เข้าสู่ระบบMe había preparado para sufrir por amor, pero no para esto.
SELENE
—Quiero el divorcio.
Las palabras temblaron en mis labios mientras contemplaba el sobre que apretaba entre las manos. El grueso papel color crema que contenía pesaba como una sentencia definitiva.
—Estos tres años contigo han sido un infierno y yo... yo...
La voz se me quebró. Cerré los ojos con fuerza mientras el dolor me inundaba el pecho.
—No, Selene. No.
Abrí los ojos y me encontré con mi reflejo en el espejo. Parecía cansada. Vacía. Como alguien que había llorado demasiado y había esperado durante demasiado tiempo.
—Llevamos días practicando esto —me susurré con amargura—. Y aun así, no has sido capaz de decirlo.
Con una respiración temblorosa, abrí el sobre y saqué los documentos del divorcio. Los bordes temblaban entre mis dedos.
Me había llevado tres años reunir por fin el valor para abandonar aquel infierno disfrazado de matrimonio. Tres años de silencio, de aguantar y de fingir que todo estaba bien.
¿Qué me había llevado tanto tiempo?
¿El miedo? ¿La esperanza? ¿Ese amor absurdo que nunca fue correspondido?
Había amado a Sebastian. De verdad. Incluso ahora, el recuerdo de aquella versión más joven de mí seguía ardiendo en mi interior: la muchacha que solía observarlo desde lejos, cuyo corazón se aceleraba por un enamoramiento ingenuo que jamás imaginó que pudiera llegar a importar.
Cuando nuestras familias decidieron que nos casaríamos para fortalecer sus vínculos comerciales, no me enfadé. Tampoco tuve miedo.
Una parte de mí incluso había sentido... esperanza.
Quizá fuera el destino, había pensado.
Quizá esta fuera mi oportunidad.
Incluso cuando me trataba como si no existiera, seguí aferrándome a él. Me convencí de que podía cambiarlo, de que podía reparar lo que estaba roto en su interior. Creía que, si lo amaba lo suficiente, si tenía la paciencia necesaria, algún día terminaría amándome también.
Qué ingenua había sido.
No fue hasta que escuché el nombre de otra mujer salir de sus labios mientras dormía que la realidad hizo añicos mi ilusión de una vez por todas. En aquel instante, todo quedó dolorosamente claro.
Yo nunca sería la mujer que él deseaba.
Nunca sería la mujer a la que amaba.
Así que dejé de tener esperanzas.
Dejé de creer.
Acepté la verdad: nada entre nosotros cambiaría jamás.
Y tomé una decisión.
No seguiría atrapándolo en aquel matrimonio. Porque, en el fondo, sabía que... él deseaba el divorcio más que nadie. Simplemente no quería ser quien lo pidiera. Así que me apartaba de su lado. Me frustraba, me hacía daño y esperaba a que me rindiera.
Él había ganado.
Yo había perdido.
Volví a bajar la mirada hacia los documentos, con el corazón latiéndome desbocado, como si me suplicara que cambiara de opinión. Pero no lo hice. Enderecé los hombros y asentí lentamente, como si estuviera respondiéndome a mí misma.
—Puedo hacerlo —susurré.
Después, me dirigí a mi habitación, dispuesta a vestirme y enfrentar el final de una historia que alguna vez creí que duraría para siempre.
Más temprano, aquel mismo día, le había enviado un mensaje a Sebastian pidiéndole que volviera a casa porque necesitaba hablar con él sobre algo importante. Tal como esperaba, lo vio y lo ignoró.
No respondió.
Ni siquiera reconoció que había recibido el mensaje.
Me dije que no importaba. Respondiera o no, lo único que importaba era que apareciera.
Entré en mi vestidor y mis ojos se posaron en el vestido rojo de encaje que había comprado hacía poco. Lo había elegido para aquel día. Si todo iba a terminar, quería verme hermosa mientras lo decía.
Así que me lo puse, me maquillé ligeramente y contemplé mi reflejo durante un buen rato antes de obligarme a apartar la mirada.
Luego me dirigí a la sala.
Coloqué el sobre con cuidado sobre la mesa, como si fuera frágil, y me senté en el sofá. El tictac del reloj de pared resonaba con fuerza en la habitación silenciosa.
Tic.
Tic.
Tic.
Mi corazón latía al mismo ritmo.
Eran las 7:30 p. m.
Solo quedaban treinta minutos.
Tenía las palmas húmedas, las piernas inquietas y la mente dando vueltas con mil pensamientos que no podía controlar. No dejaba de mirar hacia la puerta, deseando y temiendo al mismo tiempo que se abriera.
Desesperada por encontrar alguna distracción, agarré el mando a distancia y encendí el televisor.
La pantalla cobró vida.
Y allí estaba él.
Sebastian Kingsley, en una entrevista.
Se me escapó una risa amarga.
—Pedí una distracción y esto es lo que me toca en su lugar —murmuré.
Dejé que el mando se deslizara de mis dedos y cayera suavemente sobre el sofá, a mi lado. Me hundí entre los cojines mientras el aburrimiento comenzaba a apoderarse de mí. Las interminables preguntas de la presentadora sobre negocios me llegaban como un ruido sin sentido. Hablaban de acciones, expansión y márgenes de beneficio. La misma historia de siempre.
Bostecé justo cuando la presentadora se inclinó hacia delante y sonrió radiante a la cámara.
—Entonces, señor Kingsley —dijo en tono juguetón—, ¿cómo le está tratando la vida matrimonial?
El corazón me dio un vuelco. Me incorporé de inmediato, y cualquier rastro de somnolencia desapareció.
Sebastian soltó una risita despreocupada, como si hubiera ensayado aquel momento.
—¿La vida matrimonial? —repitió antes de encogerse de hombros con naturalidad—. Sinceramente, he estado hasta arriba de trabajo. La empresa se está expandiendo y esa es mi prioridad ahora mismo.
Trabajo.
Siempre trabajo.
Apreté los labios hasta convertirlos en una fina línea. ¿Qué demonios había esperado?
La presentadora se rio.
—Siempre consigue esquivar esa pregunta —bromeó—. Cada vez que mencionamos a su esposa, cambia de tema.
Inclinó la cabeza, pensativa.
—Sabe, si no fuera por el anillo de bodas que lleva en el dedo, nadie sabría siquiera que está casado.
El público estalló en carcajadas.
Pero yo no me reí.
Bajé la mirada hacia la pantalla, hacia la alianza plateada que rodeaba su dedo. Esa era la única prueba de que yo existía en su mundo. Y aun así... no significaba nada.
Sebastian se limitó a sonreír, sin decir una palabra.
Y, de alguna manera, su silencio dolió más que cualquier palabra cruel que pudiera haber pronunciado.
Me ardían los ojos. Me levanté del sofá y caminé tambaleándome ligeramente hasta la cocina, donde agarré una botella de vino y una copa. Me serví y me bebí el vino de un solo trago.
—No voy a llorar —me susurré.
Al menos por aquel día, me negaba a derramar una sola lágrima.
Con la botella de vino en una mano y la copa en la otra, regresé al sofá y me dejé caer lentamente sobre él. Bebí a pequeños sorbos, fingiendo que aquello bastaría para adormecer el dolor que llevaba dentro.
El tiempo se volvió borroso.
Los párpados comenzaron a pesarme y el sueño amenazaba con arrastrarme cuando, de repente, me incorporé de golpe. Parpadeé y volví la mirada hacia el reloj de pared.
Las 10:00 p. m.
Y Sebastian seguía sin llegar a casa.
Solté un suspiro amargo mientras alargaba la mano hacia mi teléfono, que estaba sobre la mesa. Quizá me había enviado un mensaje. Tal vez una disculpa. Una excusa.
Nada.
La pantalla seguía dolorosamente vacía.
Fruncí el ceño y algo ardiente se retorció en mi pecho. Sin pensarlo, mis dedos comenzaron a deslizarse frenéticamente por la pantalla, escribiendo con rabia y dejando salir todos aquellos pensamientos que me había tragado durante tres largos años.
«Dijiste que estarías en casa antes de las ocho. Ya son las diez.
Solo quería hablar contigo. ¿Es tanto pedir?».
Pulsé enviar con los dedos temblorosos. Pero aquellas palabras no bastaban. El dolor que llevaba dentro seguía desbordándose.
«Ya no puedo seguir así, Sebastian. Ser invisible en mi propio matrimonio me está matando».
Lo envié antes de que pudiera cambiar de opinión.
Pasaron unos segundos.
Luego, unos minutos.
Aparecieron las pequeñas marcas azules: leído.
Y, aun así, ninguna respuesta.
Contra mi buen juicio, hice lo único que él me había advertido que nunca hiciera.
Lo llamé.
El teléfono sonó.
Y sonó.
Y volvió a sonar.
Justo cuando pensé que no contestaría, la llamada se conectó.
No le di oportunidad de hablar.
—¿Te gusta hacer esto? —estallé, con la voz temblorosa—. ¿Ignorarme como si no existiera? ¿Tienes idea de lo humillante que es esperarte como una idiota?
Tres años de dolor reprimido salieron de golpe.
—No merezco que me trates así —susurré, con la voz quebrada mientras las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se desbordaban—. Ya no puedo seguir con esto. Quiero el divorcio. Desapareceré de tu vida para siempre. Espero que ahora estés contento.
No hubo respuesta.
Solo silencio y el leve zumbido de un motor al otro lado de la línea.
Después de todo lo que había dicho, seguía ignorándome.
—Te odio, Sebastian Kingsley —murmuré antes de terminar la llamada.
En cuanto se cortó la comunicación, me derrumbé por completo, sollozando como si me estuvieran destrozando el corazón pedazo a pedazo.
No sabía cuánto tiempo estuve llorando. ¿Minutos? ¿Horas? El tiempo había dejado de tener sentido.
Entonces, mi teléfono sonó.
Pero me quedé completamente atónita al ver que quien llamaba era Sebastian.
Él nunca me llamaba. Ni una sola vez.
¿Era aquella su manera de decirme que también quería el divorcio?
Estuve a punto de ignorar la llamada. Pero el teléfono siguió sonando, y el sonido resonó con fuerza en la habitación silenciosa. Con los dedos temblorosos, finalmente contesté, sin decir nada.
—¿Hola?
La voz que escuché no era la suya.
Era una mujer.
Cerré los ojos mientras el agotamiento se apoderaba de mí. ¿Hasta qué punto pensaba seguir haciéndome daño?
—¿Hola? ¿Hablo con la señora Kingsley? —volvió a preguntar la mujer con voz serena y educada.
—Sí —respondí con frialdad, alargando la mano hacia mi copa de vino—. ¿Qué ocurre?
—Le llamo del Hospital Evercare.
Apreté con más fuerza la copa.
—Le llamamos para informarle de que su esposo ha sufrido un grave accidente y necesitamos que acuda al hospital con urgencia.
La copa se me resbaló de la mano y se hizo añicos contra el suelo.
¿Sebastian... había sufrido un accidente?
SELENEAunque mi corazón latía desbocado, me volví lentamente para mirarlo de frente. Estaba tan cerca que podía sentir su calor, y lo que más me desconcertaba no era solo la distancia que nos separaba, sino la forma en que me miraba.Con dulzura. Con ternura.Tan diferente de aquellas miradas frías e indiferentes que solía dedicarme.Aquel no era el Sebastian que yo conocía.Aquel hombre, de pie a escasos centímetros de mí, sonriendo como si mi presencia realmente le importara y llamándome su esposa como si aquella palabra tuviera un significado especial, me parecía un desconocido con el rostro de mi marido. Y, de alguna manera, eso dolía más que toda la crueldad que me había mostrado.Se me escapó un suspiro silencioso mientras apartaba la mirada.No me atrevía a desear que siguiera siendo así. La esperanza ya me había traicionado una vez.—Con permiso —susurré, intentando pasar por su lado.Pero él se movió y me bloqueó el paso con su imponente figura.Antes de poder evitarlo, mis
Había esperado tres años a que me mirara de aquella manera, y ahora que por fin lo hacía, no sabía cómo comportarme.SELENETres años. Tres largos años de silencio, de indiferencia y de sentirme invisible. Y ahora... me estaba mirando. Pronunciando mi nombre. Selene. Sus labios lo dejaron escapar como si fuera un hechizo, haciendo añicos los muros que había construido alrededor de mi corazón.Pero había una pregunta que ardía en mi interior con más fuerza que el alivio o la alegría: ¿Lo recuerda todo... o solo mi rostro?—¿Cómo es posible que la recuerde a ella y no a nosotros? —espetó Nora, señalándome.Los ojos de Sebastian pasaron de los míos a los de su hermana.—¿Quién... eres tú?Nora soltó un resoplido y retrocedió, perdiendo la seguridad por primera vez.—Mírame, Sebastian —dijo la señora Kingsley con dulzura, sujetándolo por los brazos—. Soy tu madre.—¿Mi... madre? —repitió él, con la confusión nublándole el rostro.—¡Sí! —exclamó ella, con una mezcla de esperanza y miedo en
Estaba preparada para poner fin a lo nuestro... pero no estaba preparada para perderlo.SELENEEstaba sentada en la fría sala de espera del quirófano, con las manos fuertemente apretadas sobre el regazo y la mirada fija en las paredes asépticas. El tiempo parecía cruel y lento, alargándose interminablemente. El penetrante olor a desinfectante me quemaba la nariz y me oprimía el pecho como un peso que no podía levantar.Nunca en mi vida había sentido tanto miedo.Mi mente no dejaba de reproducir todo lo que le había dicho: la rabia, el dolor, las palabras que le había lanzado por teléfono. Había arremetido contra él cuando ni siquiera podía defenderse.Y yo ni siquiera sabía que... estaba luchando por su vida.Bajé la mirada hacia mis manos temblorosas y una lágrima se deslizó por mi mejilla hasta caer sobre mis nudillos. Le había dicho que lo odiaba. Le había dicho que quería que desapareciera de mi vida.Pero nunca había querido esto.Nunca había querido perderlo de esta manera.Por
Me había preparado para sufrir por amor, pero no para esto.SELENE—Quiero el divorcio.Las palabras temblaron en mis labios mientras contemplaba el sobre que apretaba entre las manos. El grueso papel color crema que contenía pesaba como una sentencia definitiva.—Estos tres años contigo han sido un infierno y yo... yo...La voz se me quebró. Cerré los ojos con fuerza mientras el dolor me inundaba el pecho.—No, Selene. No.Abrí los ojos y me encontré con mi reflejo en el espejo. Parecía cansada. Vacía. Como alguien que había llorado demasiado y había esperado durante demasiado tiempo.—Llevamos días practicando esto —me susurré con amargura—. Y aun así, no has sido capaz de decirlo.Con una respiración temblorosa, abrí el sobre y saqué los documentos del divorcio. Los bordes temblaban entre mis dedos.Me había llevado tres años reunir por fin el valor para abandonar aquel infierno disfrazado de matrimonio. Tres años de silencio, de aguantar y de fingir que todo estaba bien.¿Qué me h
A las tres de la madrugada, mi esposo recordó dónde vivía, y yo recordé por qué había dejado de tener esperanzas.SELENEBip... Bip... Bip...Mis manos se quedaron inmóviles sobre el tirador del refrigerador.Por un momento, me quedé allí de pie, con el corazón dando tumbos ante el sonido agudo del código de la puerta introducido incorrectamente. La sala estaba en penumbra, con las sombras extendiéndose perezosamente por las paredes mientras entrecerraba los ojos para mirar el reloj de la pared.Las 3:00 a. m.Bip... Bip... Bip...El sonido volvió a escucharse, esta vez con más desesperación. Oí unos insultos ahogados al otro lado de la puerta y el tintineo del metal mientras alguien forcejeaba torpemente con el teclado numérico.Cerré el refrigerador despacio y me aparté de él, aferrando los dedos al borde de mi camisón. Sentí una opresión en el pecho, no por miedo, sino por esa resignación sorda y familiar.Finalmente, la cerradura hizo clic.La puerta se abrió con un chirrido.Di u







