con la respiración agitada y los ojos dilatados por el deseo. Una sonrisa torcida y llena de intenciones oscuras se dibujó en su rostro. —Está bien —dijo, abriendo la puerta trasera de su coche deportivo, un vehículo amplio de asientos de cuero negro y cristales completamente polarizados—. No vamos a ir a ninguna parte. —¿Aquí? —pregunté, mirando el interior del vehículo con los ojos bien abiertos—. Matthew, estamos en la calle... —Nadie puede ver hacia adentro, Ana. Y no pienso esperar veinte minutos de tráfico para tenerte —respondió, tomándome de la cintura para subirme al asiento trasero antes de colarse detrás de mí y cerrar la puerta con un golpe seco. El silencio dentro del coche era absoluto. La luz de las farolas de la calle penetraba apenas como un destello azulado sobre el cuero. Matthew no me dio tiempo de dudar. Se acomodó sobre mí, atrapando mis labios de nuevo en un beso salvaje mientras sus manos subían el ruedo de mi vestido de punto. La sensación de su tacto directo sobre la piel de mis muslos me hizo arquear la espalda y soltar un jadeo en su boca. —Te dije que no ibas a poder borrarme de tu cabeza —murmuró, deslizando la mano por debajo de mi lencería para tocar mi centro húmedo y caliente—. Y esta vez vas a estar muy despierta para recordarlo.Ocho meses después de la famosa reunión general donde Matthew hizo pública nuestra relación, la vida en la compañía había encontrado un ritmo sorprendentemente funcional.Sorprendentemente, nadie me miraba como a una paria. Al contrario: cuando la gente descubrió que el despido de los ejecutivos corruptos fue una limpieza necesaria y no un capricho pasional, y que mi trabajo en el departamento de finanzas seguía siendo impecable (con auditorías externas triplicadas para no dejar margen a dudas), el respeto volvió a su cauce. Claro que ahora nadie se atrevía a lanzarme indirectas pesadas o a gritarme por un reporte retrasado, pero eso era un beneficio secundario que no pensaba rechazar.El verdadero problema era que, fuera de la oficina, Matthew se había vuelto un peligro constante para mi concentración.Era un viernes por la tarde, a eso de las seis. La oficina de finanzas estaba quedando vacía. Yo estaba terminando de ajustar una proyección de presupuesto para el siguiente trimestre
El lunes por la mañana, el ambiente en el edificio corporativo era una olla a presión. La noticia del fraude en la sede sur había estallado a primera hora y dos ejecutivos de alto rango habían sido escoltados fuera de la torre por la policía. Los pasillos eran un hervidero de susurros, especulaciones y miradas nerviosas. En medio de todo ese caos, yo caminaba hacia la gran sala de conferencias del piso quince. Esta vez no vestía el traje gris de siempre. Llevaba un vestido sastre de corte impecable en tono azul marino, con el cabello recogido en un moño elegante pero relajado y los labios pintados de un rojo sobrio. Había decidido dejar de esconderme detrás de disfraces de invisibilidad. Si algo me había enseñado la tormenta de los últimos días, era que no tenía por qué pedir perdón por ser competente en mi trabajo ni por amar al hombre que dirigía la compañía. La sala de conferencias estaba repleta: directores de área, jefes de departamento, el equipo de finanzas entero y la pr
Llegué a mi departamento a las siete de la tarde. Me quité los tacones lanzándolos contra la pared de la entrada, me desabroché el primer botón de la blusa y me serví una copa de vino tinto que apenas pude probar. Tenía el estómago tan cerrado que el solo olor a comida me daba náuseas.Me pasé una hora entera dando vueltas por la sala, repitiendo en bucle las palabras de Matthew en la escalera. «Te equivocaste feo». ¿En serio pretendía hacerme creer que yo era la culpable por interpretar lo obvio? Había visto las sonrisas, el nombramiento exprés, las fotos mentales de ellos dos solos en un restaurante. El panorama estaba claro como el agua.O tal vez no. Tal vez la paranoia y mis propios complejos de inferioridad me estaban haciendo ver fantasmas donde solo había negociaciones frías.A las ocho en punto, tal como lo prometió, sonó el timbre. Tres golpes secos, firmes, autoritarios.El corazón me dio un vuelco brutal. Me quedé congelada en medio de la sala con la copa de vino en la man
El lunes comenzó con esa sensación pesada en el aire que presagia tormenta. Para las diez de la mañana, el ambiente en el departamento de finanzas estaba tenso. No era el ritmo habitual de correos y llamadas; había un murmullo bajo, susurros que se cortaban de golpe cada vez que yo pasaba cerca de las fotocopiadoras o el área de café. Al principio intenté ignorarlo. Pensé que era la paranoia jugando con mi mente, el miedo recurrente a que alguien nos hubiera visto salir juntos del estacionamiento el viernes por la noche. Pero cuando regresé a mi escritorio después de una breve reunión, Claudia me miró con una mezcla de lástima y nerviosismo que me congeló la sangre. —Ana... ¿tienes un segundo? —dijo en un susurro, inclinándose sobre el divisor de mi escritorio. —¿Qué pasa? Traes una cara de velorio insoportable —intenté bromear, aunque el estómago se me apretó en un nudo. —Es sobre el proyecto de la sede norte y la reestructuración de plazas —soltó Claudia, mirando a ambos lados a
El domingo fue el primer día en años en el que no revisé el correo electrónico de la empresa antes del mediodía. Matthew me llevó a un pueblo pequeño en las afueras, a hora y media de la ciudad. Desayunamos en una terraza de madera con vista a un lago, comiendo pan caliente y café amargo mientras el viento fresco nos pegaba en la cara. No hablamos de balances, ni de la junta directiva, ni del pánico a que Recursos Humanos nos descubriera. Hablamos de las cosas absurdas que le molestan a la gente común: de la música que odiábamos, de las películas malas que nos hacían reír y de lo mal que cocinábamos los dos. Por primera vez, vi al hombre detrás de la pared de hielo corporativa. Descubrí que Matthew no era solo un tipo ambicioso y controlador; tenía un sentido del humor seco, bastante negro y jodidamente sarcástico, pero también una atención casi obsesiva por los detalles cuando algo realmente le importaba. Y lo que más le importaba ahora, de forma evidente, era desarmarme la vida.
El espacio reducido del asiento trasero del coche volvía todo infinitamente más denso, sofocante y real. El olor a cuero caro mezclado con el aroma de su colonia y el calor sofocante de nuestros cuerpos convertía el habitáculo en una burbuja donde el resto del mundo sencillamente no existía. Matthew me acarició la cara con el pulgar, trazando mi labio inferior mientras su otra mano seguía haciendo estragos debajo de la tela de mi vestido. Me frotaba con una lentitud tortuosa, haciendo que la piel de gallina me recorriera las piernas hasta la ingle. —Mírame, Ana —ordenó con un susurro áspero que me retumbó en las entrañas. Abrí los ojos, húmedos por el peso del placer. Sus ojos grises estaban fijos en mí, oscuros, sin la menor sombra de duda ni de remordimiento. Ahí, completamente sobria, me di cuenta de la diferencia brutal con la noche de Halloween: esta vez no había confusión, no había tequilas de por medio para echarle la culpa a la resaca al día siguiente. Estaba entregándome a







