ANMELDEN¿Crees que Renzo sea muy cruel?
El aroma de los característicos cruasanes frescos de mantequilla de La Roseta llenaba la sala de conferencias; sin embargo, nadie se atrevía a probar un solo bocado. Toda la atención entaba centrada en el director de finanzas, quien desglosanba los gráficos de rentabilidad en la pantalla gigante.Violeta lo escuchaba con sumo interés desde la cabecera, asintiendo levemente y con un destello de satisfacción en sus ojos. A simple vista, para cualquier extraño que asomara las narices en la junta, resultaría inverosímil que una mujer de veintisiete años tuviera a un ejército de ejecutivos veteranos rindiéndole cuentas con semejante nivel de respeto. Pero en esa sala, en ese piso, todos conocían la historia detrás de La Roseta. Sabían que Violeta Sánchez no había heredado la cadena que hoy contaba con más de veinticinco sedes empaquetada con un bonito moño rosa, ni provenía de una cuna de oro. Ella lo había construido con el sudor de su frente.Cuando apenas tenía trece años y su abuelo
El eco rítmico de los tacones de Violeta y Jazmín resonaba sobre el mármol pulido del edificio administrativo principal de La Roseta. Violeta había cambiado la ropa del día anterior por un sofisticado conjunto corporativo que gritaba su nombre, compuesto por un pantalón de corte alto y bota ancha en rosa vintage, un top satinado de cuello asimétrico a juego, y un blazer entallado en tono verde esmeralda que enmarcaba su figura. Era un atuendo que rompía con el tradicional y aburrido traje sastre gris, azul oscuro o negro, y que se negaba a vestir. Violeta caminaba erguida hacia los ascensores, con un semblante inusualmente serio, mientras Jazmín trataba de seguirle el paso luciendo un gesto divertido y descarado. —Ay, por favor, Violeta. ¿Vas a estar enojada todo el día? —preguntó Jazmín, dándole un suave empujón con el hombro—. No exageres. —Casi me matas de vergüenza, Jaz. No quiero que Paúl se meta ideas equivocadas en la cabeza —aseveró, girando el rostro hacia su hermana co
Tratando de lucir lo más serena posible, Violeta ignoró aquella mirada pícara y descarada de su indiscreta hermana. Continuó hacia la cafetera; sin embargo, su estómagola ya sentía los espasmos del nerviosismo. Conocía bastante bien a Jazmín como para saber perfectamente que en esa cabeza empezaba a revolotear alguna idea completamente fuera de lugar. —Buenos días, Jazmín —saludó, tratando de que su voz sonara apática. Forzó una sonrisa tímida y le dio la espalda para ocultar el sonrojo—. No sabía que vendrías. Jazmín se encogió de hombros, inalterable. —Te busqué temprano en tu habitación para que me prestaras uno de tus fabulosos pares de zapatos. Supuse que te habías venido temprano a la pastelería —le dio un sorbo a su café con lentitud exasperante, esperando que su siempre reservada hermana soltara alguna confesión—. Pero, ¡oh sorpresa! Cuando hablé con Matheo, comprobé que tu auto no se había movido del estacionamiento desde anoche. ¿Qué cosa interesante me tienes que cont
El sol de la mañana irrumpió con todo su esplendor a través de la ventana sin cortinas, inundando la pequeña habitación. Los rayos dorados daban directamente en el rostro de Violeta, por lo que, cada vez se hacía más insoportable el calor y la luz. Con un quejido somnoliento, se giró en la cama individual dándole la espalda al ventanal, e instintivamente entreabrió los ojos. Lo primero que distinguió fue la lámpara sobre la mesita de noche, aquella de pantalla floral que ella misma había pintado a mano, luego, como si todavía no procesara la información, su mirada atravesó la puerta corrediza abierta que separaba los espacios. Ahí, desde la cama, alcanzó a ver la esquina del sofá azul de la salita y apenas asomándose, la frente y el cabello castaño de Paúl, recostado en uno de los cojines fucsia. Fue entonces que Violeta se espabiló de repente, cayendo en cuenta que había amanecido en el anexo de la pastelería. Ella se incorporó de un respingo, apartando las sábanas de una patada p
Una llamada de Violeta bastó para que Matheo, quien había aparcado a un par de cuadras de la plaza, pasara a recogerlos. El trayecto hasta la pastelería transcurrió en un silencio agobiante, Violeta iba con la mirada perdida en la ventanilla, algo pálida y aferrada a su peculiar bolsito. No había derramado una sola lágrima, pero su malestar podía distinguirse a kilómetros de distancia. Nuevamente, la presencia de ese hombre opacaba su luz, y para Elliott resultaba espantosamente frustrante. Detestaba verla tan cabizbaja, y peor aún, detestaba descubrir que su malestar era una de las pocas cosas en el mundo que no podía controlar. Cuando llegaron a La Roseta, las luces estaban apagadas y todo el personal se había marchado. Ambos agradecieron la quietud y la soledad. Violeta necesitaba evitar el interrogatorio de Renzo, mientras que Elliott sentía la paciencia tan agotada como para lidiar con el grandulón. Al entrar al anexo y cerrar la puerta a sus espaldas, la adrenalina salvaje que
Cuánto deseó Violeta que aquella aparición de Henry en el hospital hubiera sido la última vez que se veían. Anheló que enviarle las llaves de la casa en donde alguna vez, ingenuamente, construyeron sueños, fuera el punto final al no recibir respuestas de ella. Pero ahí, bajo los últimos rayos del atardecer, comprobaba amargamente que Henry no se rendiría tan fácilmente, estaba aferrado a la idea de una Violeta ingenua y enamorada que ya no existía. Ella giró el rostro despacio en dirección a él, carente de voluntad para interactuar y completamente rígida. Henry solo tenía los ojos clavados en Violeta, con una postura relajada y jactanciosa, como si el hecho de aparecerse ahí, arruinando su paz, significaba que su historia juntos continuaría. —Violeta —saludó Henry, ignorando la presencia de Elliott—. Finalmente... sabes que he estado intentando verte o contactarte por todos los medios. —Precisamente porque no quiero hablar contigo cambié hasta mi número de teléfono, y precisamen







