ANMELDENEl mundo estaba en silencio. Demasiado silencio.
Los ojos de Aria parpadearon ligeramente. Había perdido el conocimiento después de que Lyra la dejara allí, en las llanuras cubiertas de nieve. Con un gruñido, abrió los ojos y se estremeció de dolor.
Intentó incorporarse, pero cayó de nuevo. Sus ojos se abrieron de par en par cuando comprendió por qué apenas podía sentir dolor en el cuerpo.
Se le había entumecido por completo.
Gruñó y, haciendo más fuerza, logró levantarse, con los dientes castañeteándole. Su cuerpo temblaba mientras se permitía unos instantes para mirar a su alrededor en el bosque.
Su ceremonia de apareamiento debía celebrarse ese mismo día. Sabía que no había ninguna excusa que pudiera darle a su madrastra que evitara que la matara si llegaba tarde a su propia ceremonia.
Con un gruñido, respiró profundamente e intentó ponerse de pie. Una punzada de dolor recorrió su cuerpo y volvió a caer rápidamente.
—No, Aria —murmuró entre dientes—. Tienes que levantarte. Tienes que...
Una mano enorme la agarró de los hombros y la levantó de un tirón.
—Levántate, Sangre Muerta —espetó Ronan. Su tono gélido atravesó directamente el corazón de Aria—. Huir de la única obligación que te han dado en toda tu vida es patético.
Aria arrugó la nariz mientras su hermano la arrastraba hacia él. Olía a sudor, humo y alcohol.
Aria decidió guardar silencio. Sabía cómo terminaría aquello si se negaba.
Ronan se burló de ella y, aún agarrándola del cabello, la arrastró por la nieve de regreso hacia la entrada de los sirvientes.
De vuelta a su pesadilla.
—Este es el lugar al que perteneces —maldijo mientras abría la puerta de los sirvientes y arrojaba a Aria dentro—. Ponte presentable. Desayunamos en treinta minutos.
Treinta minutos después, aún cubierta de moretones y cicatrices, Aria se arrastró hacia el comedor. Con la cabeza gacha, caminó directamente hacia su madrastra, Lilith, y se arrodilló.
—Vaya, vaya, vaya —se rio Lilith—. Miren quién ha decidido honrarnos con su presencia.
Extendió la mano y levantó el mentón de Aria.
—Cada vez, Ari, demuestras que eres una desgracia para la familia —espetó.
Aria tosió y un poco de sangre salió de su boca. Respiró profundamente y se obligó a no llorar.
Había llorado suficiente para toda una vida.
Había decidido que estaba maldita y aceptaría cualquier castigo que le impusieran.
Lilith se puso de pie y caminó alrededor de Aria, examinando su cuerpo magullado. Asintió al comprobar que Aria no estaba herida en ningún lugar que pudiera quedar visible cuando llevara un vestido.
—Deberías alegrarte de que tu pequeño numerito no haya arruinado el acuerdo.
—¿Acuerdo? —Aria parpadeó.
—Tu apareamiento, querida —respondió Lilith con una sonrisa burlona—. ¿O pensabas que íbamos a detener la ceremonia solo porque fuiste y te lastimaste?
Las palabras golpearon a Aria como un puñetazo en el pecho.
—Por favor, no... por favor —suplicó.
—¡Cállate! —rugió Lilith—. ¿Crees que importas? Eres una Sangre Muerta. No importas. La única razón por la que sigues viva es porque tienes valor como reproductora.
Dejó de dar vueltas alrededor de su hijastra y sonrió mientras la miraba desde arriba.
—Tu útero es la única razón por la que estás viva.
—¿Quién? —respondió Aria con un suspiro.
Había aceptado la derrota.
—¿Quién es mi pareja?
Aunque Aria sabía que iban a enviarla lejos, su madrastra siempre se había negado a decirle con quién sería emparejada.
Una sonrisa cruel se dibujó en los labios de su madrastra.
—El mismísimo Enredadera Coja. Lucien.
Aria palideció. El nombre la atravesó de lleno.
—¿Qué? —balbuceó, incapaz de contener su reacción.
Por supuesto, había oído hablar de la Enredadera Coja. Todo el mundo lo había hecho.
Lucien Vine había sido el poderoso alfa de la Clawhold Vine. Había sido derrotado en una emboscada, mutilado, humillado y dejado lisiado.
Un hombre tan poderoso que alguna vez había sido la envidia del mundo entero ahora era alguien sobre quien la gente escupía cuando pasaba a su lado.
Ahora era más un mito que un hombre: un lobo lisiado con una pierna destrozada y un comportamiento arrogante.
—¿No es maravilloso? —Lilith sonrió. Su expresión se iluminó al ver la incredulidad en el rostro de Aria—. La Lisiada y el Lobo Roto. Ustedes dos prácticamente nacieron el uno para el otro.
El estómago de Aria se revolvió de incredulidad.
Se había equivocado.
Su familia no la estaba casando.
La estaban desechando.
Aquello no era una alianza de apareamiento. Era simplemente la unión forzada de dos personas consideradas basura por ambas Clawholds.
—Te irás al anochecer —murmuró Lilith con un tono peligrosamente bajo—. Y esta vez, intenta no hacer ninguna otra de tus tonterías. Lyra no será tan misericordiosa si vuelves a intentarlo.
Y con eso, sus hermanastros y su madrastra salieron del comedor.
Dejaron a una Aria destrozada en el suelo.
Lyra se burló de ella al pasar a su lado.
—Puedes comer las sobras cuando termines de llorar. No queremos que nuestra pequeña novia se desmaye solo porque tiene hambre, ¿verdad?
Todos se rieron ante aquel comentario, con los ojos brillando de malicia mientras atravesaban las puertas abiertas.
Aria permaneció tendida en el suelo mucho después de que todos se hubieran marchado.
Su propia sangre la estaba entregando.
Para ellos, era ganado.
Desechable.
Inútil.
Rota.
Por primera vez en su vida, Aria no contuvo las lágrimas.
Dejó que corrieran libremente.
Porque quizá Lyra tenía razón.
Quizá de verdad estaba rota.
Aria estaba inquieta. Cambiaba el peso de un pie al otro, con la cabeza inclinada mientras contenía la respiración e intentaba permanecer lo más silenciosa posible.El silencio se extendió por toda la habitación. El Alfa Alder estaba recostado en su trono de huesos, con los ojos entrecerrados mientras observaba fijamente al enigma que tenía delante.Aria no era una mujer lobo fea. Era hermosa, exactamente su tipo. Incluso había pensado en tomarla como una de sus mujeres, pero negó con la cabeza. Su maldición jamás permitiría que eso fuera posible.Dejó que el silencio se prolongara y se hiciera más incómodo, sonriendo con desprecio mientras observaba a Aria retorcerse bajo la presión.Aria podía sentir sus ojos sobre ella. Pesaban sobre su cuerpo como un par de pesados grilletes de metal.El Alfa Alder la juzgaba y la consideraba insuficiente.Mantuvo los ojos bajos, contuvo la respiración y esperó pacientemente a que él le hablara. Sabía que lo haría. ¿De qué otra manera se explicaba
Una manada de lobos no puede convertirse en un Clawhold sin un alfa.El alfa era el más fuerte de la manada: su líder, su gobernante y su rey.Además, Aria odiaba a los alfas.La última vez que había conocido a uno también había sido la última vez que vio a su padre.Fue durante la celebración de su decimoquinto ciclo solar, su cumpleaños, un día que había planeado celebrar con toda su familia.Fue el día en que su vida cambió.El día en que los ancianos de la manada la proclamaron una Sangre Muerta.Su padre, el hombre al que siempre había amado, adorado y respetado durante toda su vida, la repudió y rechazó de inmediato.Todavía recordaba la expresión de conmoción en su rostro cuando la proclamaron una Sangre Muerta.Ese fue el último día que vio a su padre. Aunque vivían en el mismo castillo, su madrastra se aseguró de que nunca pudiera volver a tener una audiencia con él después de aquello.Además, ¿de qué tendría que hablar un alfa con una Sangre Muerta?Durante el primer año des
El aliento de Aria se entrecortó y su cuerpo se tensó al sentir la dura y firme pared detrás de ella.Lucien dio un paso adelante hasta quedar a su lado. Miró fijamente el mercado; su amenazadora mirada ardiente hizo que todos los lobos dejaran de hablar.—Oh. —La guerrera soltó una sonrisa burlona. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Lucien y se detuvieron en su pierna herida—. ¿Qué va a hacer el lisiado? —se burló.Lucien levantó su bastón y golpeó con tanta fuerza la piedra bajo sus pies que esta se agrietó.—Dilo otra vez —gruñó, con la voz peligrosamente baja mientras daba otro paso adelante—. Una palabra más de tu parte, Vera, y no saldrás viva de esta plaza.Vera tragó saliva. Su sonrisa burlona vaciló y desapareció de su rostro en un instante. Su rostro palideció mientras retrocedía un paso, conmocionada.Abrió la boca, a punto de responder, pero se detuvo. Sus pensamientos se agolparon mientras observaba su postura.Hablaba en serio.Realmente la atacaría si decía una palabra m
Los ojos de Aria se abrieron lentamente al despertar con el suave crepitar del fuego en el hogar. Miró hacia arriba y sus ojos agudos distinguieron el techo desconocido.Las sábanas de la cama estaban enredadas entre sus piernas. Gruñó ligeramente mientras se incorporaba.Frunció el ceño.Por un momento, estuvo perdida, con la mente confundida.¿Dónde estoy? se preguntó, mientras sus ojos se aclaraban de inmediato.El intenso recuerdo de Lucien y de la noche que habían pasado juntos apareció de golpe en su mente, y un rubor comenzó a extenderse por su rostro.Ahora todo volvía a ella.Sus mejillas se calentaron aún más al recordar la noche salvaje e intensa que había compartido con él. Recordó el peso de su cuerpo sobre el suyo y cómo la había hecho sentir placer. Su cuerpo se calentó, su pulso se aceleró mientras bajaba la cabeza.Todavía podía sentirlo dentro de ella.Ya no soy pura.El pensamiento la golpeó como un mazazo.Ahora tenía una pareja, así que no se esperaba que siguiera
Aria permaneció inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza y la respiración entrecortada. Sus manos temblaban mientras contemplaba su nuevo hogar.La casa de Lucien era una cabaña demasiado pequeña. Estaba construida de piedra y tenía superficies irregulares. Parecía la vivienda de un sirviente.—¿Esta es tu casa? —preguntó incrédula.—Por mucho que odie decirlo —respondió Lucien mientras permanecía de pie en la entrada de la casa—, ahora esta es nuestra casa. Ahora, entra —ordenó.Aria tragó saliva y, con pasos rápidos, se apresuró a seguirlo dentro de la pequeña cabaña.En cuanto entró, la puerta se cerró de golpe detrás de ella.Aria dio un respingo ante el sonido. Un escalofrío recorrió su espalda cuando se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, estaba sola en una habitación con un hombre.Se sonrojó, sus mejillas adquiriendo un intenso tono rojizo mientras bajaba la mirada.Miró alrededor de la casa. Su mirada aguda reparó en el diminuto dormitorio, un rincón que obvia
Lucien permanecía sentado en silencio, con los ojos entrecerrados mientras contemplaba el fuego ardiente del hogar de su habitación. Su pierna lisiada y destrozada palpitaba de dolor, obligándolo a hacer una mueca silenciosa cada vez que cambiaba de posición.Incluso después de todos estos años, su sangre de hombre lobo —y todos los vestigios de su fuerza como alfa— seguían intentando reconstruir su pierna destrozada.Esperó a que el calor del fuego lo alcanzara. Que derritiera el frío de su corazón.Pero no lo hizo.Nunca lo hacía.Bajó la mirada hacia su pierna. Las cicatrices verticales y retorcidas se extendían desde el muslo hasta la pantorrilla.La puerta se abrió de golpe y Lucien dirigió bruscamente la mirada hacia ella.La ira brilló en sus ojos por la interrupción, pero rápidamente reprimió sus emociones.Ya no era el hombre que había sido.—¿Por qué no llamaste a la puerta? —espetó Lucien, dirigiendo su afilada mirada gélida hacia su antiguo subordinado y hermano menor.—¿P







