로그인La cena se sirvió en el gran comedor bajo la luz opulenta de la lámpara de araña. El ambiente era tan denso que el chasquido de los cubiertos de plata sobre la porcelana sonaba como pequeños latigazos en medio del silencio.En la cabecera presidía Diego, con la vista fija en la copa de vino que apenas había probado. A su derecha, Mariana intentaba mantener una conversación casual sobre los reportes financieros de la tarde, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia Samanta, quien ocupaba el extremo opuesto con una calma impenetrable.—La prensa económica estuvo buscando declaraciones a la salida de la junta —comentó Mariana, elevando la voz con una falsa ligereza—. Querían saber si habrá un evento benéfico para presentar oficialmente la fusión. Les dije que la nueva Sra. Smith seguro estaría encantada de asumir esas tareas de anfitriona... si es que la salud se lo permite, claro. Se te ve tan abatida, Samanta.Samanta cortó un trozo de su corte vegetariano con una precisión impecable
Una vez en la intimidad de la suite principal, Samanta aseguró la puerta con cerrojo y caminó hacia el ventanal. Miró las imágenes guardadas en la galería de su teléfono: las pruebas del fraude financiero, las transferencias forzadas y las fechas que delataban la emboscada orquestada por Diego antes de la boda. Necesitaba mover esa información de inmediato a un lugar seguro.Buscó en su lista de contactos un número que pocos conocían. Gabriel Méndez no solo era uno de los litigantes corporativos más respetados y minuciosos del país, sino también un viejo amigo de la familia Rosell que jamás se había dejado comprar por el dinero o el peso del apellido Smith.Marcó mediante una línea encriptada. Al tercer tono, la voz profunda y serena del abogado contestó al otro lado.—¿Samanta? —preguntó Gabriel, con una mezcla de sorpresa y sutil preocupación—. Vi los periódicos esta mañana. Todo el mundo habla de la boda y de la consolidación de la fusión Rosell-Smith.—Nada de lo que ves en las no
El sonido lejano de unos pasos decididos sobre la grava interrumpió el profundo silencio de los jardines. Samanta levantó la vista y vio a través de los setos perfectamente recortados la imponente figura de Diego saliendo de la entrada principal de la mansión. Llevaba el traje impecable, la chaqueta abierta y los gemelos de oro brillando a la luz del sol de la mañana; la estampa perfecta del magnate intocable que se dirigía a la sede de sus empresas para ratificar la absorción de los bienes de los Rosell.Diego se detuvo al verla entre los rosales. Sus ojos oscuros se clavaron en ella con una mezcla de frustración y advertencia.—Me voy a las oficinas centrales —anunció Diego con voz firme y cortante, acercándose unos pasos hacia el jardín—. La junta directiva aprobará hoy la reestructuración final. Espero que, cuando regrese esta noche, hayas recordado cuál es tu lugar en esta casa y te comportes como se espera de una señora de la sociedad.Samanta se giró lentamente para enfrentarlo
La puerta de la biblioteca se abrió con un crujido pesado, revelando la silueta de Diego. El magnate se detuvo en el umbral, con una mano en el pomo y los ojos fijos en la figura de Samanta, recortada contra la luz suave que entraba por el gran ventanal.—¿Se puede saber qué haces en mi despacho? —preguntó él con voz baja y desconfiada, dando un par de pasos hacia el interior mientras la examinaba con la astucia de un depredador acostumbrado a anticipar cualquier amenaza.Samanta no se sobresaltó. Se giró con una lentitud calculada, sosteniendo un libro de pastas de cuero entre las manos que había tomado de la repisa contigua un segundo antes de que él entrara.—Buscaba algo para leer —respondió con perfecta neutralidad, dejando el libro sobre una mesa auxiliar con un gesto desinteresado—. Supuse que en una casa tan grande no tendría que pedir permiso para entrar a la biblioteca. O ¿es que hay algo aquí que deba permanecer oculto para la señora de la casa?Diego entornó los ojos, inte
El portón de caoba del comedor se cerró tras ella, dejando un rastro de tensión helada que sofocaba a los dos conspiradores.Mariana apretó los puños sobre el mantel de lino, con los nudillos blancos y el rostro desencajado por una mezcla de rabia e incredulidad. Miró a Diego, esperando que la persiguiera o que llamara al personal para poner a Samanta en su sitio, pero el magnate permanecía inmóvil en la cabecera.—¿Vas a dejar que te hable así en tu propia casa? —masculló Mariana en un susurro furioso, inclinándose hacia él—. ¡Esa estúpida acaba de amenazarnos! Se supone que a estas alturas estaría llorando en un rincón o rogando por tu atención. ¿Qué demonios le pasa?Diego no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija en la puerta por la que Samanta acababa de desaparecer. La sombra de duda que se había plantado en su pecho amenazaba con rasgar la fachada de control absoluto que tanto le había costado construir. Samanta no mostraba dolor; no había lágrimas, ni súplicas, ni el lla
Al día siguiente, la primera luz del amanecer comenzó a filtrarse entre las pesadas cortinas de satén de la suite principal. Samanta ya estaba despierta. No había logrado pegar ojo en toda la noche; la tensión acumulada, el constante malestar matutino del embarazo y el peso de la traición la mantuvieron en vela, pero su mente no descansó en vano. Había dedicado cada minuto a trazar con frialdad su nueva línea de conducta.Se levantó de la cama antes de que los sirvientes comenzaran con sus rutinas, se vistió con un elegante conjunto de tonos neutros y se arregló con meticulosa precisión. Frente al espejo, cubrió con maquillaje las sombras oscuras bajo sus ojos. No dejaría que nadie en esa casa viera una sola grieta en su postura.Al salir de la habitación, el olor a café recién colado impregnaba el amplio vestíbulo de la mansión Smith. Se dirigió al comedor principal, donde la mesa ya estaba dispuesta con un opulento desayuno. Para su sorpresa, no solo Diego estaba sentado al frente d







