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CAPÍTULO OCHO: La Corte de Obsidiana

ผู้เขียน: Munachimmmso
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-04 18:19:35

POV de Dante

El coche avanzaba por la carretera húmeda mientras yo observaba las calles por la ventana, con la furia retorciéndose en mi pecho. Obsidian ya debería saber de lo que era capaz. Cruzar la frontera era una ofensa que merecía un castigo. Tomar mi dispositivo—cargado con detalles de mi cargamento y la ubicación del nuevo almacén—era una completa falta de respeto. Una bofetada en la cara. Me encargaría de él antes de que esas alas le crecieran demasiado.

Finalmente, llegamos frente a un garaje abandonado. El polvo lo cubría todo. Las telarañas colgaban gruesas del techo y de las esquinas. Las algas y las garrapatas habían reclamado el lugar como suyo. Cualquiera que estuviera fuera del juego habría pensado que era simplemente otro estacionamiento olvidado, dejado a pudrirse. Pero este era la Corte de Obsidiana. Su escondite más seguro.

Seguro… hasta que lo encontré.

Sabía que toda la operación sería pan comido. Aun así, necesitaba recordarle una cosa: todavía era un novato y debía mantenerse en su lugar.

En cuanto bajamos del coche, el silencio me golpeó. No había hombres afuera. Ni siquiera uno vigilando. Extraño. El hombre era bueno moviendo contrabando, pero había enviado a casi todos sus hombres a Serenissima con ese maletín. Descuidado.

Entré en la cámara principal. Un puñado de sus hombres permanecía desarmado, paralizado en su sitio porque sabían exactamente quién era yo: Dante Moretti, de Sicilia.

Obsidian estaba sentado en una pequeña piscina, rodeado de mujeres, bebiendo como si no le importara nada en el mundo.

“Ah… Dante Moretti. Me has sorprendido.” El miedo brilló intensamente en sus ojos. “¿Qué te trae a mi morada?” Su voz ya temblaba.

“No finjas que no sabes lo que está pasando”, intervino Patrick antes de que pudiera hablar, ahorrándome una conversación larga e inútil.

Saqué un cigarrillo del bolsillo, lo encendí y dejé que el humo llenara el pequeño espacio. Una de las mujeres tosió. Obsidian ordenó inmediatamente que todas salieran de la piscina.

Esperé mientras salía y se envolvía en una bata. Tenía el pene demasiado pequeño como para mirarlo, y esa barriga prominente solo hacía que la imagen fuera peor.

“Moretti, por favor… toma asiento.”

Me senté a su lado, tranquilo e impasible.

“Mi dispositivo encriptado, Obsidian. No intentes hacerte el listo conmigo.”

Me miró con los ojos muy abiertos.

“La verdad es que… quería traértelo yo mismo.”

Solté una risa burlona.

“¿Eso era parte del trato? ¿Y por qué tus hombres decían otra cosa?”

Patrick se inclinó hacia él.

“La única razón por la que te encontramos aquí es porque todavía es temprano. El Dante Moretti que conoces trabaja de noche. Nunca esperaste encontrarlo aquí, ¿verdad?”

Todo el cuerpo de Obsidian tembló.

“Nunca lo esperé…”

“Dispara a este bastardo.”

Mi hombre amartilló su arma y apuntó. El grito de Obsidian desgarró la habitación.

“¡Espera!”

El sudor comenzó a caer por su rostro. Respiraba con dificultad, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Mi hombre permaneció firme, con el cañón todavía apuntando directamente a su frente.

Me recosté y di otra calada lenta a mi cigarrillo.

“Seis segundos. Explícate.”

“¡No lo robé! Solo quería mirar. No sabía qué había dentro. ¡Nunca supe que era tuyo!” gritó.

Mi mandíbula se tensó. Me puse de pie, lo agarré del cuello de la bata y le di una fuerte bofetada en la cara. El sonido resonó por toda la cámara.

La sangre apareció en la comisura de sus labios. Se la limpió con una mano temblorosa.

“Ahora sabes que me pertenece.”

Lo solté.

“Registren el lugar.”

Mis hombres se movieron de inmediato. Los armarios se abrieron de golpe. Las cajas cayeron al suelo. Los cajones fueron vaciados. Registraron cualquier lugar donde el dispositivo pudiera estar escondido.

Obsidian observaba cada movimiento, completamente nervioso, mientras yo mantenía los ojos clavados en él.

“Jefe. Lo encontramos.”

Uno de mis hombres levantó una pequeña caja negra.

La abrí.

El dispositivo estaba dentro, intacto.

Me lo guardé en el bolsillo.

“Fue un error de entrega, lo juro”, jadeó Obsidian.

“¿No recibiste el mensaje sobre cómo golpearon a tus hombres?” pregunté, mirándolo directamente a los ojos.

“Tenía miedo”, murmuró.

“Deberías tenerlo.”

Di una última calada a mi cigarrillo antes de dejar que el humo saliera lentamente por mi nariz.

“Y más te vale que esta sea la última vez que me arrastras a tu maldita corte, Obsidian.”

Unos minutos después, el coche estaba estacionado en mi garaje.

Mi madre estaba afuera de la mansión, con los brazos cruzados y el rostro ya tenso por la preocupación. Bastó con mirarla una vez para saber que me esperaba un sermón.

Suspiré profundamente mientras bajaba del coche y caminaba hacia ella.

“Dante, ¿dónde dormiste anoche, hijo mío?” Se acercó a mí y me envolvió en un abrazo lleno de preocupación.

“Dormí fuera con Patrick”, respondí tranquilamente.

“¿Fue porque te grité?” preguntó, todavía abrazándome con fuerza.

Solté una pequeña risa.

Mi madre llevaba meses presionándome para que llevara una esposa a casa. Quería un nieto. Ser el jefe de la mafia significaba vivir rodeado de peligro, y temía que algo me sucediera antes de que pudiera tener un heredero.

Nunca fui del tipo que perseguía mujeres. Las pocas con las que había estado o se marcharon por su cuenta o terminaron volviéndose tóxicas. Tenía trabajo que terminar. Las mujeres eran una distracción que no necesitaba.

Aun así, las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.

“No, mamá. Y traeré una esposa a casa muy pronto. Te lo prometo.”

Lo dije con más seguridad de la que realmente sentía, preguntándome de dónde demonios había salido aquella certeza.

Lo único que sabía era que quería verla sonreír por ello.

Ella suspiró y me condujo al interior.

Fue entonces cuando mi mente volvió a la mujer de la noche anterior.

Nina.

No entendía por qué ya sentía curiosidad por alguien a quien solo había conocido una vez. Todo en ella se sentía… agradable. Diferente.

Me alegraba de haberle dejado mi número. Esperaba que llamara.

Y si no lo hacía, volvería yo mismo a ese hotel.

Una cosa era segura.

Quería volver a verla.

Y esta vez, no me iría sin conocerla de verdad.

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