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Capitulo 3

Author: Cinnamon
last update publish date: 2026-09-15 14:19:44

Giovanni se quedó inmóvil. En lo más profundo de su corazón palpitaba una pequeña y tonta esperanza, esperando saber cómo respondería aquel hombre. Después de compartir la cama durante tres años, ¿acaso aquel hombre mencionaría al menos su condición frente a su círculo social?

Tristán dejó lentamente su taza de café sobre el platillo de porcelana. Su rostro permaneció tranquilo, sin mostrar la menor sorpresa.

Su mirada recorrió a Giovanni de pies a cabeza, y luego el hombre respondió con indiferencia.

—No es nadie importante.

Tristán se levantó de su asiento. Miró a Giovanni sin el menor sentimiento de culpa.

—¿Por qué viniste?

Aquellas dos frases salieron con tanta facilidad de los labios de Tristán, pero su impacto golpeó a Giovanni como un enorme martillo.

¿No es nadie importante?

Giovanni apretó los dedos dentro del bolsillo de su blazer. Sus labios se sintieron entumecidos. Durante esos tres años, nunca había sido presentada al círculo de amistades de Tristán ni había asistido a sus fiestas oficiales. La familia Lozano siempre la había mantenido oculta con el pretexto de que debía cuidar a la tía enferma.

Sin embargo, escuchar aquella declaración directamente de boca de su esposo, frente a tanta gente, hizo que el dolor le llegara hasta lo más profundo del pecho.

A los ojos de Tristán Lozano, ella no era más que una sombra.

Antes de que Giovanni pudiera decir algo, Mireia intervino primero con una risa cristalina, intentando que sonara lo más natural posible.

—Tristán, ¿por qué hablas así? —lo reprendió Mireia con tono mimado—. No pasa nada porque Giovanni haya venido, ¿verdad? De hecho, es muy bueno que haya venido. Podemos celebrar juntos mi regreso. Siéntate, Giovanni.

Diego y Carlos intercambiaron miradas significativas desde sus asientos. Las sonrisas burlonas que habían adornado sus rostros fueron reemplazadas al instante por máscaras de falsa cordialidad.

—Ah, sí. La enfermera de la tía finalmente se dignó a aparecer —comentó Diego con un tono sutilmente sarcástico.

—Por favor, siéntate —secundó Carlos con falsa cortesía.

Giovanni no se movió. Ni siquiera miró la silla vacía que le ofrecían. Sus ojos permanecieron fijos en Diego y Carlos.

—¿Qué quisieron decir con lo que dijeron hace un momento? —preguntó Giovanni.

La pequeña risa de Diego se apagó de inmediato.

—¿Con qué? —evadió mientras sonreía con desprecio.

—Con eso de que soy una vergüenza para la familia Lozano —respondió Giovanni sin vacilar.

El rostro de Carlos se endureció por un instante, pero enseguida resopló.

—Solo estamos hablando de hechos, Giovanni. ¿Acaso dije algo incorrecto? Todos en nuestro círculo saben cómo entraste a esta familia.

—Exactamente —intervino Diego sin el menor remordimiento—. Tu hermano hizo sufrir a esta familia, y Tristán ha sido lo bastante generoso como para no echarte a la calle. Esa es la realidad.

Los insultos fueron lanzados sin ningún reparo. Sin embargo, a su lado, Tristán permaneció en silencio. El hombre no dijo nada para aclarar la condición de Giovanni, no reprendió las palabras crueles de sus amigos y permitió que la dignidad de su esposa fuera pisoteada como si no valiera nada.

La mandíbula de Giovanni se tensó, pero se negó a mostrarse histérica. Conservó su dignidad.

—La realidad según ustedes no les da derecho a humillarme. No puedo aceptar insultos como esos.

Al ver que Giovanni se atrevía a defenderse, Tristán frunció el ceño. Para el presidente de Lozano, que su esposa se defendiera solo era una molestia que estaba provocando un conflicto innecesario y poco digno.

—Suficiente, Giovanni —intervino Tristán con un tono frío y autoritario—. No seas infantil. Diego y Carlos solo estaban bromeando. ¿Por qué tienes que hacer una montaña de una simple broma delante de los demás?

¿Infantil?

Una sonrisa amarga apareció en la comisura de los labios de Giovanni. Después de escuchar que la insultaban y la calificaban de mujer de baja categoría, su esposo la acusaba de ser infantil simplemente porque se negaba a dejar que la pisotearan.

Mireia, al ver la tensión, tomó rápidamente el control de la situación. Cogió un pequeño trozo de pastel de fresa que estaba sobre un plato de porcelana en la mesa y se acercó a Giovanni con una expresión llena de pesar.

—Giovanni, por favor, no lo malinterpretes —dijo Mireia suplicante—. Todo esto es culpa mía. Yo fui quien invitó a Tristán y a sus amigos a reunirse aquí sin avisarte primero. Me siento mal al ver que están tan tensos por esto. Por favor, disfruta de este pastel, ¿sí? No te enfades más con Tristán.

Giovanni se limitó a mirar el plato de pastel frente a ella, sin siquiera extender la mano un centímetro.

Las cejas de Tristán se juntaron al ver la negativa de su esposa.

—Giovanni, Mireia tuvo buenas intenciones y se disculpó contigo. ¿Por qué te comportas de una manera tan rígida? Acepta el pastel.

—Exactamente —intervino Carlos mientras resoplaba con sarcasmo desde su asiento—. Tu actitud es realmente exagerada, Giovanni. Solo estábamos bromeando, pero llegaste y arruinaste el ambiente como si fueras la víctima más desgraciada de todas.

—Simplemente no acepto sus bromas —lo interrumpió Giovanni, mirando directamente a los ojos de Tristán—. Ustedes pueden considerarlo un juego, pero yo no.

Tristán dejó escapar un suspiro largo y pesado. Se frotó el puente de la nariz, visiblemente exasperado.

—Entonces, ¿qué quieres ahora, Giovanni? —preguntó Tristán con exigencia—. Dime, ¿qué es lo que realmente quieres?

La lengua de Giovanni se quedó de repente sin palabras.

«¿Qué quiero?», gritó en su interior.

Quería un esposo que la respetara, quería la protección del hombre que la había encerrado en aquella jaula. Quería el respeto que le habían arrebatado.

Sin embargo, al ver la mirada tan vacía de Tristán, Giovanni comprendió que pedirle aquello a Tristán Lozano era como pedir agua en un desierto árido. Aquel hombre jamás comprendería el dolor que ella sentía.

Al ver que Giovanni permanecía rígida y en silencio, incapaz de responder, Tristán creyó que su esposa estaba empezando a ceder. Como un hombre honorable al que no le gustaban los conflictos prolongados, Tristán decidió ceder a su manera.

—Ya está. Hablaremos de esto en casa después —dijo Tristán—. No hagas un problema de algo tan insignificante delante de los demás. Esta tarde, puedes comprar las joyas o los vestidos que quieras. Yo pagaré. ¿Entendido?

Otra compensación material.

Como si toda la dignidad y el orgullo de Giovanni pudieran comprarse con cifras.

Giovanni miró a Tristán por última vez. A sus ojos, aquel hombre apuesto ya no era más que un extraño frío. Ya no le importaba. No le importaba en absoluto.

Sin responder a la oferta de Tristán, Giovanni se dio la vuelta y se marchó, dejando atrás la incomodidad entre las personas que permanecían allí.

—¡Giovanni! —la llamó Tristán, dispuesto a seguirla, pero sus pasos se detuvieron cuando una mano delicada le tocó la muñeca.

Mireia miró la espalda de Giovanni, que se alejaba cada vez más, con los ojos llenos de lágrimas.

—Tristán... perdóname. Todo esto seguramente es por mi culpa. Si no hubiera regresado, Giovanni no estaría tan enfadada ni sería tan sensible contigo...

Tristán se volvió, miró el rostro culpable de Mireia, luego suspiró profundamente y negó con la cabeza.

—No es culpa tuya, Mireia. No pienses en ello —dijo Tristán mientras volvía a sentarse en su silla con expresión indiferente—. Giovanni normalmente es muy comprensiva y obediente en casa. Últimamente solo está agotada por cuidar de tía Elena. Ya se calmará por sí sola.

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