LOGINLa noche fue larga y tortuosa. A su lado, Tristán dormía profundamente, con una respiración suave y acompasada.
Giovanni contemplaba el techo tenuemente iluminado de la habitación. Una y otra vez, revisaba en su teléfono el folleto digital de un programa de capacitación médica avanzada. Haber abandonado el mundo de la medicina durante tres años y congelado sus estudios hizo que Giovanni comprendiera que no podía simplemente postularse ni presentarse a un examen de certificación de inmediato. El camino se había cerrado debido a aquella interrupción. Sin embargo, no se rendiría. Giovanni comenzaría de nuevo, paso a paso, empezando por aquella capacitación, reconstruyendo su reputación desde cero para recuperar el futuro que una vez había sacrificado. A la mañana siguiente, el lado de la cama junto a ella estaba vacío. Tristán había desaparecido. Sobre el tocador había una caja de terciopelo negro que contenía una lujosa joya y, junto a ella, una tarjeta negra sin límite. Giovanni sonrió con amargura al mirar la tarjeta. Tres años de matrimonio le habían permitido conocer de memoria los hábitos de Tristán. Cada vez que terminaba una videollamada con Mireia, el hombre siempre le compraba joyas. Y ese día, para una ocasión tan importante como recibir personalmente a Mireia a su regreso, la compensación era aún mayor, una tarjeta de crédito sin límite. Como si el dinero pudiera borrar la culpa por su infidelidad emocional. Sin intención de tocar las joyas, Giovanni simplemente guardó la tarjeta negra en el bolsillo de su chaqueta antes de bajar al vestíbulo principal. —Detente ahí, Giovanni. La orden de Doña Sofia hizo que se detuviera. La mujer de mediana edad estaba sentada en un sofá individual, observando a su nuera con mirada escrutadora. —Escuché que Tristán te dejó una tarjeta sin límite esta mañana —dijo Sofia—. Sácala y entrégamela. Giovanni guardó silencio por un momento. Durante esos tres años, Sofia había vigilado cada uno de sus gastos hasta el último centavo. —Como hermana menor de un criminal que perjudicó a esta familia, no eres digna de disfrutar de los lujos de los Lozano —continuó Sofia con aspereza, curvando los labios en una sonrisa sarcástica—. ¿Por qué te quedas callada? ¿Piensas quejarte con Tristán a mis espaldas? Giovanni miró a su suegra con calma, sin el menor rastro de ira. Metió la mano en el bolsillo y colocó la tarjeta negra frente a Sofia. —No, madre —respondió Giovanni con indiferencia—. No voy a quejarme. Guárdala tú por mí. Sofia pareció satisfecha al ver la obediencia de su nuera. Sin decir una palabra más, tomó la tarjeta y se marchó con la barbilla en alto. Giovanni observó la espalda de su suegra con una mirada vacía. Quejarse con Tristán sería inútil. Tristán quizá la defendería frente a Sofia para preservar su dignidad, pero aquel hombre seguiría sin comprender la humillación que ella había sufrido. Además, aparte de los gastos necesarios para ocuparse del hogar y de las necesidades de tía Elena, Giovanni no estaba dispuesta a utilizar en absoluto el dinero de la familia Lozano. Volvió a revisar su teléfono, examinando detenidamente los detalles del curso médico. El costo de la capacitación ascendía a treinta mil euros al año, y todos los participantes debían aprobar un riguroso examen de selección para obtener la calificación de admisión. Por suerte, aunque había sacrificado su carrera oficial durante todo ese tiempo, Giovanni no se había abandonado por completo. Durante sus ratos libres, atendía discretamente consultas médicas en línea y revisaba expedientes médicos internacionales de forma anónima. Eso no solo había mantenido su mente aguda y conectada con los avances del mundo de la medicina, sino que también le había permitido reunir sus propios ahorros en secreto, sin la intervención de la familia Lozano. El examen de calificación del curso se realizaría en tres días. Giovanni se preparaba para salir a comprar los mejores ingredientes para preparar una sopa medicinal para tía Elena. Sin embargo, mientras estaba en el automóvil conducido por Paul, una notificación emergente de la cuenta de redes sociales de Mireia Del Valle apareció de repente en la pantalla de su teléfono. Acababan de publicar una nueva fotografía. Mostraba la vista de un balcón exclusivo en Club de Campo Villa de Madrid. Sobre una mesa de cristal adornada con flores, se veían dos tazas de café y el brazo de un hombre vestido con una camisa gris oscuro, junto a un reloj que le resultaba demasiado familiar. «El mejor desayuno junto a la persona que mejor conoce mis gustos. Gracias por recibirme, T.» El pecho de Giovanni palpitó de dolor. Sin embargo, aquel dolor hizo surgir algo en su mente. Quería verlo con sus propios ojos y presenciar personalmente cómo se comportaba Tristán frente a la mujer que nunca había podido olvidar, para que los últimos vestigios de la tonta esperanza que albergaba en su corazón murieran por completo. —Paul, cambia de destino —ordenó Giovanni—. Llévame al Club de Campo ahora mismo. Treinta minutos después, Giovanni entró en aquel exclusivo club de polo y golf. Gracias a su estatus, los empleados hicieron una reverencia respetuosa y le permitieron dirigirse hacia el área del salón VIP al final de la terraza cubierta de césped. Cerca de la entrada de la terraza, un biombo plegable separaba el pasillo del área de descanso. Giovanni detuvo sus pasos detrás del biombo. A través de la abertura, se escucharon fuertes risas. —¡Eres increíble, Mireia! —la elogió Diego con gran entusiasmo—. Pudiste terminar tu investigación en Ginebra tan rápido y regresar de inmediato para ayudar a la familia Lozano. Desde siempre, tú has sido la única mujer realmente digna de estar al lado de Tristán. —Exactamente —secundó Carlos mientras bebía de su copa—. Compárala con la mujer que está ahora en la casa de Tristán. Ni siquiera es capaz de traer honor a la familia, su sola existencia es una vergüenza y una carga. ¡Tres años y lo único que ha hecho es ser enfermera sin conseguir ningún logro! Diego soltó una risa despectiva. —Realmente tuvo suerte de poder vivir en una mansión tan magnífica. Qué afortunada es de que Tristán tenga un corazón de ángel y tanta paciencia como para seguir acogiendo a la hermana del hombre que atropelló a su propia tía. Si fuera cualquier otro hombre, esa mujer de baja categoría habría sido echada a la calle hace mucho tiempo. Detrás del biombo plegable, Giovanni miró a Tristán. Su esposo simplemente bebía su café en silencio, sin contradecir ni reprender a ninguno de sus dos amigos. Mireia, sentada elegantemente con un vestido blanco sin mangas, fingió adoptar una expresión preocupada. —Diego, Carlos, basta. Después de todo, Giovanni se ha sacrificado cuidando de tía Elena durante estos tres años. Cuidar de una persona enferma es muy difícil. —Eres demasiado buena, Mireia —respondió Diego con una mueca de desprecio—. ¡Lo hace porque conoce su lugar! ¡Es la expiación por los pecados de su familia! Giovanni respiró lentamente, con la mirada fría fija en Tristán. Una mujer de la alta sociedad que estaba sentada en la mesa de al lado, y que no tenía mucha relación con la familia principal, se percató de la fría mirada que Giovanni dirigía al presidente de Lozano. La mujer frunció el ceño y luego miró a Tristán con extrañeza, antes de preguntar en un susurro lo suficientemente alto como para que los demás la escucharan: —Tristán, ¿quién es ella?Giovanni levantó la cabeza de inmediato. Un dolor punzante le atravesó el pecho mientras miraba el rostro de su esposo. La respuesta de Tristán había sido tan ambigua que dejaba abiertas todas las posibilidades, manteniendo deliberadamente la situación en la incertidumbre. El hombre no había pronunciado explícitamente la palabra «soltero», pero su tono de voz había desdibujado el vínculo de tres años que los unía. Al escuchar aquella respuesta, Enzo soltó una risa sonora para evitar que el ambiente se volviera incómodo. —Resulta que mi suposición era correcta —comentó Enzo, mirando a Tristán con una expresión divertida—. Un hombre tan distinguido, exitoso y atractivo como usted sigue estando solo. En un país tan grande como este, con la influencia de la familia Lozano... ¿de verdad no ha habido ninguna mujer capaz de llamar su atención hasta ahora? Giovanni contuvo la respiración y bajó la mirada hacia la superficie de la mesa, con los dedos entrelazados sobre su regazo. —No. Para
En la mesa redonda VIP número ocho, situada en la primera fila y orientada hacia el majestuoso escenario principal de la subasta, Enzo ayudó a retirar la silla para Giovanni. La mujer se sentó con cierta incomodidad y asintió brevemente a modo de agradecimiento.Mientras tanto, Tristán y Mireia estaban sentados frente a ellos. El hombre también hizo lo mismo por Mireia.La mirada de Giovanni recorrió fugazmente a las mujeres de la alta sociedad que ocupaban las mesas cercanas. Todas lucían deslumbrantes con sus vestidos de última colección, los hombros tersos adornados con diamantes auténticos, esmeraldas colombianas y perlas de los Mares del Sur cuyo valor ascendía a cientos de miles e incluso millones de euros.Ella, en cambio, solo llevaba un vestido sencillo y viejo, sin una sola joya en el cuello ni en las muñecas.Su aspecto era muy diferente al de aquellas mujeres. Estaba completamente fuera de lugar, como una extraña en medio de un océano de lujo. Sin embargo, Giovanni mantuvo
—Señorita, ¿se encuentra bien?Aquella voz grave y profunda resonó en tono bajo, rompiendo el pánico que por un instante había invadido la mente de Giovanni. Ella parpadeó y sus ojos quedaron fijos en los de un hombre que se encontraba a escasos centímetros de su rostro.El hombre también se quedó inmóvil por un momento, observando a Giovanni. Incluso los latidos de su corazón parecían resonar con fuerza en su pecho.Sin embargo, aquel silencio se vio interrumpido por el sonido de unos tacones altos y una voz demasiado familiar.—Dios mío, ¿qué está pasando aquí? ¡Hay mucho alboroto!Giovanni se sobresaltó. Por puro reflejo, retrocedió un paso y apartó la mano del hombro del hombre, mientras intentaba recuperar el equilibrio y colocar los pies correctamente.El hombre retiró la mano con un movimiento elegante, volvió a introducirla en el bolsillo de su pantalón de vestir y asintió con comprensión.Junto a la entrada principal, Mireia se encontraba de pie con elegancia, luciendo un des
Frente al alto espejo del tocador, Giovanni se examinó de pies a cabeza. Si pudiera elegir, no asistiría al evento como Tristán deseaba. Sin embargo, había recibido información de que una leyenda internacional de la neurocirugía y la farmacología regenerativa estaría presente allí. Ansiaba conocerlo y hablar con él sobre el estado de la tía Elena.—Esto es por la tía Elena, así que hazlo y listo, Giovanni —se dijo a sí misma.Al contemplar una vez más su aspecto, se dio cuenta de que aquella noche no llevaba encima ni una sola prenda de las que Tristán le había regalado.Giovanni había elegido un vestido de noche de corte recto, de color verde esmeralda oscuro y con escote barco. Era una prenda antigua que había comprado antes de que la familia Rinaldi cayera en la ruina.—Así está bien. De todos modos, nadie se fijará en mí allí —murmuró, como si ya pudiera adivinar lo que sucedería.Giovanni exhaló profundamente, reprimió la incómoda agitación que sentía en su interior y salió de la
Después de terminar su comida, Giovanni se aseó en el baño. No volvió a dirigirle la palabra a Tristán desde que él le había arrojado la invitación a la subasta.Tras cambiarse y ponerse ropa cómoda, Giovanni salió de la habitación sin siquiera mirar a su esposo, que seguía ocupado con su teléfono en el sofá.Recorrió el pasillo que conectaba con el pabellón oeste. Sus pasos eran tan suaves que, al llegar frente a la habitación de Elena, giró el picaporte con sumo cuidado para no hacer ningún ruido que pudiera sobresaltar a la mujer que se encontraba dentro.En cuanto la puerta se abrió un poco, Giovanni se detuvo. La tía Elena aún no se había dormido. Tenía los párpados entreabiertos y la mirada cansada, fija en la puerta, como si hubiera estado esperando a alguien.Al ver la silueta de Giovanni, Elena intentó decir algo. Levantó la mano izquierda, que tenía libre sobre la manta, y la extendió hacia su sobrina política con los dedos débiles.Un dolor punzante atravesó el pecho de Gio
Giovanni apartó el rostro. Aunque respondiera que sí, aquel hombre jamás se preocuparía por ella.La mandíbula de Tristán se tensó al ver el silencio de su esposa.—¡Responde a mi pregunta, Giovanni! —insistió, con un tono exigente.Giovanni respiró brevemente, sintiendo una pesada opresión en el pecho, y luego asintió débilmente sin volverse hacia él.—Sí. Me desmayé.El ceño de Tristán se frunció aún más. Sus ojos reflejaban incertidumbre.—Si tu estado era tan grave, ¿por qué no me lo dijiste?Al escuchar aquella pregunta, Giovanni estuvo a punto de soltar una risa amarga.¿Decírselo? Por favor.Giovanni giró lentamente la cabeza y miró directamente a los oscuros ojos de Tristán.—¿Decírtelo? —susurró con frialdad. Las comisuras de sus labios se alzaron en una sonrisa amarga y desgarradora—. ¿Alguna vez me has dado la oportunidad de hablar o de explicar algo, Tristán? Nunca.Tristán se quedó rígido por un instante, incapaz de pronunciar palabra.—Cada vez que abro la boca, siempre







