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Capítulo 6

作者: Bluemoon
last update 公開日: 2026-10-25 09:09:08

El espacio reducido del asiento trasero del coche volvía todo infinitamente más denso, sofocante y real. El olor a cuero caro mezclado con el aroma de su colonia y el calor sofocante de nuestros cuerpos convertía el habitáculo en una burbuja donde el resto del mundo sencillamente no existía.

Matthew me acarició la cara con el pulgar, trazando mi labio inferior mientras su otra mano seguía haciendo estragos debajo de la tela de mi vestido. Me frotaba con una lentitud tortuosa, haciendo que la piel de gallina me recorriera las piernas hasta la ingle.

—Mírame, Ana —ordenó con un susurro áspero que me retumbó en las entrañas.

Abrí los ojos, húmedos por el peso del placer. Sus ojos grises estaban fijos en mí, oscuros, sin la menor sombra de duda ni de remordimiento. Ahí, completamente sobria, me di cuenta de la diferencia brutal con la noche de Halloween: esta vez no había confusión, no había tequilas de por medio para echarle la culpa a la resaca al día siguiente. Estaba entregándome a él porque quería, porque me consumía por dentro.

—Dime que estás aquí conmigo —dijo, metiendo dos dedos despacio dentro de mí.

Solté un gemido ahogado que rebotó contra el cristal polarizado del coche. Me agarré a sus hombros musculosos, enterrando los dedos en la tela fina de su camisa negra.

—Estoy aquí, carajo... —respiré a duras penas, arqueando la cadera hacia su mano—. Entra en mí de una vez, King. Deja de hablar.

— No tengo condon — dijo mientras seguía abriéndome con los dedos— estoy limpio, no he estado con nadie más, y siempre me hago exámenes.

—Está bien, yo también lo estoy. Puedes hacerlo, entra en mí — dije soltando un gemido.

Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro. Sin romper el contacto visual, Matthew usó la mano libre para desabrocharse el cinturón y bajarse el pantalón lo suficiente. Acomodó mis piernas sobre sus hombros con facilidad, abriéndome por completo para él, y se alineó contra mi entrada.

Se empujó hacia adentro despacio, milímetro a milímetro, obligándome a sentir la dimensión real de su tamaño estirándome por completo. La sensación fue tan intensa que se me cortó la respiración y eché la cabeza hacia atrás contra el respaldo de cuero.

—No, no me quites la mirada —murmuró, tomándome con firmeza de la barbilla para obligarme a mirarlo de nuevo mientras se hundía hasta el fondo.

—Mierda, Matthew... —se me escapó un sollozo ahogado.

Él empezó a moverse. Al principio con un ritmo pausado, calculador, saboreando el control que tenía sobre mí y la manera en que mi cuerpo se amoldaba al suyo. Cada estocada era profunda, directa al centro de mi placer, arrancándome jadeos desesperados que no podía contener. Pero la lentitud no duró mucho; la tensión contenida durante semanas de miradas furtivas en la oficina y roces 'accidentales' en las salas de juntas estalló en cuestión de segundos.

Matthew aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron salvajes, posesivas, haciendo que el coche se moviera suavemente sobre la suspensión. Agarró mis caderas con fuerza, clavando los dedos en mi piel a través de la tela del vestido para tenerme completamente fija bajo su cuerpo.

—Eres mía, Anastasia —gruñó contra mi cuello antes de atrapar la piel de mi clavícula con los dientes, mordiendo con la fuerza justa para hacerme vibrar—. Diles lo que quieras en la oficina el lunes. Ponte los trajes grises que se te de la gana. Pero tú y yo sabemos la verdad.

—Cállate... —gemí, apretando mis muslos alrededor de su cintura mientras la marea de calor subía sin freno por mi columna.

El placer me estaba nublando la razón. Todo se volvió una borrachera de sensaciones: el roce de su camisa contra mi piel, el sonido de nuestra respiración agitada, el golpe constante de sus caderas contra las mías y esa mirada gris que me quemaba el alma.

Sentí el nudo en el bajo vientre apretarse hasta el límite. Me apreté a él con desesperación, sintiendo cómo los espasmos del orgasmo empezaban a estallar dentro de mí.

—Matthew, me voy a...

—Dejate venir Ana. Ahora —demandó, embistiendo tres veces más, más profundo y rápido, hasta que él mismo soltó un rugido ahogado contra mi hombro.

El colapso fue simultáneo. Caí al vacío abrazada a su cuello, sintiendo cómo se derramaba dentro de mí mientras su cuerpo entero se tensaba en un espasmo violento. Nos quedamos inmóviles, aplastados el uno contra el otro, escuchando únicamente el sonido de nuestras respiraciones agitadas empañando ligeramente la parte interior de las ventanillas.

Pasaron diez minutos antes de que alguno de los dos dijera una sola palabra.

Matthew me había acomodado sobre su pecho, acariciándome la espalda desnuda con una suavidad que chocaba radicalmente con la ferocidad de hace un momento. El calor de su cuerpo me mantenía tibia a pesar del aire fresco de la noche que se colaba por las rendijas.

—Esto cambia las cosas —murmuré contra su cuello, escuchando el latido lento y constante de su corazón.

—No tiene por qué cambiar nada en tu trabajo, si es lo que te preocupa —respondió él, besándome la coronilla—. En la empresa seguiremos siendo el señor King y la señorita Anastasia. No voy a exponerte. Pero fuera de esa puerta... no voy a dejar de verte, Ana. Se acabó el teatro de huir.

Se levantó con cuidado, me ayudó a acomodarme el vestido y se arregló la ropa con una compostura envidiable. Antes de encender el motor del coche para llevarme a mi casa, se giró hacia mí y tomó mi mano, entrelazando sus dedos con los míos sobre la palanca de cambios.

—Mañana es domingo —dijo, mirándome fijo—. Te voy a buscar a las diez de la mañana. Vamos a desayunar lejos de la ciudad.

—Matthew, tengo informes que revisar para el lunes... —intenté protestar por puro hábito.

—Los informes pueden esperar —me cortó con una sonrisa torcida, apretándome la mano—. Mañana no hay trabajo, no hay balances y no hay excusas. Solo tú y yo.

Lo miré a los ojos y supe que la barrera no solo se había roto; se había pulverizado por completo. Y por primera vez en mi vida, no me daba miedo dejarme llevar.

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