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Capítulo 4

Penulis: Anna Smith
Al día siguiente, Dominic vino, con Juliana tomada de su brazo.

Esta vez ella no iba vestida de blanco.

Juliana entró en la habitación con un vestido Dior gris perla, de esos reservados para banquetes de Estado y audiencias reales, ajustado a la perfección.

El corte era severo, la tela pesada, su silueta imponía una autoridad inconfundible. Llevaba unos tacones de aguja demasiado elegantes para una sala de hospital, y en el dedo le brillaba el anillo familiar Santoro, grande e implacable, atrapando la luz con cada movimiento.

Parecía alguien a quien ya habían coronado.

Dominic caminaba a su lado, pausado y tranquilo.

Se detuvo a unos pasos de mi cama y me estudió por un momento, como quien evalúa un arma después de que fue dañada.

—Me dijeron que despertaste —dijo con calma—. Sabía que no morirías tan fácil.

Sonreí apenas, y el movimiento me tiró de las costillas.

—Sí —respondí con voz ronca—. Soy difícil de matar. Siempre lo fui.

No había preocupación en sus ojos, ni alivio. Solo confirmación.

Juliana le soltó el brazo y se acercó a mi cama; los tacones resonaban contra el piso. Tenía una actitud dulce, compasiva, casi de disculpa.

—Victoria —dijo en voz baja—, ¿te sientes mejor?

Hizo una pausa y luego suspiró, como si la culpa le pesara.

—Lamento mucho lo que pasó esa noche. Si hubiera insistido en que Dominic pagara los diez millones, no te habrían disparado.

Apretó un poco los dedos alrededor del bolso.

—Escuché que te lastimaron mucho la pierna. Dicen que tal vez cojees por el resto de tu vida. —Se le humedecieron los ojos—. En serio no quise que las cosas llegaran tan lejos.

Por poco y le creía.

Extendió la mano y tocó suavemente la manta cerca de mi rodilla, con la voz temblorosa.

—Sabes cómo son las cosas —continuó con suavidad—. Cualquier mujer, al escuchar que su prometido vivía con otra mujer como si fueran amantes, se pondría celosa. Perdería el control.

Levantó la mirada para encontrarse con la mía, sincera y franca.

—Esa noche, mis celos me dominaron. Te lastimaron por mi culpa. Gracias a Dios sobreviviste. Si no... —Tragó saliva—. Habría sido una pecadora.

Se enderezó despacio y recuperó la compostura.

—Trabajaste para la familia de Dominic durante muchos años. Diste muchísimo. Mereces que te traten bien.

Entonces bajó la mirada a mi pecho. Al contorno tenue bajo la bata de hospital. La cabeza de lobo. La marca de la familia Santoro.

Se le contrajeron las pupilas.

—Sé que no debería sentirme así —dijo después de un momento, con voz baja y conflictuada—, pero como prometida no puedo evitar querer exclusividad. Una mujer quiere que su hombre le pertenezca solo a ella.

Se volvió hacia Dominic.

—Deja que Victoria se vaya de la familia —dijo con dulzura—. Así estará a salvo. Y yo no volveré a hacerle daño por celos.

Dominic vaciló.

Antes de que pudiera hablar, alguien intervino desde la puerta.

—Si no puedes asegurarle lealtad a mi hermana —dijo el hermano de Juliana con frialdad—, entonces nuestra familia reconsiderará esta alianza.

El silencio que siguió fue absoluto. Dominic tomó la decisión sin dudar.

—Hoy enviaré un correo electrónico —dijo con calma—. Todos sus accesos quedan revocados. Desde este momento, Victoria Miller deja de ser miembro de la familia Santoro.

Las palabras fueron como una ejecución pública.

La mente se me quedó en blanco.

Fue mucho peor que un despido en secreto, lo convirtió en un anuncio público.

Un aviso enviado a cada rama, cada célula, cada hombre al que alguna vez comandé, discipliné o aplasté. Sin la protección de la familia, no solo me abandonarían: quedaría marcada.

Los antiguos enemigos lo verían como una invitación.

Lo miré por instinto, buscando su cara. No suplicaba. Solo preguntaba.

Él no me devolvió la mirada.

Fingió no verme.

Los labios de Juliana se curvaron de forma casi imperceptible. La satisfacción le suavizó la expresión, pero no había terminado.

—Y… otra cosa —dijo con dulzura, como si pensara en voz alta—. Si la marca sigue ahí, la gente lo malinterpretará.

Se volvió hacia Dominic, con voz cuidadosa, razonable.

—Como los atacantes de la fiesta de compromiso. Creyeron que todavía te importaba. Que aunque la expulsaran, seguía siendo... especial.

Miró fugazmente mi pecho.

—Mientras la marca de la familia Santoro siga en su piel, los demás pensarán que todavía sientes algo por ella. Y todos saben que cualquiera que se va de la familia debe quitársela. De lo contrario, empiezan los rumores. Mi hermano no se sentirá tranquilo dejándome casarme contigo.

Sonrió apenas.

—No intento lastimarla. Solo no quiero más malentendidos.

Me quedé inmóvil.

Esa marca.

En ese entonces había sido la mano de Dominic la que sostenía la aguja: el pulso firme, la concentración absoluta.

Todavía recordaba el calor de su aliento contra mi piel, la forma en que había dicho mi nombre, bajo y sin prisa, como si significara algo que no podía deshacerse. Creí que significaba aceptación. Pertenencia.

Se apartó apenas de la cama y sacó el celular, con movimientos eficaces e impersonales.

—Traigan al especialista en tatuajes al ala médica —dijo al teléfono—. Ya.

La llamada terminó, y con ella, lo que quedaba del pasado.

Minutos después, varios hombres entraron en la habitación, con pasos controlados y caras indescifrables. El especialista los siguió, dejó su estuche negro y preparó el equipo con método, como si aquello fuera otro procedimiento de rutina. Cuando por fin me miró, usó un tono profesional, distante.

—¿Anestesia?

Negué con la cabeza.

—No.

No podía arriesgarme. No podía permitir que nada tocara a mi hijo, ni siquiera la misericordia.

Ya había renunciado al hombre que amaba. Eso no significaba que renunciaría a la vida que crecía dentro de mí. Él era inocente. No había hecho nada malo.

La máquina se encendió.

El dolor me estalló en el pecho, crudo e implacable, como si me arrancaran la piel centímetro a centímetro. Mordí con tanta fuerza que sentí el sabor de la sangre. El cuerpo me temblaba contra la cama; el sudor me corría por las sienes y empapaba las sábanas.

El espejo al otro lado de la habitación lo reflejaba todo.

Mi cara, blanca como un fantasma.

Mis labios, temblorosos pero silenciosos.

Y Dominic.

Estaba ahí de pie, con los brazos cruzados, parecía que ni le importaba, la misma actitud que usaba al dictar sentencia contra traidores. Ni una sola vez les ordenó detenerse.

Luego me dio la espalda.

Lo miré a través del dolor, del ardor, del instante en que mi última ilusión terminó de derrumbarse, con los ojos clavados en la línea ancha e inmóvil de su espalda.

Esto no era disciplina.

Era una forma de borrarme.

Y mientras la marca se quemaba hasta desaparecer de mi piel, algo más desapareció con ella.

Cuando terminó, él fue el primero en apartarse.

Juliana suspiró temblorosa y se apoyó contra su pecho.

—Sé que duele —susurró—. Pero ahora... ahora por fin puedo sentirme segura.

Él la abrazó.

—Te amo —dijo—. Siempre te seré leal.

Desvió la mirada brevemente hacia mí.

—No volveré a tener subordinadas así.

Se fueron.

Poco después, él volvió solo.

—Lo hiciste bien —dijo, dejando una tarjeta negra sobre la mesa—. Úsala. Por los años que fuiste mi confidente, no te dejaré sin dinero.

Tomé la tarjeta.

Esa noche, retiré hasta el último centavo.

Cinco millones.

Le prendí fuego a la casa de seguridad.

Mientras las llamas subían, susurré entre el humo:

—Victoria Miller murió hoy.

Y desaparecí.
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