Mag-log inCAPÍTULO 11: LA SILLA VACÍA
No dormí.
Me quité el vestido rojo y lo dejé hecho un montón en el suelo. Me restregué la cara hasta que me escoció la piel, luego me tumbé de lado en mi mitad de la cama y miré el techo. Su lado permaneció frío e intacto. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la barra contra mi espalda y el calor de su boca, y mi cuerpo lo recordaba antes de que mi mente pudiera evitarlo.
No volvió.
Al amanecer me rendí y me puse frente al espejo. Un corte en el labio inferior, donde él lo había atrapado. Moretones en la garganta, desvaídos hasta el amarillo y el verde. Una chica que parecía haber pasado por una guerra y no haber decidido aún si la había perdido.
Elegí la blusa crema, abotonada hasta la barbilla, y me recogí el pelo. No busqué el maquillaje.
*Que miren.*
El comedor estaba lleno de luz de la mañana cuando bajé. Plata sobre mantelería blanca, olor a café y a pan caliente. Caterina se quedó petrificada con una cafetera en las manos. Sofia, junto al aparador, dejó caer una cuchara, y ninguna de las dos se movió para recogerla.
Lo habían oído. En esta casa, las paredes lo transportaban todo.
Caminé hasta mi sitio y me senté.
Al otro lado de la mesa, Beatrice levantó la vista de su taza de té. Llevaba un vestido de seda marfil con un cuello bordado en hilo de oro, de esos que parecen cosidos sobre el cuerpo por alguien que cobra por horas. Tenía el pelo perfecto. Entre las cejas, una pequeña arruga compasiva que claramente había ensayado.
Le llevó un segundo entero darse cuenta de que yo estaba erguida.
Sus ojos recorrieron mi rostro. Mi cuello. Mis manos firmes. La vi buscar los destrozos.
—Isabella. —Dejó la taza—. Santo cielo. Estábamos tan preocupados. Después de lo de anoche no pude dormir, pensando en lo que Lorenzo habría...
—¿Habría qué?
Sonó más tranquilo de lo que yo me sentía. Beatrice parpadeó.
—Bueno. —Soltó una risita delicada—. Te sacaron a rastras de aquel salón. Lo vimos todos. Solo espero que no haya sido demasiado duro contigo. Puede ser tan *implacable* con las cosas que lo decepcionan.
*Cosas.* No personas.
Tomé mi café y bebí un sorbo lento. La taza no tembló. Me aseguré de ello.
—Qué amable por preocuparte. Pero dormí perfectamente.
Fue la mejor mentira que he dicho jamás.
Algo cruzó su rostro, una grieta fina como un cabello en la porcelana. Había llegado a esta mesa esperando a una mujer hecha pedazos, con los ojos hinchados y vacía, el tipo de ruina que pudiera compadecer en voz alta. Había construido toda la noche para este desayuno.
Y yo estaba comiendo tostadas.
—¿Ah, sí? —Su sonrisa volvió, más delgada—. Entonces Lorenzo debe de estar muy indulgente esta mañana. ¿Dónde está, por cierto?
Todos miramos la cabecera de la mesa. La gran silla tallada que nadie tocaba jamás estaba retirada y vacía, su taza boca abajo sobre el platillo, la servilleta aún doblada.
—El Don salió antes del amanecer —dijo Caterina en voz baja—. Marco se llevó el coche.
—Qué extraño. —Beatrice ladeó la cabeza—. Después de una noche así. Uno pensaría que se quedaría.
Quería que me estremeciera. Quería que me preguntara si me habían usado y desechado. Sinceramente, me lo había preguntado la mitad de la noche.
Pero recordé cómo se había quedado en aquella habitación con la cabeza inclinada y la mano apoyada contra la barra, como un hombre que acababa de ganar por los pelos una guerra contra sí mismo.
No huyes de una mujer con la que has terminado. Huyes de aquella de la que no puedes fiarte estando cerca.
—Seguro que tenía sus razones.
—Por supuesto que las tenía. —La dulzura de su voz tenía ahora un filo—. Lorenzo siempre las tiene. Quizá simplemente le pareció floja la diversión. Al fin y al cabo, las otras chicas de anoche al menos sabían cómo...
—Ay, *no*.
La voz de Sofia. Un chillido aterrado.
Me volví justo a tiempo de verlo suceder.
Caterina había estado cruzando detrás de la silla de Beatrice con la cafetera llena, y Sofia, retrocediendo desde el aparador con una bandeja de pastas, le había rozado el codo. La cafetera se inclinó. Un arco largo, oscuro y humeante de café negro salió despedido y aterrizó sobre la espalda de Beatrice.
Todo.
Durante un segundo, nadie se movió.
Entonces Beatrice gritó.
No fue un grito de dama. Fue agudo y crudo, el sonido de una mujer que descubre que su casa está en llamas. Se puso en pie de un salto, tirando su taza de té al suelo, y se retorció para mirar la seda marfil, ahora empapada del hombro al bajo, una mancha marrón que se extendía.
—¡Mi vestido! —Se arañó la espalda—. ¡Mi *vestido*! ¿Sabes lo que es esto? ¿Tienes idea de lo que *costó*?
—Lo siento tanto, signorina, lo siento tanto, no vi... —Caterina estaba pálida como el papel, con la cafetera vacía aún en las manos.
—¡Es *Valentino*! ¡Es alta costura! ¡Tardaron cuatro meses en hacerlo! ¡Es irreemplazable, torpe, estúpida...! —Se volvió hacia Sofia—. ¿Sabes cuánto ganas en un año? ¿Lo sabes? ¡No podrías pagar ni una manga!
—Fue un accidente, lo juro...
—¡Un accidente! —La voz de Beatrice se quebró en la palabra. Agarró una servilleta de lino y se frotó la espalda, lo que solo extendió la mancha en un mapa más ancho y feo—. Os haré echar a las dos. ¿Me entendéis? Fuera de esta casa, a la calle, hoy mismo...
Dejé mi tostada.
Debo decir esto del momento: debería haber sentido lástima. Caterina temblaba. Sofia había empezado a llorar.
Pero había pasado una semana siendo vigilada por esa mujer y una noche siendo su presa, y algo en lo hondo de mi pecho, algo pequeño y cruel y del todo impenitente, soltó una risita baja y perversa.
Me mordí con fuerza el interior de la mejilla.
*No sonrías. No sonrías.*
—Beatrice.
Me puse de pie. Mi voz siguió suave.
—Fue un accidente. Cualquiera pudo verlo.
Se giró hacia mí, con el pelo soltándose y los ojos desorbitados. —No te metas. Tú no das órdenes en esta casa.
El silencio que siguió fue muy callado y muy frío.
—Sí las da.
Maria Moretti no había levantado la voz. Estaba sentada en el extremo de la mesa con una taza de café negro que nunca había tocado, la espalda recta, el pelo plateado recogido con firmeza. Ni siquiera alzó la vista.
—La esposa de mi hijo es la señora de esta casa —dijo Maria—. Todos en esta mesa lo recordarán.
La boca de Beatrice se abrió. Se cerró. Una mancha roja le trepó por el cuello.
—Tía Maria, no puedes querer decir...
—Caterina. —Maria giró la cabeza, y su tono se suavizó un poco—. Trae un paño para la signorina. Y una cafetera nueva para la mesa. Sofia, sécate la cara, niña. Nadie será despedido.
—Sí, Signora. —Caterina hizo una reverencia, y al pasar junto a mi silla sus dedos rozaron mi hombro. Un toque pequeño y rápido. *Gracias.*
Beatrice estaba en un charco de café, con su vestido incalculable arruinado y las manos crispadas a los costados. Miró a las criadas. Me miró a mí. Miró a Maria, que había vuelto a ignorarla.
—Esto es absurdo —siseó—. Voy a cambiarme.
—Una excelente idea —dijo Maria.
Beatrice se fue. Sus tacones cortaron con dureza el mármol, la larga mancha marrón arrastrándose tras ella como una bandera. Las puertas se cerraron de un portazo.
En la calma posterior, Sofia soltó un hipo diminuto y ahogado que sonaba mucho a risa.
Caterina le lanzó una mirada. Sofia se tapó la boca con la mano. Le temblaban los hombros.
Tomé mi taza y bebí, muy despacio, para ocultar mi propia boca.
Cuando la bajé, vi que Maria me observaba.
No se había movido. Pero algo había cambiado en su rostro. No era una sonrisa, exactamente. Era el más leve suavizarse en la comisura de su boca, la mirada de una mujer que ha pasado cuarenta años en una casa de lobos y por fin ha visto a un cordero morder de vuelta.
Me estudió largo rato. Mi cuello. El corte en mi labio. La firmeza que me había echado encima como una armadura.
Lo que fuera que encontró, no era lo que esperaba.
Cuando las criadas se fueron y el comedor se vació, Maria se levantó. Su bastón golpeó una vez la piedra mientras cruzaba el suelo, y se detuvo junto a mi silla.
Me obligué a mirarla.
Se inclinó, tan cerca que solo yo pude oírla.
—Ven a mi salón, niña —dijo Maria, con la voz baja y no sin bondad—. Tenemos que hablar de anoche.
Se enderezó y salió sin esperar respuesta.
Me quedé sola en la larga mesa, con el sol sobre la plata y la silla vacía de Lorenzo en la cabecera, y comprendí que me había equivocado en una cosa.
Beatrice no era la única persona de esta casa que sabía exactamente adónde me había llevado él.
CAPÍTULO 18: ADRIAN—Salimos a las ocho —dijo Lorenzo, y se marchó antes de que pudiera responder.Esa fue toda la instrucción. Sin tono, sin mirada, nada que me dijera qué esperaba. *Es hora de hacer el trabajo de una Donna*, y luego una puerta cerrada.A las cinco estaba frente a mi armario con los brazos cruzados y comprendí que no poseía nada para esto. Todo lo que había traído a esta casa había sido elegido para una chica que se escondía en los rincones. La blusa crema. La falda gris. Un vestido negro que había llevado al funeral de mi madre. Saqué tres perchas, las tiré sobre la cama y me senté a su lado.Llamaron a la puerta. Caterina asomó la cabeza, algo sin aliento.—Signora, perdone. La Signora Maria le pide que vaya con ella. Ahora, si puede.---La habitación de Maria olía a lavanda y a hierro caliente. Un vestido colgaba de lo alto de la puerta de su armario, envuelto en papel de seda, y sobre la cama, detrás de ella, había tres cajas de terciopelo con las tapas abiertas
CAPÍTULO 17: MI DONNABeatrice llegó cojeando.La oí antes de verla. El clic de un tacón, luego un arrastre más suave y desigual, luego el clic otra vez. Cruzó el pasillo como una mujer que camina sobre cristales rotos y trata de que parezca un paseo.Lorenzo no se había movido de detrás del escritorio. Estaba sentado en el sillón de cuero de respaldo alto como un juez que espera a un peticionario. El cajón astillado yacía abierto frente a él, con la carpeta negra encima. No la había tocado desde que despachó a Sofia. No había tocado nada. Una mano vendada reposaba plana sobre la madera.Yo estaba junto a la chimenea fría con los brazos cruzados. Él no me había pedido que me fuera, y yo no me lo había ofrecido.La puerta se abrió.Beatrice entró con su cara más dulce, la arruga preocupada entre las cejas, las manos juntas sobre el pecho. Sofia rondaba tras ella, pálida como la leche, y volvió a escabullirse en cuanto pudo.—Lorenzo. —Beatrice exhaló su nombre—. Gracias a Dios. Tenía t
CAPÍTULO 16: QUE CREANo me volví.Me quedé con el papel en las manos, escuchando el clic de la cerradura. Había cerrado la puerta tras de sí y girado la llave. Lo oí, y lo oí respirar, lento y uniforme, la respiración de un hombre que ya había decidido cómo iba a transcurrir esto.—¿Cuánto has leído?No *qué haces*. No *cómo te atreves*. No preguntaba si lo había leído. Preguntaba cuánto sabía.Me volví.Estaba apoyado contra la puerta con los brazos a los costados, con la misma camisa negra, la misma mano vendada. Su rostro no me daba nada. Era la cara del salón la noche de la fiesta del té, quieta como un lago en invierno.—Todo —dije. Mi voz era perfectamente tranquila. Estuve orgullosa de eso, durante un segundo—. La cesión. La firma de Luca. La de Marco. —Alcé la segunda página—. Y esto.Sus ojos cayeron sobre ella. Algo parpadeó, demasiado rápido para nombrarlo.—*Que crea que eligió* —leí en voz alta—. Esa es tu letra.—Sí.—Lo escribiste tú.—Sí.—Antes de que yo entrara en a
CAPÍTULO 15: EL CAJÓN CERRADOEl sedán de Marco apenas había cruzado la verja cuando empecé a contar.Lorenzo se había ido con él a las nueve. Se había detenido en la puerta, había dicho «No salgas de los terrenos» sin mirarme, y se había marchado. Eso me daba, según mis mejores cálculos, cinco horas y una casa llena de ojos.Empecé por lo fácil. Desayuné de forma muy visible. Le pregunté a Sofia por las rosas. Dejé que la doncella de Beatrice me viera bostezar y anunciar que pasaría toda la mañana leyendo en mi cuarto, una mentira tan aburrida que nadie en su sano juicio la comprobaría.A las diez, cerré mi puerta con llave, me recogí el pelo con dos horquillas y salí trepando de mi propia vida.El pasillo este estaba vacío. La puerta del despacho se alzaba al fondo, roble oscuro y latón, de esas puertas que decían *no* antes de que las tocaras. Puse la mano en el picaporte.Cerrada. Naturalmente.Me arrodillé y saqué una de las horquillas.Lo había aprendido por Luca. Yo tenía once
CAPÍTULO 14: EL HERMANO QUE CONOCÍAUna voz subió flotando por las puertas de la terraza, baja y cortante.No había estado dormida. Había estado tumbada en mi lado de la cama, repitiendo *Luca está vivo* hasta que las palabras se gastaron. Me deslicé fuera de la cama y me acerqué a la ventana a hurtadillas.Lorenzo estaba en la terraza de abajo, con un teléfono pegado a la oreja y una mano vendada apoyada en la barandilla de piedra. La luz de la luna tallaba su perfil en algo duro y cansado.No pude seguirlo. Las frases eran cortas y desnudas, llenas de números y nombres que no significaban nada para mí, un lenguaje hecho para ser oído sin ser entendido. Entonces dijo lo único que entendí.—Tráelo por la mañana.Colgó y se quedó quieto, mirando la línea negra de los viñedos. Retrocedí del cristal antes de que pudiera volverse.*Él.* Solo había un *él* en el que podía pensar.---Llegaron al amanecer.Los neumáticos crujieron sobre la grava, y yo ya estaba bajando las escaleras antes d
CAPÍTULO 13: SANGRE SOBRE BLANCOChoqué de frente contra una pared que respiraba.Cálida, sólida, con olor a humo y a lluvia y a algo metálico debajo. Mis manos volaron por instinto y aterrizaron sobre tela, y la tela estaba *mojada*.Retrocedí de un salto.Lorenzo estaba en el pasillo, frente a la puerta de Maria. Su camisa blanca estaba arruinada, con el cuello desgarrado y una mancha oscura y tiesa que bajaba por un costado desde las costillas hasta el borde. El vendaje de su palma izquierda, el que yo había visto envolver en aquella habitación roja, se había empapado de sangre. Una mancha fresca marcaba el puño.Durante un latido ninguno de los dos se movió.—¿Qué ha pasado? —Mi voz salió demasiado pequeña—. ¿Es tuya esa sangre?No dijo nada.Me miró como había mirado a Beatrice en aquel salón, como si yo fuera parte de la arquitectura. Luego sus ojos bajaron a la puerta de la que yo acababa de salir, y un músculo se tensó en su mandíbula. Había oído la voz de su madre. Lo supe. É







