ANMELDEN
“Estás maldita.”
Esas palabras habían sido susurradas a Aria desde el momento en que nació, y esta noche resonaban más fuerte que nunca.
La música y la celebración retumbaban por todo el salón. Todo aquello era por ella: la loba rota, la sangre muerta, la novia no deseada.
Aria estaba de pie junto a la mesa del banquete, con las piernas entumecidas mientras apretaba los dedos con fuerza. Aquella era su celebración, pero tenía prohibido siquiera sentarse.
Llevaba un largo vestido carmesí que se ajustaba a sus cicatrices. Le palpitaban los hombros donde las largas marcas diagonales permanecían ocultas bajo la tela.
Aquella noche no llevaba cadenas en las muñecas, pero se sentía más atrapada que nunca. Mantenía la mirada baja; no se atrevía a levantarla, por miedo a provocar otra paliza.
—Baila, Aria, baila —se burló alguien desde el otro lado del salón.
—Eres la invitada de honor, ¿no? —se mofó otro—. Deberías bailar para nosotros.
Ronan, su borracho medio hermano y heredero de la manada, levantó su copa de vino en un saludo burlón. Lyra, su gemela, ronroneó con fuerza mientras todo el salón estallaba en más carcajadas.
—Serás una novia perfecta, querida hermana.
Sus palabras eran suaves, pero escondían un veneno que solo Aria podía percibir.
Sintió que el pecho se le oprimía mientras daba un paso hacia atrás.
Aquello no era una celebración.
Era un funeral.
El suyo.
Siguió retrocediendo, lenta como una sombra. La atención de los lobos de la fiesta se desvió hacia otro lado y, cuando estuvo segura de que nadie la veía, se escabulló hacia la puerta de los sirvientes.
En cuanto las puertas se cerraron detrás de ella, dejó escapar un suspiro de alivio. Su corazón palpitaba con fuerza mientras reunía valor y susurraba:
Corre. Ahora.
El pasadizo de los sirvientes era un enorme laberinto que conocía de memoria. Dos veces tuvo que agacharse para esquivar a los trabajadores que iban de un lado a otro. Se movía como una sombra, pegándose a las frías y estrechas paredes decoradas con imágenes de sus antepasados.
Escupió sobre sus rostros pintados.
¡Maldita! ¡Sangre muerta! ¡Una desgracia!
Todos ellos habían convertido su vida en un infierno.
Cuando llegó a la puerta trasera, sus dedos rebuscaron rápidamente en los bolsillos de su capa hasta cerrarse alrededor de un metal duro y frío.
Introdujo la llave más larga en la cerradura y la giró.
¡CLIC!
La puerta se abrió con un gemido y las montañas de su Clawhold respiraron aire helado hacia sus pulmones.
Dio un paso adelante y su pie se hundió en la nieve. Dio otro, saboreando la sensación del viento sobre su rostro, antes de esbozar una sonrisa y echar a correr.
Las espinas atravesaban las plantas de sus pies, sus afiladas púas desgarraban sus pies desnudos. Las gruesas ramas arañaban sus brazos, intentando detenerla, intentando impedirle alcanzar su libertad.
Sus músculos gritaban de dolor y su corazón golpeaba con fuerza dentro de su pecho.
Aria los ignoró. No iba a permitir que un poco de dolor le impidiera conseguir aquello que siempre había deseado.
Libertad.
Corrió más rápido.
Estaba a punto de ser libre.
Casi podía saborearla.
En el momento en que atravesó la línea de árboles que separaba su Clawhold de la naturaleza salvaje, estalló en carcajadas.
Entonces—
—¿Te vas tan pronto, hermanita?
Aria se detuvo de golpe. Se le cortó la respiración.
Entrecerró los ojos y, con las manos temblorosas, se giró para mirar hacia la línea de árboles.
Lyra salió de detrás de los árboles. Los suaves y afilados rayos de la luz de la luna resaltaban sus hermosos rasgos. Era hermosa, letal y estaba llena de veneno. Un brillo siniestro relucía en sus ojos.
Aria dio un paso atrás.
Lyra sonrió, sus ojos recorriendo el miedo en el rostro de su media hermana.
—Oh, Dios mío. Casi lo consigues —se rio entre dientes—. Sabes que hicimos una apuesta sobre si intentarías escapar, ¿verdad? ¿Y adivina qué? Yo gané.
Se rio aún más fuerte, sus palabras atravesando la confianza de Aria.
—No puedo creer que realmente pensaras que te dejaríamos marcharte. ¿O acaso sí?
—No... no... no lo pensé —mintió Aria, con las palabras saliendo entre tartamudeos.
—Sé que quieres ser libre, Aria —dijo Lyra con una sonrisa burlona.
A una velocidad antinatural, se lanzó hacia delante.
Llegó hasta Aria y la agarró de la mano.
—Pero no mereces la libertad, Aria. No mereces nada aparte de lo que nosotros decidamos darte. Estás maldita, Aria. Nunca lo olvides.
Aria negó con la cabeza.
—Por favor, déjame...
¡PLAF!
Aria no vio cuándo su hermana levantó la mano ni cuándo la abofeteó. Un instante estaba de pie frente a ella; al siguiente, salió volando por los aires.
Su débil cuerpo atravesó los árboles cuando su hermana le propinó otro golpe que la lanzó de regreso a través de la línea de árboles.
Yació sobre el helado suelo del bosque, demasiado aturdida y destrozada para moverse.
Con pasos lentos, Lyra se acercó a su media hermana. Se agachó y sonrió con desprecio.
—Tú no eres una loba —escupió—. Eres una cosa. Maldita. Inútil. Rota. Eres un caso de caridad. Aprende cuál es tu lugar y quizá puedas sobrevivir.
Después de decir aquello, escupió sobre su hermana destrozada y se marchó. Sus pasos se desvanecieron en la distancia mientras se alejaba.
Aria no lloró.
No podía.
Porque, en lo más profundo de su ser, una parte oculta de ella estaba de acuerdo con su media hermana.
No era más que una chica con una madre muerta y un linaje maldito. Una chica que jamás podría transformarse, jamás podría luchar, jamás podría vivir.
Estaba rota y lo sabía.
Yació allí sobre la nieve, con los ojos abiertos y sin vida mientras aceptaba su destino.
La venderían, le gustara o no.
La nieve cayó sobre ella.
Y era fría, pesada e implacable.
Igual que el mundo que la tenía encerrada.
Aria estaba inquieta. Cambiaba el peso de un pie al otro, con la cabeza inclinada mientras contenía la respiración e intentaba permanecer lo más silenciosa posible.El silencio se extendió por toda la habitación. El Alfa Alder estaba recostado en su trono de huesos, con los ojos entrecerrados mientras observaba fijamente al enigma que tenía delante.Aria no era una mujer lobo fea. Era hermosa, exactamente su tipo. Incluso había pensado en tomarla como una de sus mujeres, pero negó con la cabeza. Su maldición jamás permitiría que eso fuera posible.Dejó que el silencio se prolongara y se hiciera más incómodo, sonriendo con desprecio mientras observaba a Aria retorcerse bajo la presión.Aria podía sentir sus ojos sobre ella. Pesaban sobre su cuerpo como un par de pesados grilletes de metal.El Alfa Alder la juzgaba y la consideraba insuficiente.Mantuvo los ojos bajos, contuvo la respiración y esperó pacientemente a que él le hablara. Sabía que lo haría. ¿De qué otra manera se explicaba
Una manada de lobos no puede convertirse en un Clawhold sin un alfa.El alfa era el más fuerte de la manada: su líder, su gobernante y su rey.Además, Aria odiaba a los alfas.La última vez que había conocido a uno también había sido la última vez que vio a su padre.Fue durante la celebración de su decimoquinto ciclo solar, su cumpleaños, un día que había planeado celebrar con toda su familia.Fue el día en que su vida cambió.El día en que los ancianos de la manada la proclamaron una Sangre Muerta.Su padre, el hombre al que siempre había amado, adorado y respetado durante toda su vida, la repudió y rechazó de inmediato.Todavía recordaba la expresión de conmoción en su rostro cuando la proclamaron una Sangre Muerta.Ese fue el último día que vio a su padre. Aunque vivían en el mismo castillo, su madrastra se aseguró de que nunca pudiera volver a tener una audiencia con él después de aquello.Además, ¿de qué tendría que hablar un alfa con una Sangre Muerta?Durante el primer año des
El aliento de Aria se entrecortó y su cuerpo se tensó al sentir la dura y firme pared detrás de ella.Lucien dio un paso adelante hasta quedar a su lado. Miró fijamente el mercado; su amenazadora mirada ardiente hizo que todos los lobos dejaran de hablar.—Oh. —La guerrera soltó una sonrisa burlona. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Lucien y se detuvieron en su pierna herida—. ¿Qué va a hacer el lisiado? —se burló.Lucien levantó su bastón y golpeó con tanta fuerza la piedra bajo sus pies que esta se agrietó.—Dilo otra vez —gruñó, con la voz peligrosamente baja mientras daba otro paso adelante—. Una palabra más de tu parte, Vera, y no saldrás viva de esta plaza.Vera tragó saliva. Su sonrisa burlona vaciló y desapareció de su rostro en un instante. Su rostro palideció mientras retrocedía un paso, conmocionada.Abrió la boca, a punto de responder, pero se detuvo. Sus pensamientos se agolparon mientras observaba su postura.Hablaba en serio.Realmente la atacaría si decía una palabra m
Los ojos de Aria se abrieron lentamente al despertar con el suave crepitar del fuego en el hogar. Miró hacia arriba y sus ojos agudos distinguieron el techo desconocido.Las sábanas de la cama estaban enredadas entre sus piernas. Gruñó ligeramente mientras se incorporaba.Frunció el ceño.Por un momento, estuvo perdida, con la mente confundida.¿Dónde estoy? se preguntó, mientras sus ojos se aclaraban de inmediato.El intenso recuerdo de Lucien y de la noche que habían pasado juntos apareció de golpe en su mente, y un rubor comenzó a extenderse por su rostro.Ahora todo volvía a ella.Sus mejillas se calentaron aún más al recordar la noche salvaje e intensa que había compartido con él. Recordó el peso de su cuerpo sobre el suyo y cómo la había hecho sentir placer. Su cuerpo se calentó, su pulso se aceleró mientras bajaba la cabeza.Todavía podía sentirlo dentro de ella.Ya no soy pura.El pensamiento la golpeó como un mazazo.Ahora tenía una pareja, así que no se esperaba que siguiera
Aria permaneció inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza y la respiración entrecortada. Sus manos temblaban mientras contemplaba su nuevo hogar.La casa de Lucien era una cabaña demasiado pequeña. Estaba construida de piedra y tenía superficies irregulares. Parecía la vivienda de un sirviente.—¿Esta es tu casa? —preguntó incrédula.—Por mucho que odie decirlo —respondió Lucien mientras permanecía de pie en la entrada de la casa—, ahora esta es nuestra casa. Ahora, entra —ordenó.Aria tragó saliva y, con pasos rápidos, se apresuró a seguirlo dentro de la pequeña cabaña.En cuanto entró, la puerta se cerró de golpe detrás de ella.Aria dio un respingo ante el sonido. Un escalofrío recorrió su espalda cuando se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, estaba sola en una habitación con un hombre.Se sonrojó, sus mejillas adquiriendo un intenso tono rojizo mientras bajaba la mirada.Miró alrededor de la casa. Su mirada aguda reparó en el diminuto dormitorio, un rincón que obvia
Lucien permanecía sentado en silencio, con los ojos entrecerrados mientras contemplaba el fuego ardiente del hogar de su habitación. Su pierna lisiada y destrozada palpitaba de dolor, obligándolo a hacer una mueca silenciosa cada vez que cambiaba de posición.Incluso después de todos estos años, su sangre de hombre lobo —y todos los vestigios de su fuerza como alfa— seguían intentando reconstruir su pierna destrozada.Esperó a que el calor del fuego lo alcanzara. Que derritiera el frío de su corazón.Pero no lo hizo.Nunca lo hacía.Bajó la mirada hacia su pierna. Las cicatrices verticales y retorcidas se extendían desde el muslo hasta la pantorrilla.La puerta se abrió de golpe y Lucien dirigió bruscamente la mirada hacia ella.La ira brilló en sus ojos por la interrupción, pero rápidamente reprimió sus emociones.Ya no era el hombre que había sido.—¿Por qué no llamaste a la puerta? —espetó Lucien, dirigiendo su afilada mirada gélida hacia su antiguo subordinado y hermano menor.—¿P







