로그인“¿¡Qué me perdí!?” La voz de Kate rompió el silencio. Jacob apartó las manos de inmediato y me bajó la blusa, mientras yo lamentaba que ella hubiera llegado justo entonces.
“Hubo una pelea y Camila fue daño colateral”, dijo Jacob con su tono serio habitual.
Jacob le dirigió una mirada asesina, pero Kate, siendo Kate, ni se inmutó.
“¡Oh, Cami!” Kate se arrodilló a mi lado, con el rostro lleno de culpa. “Había demasiada gente en el baño; no pensé que me iba a tardar tanto. Esto es mi culpa; no debería haberte dejado aquí sola. Lo siento tanto.”
Me apartó un mechón de la cara y secó una lágrima con la naturalidad de quien siempre había estado para mí. Así éramos: cuidándonos mutuamente, compensando lo que la vida nos lanzaba. Me regaló una sonrisa suave, esa que siempre me hacía sentir que todo estaría bien, aunque por dentro estuviera rota.
“¿Quién es el imbécil al que debo patear en la espinilla?”, preguntó Kate para disminuir la tensión y logró sacarme una sonrisa.
“No tengo ni la menor idea”, respondí ya un poco más tranquila.
“Tenemos que llevarte al hospital. El tobillo está mal y tienes moretones en la espalda. En el camino llamaré a Sam”, sentenció Jacob.
Asentí sin fuerzas.
Steve se acercó con una expresión sincera.
“Lo siento mucho, Cami. Espero que te recuperes pronto. Jacob, avísame si necesitas algo.”
“Gracias”, dijimos los dos al mismo tiempo. Nos miramos sorprendidos, y enseguida gritamos:
“¡Jinx!”
Jacob lo dijo primero. Ganó.
“Un Kit Kat” fue lo que Jacob pidió.
Kate nos observó incrédula.
“Ok, entonces… ¿te pasa encima media multitud y aun así tienes ánimos de jugar al ‘Jinx’? Ay, Cams, eres única.”
“Sí, lo es”, susurró Jacob, demasiado bajo como para que alguien más lo oyera.
Con la ayuda de ambos intenté incorporarme, pero era evidente que no podía caminar.
“Jacob, perdí mi teléfono. No sé dónde quedó…”
Miramos alrededor, pero no había rastro de él. Quizá alguien había aprovechado la ocasión para llevárselo.
“Luego te compro otro. ¿Lista?”
«¿Lista para qué?»
Me miró fijo y, antes de que pudiera decir nada, me levantó en brazos con un movimiento firme. Quedé a horcajadas sobre él, mis piernas rodeando su cintura, mis brazos alrededor de su cuello, instintivamente. Mis ojos abiertos como platos.
“¡Jacob! ¿Qué estás haciendo?”, pregunté, mascullando las palabras, con la voz más nerviosa de la historia. Oh, Dios, no me lo esperaba. No sabía si debía sentir vergüenza o… otra cosa.
“Caminando al coche, Camila. Tienes la espalda lastimada y no puedes apoyar el pie. Te cargué. Fin.” Lo dijo con tanta naturalidad como si la posición en la que me llevaba fuera la más lógica del mundo. Quizá, él tenía razón, pero eso no evitaba que mi corazón se desbocara. La posición era demasiado sugerente y, por un instante, hasta se me olvidó el dolor del tobillo.
Al mirar a Kate, vi que apenas podía contener la risa, con una expresión traviesa que decía ‘esto se pone bueno’. Nathalia, en cambio, parecía a punto de explotar; la vi dar un paso, decidida a seguirnos, hasta que una de sus amigas la detuvo. Elegí mirar hacia otro lado, sobre todo porque sabía que mis mejillas estaban sonrojadas y no quería que fuera tan evidente para sus amigos.
El coche no estaba lejos, tristemente. Yo me aferraba al cuello de Jacob y, al apoyar la cabeza en su hombro, mis labios rozaron su piel sin querer. Lo sentí tensarse, pero en lugar de apartarme, me sostuvo con más fuerza contra él.
Cuando llegamos, Kate abrió la puerta y Jacob me acomodó en el asiento con un cuidado sorprendente. Se inclinó sobre mí un instante más de lo necesario, rozando mi mejilla con la yema de los dedos, antes de apartarse y cerrar la puerta. Kate se sentó en su lugar sin decir nada.
En cuanto encendió el motor, llamó a Sam para avisarle. No entró en detalles; sólo le explicó que se me había lastimado el tobillo y que nos veríamos en el hospital.
Durante el trayecto, yo trataba de mirar por la ventana, pero en realidad no dejaba de observarlo de reojo. Cada vez que la luz de un semáforo iluminaba su perfil, me parecía distinto. No lograba entender qué había cambiado; sólo sabía que lo inesperado de la noche no se reducía a una caída ni a un tobillo torcido. Algo más se había movido, y no estaba segura de quererle poner nombre.
“¿Sabías que los globos aerostáticos funcionan según el principio de Arquímedes?”, comenté, apoyando las manos en el borde.Jacob rió, como siempre, como cuando lo sorprendía con algún dato curioso o no tan curioso… para él.“No, pero me encanta que lo sepas.”Seguramente el genio sí lo sabía, pero lo negaba.“La idea es simple: el aire caliente dentro de la envoltura pesa menos que el aire frío de afuera, y esa diferencia hace que suba. Como un barco flotando en el cielo”, expliqué, con la mirada fija en el horizonte.Respiré hondo, saboreando el momento.“Ahora entiendo por qué me despertaron a esa hora. Los globos tienen que despegar temprano porque el cielo todavía no ha decidido ser hostil
Jacob sostenía un ramo de flores y un globo con forma de oso panda que decía ‘Feliz cumpleaños’.Papá, con esa sonrisa traviesa que delataba una conspiración, parecía tan emocionado como yo.“¿Qué están tramando ustedes dos?”, les pregunté, mirándolos con sospecha.“Pronto lo descubrirás”, contestó papá y solo negué con la cabeza.Me acerqué y sentí que el corazón me brincaba en el pecho.“Feliz cumpleaños, Camila”, dijo Jacob, rodeándome con un brazo. Me apretó contra él en un fuerte abrazo y luego me besó en la frente.“Jacob… esto es increíble, muchas gracias”, mi voz vibraba de emoción. Podría haber brincado como niña y no me habría importado.“Vamos, dense prisa, no quieren llegar tarde”, añadió papá con falsa seriedad. Me reí al ver que disfrutaba tanto del plan como si fuera suyo.“¿Vamos?”, preguntó J
Los minutos fueron horas, luego se convirtieron en días, y los días en semanas que se deslizaron como una bruma espesa, sin prisa y sin forma.Volví a las rutinas que ya no parecían mías. No sabría describir este modo letárgico en el que me había sumido más que decir que era un zombi que actuaba por inercia, copiando los movimientos de los demás sin juicio ni criterio.Kate siempre estaba cerca, con su risa y sus ocurrencias, tratando de arrancarme de mis pensamientos. A veces funcionaba, a veces no.Jacob había vuelto a aparecer de vez en cuando, siempre con la excusa de visitar a papá. No se quedaba mucho; no buscaba estar a solas conmigo. Sus gestos eran más contenidos, sus palabras más medidas, y sin embargo, bastaba un cruce de miradas para recordarme todo lo que había sucedido en el lago, en mi casa, en esos sil
“¿Cuánto?”La palabra salió antes de que pudiera detenerla. Clara. Filosa.“¿Qué?”, Jacob frunció el ceño.“¿Camila…?”, susurró papá, incrédulo.Pero yo no miraba a ninguno de los dos.Miraba a Paul.“¿Cuánto quieres?”Paul arqueó las cejas con lentitud calculada.“No entiendo a qué te refieres, cariño.”Esa palabra.«Cariño.»Dicha como quien pone una mano sucia sobre algo que no le pertenece.“Sabes perfectamente a qué me refiero. Y no me llames cariño.”Respiré hondo.
Esa noche, papá y yo habíamos decidido cocinar juntos. Sonaba un disco viejo de jazz en la bocina de la cocina y las notas suaves parecían envolvernos como una manta. Papá cortaba tomates mientras yo mezclaba una salsa, y entre risas, chistes malos y cucharas que chocaban contra los sartenes, por un instante, la casa volvió a sentirse como antes. Cálida. Hogareña.Pero la calidez se quebró en cuestión de segundos. El cuerpo de papá se tensó como un resorte y el brillo de la música pareció apagarse de golpe. El aire cambió, como si un frío invisible hubiera llenado la estancia.“Camila, sube a tu habitación”, me pidió con voz grave, sin apartar la mirada de la ventana.“¿Papá, ocurre algo?”, pregunté, sintiendo que la sangre me huía del rostro y que el c
Los días siguientes al fin de semana en el lago me parecieron extraños, como si de pronto mi vida hubiera entrado en un terreno movedizo. Todo se veía igual —las aulas, las tareas, incluso las comidas con papá—, pero por dentro nada estaba en su lugar.Jacob había desaparecido en la rutina con una facilidad desconcertante. Seguía viniendo algunas noches a cenar con nosotros, como siempre, pero ya no había miradas furtivas ni palabras que se quedaran a medio camino. Había regresado a su versión más formal: frases cortas, tono correcto, la sonrisa educada de siempre. Como si aquel beso en el bosque, sumado al beso al llegar a casa, hubiera sido un espejismo que yo sola había inventado.Yo me esforzaba por actuar normal, por reírme de los chistes de papá durante la cena o por hablar con Kate de cualquier cosa para distraerme, pero cada vez que
El lunes, después de regresar del lago, la rutina escolar se sentía casi absurda. Los pasillos estaban igual de ruidosos; los maestros repetían sus fórmulas y tareas, y sin embargo, yo me sentía en otro plano, como si llevara un secreto escrito en la piel que na
“Es hermoso, ¿cierto?”, murmuré, contemplando los árboles, el cielo, los pájaros.“Sí, lo es”, contestó él, pero Jacob no miraba el bosque. Me miraba a mí.Sonreí ante
El pronóstico decía que el sol saldría a las siete, así que puse mi alarma a las cinco. No perdería el amanecer por nada. Me haría un moño alto y rápido; el baño podía esperar hasta el regreso.Llevaba conm
El frío de la noche empezó a colarse poco a poco, sigiloso, como si el bosque reclamara su espacio una vez apagado el fuego. Después de levantar todo y asegurarnos de que la fogata había quedado en cenizas, entramos a la casa arrastrando risas, mantas y ese cansancio a







