LOGINCAPÍTULO 12: LA PETICIÓN DE UNA MADRE
De camino a la puerta de Maria había ensayado tres respuestas.
*No pasó nada. Fue un malentendido. No quiero hablar de ello.* Me había preparado para un sermón sobre el vestido, para la misma voz fría que el primer día me dijo que esperaba que durara más que los muebles. Había preparado mi columna para ello, vértebra a vértebra.
Nada de eso sobrevivió a la puerta al abrirse.
Su habitación era cálida. Ese fue el primer golpe. Lámparas del color de la miel, un sillón raído, libros apilados en torres torcidas, y olor a lavanda y papel viejo en lugar de cera y dinero. Después de los salones de mármol, era como entrar en el pecho de alguien.
Maria estaba sentada junto a la ventana, con el bastón atravesado sobre las rodillas, observándome.
—Signora, sobre lo de anoche —empecé, demasiado deprisa—. Yo no elegí ese vestido. Alguien lo dejó en mi armario con una nota, y creí que era de él. Le juro que no sabía lo que era esa fiesta. Jamás habría entrado en aquel salón de haberlo sabido, y sé cómo se vio, pero Beatrice...
Maria no dijo nada. Entrelazó las manos en su regazo, y la comisura de su boca se crispó.
—No soy lo que decían —seguí—. No me importa lo que piense nadie en esa sala, pero quiero que sepa que yo no...
—Isabella.
Me callé. Estaba *sonriendo*. No con malicia. Era la mirada de una mujer que ve a un gatito defenderse de una marea.
—No tienes que justificarte, niña —dijo Maria con suavidad—. Ven y siéntate.
La miré fijamente. Era la mujer que me había examinado en la puerta como a una mancha en la alfombra. Yo había venido lista para la guerra, y ella daba palmaditas en el sofá junto a su sillón.
Me senté despacio, como quien se posa sobre una trampa.
Entonces mis ojos se engancharon en la mesita junto a su cama, en el hueco detrás del sillón. Un marco de plata, inclinado hacia la almohada. Una mujer de pelo oscuro riéndose de quien sostenía la cámara, con sol en el cabello y un viñedo difuminado en oro detrás.
Elena.
—Usted también tiene su foto —me oí decir.
—Claro que sí. —Maria no giró la cabeza—. Le doy las buenas noches cada tarde.
—Él intentó estrangularme por mirar la suya. —Salió crudo y amargo antes de que pudiera evitarlo.
—Ese muchacho tonto.
Maria lo dijo al techo, con una ternura cansada y furiosa. Luego plantó el bastón y se impulsó para levantarse. Cruzó hasta la ventana, y durante un largo momento miró los jardines con la espalda hacia mí.
—Ese niño ha sufrido más de lo que sabe decir —dijo—. Desde el día en que perdimos a Elena, se lanza contra todos los peligros de esta ciudad como un hombre que espera que uno de ellos acabe el trabajo. No duerme. Apenas come. Va donde ningún hombre cuerdo iría y vuelve con sangre en las manos, y yo me quedo en esta ventana esperando a ver si esta es la noche en que no regresa.
No dije nada.
—Ella era su mundo, Isabella. Su primer amor, su único amor durante mucho tiempo. Era un chico que cantaba en la cocina. Ahora... —Su voz se adelgazó—. Tengo miedo de mi propio hijo. No de *él*, entiéndeme. De en lo que se ha convertido. Ese hombre va a destruirse, y a todos los que estén cerca, y yo tendré que verlo.
Volvió y se sentó a mi lado en el sofá. Antes de que pudiera moverme, tomó mis dos manos entre las suyas. Su piel era fría y de papel, y su agarre más fuerte de lo que esperaba.
—No renuncies a él —dijo Maria—. Sé que es difícil. Sé que es peor que difícil. Pero nunca fue así. En algún lugar bajo todo eso aún hay un hombre que ríe. Lo he visto.
Me ardía la garganta. Quise soltarme. No lo hice.
—Maria —dije en voz baja—. Usted sabe que mi hermano estuvo implicado en su muerte.
Las palabras cayeron en la habitación como cristal roto.
No había querido decirlas. Pero llevaban en mi pecho desde el día en que firmé. El nombre de Luca estaba en esa historia, y aquí estaba yo, en la casa del marido de la muerta, sosteniendo las manos de su madre.
—¿Por qué es amable conmigo? —susurré.
Maria no me soltó. Algo suave cruzó su rostro, triste y del todo sin ira.
—Porque no debemos castigar a nadie por los errores de otro.
—Lorenzo no piensa así.
—No. —Sonrió, apenas—. Así lo criaron. Con un padre que le enseñó que una deuda es una deuda, la lleve quien la lleve. Le dije que estaba mal, y no me escuchó. —Me apretó los dedos—. Por eso te lo pido, niña. Cuida de mi hijo. No por el contrato. No por Luca. Por el muchacho que sigue ahí dentro, suplicando que lo encuentren.
Miré la fotografía junto a la cama, a la mujer con sol en el pelo. Una desconocida, y una mujer cuya muerte había levantado los muros de esta casa.
—Lo intentaré —dije—. No puedo prometer más.
—Es más de lo que esperaba. —Maria me palmeó la mano, de nuevo enérgica, como avergonzada de su propia ternura—. Y ahora ve. Come algo. Y manténte lejos de las avispas de Beatrice.
Me puse en pie, con las piernas inseguras. En la puerta me detuve con la mano en el picaporte. La pregunta llevaba creciendo en mí desde que dije su nombre.
—Signora.
—¿Sí, niña?
—¿Puedo ver a mi hermano?
La habitación quedó inmóvil.
El rostro de Maria no cambió, pero sus manos sí. Se cerraron con más fuerza sobre el puño de su bastón.
—No he visto a Luca desde el día en que firmé —dije, demasiado rápido—. Ni una vez. Cuatro meses, y ni una palabra, ni una carta. Nadie siquiera dice su nombre. No le pido que desafíe a su hijo. Solo necesito saber que está vivo.
Durante un largo momento Maria no dijo nada. El reloj de la repisa marcaba el tiempo. En algún lugar de abajo, una puerta se cerró.
—Isabella. —Su voz era muy baja—. En cuatro meses, ¿has oído a Lorenzo pronunciar el nombre de tu hermano una sola vez en esta casa?
Abrí la boca. La cerré.
No lo había oído.
—Yo tampoco —dijo Maria—. Y eso me asusta más de lo que puedes imaginar. —Me miró, y todo el calor había abandonado su rostro, dejando algo más viejo y más cauteloso—. Mi hijo no olvida aquello con lo que ha terminado. Lo borra. Pero nunca habla de un hombre al que aún está usando.
El latón estaba frío bajo mi palma.
—Pregúntaselo —dijo Maria—. No en la cena. No delante de Beatrice. Pregúntaselo a solas, y observa su cara cuando lo digas.
—¿Por qué?
—Porque te dirá —dijo Maria— si tu hermano es un prisionero o algo peor.
CAPÍTULO 18: ADRIAN—Salimos a las ocho —dijo Lorenzo, y se marchó antes de que pudiera responder.Esa fue toda la instrucción. Sin tono, sin mirada, nada que me dijera qué esperaba. *Es hora de hacer el trabajo de una Donna*, y luego una puerta cerrada.A las cinco estaba frente a mi armario con los brazos cruzados y comprendí que no poseía nada para esto. Todo lo que había traído a esta casa había sido elegido para una chica que se escondía en los rincones. La blusa crema. La falda gris. Un vestido negro que había llevado al funeral de mi madre. Saqué tres perchas, las tiré sobre la cama y me senté a su lado.Llamaron a la puerta. Caterina asomó la cabeza, algo sin aliento.—Signora, perdone. La Signora Maria le pide que vaya con ella. Ahora, si puede.---La habitación de Maria olía a lavanda y a hierro caliente. Un vestido colgaba de lo alto de la puerta de su armario, envuelto en papel de seda, y sobre la cama, detrás de ella, había tres cajas de terciopelo con las tapas abiertas
CAPÍTULO 17: MI DONNABeatrice llegó cojeando.La oí antes de verla. El clic de un tacón, luego un arrastre más suave y desigual, luego el clic otra vez. Cruzó el pasillo como una mujer que camina sobre cristales rotos y trata de que parezca un paseo.Lorenzo no se había movido de detrás del escritorio. Estaba sentado en el sillón de cuero de respaldo alto como un juez que espera a un peticionario. El cajón astillado yacía abierto frente a él, con la carpeta negra encima. No la había tocado desde que despachó a Sofia. No había tocado nada. Una mano vendada reposaba plana sobre la madera.Yo estaba junto a la chimenea fría con los brazos cruzados. Él no me había pedido que me fuera, y yo no me lo había ofrecido.La puerta se abrió.Beatrice entró con su cara más dulce, la arruga preocupada entre las cejas, las manos juntas sobre el pecho. Sofia rondaba tras ella, pálida como la leche, y volvió a escabullirse en cuanto pudo.—Lorenzo. —Beatrice exhaló su nombre—. Gracias a Dios. Tenía t
CAPÍTULO 16: QUE CREANo me volví.Me quedé con el papel en las manos, escuchando el clic de la cerradura. Había cerrado la puerta tras de sí y girado la llave. Lo oí, y lo oí respirar, lento y uniforme, la respiración de un hombre que ya había decidido cómo iba a transcurrir esto.—¿Cuánto has leído?No *qué haces*. No *cómo te atreves*. No preguntaba si lo había leído. Preguntaba cuánto sabía.Me volví.Estaba apoyado contra la puerta con los brazos a los costados, con la misma camisa negra, la misma mano vendada. Su rostro no me daba nada. Era la cara del salón la noche de la fiesta del té, quieta como un lago en invierno.—Todo —dije. Mi voz era perfectamente tranquila. Estuve orgullosa de eso, durante un segundo—. La cesión. La firma de Luca. La de Marco. —Alcé la segunda página—. Y esto.Sus ojos cayeron sobre ella. Algo parpadeó, demasiado rápido para nombrarlo.—*Que crea que eligió* —leí en voz alta—. Esa es tu letra.—Sí.—Lo escribiste tú.—Sí.—Antes de que yo entrara en a
CAPÍTULO 15: EL CAJÓN CERRADOEl sedán de Marco apenas había cruzado la verja cuando empecé a contar.Lorenzo se había ido con él a las nueve. Se había detenido en la puerta, había dicho «No salgas de los terrenos» sin mirarme, y se había marchado. Eso me daba, según mis mejores cálculos, cinco horas y una casa llena de ojos.Empecé por lo fácil. Desayuné de forma muy visible. Le pregunté a Sofia por las rosas. Dejé que la doncella de Beatrice me viera bostezar y anunciar que pasaría toda la mañana leyendo en mi cuarto, una mentira tan aburrida que nadie en su sano juicio la comprobaría.A las diez, cerré mi puerta con llave, me recogí el pelo con dos horquillas y salí trepando de mi propia vida.El pasillo este estaba vacío. La puerta del despacho se alzaba al fondo, roble oscuro y latón, de esas puertas que decían *no* antes de que las tocaras. Puse la mano en el picaporte.Cerrada. Naturalmente.Me arrodillé y saqué una de las horquillas.Lo había aprendido por Luca. Yo tenía once
CAPÍTULO 14: EL HERMANO QUE CONOCÍAUna voz subió flotando por las puertas de la terraza, baja y cortante.No había estado dormida. Había estado tumbada en mi lado de la cama, repitiendo *Luca está vivo* hasta que las palabras se gastaron. Me deslicé fuera de la cama y me acerqué a la ventana a hurtadillas.Lorenzo estaba en la terraza de abajo, con un teléfono pegado a la oreja y una mano vendada apoyada en la barandilla de piedra. La luz de la luna tallaba su perfil en algo duro y cansado.No pude seguirlo. Las frases eran cortas y desnudas, llenas de números y nombres que no significaban nada para mí, un lenguaje hecho para ser oído sin ser entendido. Entonces dijo lo único que entendí.—Tráelo por la mañana.Colgó y se quedó quieto, mirando la línea negra de los viñedos. Retrocedí del cristal antes de que pudiera volverse.*Él.* Solo había un *él* en el que podía pensar.---Llegaron al amanecer.Los neumáticos crujieron sobre la grava, y yo ya estaba bajando las escaleras antes d
CAPÍTULO 13: SANGRE SOBRE BLANCOChoqué de frente contra una pared que respiraba.Cálida, sólida, con olor a humo y a lluvia y a algo metálico debajo. Mis manos volaron por instinto y aterrizaron sobre tela, y la tela estaba *mojada*.Retrocedí de un salto.Lorenzo estaba en el pasillo, frente a la puerta de Maria. Su camisa blanca estaba arruinada, con el cuello desgarrado y una mancha oscura y tiesa que bajaba por un costado desde las costillas hasta el borde. El vendaje de su palma izquierda, el que yo había visto envolver en aquella habitación roja, se había empapado de sangre. Una mancha fresca marcaba el puño.Durante un latido ninguno de los dos se movió.—¿Qué ha pasado? —Mi voz salió demasiado pequeña—. ¿Es tuya esa sangre?No dijo nada.Me miró como había mirado a Beatrice en aquel salón, como si yo fuera parte de la arquitectura. Luego sus ojos bajaron a la puerta de la que yo acababa de salir, y un músculo se tensó en su mandíbula. Había oído la voz de su madre. Lo supe. É







