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Capítulo 9

作者: Bluemoon
last update 公開日: 2026-10-25 09:44:31

Llegué a mi departamento a las siete de la tarde. Me quité los tacones lanzándolos contra la pared de la entrada, me desabroché el primer botón de la blusa y me serví una copa de vino tinto que apenas pude probar. Tenía el estómago tan cerrado que el solo olor a comida me daba náuseas.

Me pasé una hora entera dando vueltas por la sala, repitiendo en bucle las palabras de Matthew en la escalera. «Te equivocaste feo». ¿En serio pretendía hacerme creer que yo era la culpable por interpretar lo obvio? Había visto las sonrisas, el nombramiento exprés, las fotos mentales de ellos dos solos en un restaurante. El panorama estaba claro como el agua.

O tal vez no. Tal vez la paranoia y mis propios complejos de inferioridad me estaban haciendo ver fantasmas donde solo había negociaciones frías.

A las ocho en punto, tal como lo prometió, sonó el timbre. Tres golpes secos, firmes, autoritarios.

El corazón me dio un vuelco brutal. Me quedé congelada en medio de la sala con la copa de vino en la mano, contemplando la puerta de madera. Decidí ignorarlo. Apagué la luz de la estancia y me crucé de brazos, apostando a que su orgullo de CEO terminaría por hacerlo desistir tras un par de intentos.

Grave error.

Pasaron dos minutos de silencio absoluto. Y luego escuché el chasquido metálico de una llave girando dentro de la cerradura.

¿Qué carajos...?

La puerta se abrió de golpe. Matthew estaba de pie en el marco, iluminado por la luz amarilla del pasillo. Traía la camisa negra de la cena pasada, las mangas arremangadas y en la mano derecha sostenía un juego de llaves con un llavero de la administración del edificio.

—¿Cómo putas conseguiste una copia de la llave de mi departamento? —grité, dándome la vuelta furiosa mientras la adrenalina me encendía la sangre.

Matthew entró, cerró la puerta con el pie y le echó el cerrojo antes de tirar las llaves sobre la mesa del recibidor.

—El dueño de este edificio de apartamentos es un fondo de inversión del que poseo el cuarenta por ciento de las acciones, Anastasia —dijo con una voz helada, caminándome encima sin vacilar—. Y le dejé muy claro al administrador que si no me daba la copia máster para atender una 'emergencia personal', mañana mismo tendría a una auditoría completa encima.

—¡Eres un enfermo abusivo! —le espeté, dejando la copa de vino de un golpe sobre la barra de la cocina—. ¡Esto es propiedad privada, sal de mi casa ahora mismo o llamo a la policía!

—Llama a quien quieras —respondió sin pestañear, acortando la distancia hasta quedar a un metro de mí. Olía a whisky y a una furia contenida que amenazaba con hacer estallar la habitación—. Pero no me voy a mover de aquí hasta que escuches la puta verdad de lo que pasó el fin de semana.

—¡No quiero escuchar tus mentiras fabricadas! —grité, sintiendo que la garganta me ardía. El llanto contenido durante todo el día finalmente amenazaba con salir en forma de rabia desenfrenada—. Lo vi con mis propios ojos, Matthew. Nombraste a tu ex prometida en un cargo de dirección, estuviste a solas con ella el sábado y esta mañana se pavoneaba por mi piso como si fuera la dueña del circo. ¿Qué m****a me vas a explicar? ¿Que fue una reunión con tu ex solamente? ¿Haciendo qué?

Matthew soltó una risa amarga, seca, y se pasó las dos manos por el cabello desordenándolo por completo.

—Valeria no es mi amante, Anastasia. Y el puesto que le di no fue un regalo —dijo, alzando la voz para sobrepasar mis gritos—. Valeria Sterling es la consultora principal de la firma de auditoría que contraté para investigar el fraude interno que descubrí en la sede sur la semana pasada.

Me quedé helada. Parpadeé dos veces, con la boca abierta, intentando procesar sus palabras.

—¿Qué...? —murmuré, perdiendo de golpe el impulso de la voz.

—El director de operaciones saliente y tres ejecutivos de la junta estaban desviando capital a cuentas privadas en el extranjero —continuó Matthew, dando dos pasos rápidos para quedar justo frente a mí. Su mirada gris quemaba con una intensidad brutal—. Valeria fue contratada por el consejo antes de que yo te tocara a ti por primera vez. Es una de las mejores auditoras del país. El sábado por la noche en ese hotel no estaba teniendo una cena romántica; estaba firmando el acuerdo de confidencialidad y entregándome las pruebas penales para encarcelar a los responsables antes de la reunión de la junta de esta noche.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. El ardor de la rabia se transformó en un balde de agua congelada que me recorrió el espinazo.

—Y el nombramiento... —articulé con dificultad.

—Es una fachada temporal para que ella tome el control operativo mientras Recursos Humanos hace la transición limpia —interrumpió él, apretando los dientes—. Le firmé el contrato el fin de semana porque si esperaba al lunes, los ejecutivos corruptos habrían borrado las huellas del servidor central. ¿Quieres ver los documentos, Anastasia? Los tengo en el coche. ¿O prefieres seguir creyendo que soy un bastardo que te usó para entretenerse mientras volvía con su ex?

Me quedé en silencio. El piso parecía balancearse. Todas las piezas que en mi mente encajaban como una traición vil se desarmaron en un segundo, revelando una estructura corporativa fría, peligrosa y completamente ajena a un drama pasional.

—Yo... yo no sabía nada de un fraude —dije en un hilo de voz, dando un paso atrás hasta que mi cadera chocó contra la barra de la cocina.

—Claro que no lo sabías —dijo Matthew, reduciendo el tono de su voz a un susurro lleno de dolor y rabia—. Porque te estaba protegiendo. No quería meterte en medio de una investigación criminal que involucra a la mitad de los directivos. Pero en lugar de darme el beneficio de la duda, en lugar de confiar en mí aunque fuera un mínimo porcentaje tras lo que hemos vivido... decidiste asumir que eres una simple empleada desechable y que yo soy un perro.

Me mordí el labio inferior, sintiendo que las lágrimas finalmente me desbordaban las pestañas y me corrían por las mejillas. La culpa me atravesó el pecho como un cuchillo afilado.

—Matthew... lo siento —murmuré, bajando la mirada, incapaz de sostener la devastación en sus ojos—. Es que... en la oficina todos hablaban. Y verla a ella tan segura, tan brillante, tan parte de tu mundo... me dio pánico. Tuve miedo de haberme inventado algo que solo estaba en mi cabeza.

Matthew no respondió de inmediato. Se quedó mirándome en silencio durante varios segundos largos, escuchando mis sollozos contenidos. La tensión violenta que llenaba la sala empezó a cambiar de forma, transformándose en una corriente espesa, pesada y cargada de un deseo que ni la rabia ni el orgullo habían podido apagar.

Dio un paso más. Levantó la mano y, con la yema del pulgar, me secó una lágrima de la mejilla. El contacto de su piel caliente me hizo dar un leve brinco.

—Eres una pequeña tonta, Anastasia —susurró contra mi frente, pegando su cuerpo al mío hasta no dejar espacio para el aire.

—Lo sé —admití con la voz quebrada.

—Y me tienes completamente arruinado de la cabeza —añadió, deslizando sus manos por los costados de mi cintura para pegarme a su pelvis.

No hubo más explicaciones. No hicieron falta.

Matthew me atrapó la boca en un beso hambriento, salvaje, desesperado. No había contención. Era un reclamo directo, una forma brutal de borrar cada duda, cada inseguridad y cada palabra amarga que nos habíamos lanzado en las últimas doce horas. Le respondí con la misma intensidad, enredando las manos en su cabello, tirando de él para pegarlo más a mí mientras las lágrimas aún me mojaban las mejillas.

Me levantó de un tirón sobre la barra de la cocina, haciendo rodar la copa de vino vacía, que cayó al suelo y se rompió en mil pedazos de cristal. Ni a él ni a mí nos importó el ruido.

—Dime que confías en mí, Ana —demandó contra mis labios, desabrochando los botones de mi blusa con dedos impacientes y rasgando la tela sin miramientos.

—Confío en ti, carajo... confío en ti —respiré a duras penas, arqueando el pecho cuando sus labios bajaron en mordiscos hambrientos por mi cuello hasta la curva de mi seno.

Matthew me quitó el sujetador de un tirón y se deshizo de su pantalón con torpeza urgente. Se acomodó entre mis piernas abiertas sobre la barra y se hundió dentro de mí de un solo golpe profundo, haciéndome soltar un grito agudo que resonó en todo el departamento.

El encuentro fue puro fuego, una reconciliación violenta y posesiva. Cada embestida de Matthew contra la madera de la barra era una declaración de pertenencia; cada gemido mío, una rendición absoluta. Me agarré a sus hombros, clavándole las uñas en la espalda mientras él marcaba un ritmo frenético, mirándome a los ojos todo el tiempo para asegurarse de que estuviera ahí, completamente suya, devorada por la misma marea que lo estaba consumiendo a él.

—No vas a volver a dudar de mí en tu puta vida —maldijo entre dientes, acelerando el paso hasta hacerme perder la vista en destellos de luz.

—Nunca más... Matthew, me voy a...

—Vente, conmigo —ordenó, embistiendo al fondo una, dos, tres veces más, hasta que la ola de placer colapsó dentro de mí en una explosión que me dejó sin aire.

Él soltó un rugido ahogado contra mi hombro, apretándome con tanta fuerza que casi me lastimaba, y se derramó dentro de mí mientras su cuerpo entero temblaba en un espasmo largo y profundo.

Nos quedamos así durante varios minutos, abrazados sobre la barra de la cocina, con la respiración agitada y el corazón latiendo a un ritmo desbocado contra el otro.

Matthew hundió el rostro en mi cuello, besándome la piel suavemente donde antes me había mordido.

—Mañana no vas a ir a la oficina —murmuró con la voz ronca.

—Matthew, tengo informes... —intenté protestar por inercia, aunque no tenía ni fuerza para mover un dedo.

—Mañana te quedas en la cama conmigo —me cortó, levantándome en brazos de la barra con extrema delicadeza para llevarme hacia la habitación—. Porque el lunes a primera hora voy a convocar a todo el personal de la empresa.

Lo miré con los ojos bien abiertos mientras me depositaba sobre la cama.

—¿Para qué? —pregunté.

Matthew se acostó a mi lado, me jaló contra su pecho y me cubrió con las sábanas antes de mirarme con una sonrisa decidida y sin una sola sombra de duda.

—Para presentar de manera oficial a mi pareja. Y al que no le guste, que vaya preparando su carta de renuncia.

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