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作者: Bluemoon
last update 公開日: 2026-10-25 10:01:37

Ocho meses después de la famosa reunión general donde Matthew hizo pública nuestra relación, la vida en la compañía había encontrado un ritmo sorprendentemente funcional.

Sorprendentemente, nadie me miraba como a una paria. Al contrario: cuando la gente descubrió que el despido de los ejecutivos corruptos fue una limpieza necesaria y no un capricho pasional, y que mi trabajo en el departamento de finanzas seguía siendo impecable (con auditorías externas triplicadas para no dejar margen a dudas), el respeto volvió a su cauce. Claro que ahora nadie se atrevía a lanzarme indirectas pesadas o a gritarme por un reporte retrasado, pero eso era un beneficio secundario que no pensaba rechazar.

El verdadero problema era que, fuera de la oficina, Matthew se había vuelto un peligro constante para mi concentración.

Era un viernes por la tarde, a eso de las seis. La oficina de finanzas estaba quedando vacía. Yo estaba terminando de ajustar una proyección de presupuesto para el siguiente trimestre con mis gafas puestas, el cabello sujeto en un moño medio deshecho y un vaso de café frío al lado del teclado.

Escuché el sonido característico de los tacones de Claudia alejándose hacia el ascensor. Estaba completamente sola en mi isla de trabajo.

O eso creía.

—Señorita Anastasia.

La voz baja, profunda y con esa maldita textura de terciopelo rasposo me hizo dar un brinco en la silla.

Levanté la vista de golpe. Matthew estaba apoyado contra la divisoria de mi escritorio. Llevaba su traje tres piezas azul marino, pero se había quitado la corbata y tenía los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Traía un sobre de papel manila en la mano y una sonrisa torcida que prometía problemas.

—Matthew, me asustaste —dije, llevándome una mano al pecho—. ¿Qué haces abajo? Si te ven merodeando por mi departamento a esta hora, van a empezar los chismes otra vez.

—Que miren lo que quieran —dijo con una parsimonia irritante, rodeando el escritorio para quedar a mi lado—. Todo el mundo sabe que soy tu novio. Y si quiero bajar a ver a mi mejor analista a las seis de la tarde, estoy en mi completo derecho como Director General.

—Eres insoportable —murmuré, intentando volver a la pantalla de mi computadora, pero él me quitó las gafas con una lentitud desesperante y las dejó sobre la mesa.

—Deja eso. Tenemos un compromiso —ordenó con suavidad, tomándome de la barbilla para obligarme a mirarlo.

—¿Un compromiso? No me dijiste que tuviéramos cena hoy...

—No es una cena —dijo, entregándome el sobre de papel manila.

Lo miré con desconfianza. Abrí el sobre y saqué dos pases VIP impresos en papel satinado junto con dos boletos de avión en primera clase para el siguiente fin de semana.

—¿Un viaje a Italia? —pregunté, abriendo los ojos de par en par—. Matthew, la semana que viene es el cierre contable del mes. No me puedo ir a Roma tres días.

—Ya hablé con tu jefe de departamento. Tu trabajo está adelantado dos semanas, Ana. Eres absurdamente eficiente, ¿lo olvidaste? —se inclinó hacia mí, apoyando ambas manos en los descansabrazos de mi silla, acorralándome por completo—. Nos vamos el jueves por la noche. Y no acepto un no por respuesta.

—Eres un dictador abusivo —le dije, aunque el corazón me dio un vuelco de emoción. Viajar a Italia siempre había sido uno de mis sueños frustrados.

—Soy un dictador que te ama y que necesita tenerte lejos de este edificio durante setenta y dos horas sin que revises el correo corporativo —corrigió, acercando sus labios a la comisura de mi boca.

Su aliento a menta y café me rozó la piel, enviándome una descarga eléctrica directa a la pelvis. Traidoramente, mi cuerpo reaccionó de inmediato a su cercanía.

—Estamos en mi escritorio, King —susurré, agarrándolo de la solapa del saco para mantenerlo a distancia, aunque en realidad lo que quería era arrastrarlo hacia mí.

—Tú y yo tenemos un historial muy interesante con este escritorio, si no mal recuerdo —murmuró con una sonrisa oscura, bajando la mano por mi muslo por debajo de la falda de mi vestido—. Creo que el contrato de arrendamiento exige una revisión de mantenimiento periódica.

—Maldita sea contigo... —solté un jadeo cuando sus dedos presionaron la tela de mi lencería con precisión experta.

Antes de que pudiera protestar o poner una excusa profesional, Matthew me levantó de la silla con la facilidad de siempre y me sentó sobre la madera pulida del escritorio, tal como lo había hecho meses atrás. Pero esta vez no había desesperación ni miedo a que nos descubrieran; había una devoción madura, una complicidad salvaje que nos pertenecía a los dos.

Nos besamos con lentitud, saboreando el peso de los meses que llevábamos juntos. Sus manos se abrieron paso por debajo de mi ropa con la confianza de quien se sabe dueño del territorio, mientras yo le desabrochaba el chaleco con dedos impacientes.

—Te amo, Anastasia —murmuró contra mi cuello, mordisqueándome la piel justo en el punto que me hacía perder el aliento.

—Y yo a ti, idiota —respiré a duras penas, enredando mis piernas alrededor de sus caderas mientras el silencio de la oficina vacía se llenaba con el sonido de nuestra respiración agitada.

///////////////

Tres semanas después, de regreso de nuestro viaje a Italia.

Estaba en el baño de mi departamento un martes por la mañana. El sol apenas empezaba a salir por la ventana y el aire fresco de la ciudad colaba una brisa fría.

Sostenía una pequeña varilla de plástico blanco en la mano. Mis dedos temblaban tanto que casi se me cae al lavabo.

—No, no, no... tiene que ser un error de la prueba —me repetí en voz baja, sintiendo que el corazón me martilleaba las costillas a mil por hora.

En la pantalla digital de la varilla aparecían dos líneas rosadas perfectamente marcadas.

Positivo.

Me dejé caer sobre la tapa del inodoro, llevándome las manos a la cara. La mente me giraba a mil revoluciones por segundo. ¿Un bebé? ¿Ahora? Cuando finalmente habíamos logrado estabilizar nuestra vida en la empresa, cuando la tormenta del escándalo había pasado y teníamos el control absoluto de nuestra rutina.

Escuché los pasos descalzos de Matthew en el pasillo de la habitación.

—¿Ana? ¿Estás bien ahí adentro? Llevas veinte minutos y se nos hace tarde para la reunión con los auditores —dijo, tocando la puerta con suave nudillo.

Tragué saliva. Me limpié una lágrima de pánico con el dorso de la mano, me puse de pie y abrí la puerta.

Matthew estaba en pantalones de pijama, descalzo, con el cabello despeinado y una taza de café en la mano. Se veía tan ridículamente hogareño y guapo que sentí una punzada de ternura mezclada con terror puro.

En cuanto me vio la cara, su sonrisa perezosa se desintegró. Dejo la taza de café sobre la cómoda del pasillo de un golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó, dando un paso rápido hacia mí y tomándome por los hombros—. ¿Te sientes mal? ¿Te duele algo?

No pude hablar. Simplemente estiré la mano y le entregué la pequeña prueba de plástico.

Matthew la tomó, confundido. Miró la varilla, luego las dos líneas rosadas, y luego me miró a mí. Parpadeó una vez. Dos veces. El gran Matthew King, el hombre que desarmaba juntas directivas y aterrorizaba a ejecutivos corruptos con una sola mirada, se quedó completamente en blanco, con la boca ligeramente abierta.

—¿Esto es... lo que creo que es? —preguntó en un hilo de voz, extrañamente baja, casi temblorosa.

—Estoy embarazada, Matthew —solté de golpe, sintiendo que la voz se me quebraba—. No sé cómo pasó, tome la pastilla, aún que en el viaje a Italia, el vino... M****a, lo siento tanto, sé que no estaba en los planes y que en la oficina va a ser un caos de nuevo...

No pude terminar la frase.

Matthew me atrajo hacia su pecho con una fuerza brutal, ahogando mis palabras contra su hombro. Me abrazó con tanta intensidad que me levantó un par de centímetros del suelo, enterrando el rostro en mi cuello.

Sentí que su cuerpo temblaba ligeramente.

—Matthew... ¿estás enojado? —pregunté en un murmullo, aterrada.

Se alejó lo suficiente para mirarme a la cara. Sus ojos grises, siempre tan fríos y calculadores, estaban brillantes por las lágrimas contenidas. Tenía una sonrisa enorme, brillante, la sonrisa más genuina y desarmada que le había visto en toda mi vida.

—¿Enojado? —repitió, soltando una risa corta y emocionada que le salió del pecho—. Ana... es la mejor puta noticia que me han dado en la vida.

Me tomó el rostro entre sus manos grandes y me besó con una pasión que me quitó el aliento. Un beso lleno de alivio, de promesa y de un amor tan profundo que disipó de golpe cada uno de mis miedos.

—Pero... la empresa, los chismes, tu trabajo... —intenté decir cuando me soltó los labios.

—Que importa la empresa y los chismes —dijo sin pestañear, inclinándose para besarme la frente, las mejillas y finalmente apoyando su mano grande sobre mi vientre aún plano—. Que piensen lo que quieran. Voy a ser papá con la mujer más increíble del planeta. El resto del mundo se puede ir directo al demonio.

Me reí entre lágrimas, abrazándolo por el cuello y apoyando mi cabeza en su hombro.

—Eres un exagerado, King.

—Soy el hombre más afortunado del mundo, señorita Anastasia —corrigió él, alzándome en brazos para llevarme de regreso a la cama, olvidándose por completo de la reunión de las ocho de la mañana.

Y mientras nos acostábamos juntos bajo las cobijas, viendo la luz del sol iluminar la habitación, supe que no importaba cuántas reuniones, chismes o tormentas se nos vinieran encima. Éramos un equipo. Y esta vez, no había ninguna duda de que estábamos listos para ganar.

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