LOGINLas luces del escenario parpadeaban al ritmo de la batería y el público gritaba como si la vida entera dependiera de esa canción. Kate estaba en éxtasis, grabando todo con su teléfono y saltando como si cada acorde fuera un regalo. Yo me dejaba llevar, aunque la música no era exactamente mi estilo; prefería mirar alrededor, sentir la vibración del lugar, la ola de energía que nos envolvía. Admito que, por un instante, también me dejé contagiar por el fervor.
Después de varias canciones, Kate me gritó al oído:
“¡Necesito ir al baño!”
“Voy contigo”, contesté de inmediato.
“¿Estás loca? ¡Tienes que quedarte a grabar! He aguantado tres canciones para no perderme nada, pero ahora sí no aguanto más. Está justo ahí atrás”, señaló con la mano, a unos veinte metros.
“Pero, Kate…”
“Por favor, Cams, quédate a grabar; prometo hacerlo en tiempo récord.”
La miré dudosa. No me gustaba separarnos, pero no se veía que hubiera mucha fila y supuse que volvería pronto. Asentí y me quedé con la misión de tenerlo todo en video.
Estaba tan concentrada en el escenario y en grabar correctamente la canción que no percibí la pelea que se estaba formando a pocos metros. Un empujón, un insulto, vasos de cerveza volando. De pronto, alguien me golpeó por detrás y caí de la barda directo al suelo. Sentí el impacto de costado y, antes de poder incorporarme, varias personas se arremolinaron, empujándose unos a otros. Me quedé atrapada en medio.
Mi teléfono salió disparado de mis manos. Intenté gatear para apartarme, pero alguien me pisó con fuerza el tobillo. El dolor fue tan intenso que grité y lo único que pude hacer fue encogerme, abrazarme a mí misma y protegerme la cabeza.
Entre el estruendo de gritos y música, escuché otra voz:
“¡Camila! ¡Párate de una vez!”
Reconocía esa voz ronca. Era Jacob. Lo vi abrirse paso a empujones, con los ojos encendidos. Negué con la cabeza; las lágrimas ya rodaban por mis mejillas.
“¡No puedo! Me duele demasiado”, sollozaba, incapaz de mover el tobillo.
Los amigos de Jacob no tardaron en aparecer; lo habían seguido cuando lo vieron salir disparado hacia donde yo estaba. Entre todos empujaron a los borrachos y lograron despejar el área. Cuando al fin me incorporé lo suficiente como para sentarme, Jacob ya estaba de rodillas a mi lado. Sus amigos formaban un pequeño cerco, atentos a que no volviera a estallar otra pelea. Nathalia me observaba con ojos fulminantes, pero en ese momento me daba igual.
“Jacob, me duele mucho”, murmuré, señalando mi tobillo mientras trataba de contener los sollozos. Su expresión era dura, pero en sus ojos se leía una preocupación genuina.
Me sentía pequeña y dolida. Estaba esperando el típico ‘te lo dije’, seguido de un gran reproche por no tener cuidado, por no fijarme ni estar al pendiente del entorno, y no pude evitar encogerme.
“Ven, te voy a llevar a la mesa para revisarte”, me dijo con una suavidad que me desarmó. No me esperaba esa ternura, y eso hizo que me temblara aún más la barbilla.
Me rodeó con un brazo y, al intentar levantarme, no pude evitar hacer una mueca de dolor. Me soltó enseguida, preocupado.
“Voy a revisarte la espalda”, avisó. Con mucho cuidado levantó mi blusa unos centímetros y pasó sus dedos por la piel adolorida. Su contacto me hizo estremecer. Sus ojos se encontraron con los míos y, por un instante, se formó un silencio extraño, como si el tiempo se hubiera detenido. Mi pulso se aceleró; su respiración también y sentí esa conexión misteriosa que parecía surgir cuando menos lo esperaba.
PAUL“¿Y bien?”, preguntó una voz desde la oscuridad, áspera, sin prisa.Paul se encendió un cigarrillo. El resplandor naranja apenas iluminó el contorno de su rostro antes de hundirse de nuevo en las sombras.“Lo hará”, respondió con una calma que no era natural, sino ensayada.“¿Qué te hace pensar eso?”, insistió el hombre, avanzando un paso.Paul soltó el humo lentamente, observando cómo se deshacía en el aire húmedo.“Es igual a su madre”, dijo con una nostalgia fingida. “Llena de esperanza. Llena de compasión.” Hizo una pausa mínima. “Entré cuando no me quería ver y terminé con un ‘regalo’. Me mandó
Aquel hombre respiró hondo, como si estuviera ensayando desde hacía tiempo lo que iba a decir.“Camila… las cosas se salieron de control. No quería hacerte daño y, ciertamente, no quería que te hicieran daño.”Lo miré sin prisa. No sentí el impulso de interrumpirlo ni de corregirlo de inmediato. Dejé que sus palabras se asentaran en el aire, torpes, incompletas, insuficientes.“No hay una disculpa ahí”, dije al fin, con calma. No como un reproche, sino como una constatación.Frunció el ceño, incómodo, y asintió una vez, como si eso bastara.“No veía otra salida”, insistió. “Estaba acorralado.”“Y decidiste que yo fuera la salida”, respondí, sin levantar la voz. “N
“Buenas tardes, Jacob”, dijo Paul desde el umbral, sosteniendo una boina entre las manos como si fuera una extensión inútil de su culpa, con los dedos nerviosos y la voz quebrada por una fragilidad que no inspiraba ternura sino rechazo. “Lamento venir sin previo aviso, pero… me gustaría hablar con Camila, por favor.”El silencio que siguió fue denso, casi físico. Jacob respiró hondo, tan despacio que pude sentir el esfuerzo que hacía para no reaccionar como su cuerpo se lo pedía. Había algo feroz en él, una violencia justa que se mantenía a raya sólo porque yo estaba ahí.“No puedes estar aquí, Paul”, respondió al fin, sin elevar la voz ni titubear. “Camila aún no quiere verte.”La mirada que le lanzó no necesitaba volumen ni amenazas; era una senten
Durante mucho tiempo creí que el tiempo era un enemigo: una fila interminable de días que no me pertenecían, horas que sólo existían para recordarme lo que había perdido, pero el tiempo, como casi todo, resultó ser más complejo.No me devolvió lo que me habían arrebatado, ni borró la herida, pero sí hizo algo más silencioso y decisivo: dejó de abrirla cada vez que respiraba. Seguía ahí, sensible, viva, pero ya no sangraba como antes.Había sobrevivido a cosas que en otro momento de mi vida me habrían parecido imposibles.No salí intacta —ya no era la misma—, pero tampoco era la versión rota que creí que sería para siempre.Había aprendido a mantenerme a flote, incluso cuando el mar seguía agitado.Tal v
Había decidido que no quería seguir viviendo como si cada esquina escondiera una amenaza, ni como si el aire mismo pudiera volverse mi enemigo.El miedo me había enseñado a sobrevivir, pero no a vivir, y ya no quería que cada paso fuera un acto de defensa, ni que la luz del día me pareciera una exposición innecesaria.Quería volver a salir al mundo, caminar sin sobresaltos, cruzar la acera frente a casa sin que el corazón me latiera de pánico.Quería mirar el cielo sin pensar en quién podría estar mirándome a mí.Pero esa determinación no nació limpia.Nació después de un retroceso pequeño y devastador, de esos que no dejan marcas visibles pero te hacen dudar de todo el terreno ganado.***Fue una ma&
Había pasado poco más de un mes desde que empecé las sesiones con Clara y, aunque la vida todavía se sentía frágil, algo dentro de mí había cambiado.Los días ya no eran una sucesión de horas vacías ni una espera constante de que algo saliera mal. Seguía habiendo miedo, sí, pero ya no ocupaba todo el espacio.Volví al instituto unos días después y el ruido de los pasillos todavía me atravesaba; aprendí entonces a buscar anclajes, a nombrar colores, sonidos, texturas, y cuando Kate notaba que me ponía más nerviosa, simplemente me tomaba la mano, sin palabras, sin preguntas, como si supiera que a veces eso era suficiente.
Las tardes en los suburbios siempre tenían un aire de calma engañosa. A simple vista, todo parecía perfecto: jardines recién podados, buzones relucientes y vecinos que saludaban como si la vida entera se resumiera en un intercambio de sonrisas. Vivir cerca de la ciudad nos daba acceso a todo, pero
Estacionamos y nos dirigimos hacia la entrada. Tras pasar el arco de seguridad, llegamos a una zona con mesas altas y una barra de bebidas y comida. Jacob, en cuanto divisó a un grupo de personas, les hizo un gesto con la cabeza.Ahí lo entendí: tenía amigos esperando. Claro, para él esto no era un
Kate llegó temprano el sábado con la determinación de convertir mi cuarto en un probador de revista. Su plan era arreglarnos juntas y decidir cuál sería el outfit perfecto.Yo ya había resuelto el asunto con mis jeans de siempre y mis Converse, pero con Kate no había escapatoria: entre sus sugerenc
“¿¡Qué me perdí!?” La voz de Kate rompió el silencio. Jacob apartó las manos de inmediato y me bajó la blusa, mientras yo lamentaba que ella hubiera llegado justo entonces.“Hubo una pelea y Camila fue daño colateral”, dijo Jacob con su tono serio habitual.Jacob le dirigió una mirada asesina, pero







