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LA CEREMONIA DE APAREAMIENTO

last update Veröffentlichungsdatum: 05.10.2026 15:39:13

Lucien permanecía sentado en silencio, con los ojos entrecerrados mientras contemplaba el fuego ardiente del hogar de su habitación. Su pierna lisiada y destrozada palpitaba de dolor, obligándolo a hacer una mueca silenciosa cada vez que cambiaba de posición.

Incluso después de todos estos años, su sangre de hombre lobo —y todos los vestigios de su fuerza como alfa— seguían intentando reconstruir su pierna destrozada.

Esperó a que el calor del fuego lo alcanzara. Que derritiera el frío de su corazón.

Pero no lo hizo.

Nunca lo hacía.

Bajó la mirada hacia su pierna. Las cicatrices verticales y retorcidas se extendían desde el muslo hasta la pantorrilla.

La puerta se abrió de golpe y Lucien dirigió bruscamente la mirada hacia ella.

La ira brilló en sus ojos por la interrupción, pero rápidamente reprimió sus emociones.

Ya no era el hombre que había sido.

—¿Por qué no llamaste a la puerta? —espetó Lucien, dirigiendo su afilada mirada gélida hacia su antiguo subordinado y hermano menor.

—¿Por qué iba a hacerlo? —Alder se rio entre dientes con una sonrisa burlona—. Levántate, Lucien. Tu novia ha llegado —ordenó.

Lucien parpadeó, abriendo los ojos con sorpresa.

No pudo responder.

No era necesario.

Aquello no era decisión suya.

Era una decisión que su propia Clawhold le había impuesto. Su hermano, el nuevo alfa, se había asegurado de ello.

—Es... más pequeña de lo que esperaba —comentó Alder—. Aunque es bonita para ser una Sangre Muerta. Quizá incluso te guste. Claro, si es que te gustan las cosas rotas.

Se rio de sus propias palabras, mientras el claro desprecio brillaba en sus ojos al mirar a su hermano mayor.

Lucien apretó la mandíbula. Apartó la mirada de su hermano, alejándose de aquella burla.

—Acabemos con esto de una vez —murmuró.

Con esas palabras, se puso de pie en toda su estatura y, con su pierna mutilada palpitando de dolor, dio un paso hacia Alder.

Alder sonrió. Su mirada se detuvo unos instantes en la pierna destrozada de su hermano antes de volver a la expresión de dolor que podía ver en su rostro.

—Sígueme, Lucien —ordenó—. Vamos a ponerte presentable para tu novia.

Con una carcajada y un gesto teatral, se dio la vuelta y salió.

La “ceremonia” fue una completa farsa.

La Clawhold había sido despejada y el patio había sido limpiado por primera vez en años.

La nieve caía sobre las cordilleras en pequeños copos perezosos, cubriendo todo el patio de blanco.

Un marcado contraste con las rosas rojas esparcidas por todo el lugar.

Su futura esposa, Aria, ya estaba allí.

Sus ojos recorrieron lentamente sus facciones.

Aria era delicada. No era tan pequeña como su hermano había dicho, pero comparada con sus casi dos metros diez de altura, sí lo era.

Tenía el cabello largo, ondulado y rubio plateado, unos ojos atormentados y cicatrices.

Espera... ¿cicatrices?

Los ojos de Lucien se abrieron de par en par mientras su mirada recorría la piel expuesta de ella, sus brazos y muñecas.

Llevaba maquillaje cubriéndolas, pero podía ver las cicatrices. Y estaba seguro de que todos los hombres lobo presentes también podían hacerlo.

Ella no lo miraba.

Tenía la mirada baja, como si quisiera que el suelo se la tragara por completo.

Lucien avanzó cojeando, con los puños apretados a los costados mientras reprimía temporalmente el dolor.

Se apoyaba con fuerza en el bastón de obsidiana sujeto a su brazo derecho.

Cada paso enviaba punzadas de dolor por todo su cuerpo. Cada paso era un cruel recordatorio de lo mucho que había caído.

Mantuvo la barbilla en alto, recorriendo el patio con la mirada mientras veía a los miembros de su Clawhold y de la de ella observando la ceremonia con sonrisas burlonas en sus rostros.

No se inclinaría ante nadie.

Ni ante Alder.

Ni ante su Clawhold.

Y mucho menos ante aquella cosa rota que le habían enviado para contenerlo.

Aria Thorne.

Respiró profundamente e inhaló su aroma.

Ella no olía a miedo ni a anticipación.

Olía a resignación.

—Hagamos esto rápido —gruñó cuando llegó hasta su novia y se colocó a su lado.

Aria se estremeció al escuchar su voz.

Él lo notó.

Por supuesto que lo notó.

Pero no le importó.

¿Por qué debería?

Ella estaba más rota de lo que él jamás había estado.

Era una Sangre Muerta.

No dijo una sola palabra. Solo asintió y cambió nerviosamente el peso de un pie al otro.

El oficiante de la ceremonia era un anciano medio borracho que avanzó hacia ellos tambaleándose.

Lucien apretó los puños y apartó la mirada.

Aquello era claramente una farsa.

Ni el anciano ni su Clawhold se preocupaban por la boda.

Para ellos, aquello no era más que la unión de dos cosas rotas.

—Lucien —tosió el anciano, con los ojos rojos mientras su mirada se desviaba hacia la destrozada pierna derecha de Lucien—. ¿Aceptas a esta Sa... lo siento.

El anciano se disculpó rápidamente por su desliz provocado por el alcohol.

—¿Aceptas a esta “mujer”? —Su mirada desdeñosa se dirigió hacia Aria al decirlo—. ¿Como tu pareja?

—Yo, Lucien Vine, antiguo alfa de esta gran Clawhold, tomo a esta... mujer —comenzó sus votos. Hizo una pausa deliberada mientras miraba a Aria— para que sea la Luna de mi casa. Juro no ofrecer amor, ni cuidado. Solo cumplir con mi deber y nada más.

Aria parpadeó, entreabriendo los labios mientras permanecía conmocionada por sus votos.

Tragó saliva y decidió guardar silencio.

El anciano medio borracho se volvió hacia ella. Su mirada recorrió su cuerpo durante un instante antes de volver a su rostro.

—¿Y tú, Aria Thorne? —preguntó arrastrando las palabras—. ¿Aceptas...?

—Sí, acepto —respondió Aria rápidamente.

Demasiado rápido.

Lucien resopló. El desprecio en sus ojos se intensificó mientras se giraba para mirarla.

—¿Tan ansiosa estás por pertenecer a alguien? —preguntó—. Nunca pertenecerás.

La mirada de Aria se clavó en él.

Una chispa cruzó sus ojos, pero se apagó rápidamente.

Su aguda mirada había notado que su hermanastro ya estaba dando un paso hacia ella.

Sabía que, si hacía o decía algo más, aquel probablemente sería su último día con vida.

En cuestión de momentos, intercambiaron los anillos.

Los votos entre ambas partes fueron pronunciados.

Y el beso...

Por supuesto, no ocurrió.

El anciano ni siquiera lo mencionó.

¿Quién en su sano juicio querría besar a una Sangre Muerta?

Y así, Aria Thorne pasó a ser suya.

Ahora era una propiedad.

Nada más.

Ni siquiera ganado.

Ni siquiera un humano de la clase más baja.

Solo una reproductora.

Una vez terminada la ceremonia, Lucien se dio la vuelta sin decir una palabra más.

Se alejó cojeando, mientras la punta de su bastón de obsidiana golpeaba el patio con un sonido seco y agudo.

Detrás de él, Aria se quedó inmóvil.

No tenía idea de qué se suponía que debía hacer ahora.

¿Debía seguirlo?

¿Dónde viviría?

¿Cómo sobreviviría?

Todas esas preguntas atravesaron su mente mientras observaba a su nuevo “amo” alejarse cojeando.

—Vamos, Ari —la voz cortante de Lyra resonó detrás de ella—. Sigue a tu pareja. Tienes que consumar el apareamiento, ¿verdad? ¿O también estás demasiado rota para hacer eso?

Ante esas palabras, la multitud silenciosa que había observado la ceremonia sin emitir sonido alguno estalló en carcajadas.

El desprecio en sus miradas era tan penetrante que Aria se estremeció.

Sin decir una palabra, respiró profundamente y corrió hacia Lucien.

Las risas aumentaron a sus espaldas.

Antes de siquiera alcanzarlo, pudo darse cuenta de que los demás ya habían comenzado a festejar.

Lucien la miró de reojo, frunciendo el ceño antes de volver a mirar al frente.

Aria frunció el ceño mientras seguía a Lucien hacia un destino desconocido y hacia una nueva vida que no sería menos dura que la anterior.

Su vida ya no le pertenecía.

Había dejado una prisión solo para ser encerrada en otra.

Las cadenas habían desaparecido.

Los collares eran invisibles.

Pero seguían allí.

Siempre presentes.

Aún la ataban.

¿Y Lucien?

Lucien no veía a una pareja cuando miraba a Aria.

Veía una carga rota.

Y, desde su perspectiva, ella estaba mucho más lisiada que él.

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