ログインTuve que alejar el teléfono de mi oído porque Kate no paraba de gritar y, a este paso, estaba segura de que me quedaría sorda. Apenas la había puesto al tanto de la cena y de la idea que mamá había tenido cuando empezó a desbordar de emoción, como si hubiera ganado la lotería.
“¡No lo puedo creer! ¡NO LO PUEDO CREER! ¡Vamos a ir al concierto! ¡Tu mamá dijo que sí!”
“Kate, espera, tenemos una condicionante”, respondí con cautela. La verdad era que, si ya no había entradas disponibles, no sabía cómo iba a salir de esta.
“Lo sé, lo sé, Cams, pero lo importante fue el sí. Ahora mismo consigo la entrada de Jacob; estoy segura de que aún hay entradas disponibles. ¡Cams, estoy tan feliz; no puedo con la emoción!”
«Dios, si todavía hay entradas disponibles, debe ser por algo…»
“Sí, eso ya lo había notado”, me reí, imaginándola saltando en su cama como una niña de cinco años.
“Muchas gracias, Cami, por acompañarme.”
“Bueno, más bien deberías agradecerle a Jacob. Mamá había dicho que no.”
“¡Es cierto!”, hubo un breve silencio del otro lado de la línea, hasta que añadió: “Espera, con la euforia olvidé por completo que se trataba de Jacob. ¿Cómo te sientes al respecto?”
“Mmm… creo que no he pensado mucho en eso. Me sorprendió que dijera que sí”, contesté, y era cierto. Estaba tan ansiosa por contarle a Kate que iríamos que ni siquiera me había detenido a reflexionar sobre lo que implicaba pasar tiempo con Jacob, sin mamá ni papá a la vista. Creo que nunca había estado en una situación así; lo más cercano a ‘convivir’ a solas había sido esperar juntos los tres minutos que tardaban unas palomitas en el microondas, sin que ninguno de los dos dijera palabra alguna.
“Vaya, sí que fue una sorpresa. No me imagino a Jacob en un concierto de este tipo. ¿Sabrá que los trajes no están incluidos en el código de vestimenta?”
Esa sí me hizo reír de verdad. Kate siempre terminaba con algún comentario que remataba la conversación.
“Supongo que tendremos que esperar hasta el sábado para averiguarlo.”
“¡Supongo que sí!”, exclamó con un entusiasmo inagotable y luego añadió. “De la logística mejor ni hablamos, ¿verdad?”
“No quedamos en algo específico y ahorita prefiero no entrar en detalles; al menos, deberíamos esperar a confirmar que efectivamente tiene entrada.”
“Estoy en ello, sólo dame un par de segundos más…”
Mientras esperaba a Kate, comencé a divagar sobre cómo sería la experiencia de ir a un concierto con Jacob, cómo se comportaría.
“Listooo. Ya tenemos la entrada de nuestro héroe sin capa.”
“Estamos seguras de que queremos hacer esto, ¿verdad?”
“Camilaaa, obvio estamos súper ultra mega seguras. Es Trollex, recuérdalo”.
«Es Jacob, recuérdalo.»
“Bueno, yo sólo decía… para estar cien por ciento seguras”, dije tratando de aligerar el ambiente.
“¡Estamos mil por ciento seguras!”, contestó Kate con demasiado entusiasmo. No podía quitarle esto, no por mis inseguridades.
Seguimos hablando un rato más, riendo y diciendo tonterías al respecto, pero mientras lo hacíamos, yo ya empezaba a sentir una incomodidad distinta, como si, bajo la superficie de la emoción, hubiera algo que no podía nombrar del todo. Una sensación extraña, indefinida, que se instalaba despacio y me acompañaba cada vez que pensaba en el sábado.
El hospital estaba iluminado con esa frialdad blanca que hacía que todo pareciera más urgente. El olor a desinfectante impregnaba el aire y cada paso que dábamos resonaba en los largos y silenciosos pasillos. Apenas cruzamos la puerta de urgencias, mamá se abalanzó sobre mí.“Cami… ¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho? ¿Dónde estás lastimada?” Sus palabras se atropellaban, como si necesitara confirmar que estaba entera.“Estoy bien, mamá. Me duele el pie y un poco la espalda, pero estaré bien”, respondí, intentando sonar convincente. Sabía que era inútil; la letanía vendría de todos modos.Papá se inclinó hacia mí con un gesto angustiado. Era la primera vez que entraba por urgencias y era novedad para todos.“Ahora sí que nos asustaste bastante, pequeña. ¿Qué fue lo que pasó?”Abrí la boca para contestar, pero Jacob se adelantó con calma ensayada:“Supongo que Camila debe aprender a no usar botas con tacón en un concierto, menos aún si piensa subirse a una barda y saltar al ritmo de la m
“¿¡Qué me perdí!?” La voz de Kate rompió el silencio. Jacob apartó las manos de inmediato y me bajó la blusa, mientras yo lamentaba que ella hubiera llegado justo entonces.“Hubo una pelea y Camila fue daño colateral”, dijo Jacob con su tono serio habitual.Jacob le dirigió una mirada asesina, pero Kate, siendo Kate, ni se inmutó.“¡Oh, Cami!” Kate se arrodilló a mi lado, con el rostro lleno de culpa. “Había demasiada gente en el baño; no pensé que me iba a tardar tanto. Esto es mi culpa; no debería haberte dejado aquí sola. Lo siento tanto.”Me apartó un mechón de la cara y secó una lágrima con la naturalidad de quien siempre había estado para mí. Así éramos: cuidándonos mutuamente, compensando lo que la vida nos lanzaba. Me regaló una sonrisa suave, esa que siempre me hacía sentir que todo estaría bien, aunque por dentro estuviera rota.“¿Quién es el imbécil al que debo patear en la espinilla?”, preguntó Kate para disminuir la tensión y logró sacarme una sonrisa.“No tengo ni la men
Las luces del escenario parpadeaban al ritmo de la batería y el público gritaba como si la vida entera dependiera de esa canción. Kate estaba en éxtasis, grabando todo con su teléfono y saltando como si cada acorde fuera un regalo. Yo me dejaba llevar, aunque la música no era exactamente mi estilo; prefería mirar alrededor, sentir la vibración del lugar, la ola de energía que nos envolvía. Admito que, por un instante, también me dejé contagiar por el fervor.Después de varias canciones, Kate me gritó al oído:“¡Necesito ir al baño!”“Voy contigo”, contesté de inmediato.“¿Estás loca? ¡Tienes que quedarte a grabar! He aguantado tres canciones para no perderme nada, pero ahora sí no aguanto más. Está justo ahí atrás”, señaló con la mano, a unos veinte metros.“Pero, Kate…”“Por favor, Cams, quédate a grabar; prometo hacerlo en tiempo récord.”La miré dudosa. No me gustaba separarnos, pero no se veía que hubiera mucha fila y supuse que volvería pronto. Asentí y me quedé con la misión de
Estacionamos y nos dirigimos hacia la entrada. Tras pasar el arco de seguridad, llegamos a una zona con mesas altas y una barra de bebidas y comida. Jacob, en cuanto divisó a un grupo de personas, les hizo un gesto con la cabeza.Ahí lo entendí: tenía amigos esperando. Claro, para él esto no era un sacrificio, sino una oportunidad de reunirse con su gente y, encima, con entrada asegurada. No me estaba haciendo ningún favor, sólo se acomodaba a las circunstancias. Y aun así, me sentí ligeramente desilusionada. Nos acercamos a ellos.“Todos, ella es Camila y su amiga es Kate”, nos presentó con la sobriedad que le caracterizaba, pero ese ‘Camila’, ronco y deliberado, volvió a erizarme la piel.Los saludos fueron breves hasta que llegamos a su amigo Steve, quien se detuvo con un aire más juguetón.“Hola, Camila. Soy Steve y ese pelmazo que está ahí es mi mejor amigo”, señaló a Jacob con naturalidad, haciéndome reír. Jacob, a mi sorpresa, también parecía relajado. “He escuchado hablar much
Kate llegó temprano el sábado con la determinación de convertir mi cuarto en un probador de revista. Su plan era arreglarnos juntas y decidir cuál sería el outfit perfecto.Yo ya había resuelto el asunto con mis jeans de siempre y mis Converse, pero con Kate no había escapatoria: entre sus sugerencias y su entusiasmo, terminé convencida de usar jeans oscuros, botas negras con tacón ligero, una blusa ajustada que enmarcaba mi cintura y una chamarra de mezclilla. Ella misma se encargó de soltarme el cabello en ondas suaves y de aplicarme un maquillaje que realzaba mis ojos verdes con motas doradas.Kate, en cambio, después de probarse media maleta, se decidió por algo mucho más sencillo: jeans normales y tenis. La ironía era evidente. Cuando la miré con cara de reproche, se limitó a encogerse de hombros y a declarar que su altura jugaba a su favor, mientras que la mía necesitaba ‘un empujoncito extra’.Mamá y papá habían decidido salir a cenar a un restaurante italiano en la ciudad, así
El timbre de la escuela siempre sonaba como un recordatorio de que el día apenas comenzaba, aunque para mí ya era una pequeña batalla ganada: había logrado llegar a tiempo, con el cabello medianamente decente y la tarea de matemáticas avanzadas terminada.La escuela tenía ese aire caótico que sólo los adolescentes podían darle a un edificio: mochilas tiradas en el suelo, lockers que se abrían de golpe, risas que se mezclaban con el sonido metálico de las puertas al cerrarse.Kate me esperaba junto a mi casillero, con la energía de siempre y esa sonrisa que podía iluminar hasta los lunes más grises. Apenas me vio, me agarró del brazo y empezó a hablar del concierto como si el mundo entero girara en torno a ese sábado. Sospechaba que así serían los próximos días.“No sabes, Cams, ya tengo todo planeado: qué me voy a poner, cómo vamos a llegar, hasta qué vamos a comer antes. ¡Estoy contando las horas!”“¡Faltan días! ¿Dormiste algo o pasaste la noche planeando?”, le pregunté mientras met







