ログインEl hospital estaba iluminado con esa frialdad blanca que hacía que todo pareciera más urgente. El olor a desinfectante impregnaba el aire y cada paso que dábamos resonaba en los largos y silenciosos pasillos. Apenas cruzamos la puerta de urgencias, mamá se abalanzó sobre mí.“Cami… ¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho? ¿Dónde estás lastimada?” Sus palabras se atropellaban, como si necesitara confirmar que estaba entera.“Estoy bien, mamá. Me duele el pie y un poco la espalda, pero estaré bien”, respondí, intentando sonar convincente. Sabía que era inútil; la letanía vendría de todos modos.Papá se inclinó hacia mí con un gesto angustiado. Era la primera vez que entraba por urgencias y era novedad para todos.“Ahora sí que nos asustaste bastante, pequeña. ¿Qué fue lo que pasó?”Abrí la boca para contestar, pero Jacob se adelantó con calma ensayada:“Supongo que Camila debe aprender a no usar botas con tacón en un concierto, menos aún si piensa subirse a una barda y saltar al ritmo de la m
“¿¡Qué me perdí!?” La voz de Kate rompió el silencio. Jacob apartó las manos de inmediato y me bajó la blusa, mientras yo lamentaba que ella hubiera llegado justo entonces.“Hubo una pelea y Camila fue daño colateral”, dijo Jacob con su tono serio habitual.Jacob le dirigió una mirada asesina, pero Kate, siendo Kate, ni se inmutó.“¡Oh, Cami!” Kate se arrodilló a mi lado, con el rostro lleno de culpa. “Había demasiada gente en el baño; no pensé que me iba a tardar tanto. Esto es mi culpa; no debería haberte dejado aquí sola. Lo siento tanto.”Me apartó un mechón de la cara y secó una lágrima con la naturalidad de quien siempre había estado para mí. Así éramos: cuidándonos mutuamente, compensando lo que la vida nos lanzaba. Me regaló una sonrisa suave, esa que siempre me hacía sentir que todo estaría bien, aunque por dentro estuviera rota.“¿Quién es el imbécil al que debo patear en la espinilla?”, preguntó Kate para disminuir la tensión y logró sacarme una sonrisa.“No tengo ni la men
Las luces del escenario parpadeaban al ritmo de la batería y el público gritaba como si la vida entera dependiera de esa canción. Kate estaba en éxtasis, grabando todo con su teléfono y saltando como si cada acorde fuera un regalo. Yo me dejaba llevar, aunque la música no era exactamente mi estilo; prefería mirar alrededor, sentir la vibración del lugar, la ola de energía que nos envolvía. Admito que, por un instante, también me dejé contagiar por el fervor.Después de varias canciones, Kate me gritó al oído:“¡Necesito ir al baño!”“Voy contigo”, contesté de inmediato.“¿Estás loca? ¡Tienes que quedarte a grabar! He aguantado tres canciones para no perderme nada, pero ahora sí no aguanto más. Está justo ahí atrás”, señaló con la mano, a unos veinte metros.“Pero, Kate…”“Por favor, Cams, quédate a grabar; prometo hacerlo en tiempo récord.”La miré dudosa. No me gustaba separarnos, pero no se veía que hubiera mucha fila y supuse que volvería pronto. Asentí y me quedé con la misión de
Estacionamos y nos dirigimos hacia la entrada. Tras pasar el arco de seguridad, llegamos a una zona con mesas altas y una barra de bebidas y comida. Jacob, en cuanto divisó a un grupo de personas, les hizo un gesto con la cabeza.Ahí lo entendí: tenía amigos esperando. Claro, para él esto no era un sacrificio, sino una oportunidad de reunirse con su gente y, encima, con entrada asegurada. No me estaba haciendo ningún favor, sólo se acomodaba a las circunstancias. Y aun así, me sentí ligeramente desilusionada. Nos acercamos a ellos.“Todos, ella es Camila y su amiga es Kate”, nos presentó con la sobriedad que le caracterizaba, pero ese ‘Camila’, ronco y deliberado, volvió a erizarme la piel.Los saludos fueron breves hasta que llegamos a su amigo Steve, quien se detuvo con un aire más juguetón.“Hola, Camila. Soy Steve y ese pelmazo que está ahí es mi mejor amigo”, señaló a Jacob con naturalidad, haciéndome reír. Jacob, a mi sorpresa, también parecía relajado. “He escuchado hablar much
Kate llegó temprano el sábado con la determinación de convertir mi cuarto en un probador de revista. Su plan era arreglarnos juntas y decidir cuál sería el outfit perfecto.Yo ya había resuelto el asunto con mis jeans de siempre y mis Converse, pero con Kate no había escapatoria: entre sus sugerencias y su entusiasmo, terminé convencida de usar jeans oscuros, botas negras con tacón ligero, una blusa ajustada que enmarcaba mi cintura y una chamarra de mezclilla. Ella misma se encargó de soltarme el cabello en ondas suaves y de aplicarme un maquillaje que realzaba mis ojos verdes con motas doradas.Kate, en cambio, después de probarse media maleta, se decidió por algo mucho más sencillo: jeans normales y tenis. La ironía era evidente. Cuando la miré con cara de reproche, se limitó a encogerse de hombros y a declarar que su altura jugaba a su favor, mientras que la mía necesitaba ‘un empujoncito extra’.Mamá y papá habían decidido salir a cenar a un restaurante italiano en la ciudad, así
El timbre de la escuela siempre sonaba como un recordatorio de que el día apenas comenzaba, aunque para mí ya era una pequeña batalla ganada: había logrado llegar a tiempo, con el cabello medianamente decente y la tarea de matemáticas avanzadas terminada.La escuela tenía ese aire caótico que sólo los adolescentes podían darle a un edificio: mochilas tiradas en el suelo, lockers que se abrían de golpe, risas que se mezclaban con el sonido metálico de las puertas al cerrarse.Kate me esperaba junto a mi casillero, con la energía de siempre y esa sonrisa que podía iluminar hasta los lunes más grises. Apenas me vio, me agarró del brazo y empezó a hablar del concierto como si el mundo entero girara en torno a ese sábado. Sospechaba que así serían los próximos días.“No sabes, Cams, ya tengo todo planeado: qué me voy a poner, cómo vamos a llegar, hasta qué vamos a comer antes. ¡Estoy contando las horas!”“¡Faltan días! ¿Dormiste algo o pasaste la noche planeando?”, le pregunté mientras met







