เข้าสู่ระบบEl auto permanecía estacionado frente al edificio. La conversación sobre el pasado de Vivian se había disipado, dejando en el aire una carga de deseo contenido.Alessandro se inclinó hacia Elena, tomándola suavemente por la nuca para atraerla hacia él. Sus labios se encontraron en un beso cálido que rápidamente subió de intensidad. La mano de él se deslizó por la cintura de Elena hasta su espalda, pegándola a su pecho, mientras ella le rodeaba el cuello con los brazos, dejando escapar un leve suspiro que retumbó en el espacio cerrado del vehículo.El calor en el interior del auto se volvió sofocante. La respiración de Alessandro se agitó contra el cuello de Elena, descendiendo con besos lentos hasta la clavícula. Elena cerró los ojos, sintiendo un cosquilleo eléctrico recorrerle la piel, pero cuando sintió las manos de él apretar con más fuerza, puso las palmas sobre los hombros de Alessandro y lo frenó con gentileza.—Alessandro... espera —susurró con la voz entrecortada, buscando a
El video transmitido en vivo por Lorena no tardó más de dos horas en convertirse en un incendio incontrolable. Lo que Vivian Montiel calculó como una pequeña rabieta para humillar a una desconocida en una tienda de lujo se transformó, en cuestión de minutos, en el escándalo mediático más bochornoso de la temporada.En la suite del hotel de cinco estrellas donde Vivian se hospedaba, el teléfono no paraba de sonar. Las notificaciones en la pantalla de su tableta se acumulaban a una velocidad feroz: miles de comentarios, etiquetas en portales de noticias y mensajes de indignación marcaban cada segundo.—¡Es un complot! ¡Esa muerta de hambre y su amiga lo planearon todo para destruirme! —gritaba Vivian fuera de sí, arrojando una copa de cristal contra la pared opuesta.Su asistente personal, pálida y con las manos temblándole sobre la laptop, no sabía dónde esconder la mirada.—Señora Montiel... la situación se salió de control —logró articular la joven con la voz entrecortada—. El hashta
El trayecto de regreso transcurrió en un silencio tenso pero necesario. Alessandro conducía con una mano firme en el volante y la otra sujetando suavemente los dedos de Elena sobre el asiento del copiloto.Al detenerse en la entrada del edificio de Elena, Lorena se acomodó la correa del bolso y tomó la bolsa de la boutique.—Los dejo para que hablen con calma —dijo Lorena desde la parte trasera, abriendo la portezuela con discreción—. Yo me adelanto con el vestido para que no se arrugue. Nos vemos arriba, Elena. Gracias por traernos Alessandro.—Gracias a ti por cuidar a Elena, Lorena —respondió él con una inclinación de cabeza.Elena le dedicó una sonrisa a su amiga mientras esta descendía del vehículo y cruzaba el vestíbulo del edificio. En el interior del auto, el ambiente se volvió íntimo, rodeado únicamente por el murmullo de la tarde.Alessandro se giró en el asiento para quedar de frente a Elena, buscando sus ojos avellana con serenidad y una absoluta transparencia.—Sé que tie
El ambiente dentro de la boutique era irrespirable. Los susurros de los clientes, las miradas atónitas de las empleadas y la cara desencajada de Vivian, que no dejaba de revisar las pantallas viendo cómo su nombre se convertía en tendencia por las razones equivocadas, mantenían el lugar en un hilo de tensión a punto de romperse.—¡Apaga ese maldito teléfono ahora mismo! —exigió Vivian, dando un paso furioso hacia Lorena mientras su escolta intentaba tapar la lente con una mano.—A mí no me pones una mano encima —lo frenó Lorena, manteniendo la transmisión firme—. La gente sigue viendo lo educadita que eres cuando no te salen las cosas como quieres.Elena se mantenía firme frente al vestidor, sosteniendo la bolsa con el vestido verde esmeralda ya empacado tras haber completado la compra. No había en sus ojos el menor rastro de temor.En ese instante, el chirrido de unos neumáticos sobre el pavimento exterior retumbó en la entrada del centro comercial. Apenas unos segundos después, las
Elena le sostuvo la mirada a Vivian sin dejarse intimidar. No iba a permitir que una desconocida la humillara; en el pasado habría cedido sin oponer resistencia, pero esta vez no estaba dispuesta a cometer los mismos errores.—No le voy a entregar el vestido —contestó Elena con voz firme, sosteniendo la prenda con seguridad—. Yo lo vi primero, y si me queda, me lo voy a llevar.—¿Qué has dicho? —exclamó la mujer con indignación—. ¿Acaso no sabes quién soy yo?—No lo sé y no me interesa —repuso Elena con serenidad—. Así que si me disculpa, voy a probarme el vestido.—Te dije que me lo des —insistió la mujer, dando un paso al frente—, ¿o prefieres que te lo quite?—Inténtalo —intervino Lorena, colocándose al lado de su amiga con gesto desafiante—, y yo misma me voy a encargar de arrancarte una por una las extensiones de cabello falso que llevas puestas.La mujer retrocedió un paso, llevándose una mano al pecho en señal de desconcierto.—Pero por favor, ¡qué vulgaridad! —protestó mirando
En el despacho de la residencia Valenti, se respiraba un aire de absoluta tensión. Alessandro permanecía sentado tras el amplio escritorio de caoba, mientras Isabella y Amelia ocupaban los sillones de piel frente a él. Sobre la mesa descansaba el teléfono del empresario con la pantalla bloqueada, ocultando el mensaje que la noche anterior había amenazado con alterar su paz.—Sigo sin poder creer el descaro de esa mujer —comentó Amelia, apretando el bolso entre las manos con evidente indignación—. Después de todo el daño que le hizo a la familia, de cómo vendió información de la empresa y de las mentiras que inventó antes de huir de Nueva York, ¿ahora pretende regresar como si nada hubiera pasado?—Esa mujer no tiene vergüenza, mamá —repuso Isabella con firmeza, mirando a su hermano—. Cuando te engañó en el pasado, no solo lastimó tu orgullo; sembró en ti esa desconfianza por las mujeres que casi destruye tu relación con Elena. Sabe perfectamente el terreno que pisa.Alessandro escu







