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Chapter 10

Author: Mia
last update publish date: 2026-10-31 02:08:28

CAPÍTULO 10: LA HABITACIÓN SIN TESTIGOS

Nunca había visto esta habitación.

Eso fue lo primero que atravesó mi pánico. Cuatro meses en esta casa y nadie había mencionado una puerta al final del pasillo este, tras un panel que parecía parte del muro.

Lorenzo la empujó con el hombro y me arrastró dentro.

Luz roja. Paredes de terciopelo del color del vino añejo. Un escenario en el centro con una barra plateada que subía hasta el techo, y a lo largo de las paredes, ganchos de los que colgaban máscaras, rollos de cuerda negra, ataduras de seda, cosas para las que no tenía nombre y que no quería aprender. El aire olía a humo y a algo dulce y viejo.

Era una habitación construida con un único propósito. Lo entendí de golpe, y se me hundió el estómago.

—Lorenzo, por favor, yo no...

Me llevó hasta el escenario y me colocó frente a la barra como a un mueble. Luego accionó un interruptor, y un foco blanco cayó sobre mí. Levanté una mano contra el resplandor. Más allá, la sala quedó negra.

Lo oí moverse. Un pitido electrónico suave. Cristal tintineando.

Cuando mis ojos se adaptaron, vi un bar oculto abierto en la pared, con el panel desbloqueado por su huella del pulgar. Sirvió whisky en un pesado vaso de cristal, una cantidad generosa, y se bebió la mitad de pie, de espaldas a mí. Luego sacó un cigarrillo del bolsillo, lo encendió y exhaló despacio en la oscuridad roja.

Todavía no me había mirado. Habría preferido que gritara.

—Isabella Romano.

Mi nombre completo. En cuatro meses me había llamado *princesa*, *buena chica*, *esposa*. Nunca así. Sonaba como una sentencia leída en voz alta.

Se giró. El cigarrillo brillaba entre sus dedos.

—Te gusta entretener a otros hombres, ¿verdad?

—Eso no es justo —susurré—. Sabes que no lo es...

Se dejó caer en un sillón de cuero al borde de la luz, cruzó una pierna sobre la otra y empezó a desabrocharse la camisa. Un botón. Luego otro. Sin prisa. Como un hombre que se acomoda para ver algo que ha pagado.

—Baila para mí, Isabella.

Se me cerró la garganta.

—No.

—Baila.

—No pienso hacerlo. —Me temblaba la voz, pero me obligué a decirlo—. No soy como ellas. No lo haré.

El vaso estalló.

Lo había aplastado en su puño. El cristal reventó contra su palma y llovió sobre el suelo, el whisky salpicando la punta de sus zapatos. Grité y retrocedí tropezando contra la barra. La sangre brotó entre sus dedos y goteó al suelo, y él no la miró. No se inmutó. Solo me miraba a mí, con el pecho subiendo y bajando, y comprendí que su mano no estaba firme porque estuviera enfadado.

Estaba firme porque se controlaba. Y lo que controlaba era mucho peor de lo que yo había temido.

Ninguno habló. El miedo y el desafío peleaban en mi pecho, y bajo ellos algo más que me negaba a nombrar.

Así que me moví.

No por él. Me lo repetí. Me moví porque quedarme quieta bajo esa luz era como morir despacio. Puse una mano sobre el metal frío y di un paso, luego otro. Mis tacones resonaron en el escenario. Mi cuerpo recordó algo de los años en que Luca y yo no teníamos nada y yo bailaba en cocinas vacías para que ninguno de los dos llorara.

No lo miré. Miré la pared, la luz, mi propia sombra.

Sentí que me observaba. Era como una mano deslizándose por mi columna.

El sillón crujió.

Pasos, lentos y sin prisa. La luz lo arrojaba dentro y fuera de la sombra mientras se acercaba. Mantuve los ojos en la pared y conté sus pasos como se cuentan los segundos entre el relámpago y el trueno.

Se detuvo a mi espalda.

Sin tocarme. Solo ahí, tan cerca que el calor de su cuerpo atravesaba la seda roja y se posaba contra mi columna. Podía oírlo respirar. Lento. Controlado. Un hombre esforzándose mucho por no hacer algo.

Su sombra se deslizó por el escenario y devoró la mía.

Un dedo tocó mi nuca.

Solo uno. Levantó un mechón suelto y lo deslizó sobre mi hombro, y mi cuerpo entero se encendió como si me hubiera pasado una cerilla por la espalda. Su aliento lo siguió, cálido, justo bajo mi oído. Inspiró, larga y profundamente, como si me estuviera memorizando.

—Dime dónde te tocaron.

No pude responder.

—Cada mano —dijo con suavidad—. Cada dedo. Dímelo y se los cortaré.

Le creí. Eso fue lo aterrador. No exageraba. Estaba haciendo una promesa.

Su mano sana se posó en la base de mi garganta. Sin apretar. Su pulgar descansaba sobre el pulso que latía desbocado bajo los moretones.

—Nadie toca lo que es mío.

Me giré dentro del círculo de su brazo. Su mano se quedó donde estaba mientras yo lo enfrentaba. A un palmo. La luz atrapó la cicatriz de su mandíbula y la sangre en sus nudillos.

—Pensé que estabas enfadado conmigo —susurré.

Silencio.

Sus dedos resbalaron de mi garganta por la clavícula, bajaron por mi brazo y se quedaron en mi cintura. Las mismas manos que hacía una semana me habían sujetado contra una pared ahora me sostenían firme, como si pudiera caerme.

—Lo estoy —dijo, grave y áspero—. Pero no contigo.

El mundo se quedó en silencio.

Su palma empezó a moverse, un trazo lento y deliberado alrededor de mi cuerpo, como si dibujara una frontera y marcara todo lo que había dentro.

—Mía —murmuró. Su mano se deslizó por mi vientre—. Mía. —Sobre mi cadera—. Mía.

—Lorenzo, para. —Salió en un susurro, sin fuerza alguna—. Te lo dije, yo no...

—Sé lo que hiciste. —Sus labios rozaron el borde de mi oreja—. Y lo que no.

Giré la cabeza para discutir. Error. Su boca estaba justo ahí, a un palmo de mi mejilla, y su mano había encontrado el borde del vestido en mi muslo.

—No —susurré.

Sus dedos se deslizaron bajo la seda y subieron. Despacio. Tan despacio que sentí cada centímetro, las yemas callosas dejando un rastro de fuego por el interior de mi pierna. Mi respiración se entrecortó. Mis uñas se clavaron en la barra fría tras de mí.

—Dilo como si lo sintieras, princesa.

No pude. En su lugar, mi cabeza cayó hacia atrás contra el metal, y odié lo fácilmente que lo hizo.

Su mano subió desde mi cintura, rozó mis costillas y se cerró sobre mi pecho a través de la seda. Jadeé, fuerte en el silencio.

Sentí su sonrisa contra mi cuello.

—Lo estás disfrutando —dijo, grave y malicioso—. ¿Verdad?

—No sé de qué hablas.

—Mentirosa.

Apoyó su mano sangrante en la barra junto a mi cabeza, porque no se atrevía a tocarme con ella, y me miró desde arriba con los ojos negros. Su camisa colgaba abierta. La luz se deslizó por las líneas duras de su pecho, de su abdomen, la tenue cicatriz sobre sus costillas, y olvidé dónde poner los ojos.

Lo notó. Claro que lo notó.

Su pulgar subió y recorrió lentamente mi labio inferior. Mi boca se entreabrió antes de que pudiera evitarlo. Me mordí el labio, un hábito nervioso, una estupidez, y oí que su respiración se cortaba.

—No hagas eso, princesa.

Lo solté. Despacio. Su mirada cayó sobre mi boca y se quedó allí, y un músculo de su mandíbula se tensó, como un hombre al límite de su paciencia.

Se inclinó. Se detuvo. A un aliento de mis labios.

Debí apartarme. En cambio, me quedé allí, temblando, esperando, con el pulso gritándome en los oídos.

No se movió. No iba a hacerlo. Me estaba esperando a mí.

Así que cerré la distancia.

El beso empezó lento, y la lentitud era lo más cruel. Sus labios se movían sobre los míos como si los estuviera aprendiendo, profundos y sin prisa, y lo sentí en todas partes. Mis dedos encontraron su pecho desnudo, piel ardiente y un corazón martilleando bajo mi palma. Subieron por sus hombros. Hasta su pelo. Lo atraje más cerca, y el sonido que hizo contra mi boca fue mitad gemido, mitad rendición.

Entonces la lentitud se rompió.

Su brazo se cerró en torno a mi cintura, su mano apretando y reclamando como si temiera que fuera a desaparecer. Saboreé whisky y humo y a él. Sus dientes atraparon mi labio inferior, y cuando jadeé, se quedó con el sonido.

Me agarró del muslo y me alzó, y la barra me golpeó la columna. Todo el duro calor de él se presionó contra mí, y sentí exactamente cuánto lo deseaba. Mis piernas se cerraron en torno a él antes de que pudiera pensar.

No quedaba resistencia. Moví las caderas contra él, despacio, y se estremeció, con la frente cayendo sobre mi hombro.

—Isabella. —Una advertencia. Una plegaria—. Vas a destruirme.

Lo besé de nuevo, con más fuerza.

La mano en la barra se cerró en un puño, y sentí temblar todo el escenario de lo mucho que se estaba conteniendo.

Cuando por fin se apartó de golpe, los dos temblábamos.

Durante un largo momento no se movió. Sus ojos estaban salvajes, sus labios hinchados, y vi el instante en que comprendió lo que había hecho.

Entonces cayeron las persianas.

Me bajó al suelo. Despacio. Deliberadamente. Cada centímetro de distancia era una puerta que se cerraba. Alcanzó su chaqueta arruinada, se limpió la sangre de la palma con un pañuelo, y cuando volvió a mirarme, casi no lo reconocí.

—Esto no cambia nada —dijo con frialdad—. Sigues atada al contrato.

—Lorenzo...

—Ve a tu habitación. —Su voz era áspera, y no quería mirarme a los ojos. Me dio la espalda y apretó el pañuelo ensangrentado contra su palma, como si el dolor fuera lo único que lo mantenía en pie—. Ponte algo decente. Ahora, Isabella.

No me moví. Mis piernas no querían.

—Fuera —dijo, más bajo, y de algún modo eso fue peor—. Antes de que haga algo de lo que los dos nos arrepintamos.

La puerta seguía abierta tras él. No se volvió.

Salí con las piernas temblorosas, la seda roja susurrando contra mi piel, los labios aún ardiendo. Al final del pasillo miré atrás una sola vez. Estaba exactamente donde lo había dejado, con una mano apoyada en la barra y la cabeza inclinada, como un hombre que acababa de ganar por los pelos una guerra contra sí mismo.

Y no sabía si acababa de quebrarse o de ganar.

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