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Capítulo 4

作者: Bluemoon
last update 公開日: 2026-10-25 08:49:47

Pasar las siguientes semanas en la empresa se convirtió en un juego de supervivencia psicológica. Yo intentaba aferrarme con todas mis fuerzas a la rutina: llegar temprano, tomar café amargo, procesar balances, ignorar las miradas de pasillo. Pero Matthew King se encargaba, día tras día, de recordarme que mis defensas eran de papel mojado.

Lo peor no era que me buscase a solas; lo verdaderamente desquiciante era cómo actuaba cuando estábamos rodeados de gente.

El jueves por la mañana teníamos la junta trimestral del departamento de finanzas. La sala de conferencias del piso diez estaba abarrotada: quince ejecutivos, carpetas abiertas, proyectores encendidos y el murmullo constante de números y métricas. Yo estaba sentada a la mitad de la mesa ovalada, con mis gafas puestas y la libreta abierta, lista para tomar notas.

Matthew presidía la mesa. Llevaba un traje gris que le sentaba ridículamente bien y una corbata negra impecable. Escuchaba la presentación del director de contabilidad con la mirada fija en el proyector, apoyando la barbilla en la mano con esa elegancia innata que hacía que la mitad de la sala se sintiera intimidada.

De pronto, mientras el director explicaba una desviación del tres por ciento en los costos operativos, Matthew giró la cabeza.

Nuestras miradas se cruzaron.

No parpadeó. Sostuvo la mirada mientras se llevaba el vaso de agua a los labios, dando un trago lento. Luego, con una parsimonia estudiada, bajó la vista hacia mi boca, para después volver a fijarla en mis ojos. Fue un gesto de dos segundos, imperceptible para cualquiera que estuviera enfocado en las gráficas de PowerPoint, pero a mí me provocó una descarga eléctrica que me hizo dar un brinco sutil en la silla.

Maldito seas, King.

Ajusté mis gafas con torpeza y fingí escribir algo superimportante en mi libreta, aunque en realidad solo dibujé una raya chueca porque los dedos me temblaban.

—La señorita Anastasia tiene los desgloses exactos de los costos de producción del último mes —dijo Matthew de pronto. Su voz resonó en la sala, clara y potente.

Todos los rostros de la mesa se giraron hacia mí. Sentí el calor subirme por el cuello como una llamarada.

—Eh... sí, así es —aclaré la garganta, poniéndome de pie para entregar las copias impresas.

Caminé alrededor de la mesa repartiendo los folios. Cuando llegué al extremo donde estaba Matthew, intenté dejar la carpeta sobre la mesa sin tocarlo, pero él se adelantó. Al estirar la mano para recibir los papeles, sus dedos rozaron intencionalmente el dorso de los míos. No fue un toque casual; apretó ligeramente sus nudillos contra mi piel, un contacto caliente y firme que duró medio segundo de más.

Le eché una mirada de rabia envenenada. Él simplemente arqueó una ceja, con un destello de diversión diabólica en los ojos, y tomó los papeles.

—Gracias, Anastasia. Excelente trabajo, como siempre —dijo, pronunciando mi nombre con una cadencia demasiado baja, casi íntima, que me erizó los vellos de los brazos.

Volví a mi asiento con el pulso a mil por hora, deseando que la tierra me tragara o que un meteorito destruyera el edificio.

A eso de las cuatro de la tarde, cuando pensé que el tormento del día había terminado, la extensión de mi escritorio volvió a sonar.

—Anastasia —dijo la voz de la secretaria Marta al otro lado—. El señor King solicita que le subas el archivo físico del auditoraje de la sede norte. Ahora mismo.

—Marta, ¿no se lo puedo enviar por correo electrónico? —pregunté en un tono de súplica reprimida.

—Dijo explícitamente que necesita la carpeta física. Y que la traigas tú.

Suspiré, dejando caer la cabeza contra el teclado.

—Entendido. Ya subo.

Tomé la pesada carpeta amarilla del archivador, me arreglé la falda y tomé el ascensor al piso ejecutivo. Sentía que caminaba hacia el patíbulo.

Al entrar a la oficina de Matthew, la puerta pesada se cerró a mis espaldas. Él no estaba en su escritorio. Estaba de pie junto a la pequeña barra de bar de la esquina, sirviéndose dos dedos de whisky en un vaso de cristal cortado. Se había quitado el saco y tenía las mangas de la camisa blanca enrolladas hasta los codos, dejando al descubierto los antebrazos marcados.

—Aquí está la carpeta con los auditorajes, señor King —dije, manteniéndome a tres metros de distancia y estirando los brazos para dejar los papeles sobre una mesa auxiliar.

Matthew ni se inmutó. Dio un trago a su bebida y me miró por encima del borde del vaso.

—Tráemela aquí —ordenó con suavidad.

Tragué saliva. Di tres pasos lentos y dejé la carpeta en la barra, justo al lado de su vaso.

—¿Algo más? —pregunté, dando un paso atrás de inmediato.

Matthew soltó una risita baja y dejó el vaso sobre la madera. En un movimiento rápido y fluido, acortó la distancia entre los dos, tomándome de la muñeca. No apretó, pero la firmeza de su agarre me dejó paralizada.

—Estás huyendo otra vez, Ana —murmuró, tirando suavemente de mí para acercarme a su cuerpo.

—No estoy huyendo, estoy trabajando —protesté, intentando zafar la mano, aunque la cercanía de su cuerpo me ponía la cabeza a dar vueltas. Olía deliciosamente a tabaco fino y a su colonia carísima—. Y te he dicho mil veces que no me llames "Ana" en la oficina.

—Estamos a solas. La puerta está cerrada y las persianas están abajo —dijo él, dando un paso más. Mi espalda chocó contra la pared lateral de la oficina. Matthew apoyó una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza, acorralándome por completo—. Llevas dos semanas jugando a la empleada distante. Te me escapas en el almuerzo, no contestas mis llamadas personales y te pones esa maldita armadura para que no te toque.

—¡Porque es lo correcto, carajo! —solté con frustración, clavando los ojos en los suyos—. ¿Qué quieres de mí, Matthew? ¿Quieres que sea tu amante secreta? ¿Quieres que nos acostemos en el baño de la oficina entre reuniones para que luego me des un bono? No soy de esas. No me voy a meter en un circo donde la que tiene todo para perder soy yo.

Matthew frunció el ceño. La diversión en su rostro se apagó de golpe, reemplazada por una sombra oscura de molestia.

—¿Eso es lo que piensas de mí? —preguntó, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro peligroso—. ¿Crees que te busco para pasármela bien diez minutos y luego desecharte?

—¡Es lo que pasa en el noventa por ciento de las novelas cliché y en la vida real! —le espeté, alzando la barbilla—. Eres el dueño del circo, Matthew. Si esto sale mal, a ti no te pasa nada. A mí me despiden, mi nombre queda manchado en el gremio y me toca empezar de cero. No me puedo permitir ese riesgo por un capricho tuyo.

Matthew se quedó en silencio un momento. Sus ojos grises me recorrieron el rostro, analizando cada línea de tensión en mi piel, el brillo de rabia en mis ojos y la forma en que mi pecho subía y bajaba agitadamente.

Lentamente, bajó la mano de la pared y la llevó a mi cara. Sus dedos rozaron mi mejilla con una ternura tan imprevista que me dejó helada.

—No es un capricho —dijo, y por primera vez desde que lo conocía, su voz no tenía ni un rastro de soberbia. Sonaba extrañamente sincera—. No tienes idea de la rabia que me dio despertarme esa mañana y ver que te habías ido. Sentí que me habías usado tú a mí, Anastasia.

Me quedé sin palabras. Abrí la boca para replicar, pero no me salió nada.

—No quiero una amante secreta —continuó, acercando su rostro al mío hasta que sus labios casi tocaban los míos—. Y no voy a permitir que arruines tu carrera ni que nadie hable mal de ti. Pero tampoco voy a fingir que no me estoy volviendo loco por volverte a probar.

Su pulgar acarició mi labio inferior, presionando suavemente. Un calor líquido se apoderó de mi entrepierna. Mi cuerpo traidor estaba reaccionando a él a pesar de todas mis advertencias mentales.

—Acepta cenar conmigo —pidió en un murmullo contra mis labios—. Una cena. Fuera de la empresa. Sin alcohol de por medio, sin disfraces y sin presiones. Si después de esa cena me dices mirándome a los ojos que no quieres volver a saber nada de esto, te juro por lo más sagrado que te dejo en paz y vuelvo a ser el jefe frío que quieres que sea.

Lo miré a los ojos, buscando algún rastro de mentira o de manipulación. Pero solo vi determinación. Un deseo brutal y una sinceridad implacable.

Sabía que aceptar era meter la cabeza en la boca del lobo. Sabía que cruzar esa línea fuera de la oficina significaba rendirme. Pero también sabía que el deseo que me carcomía por dentro me estaba volviendo loca.

—Una cena —dije al fin, con la voz apenas audible.

Una sonrisa lenta y victoriosa se dibujó en los labios de Matthew.

—Una cena —asintió, e inclinando la cabeza, me dio un beso corto, firme y cargado de promesa en la comisura de la boca antes de dar un paso atrás y soltarme—. Te paso a buscar a tu departamento a las ocho el sábado. No te vistas de oficina.

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