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Capítulo 8

作者: Bluemoon
last update 公開日: 2026-10-25 09:30:57

El lunes comenzó con esa sensación pesada en el aire que presagia tormenta. Para las diez de la mañana, el ambiente en el departamento de finanzas estaba tenso. No era el ritmo habitual de correos y llamadas; había un murmullo bajo, susurros que se cortaban de golpe cada vez que yo pasaba cerca de las fotocopiadoras o el área de café.

Al principio intenté ignorarlo. Pensé que era la paranoia jugando con mi mente, el miedo recurrente a que alguien nos hubiera visto salir juntos del estacionamiento el viernes por la noche. Pero cuando regresé a mi escritorio después de una breve reunión, Claudia me miró con una mezcla de lástima y nerviosismo que me congeló la sangre.

—Ana... ¿tienes un segundo? —dijo en un susurro, inclinándose sobre el divisor de mi escritorio.

—¿Qué pasa? Traes una cara de velorio insoportable —intenté bromear, aunque el estómago se me apretó en un nudo.

—Es sobre el proyecto de la sede norte y la reestructuración de plazas —soltó Claudia, mirando a ambos lados antes de continuar—. La gente de Recursos Humanos estuvo hablando muy fuerte en la cafetería. Dicen que el puesto de la Dirección de Operaciones Financieras ya tiene nombre, y que no van a abrir la convocatoria interna como habían prometido.

Me ajusté las gafas, confundida.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Ese puesto requiere diez años de experiencia, Claudia. Ni siquiera postulé.

—Ese no es el problema, Ana. El problema es quién se lo llevó —se acercó más, bajando la voz al mínimo—. Es Valeria Sterling. La consultora externa que trajo la junta directiva hace tres meses. Dicen que King firmó la aprobación directa este fin de semana, sin pasar por el comité. Y... bueno, los chismes en el piso catorce están insoportables.

El nombre de Valeria Sterling resonó en mi cabeza como un latigazo. Valeria era una mujer impecable, de treinta y tantos años, millonaria de cuna, con un título de maestría en Londres y una presencia imponente. Pero no solo era eso: era la ex prometida de Matthew. La misma mujer de la que él me había hablado brevemente durante nuestra cena, mencionando que la relación había terminado hacía tres años por incompatibilidad de vida y ambiciones desmedidas.

—¿Valeria? —murmuré, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.

—Sí. Pero eso no es lo peor —añadió Claudia, apretando los labios—. Alguien vio a King cenando con ella el sábado por la noche en el restaurante del hotel donde ella se está hospedando. Estaban solos en una mesa del fondo. Y esta mañana ella entró a su oficina con una sonrisa de victoria que daba asco.

Un cubo de agua helada no me habría descolocado tanto. El sábado por la noche. La noche después de haber tenido sexo sobre mi escritorio. La noche en que se suponía que no tenía tiempo para nada ni para nadie porque estaba "ocupado".

El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. Un ardor amargo me subió por la garganta, mezclado con una rabia negra y brutal que amenazaba con hacerme estallar allí mismo.

Qué idiota fui.

Las palabras que le había dicho en su oficina semanas atrás volvieron a mi mente para aplastarme el orgullo: "Soy tu empleada. No voy a ser la chica que se acuesta con el jefe para que luego la desechen o se burle de ella." Me había vendido un discurso hermoso sobre la honestidad, sobre no jugar, sobre lo mucho que le importaba. Y mientras yo caía como una imbécil redonda en su juego, él seguía moviendo las fichas del tablero corporativo con su ex, cerrando tratos y compartiendo cenas privadas.

—Ana, ¿estás bien? Te pusiste completamente pálida —dijo Claudia, tocándome el brazo.

—Estoy perfectamente —respondí, levantándome del asiento de golpe. Mi voz sonó tan fría y filosa que Claudia dio un paso atrás—. Voy al baño a refrescarme.

Caminé por el pasillo con la cabeza en alto, tragándome la humillación y el dolor. No iba a llorar. Me rehusaba rotundamente a soltar una sola lágrima por un hombre que había demostrado ser exactamente lo que mi sentido común me advirtió desde el primer día: un ejecutivo manipulador que conseguía lo que quería y luego pasaba a la siguiente página.

Cuando doblé la esquina del pasillo hacia los ascensores, la puerta de la oficina de dirección se abrió.

Salió Valeria Sterling. Vestía un traje blanco de corte impecable, llevaba el cabello rubio peinado en ondas perfectas y sonreía con autosuficiencia mientras guardaba unos documentos en su maletín de piel. Detrás de ella venía Matthew.

Él llevaba la camisa desabrochada en el cuello, sin saco, y parecía serio. Pero en cuanto me vio al final del pasillo, se congeló.

Nuestras miradas se cruzaron. Por un segundo, vi una chispa de incomodidad en sus ojos grises, seguida de una intención clara de avanzar hacia mí.

—Quedamos así entonces, Matthew —dijo Valeria con voz melodiosa, tocándole el brazo a él con una familiaridad que me revolvió las tripas—. Nos vemos en la cena de la junta esta noche para celebrar el nombramiento.

Matthew ni siquiera le respondió a ella; sus ojos estaban fijos en los míos. Dio un paso en mi dirección.

—Anastasia... —empezó a decir, con ese tono bajo que solía usar para acorralarme.

No dejé que terminara. Le sostuve la mirada con la expresión más helada, distante y profesional de la que fui capaz. Levanté la barbilla, me acomodé la carpeta bajo el brazo y le dediqué un cabeceo rígido, como el que le daría a un extraño en la calle.

—Señor King. Señorita Sterling —dije con una cortesía tan falsa que pareció un insulto.

Giré sobre mis talones sin darle tiempo a reaccionar y caminé hacia las escaleras de emergencia. Escuché el sonido acelerado de sus pasos detrás de mí y el chasquido de la puerta metálica al abrirse.

—¡Anastasia, detente ahí! —ordenó Matthew. Su voz resonó en el cubo de concreto de las escaleras, llena de autoridad pero también de una urgencia contenida.

Me detuve en el primer descanso de los escalones, pero no me giré. Me quedé de espaldas, apretando los puños a los costados para evitar que los dedos me temblaran.

—¿Necesita algún informe de finanzas antes del cierre de turno, Señor King? —pregunté, marcando cada sílaba con una distancia abismal.

Matthew bajó los escalones de tres en tres hasta quedar un escalón por encima de mí. Su presencia física solía abrumarme, pero en este momento solo alimentaba la rabia que me quemaba el pecho.

—Déjate de estupideces profesionales, Ana —dijo entre dientes, intentando tomarme del brazo.

Le quité el brazo de un tirón violento, girándome hacia él con los ojos ardiendo de furia.

—¡No me vuelvas a tocar! —le siseé en un susurro envenenado—. Y no me vuelvas a llamar Ana. Para ti soy la señorita Anastasia. O mejor aún, solo una empleada más de las miles que tienes en esta jodida empresa.

Matthew frunció el ceño, desconcertado por el impacto directo de mi reacción.

—¿De qué putas estás hablando? —preguntó, alzando la voz—. ¿Qué te pasa?

—Lo que me pasa es que me di cuenta del pedazo de idiota que fui —solté, dando un paso atrás para distanciarme de él—. Me vendiste el cuento del jefe incomprendido, del tipo que no jugaba, del que quería algo real conmigo fuera de la oficina. Y mientras me acostaba contigo en mi escritorio el viernes, ya tenías todo preparado para cenar el sábado con tu ex prometida y regalarle un puesto directivo a puerta cerrada.

La cara de Matthew cambió. La sorpresa inicial se transformó en una sombra peligrosa de incredulidad y molestia.

—¿Escuchaste chismes de pasillo y decidiste armarte toda una película en la cabeza sin preguntarme? —preguntó, dando un paso hacia mí.

—¡No son chismes de pasillo, Matthew! —le espeté, con la voz a punto de quebrarse, aunque tragué saliva para no darle el gusto de verme llorar—. Estuviste con ella el sábado. Le diste la Dirección de Operaciones. La vi tocarte el brazo hace diez segundos y sonreírte como si fueran los dueños del mundo. Volví a caer en el cliché más estúpido del planeta: la empleada ilusa que cree que el jefe la ve como algo especial mientras él solo se divierte y arregla sus asuntos con la gente de su clase.

Matthew apretó la mandíbula con tanta fuerza que se le marcaron los músculos del cuello. Dio el último paso que lo separaba de mí y me agarró del rostro con ambas manos. Su agarre no dolía, pero era tan firme que me fue imposible apartar la cabeza.

—Escúchame muy bien, Anastasia —dijo, bajando la voz a un tono bajo, peligroso y ronco que me atravesó la piel—. No tienes ni la menor idea de lo que pasó el sábado ni de por qué Valeria estuvo aquí hoy. No le regale nada a nadie, y mucho menos me acosté con ella.

—¡Suéltame! —intenté empujar su pecho, pero era como tratar de mover una montaña.

—No te voy a soltar hasta que me escuches —insistió, mirándome directo a los ojos con una intensidad sofocante—. ¿Crees que soy un mentiroso? ¿Crees que después de todo lo que vivimos este fin de semana me iría corriendo a los brazos de otra mujer? Me ofende profundamente que pienses tan poco de mí.

—Tú me diste todas las razones para pensarlo —le respondí, sintiendo que una lágrima traidora se me escapaba por la mejilla a pesar de mis esfuerzos.

Matthew vio la lágrima y el enfado en su rostro se suavizó por un segundo, reemplazado por un destello de dolor genuino. Su pulgar secó la gota de agua sobre mi pómulo con una delicadeza extrema.

—Te equivocaste, Ana —murmuró, sin soltarme el rostro—. Te equivocaste feo. Pero este no es el lugar para explicártelo. Nos vemos a las ocho en tu departamento.

—No voy a abrirte la puerta —le aseguré entre dientes.

Matthew esbozó una sonrisa fría, cargada de esa arrogancia implacable que me desarmaba.

—Tienes la llave, pero sabes perfectamente que si no me abres, voy a echar la puerta abajo o me voy a quedar sentado en el pasillo toda la noche hasta que me dejes entrar. Elige tú cómo quieres la función.

Me soltó de golpe, dio la vuelta y subió las escaleras sin mirar atrás, dejándome sola en medio del frío concreto, con el corazón roto en mil pedazos y la duda royéndome las entrañas como un veneno lento.

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