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last update publish date: 2026-09-23 05:33:10

La empleada colocó el último plato sobre la mesa del comedor, que parecía excesivamente completa, como si fuera un cuadro lujoso de deliciosos manjares más que una simple cena. Luego se retiró en silencio, sin hacer el menor ruido, dejando la habitación sumida en una cálida quietud que solo rompía el suave sonido de sus respiraciones.

Mazen estaba sentado en la cabecera de la mesa. Levantó el tenedor con cuidado, con un trozo de carne asada en él, y luego extendió la mano hacia su esposa para darle de comer, como solían hacer entre ellos.

Ella se inclinó ligeramente hacia él y tomó el bocado con una pequeña sonrisa. Luego no soltó su mano, sino que pasó los dedos suavemente sobre ella en una caricia fugaz, como si intentara aferrarse a aquel raro momento de calma entre ambos.

Aquel día estaba más ligera, más tranquila de una manera llamativa, como si algo dentro de ella finalmente se hubiera estabilizado... o al menos eso parecía.

Mazen retiró lentamente la mano y se apoyó contra el respaldo de su silla mientras la observaba con unos ojos que escondían una cautela que se había prolongado durante toda una semana.

Había estado esperando aquel cambio.

Lo veía, lo comprendía a medias, lo veía mejorar, pero todavía no se sentía completamente tranquilo al respecto.

Ella dejó el tenedor a un lado y juntó las manos bajo la barbilla.

—Mazen... quiero hablar contigo de algo importante.

Él fijó inmediatamente la mirada en ella, como si hubiera sabido que aquella frase acabaría llegando tarde o temprano.

Asintió brevemente sin interrumpirla.

Respiró profundamente y luego dijo con una voz más tranquila:

—He tomado una decisión... No volveré a someter mi cuerpo a más sufrimiento. Tenías razón, mi salud es más importante que cualquier otra cosa. En cuanto al tema de tener hijos... lo aceptaré como un destino y aprenderé a conformarme con ello.

—Bien... Es una decisión sensata.

Ella sonrió ligeramente, como si hubiera encontrado en sus palabras un pequeño espacio de seguridad.

Luego se inclinó un poco hacia delante, como si se preparara para la parte más importante de su conversación.

—Pero tengo otra propuesta...

Él arqueó ligeramente una ceja, esperando.

Ella continuó rápidamente, con un entusiasmo apenas disimulado:

—¿Recuerdas que hace un año nos propusiste adoptar? Un niño o una niña que pudiéramos criar juntos... Ahora creo que es una solución perfecta. En aquel momento no estaba convencida, pero ahora... creo que las cosas son diferentes.

Él permaneció mirándola en silencio mientras ella continuaba, con la voz cada vez más cálida:

—Ahora soy más receptiva y estoy más tranquila... Lo criaremos juntos, le daremos una vida y llenará nuestra casa. No te preocupes, prácticamente lo he pensado todo. Lo único que necesito es tu aprobación.

Él guardó silencio unos instantes antes de responder con una voz más tranquila de lo que ella esperaba:

—¿Y qué hay de este cambio? ¿Qué te ha hecho inclinarte por esta decisión ahora?

Ella vaciló un instante y luego sonrió ligeramente.

—Quizá porque ahora veo las cosas de una manera más sencilla... Soy menos dura conmigo misma.

Mazen se recostó un poco más en la silla y permaneció observándola durante largos segundos antes de preguntar:

—¿Y estás segura de que esta es realmente tu decisión?

Hubo un breve silencio.

Finalmente, él se inclinó un poco hacia delante y dijo:

—Está bien... Si esta es realmente tu decisión, no me opondré. Pero lo pensaremos juntos, paso a paso, sin precipitarnos.

Sus ojos se iluminaron con un alivio evidente, como si una gran parte del peso que llevaba encima hubiera desaparecido de repente.

Luego susurró con una sonrisa sincera:

—Sabía que me entenderías.

Él respondió con calma, sin dejar de observarla con una discreta atención:

—Te entiendo... pero también sé leer lo que hay detrás de tus palabras.

❈-❈-❈

Salma abrió la enorme maleta colocada sobre la cama vacía, ocupando casi la mitad de su superficie, y se inclinó sobre ella para ordenar cuidadosamente lo que había dentro.

La habitación estaba llena del caos organizado propio de cualquier mudanza: las puertas del armario estaban completamente abiertas, los cajones sobresalían y la ropa estaba esparcida sobre la cama y la pequeña silla de madera.

Salma iba y venía entre el armario y la maleta con rapidez y ligereza. Recogía la ropa entre sus brazos, regresaba y la doblaba cuidadosamente antes de presionarla dentro de la maleta, intentando aprovechar hasta el último espacio disponible.

Mientras tanto, Asia estaba ocupada recogiendo el resto de sus pertenencias.

Tomó una gran caja de cartón y la colocó en el suelo junto a la biblioteca. Luego comenzó a meter los libros uno por uno. Sacó algunos de los estantes superiores, les quitó una fina capa de polvo y después los acomodó dentro de la caja.

Luego se dirigió a la mesa auxiliar. Levantó con cuidado el jarrón de cristal y después la pequeña lámpara. Envolvió ambos con un trozo de tela antes de colocarlos dentro de la caja para evitar que se rompieran durante el traslado.

Salma levantó la cabeza desde encima de la maleta. Empezaba a sentir que la ropa se multiplicaba más allá de la capacidad de aquella maleta.

—Asia, esta maleta no será suficiente... ¿Traigo otra?

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