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Chapter 9

Author: Mia
last update publish date: 2026-10-29 01:46:48

CAPÍTULO 9: LO QUE ES MÍO

Las puertas golpearon las paredes con tanta fuerza que las arañas de luces temblaron.

Todas las cabezas se giraron. Las risas se apagaron, y la música también. Hasta el hombre que me arrastraba hacia el sofá se detuvo.

Lorenzo estaba en el umbral, empapado por la lluvia, con la camisa negra pegada al cuerpo y el agua goteando de su pelo al mármol. No miraba el salón. Me miraba a mí. El vestido rojo. La máscara de encaje. La mano desconocida cerrada en torno a mi muñeca.

Nunca había visto un rostro quedarse tan inmóvil.

—Lorenzo. —Mi voz salió delgada, casi ajena.

No respondió. Empezó a caminar.

No corrió ni gritó. Cada paso era lento y medido, y los hombres que tenía cerca se apartaban sin que nadie se lo pidiera. De lo que fuera que se habían estado riendo un momento antes, ya no se reía nadie.

El joven que me sujetaba me soltó como si mi piel lo hubiera quemado.

Entonces oí tacones, rápidos y afilados, cortando el suelo.

—¡Lorenzo! —Beatrice apareció frente a él, con una mano en el pecho y el rostro compuesto en un horror perfecto y tembloroso—. Gracias a Dios que has vuelto. Intenté detenerla, te lo juro. Mira cómo va vestida. Mira qué clase de mujer es. Bajó aquí así, delante de todos estos hombres, y yo...

Pasó de largo.

No aminoró el paso ni le dirigió una mirada. Ella se quedó a mitad de frase, con la boca aún abierta, como una mujer hablándole a una puerta cerrada.

Vi cómo cambiaba su cara. Solo un segundo, la actuación se resquebrajó.

Entonces Lorenzo llegó hasta mí.

De cerca, estaba temblando. Apenas se notaba: un temblor en la mandíbula, una tensión en las manos, el tipo de temblor que aparece cuando alguien contiene algo enorme. Se quitó la chaqueta y me la echó sobre los hombros. Pesaba, estaba caliente y olía a lluvia, a humo y a él.

Me cerró las solapas bajo la barbilla. Sus nudillos rozaron mi garganta, justo sobre los moretones, y se detuvo medio latido.

—Quédate detrás de mí —dijo, tan bajo que solo yo pude oírlo.

No discutí.

Al otro lado de la sala, alguien aplaudió despacio.

—Oh. Don Lorenzo. —El hombre que se adelantó era mayor, corpulento, con una copa en la mano y una sonrisa que me revolvió el estómago. Lo había observado desde el otro extremo de la sala toda la noche. Había sido el primero en alargar la mano hacia mí—. No me digas que quieres quedarte toda para ti. Eso no sería muy generoso. Vamos por turnos. Será divertido.

Alguien río. Con nerviosismo.

Volvió a extender la mano hacia mí, con los dedos pasando junto al hombro de Lorenzo, hacia el borde de la chaqueta, hacia mi cara.

Lorenzo atrapó la muñeca en el aire.

El sonido fue suave. Solo una mano cerrándose. Pero la sonrisa del Don desapareció.

—No toques lo que es mío.

No levantó la voz. No hacía falta. Fue la manera en que lo dijo, cómo las palabras quedaron suspendidas en el aire como una hoja de cuchillo posada sobre una mesa. También lo vi en su rostro, la posesión cruda y desnuda. No era enfado conmigo. Ni siquiera era enfado con el salón. Era la mirada de un hombre al que le han robado y que sabe exactamente quién fue.

El Don intentó zafarse. Lorenzo lo dejó. Simplemente abrió la mano, y la liberación repentina lo hizo tambalearse hacia atrás. Chocó contra una mesa, los vasos estallaron a su alrededor y el vino se esparció por el suelo como sangre. Se agarró la muñeca. Ya se veían marcas rojas floreciendo donde habían estado los dedos de Lorenzo.

Nadie se movió para ayudarlo.

Nadie se atrevió. Cada hombre de aquella sala había llegado como un igual, como un Don, un jefe, un rey de su propia esquina de la ciudad. Pero mientras los ojos de Lorenzo recorrían a cada uno, los vi recordar quién se sentaba a la cabecera de la mesa.

Uno por uno, retrocedieron.

El joven que me había agarrado estaba pálido, con la vista clavada en el suelo. Algunos ya se deslizaban hacia las salidas, de pronto muy interesados en sus abrigos.

Lorenzo se giró despacio, abarcando todo el salón.

—El té ha terminado —dijo—. Fuera todos.

Por un momento, nada sucedió.

—Ya.

La sala se vació como si alguien hubiera quitado un tapón. Chirriaron las sillas. Resonaron los tacones. Se abrieron y se cerraron las puertas. Los hombres que diez minutos antes eran ruidosos y reían salieron a escondidas con la cabeza gacha, y ninguno miró atrás. Hasta las bailarinas del escenario habían desaparecido tras el telón con sus idénticos vestidos rojos.

Pronto solo quedamos cuatro: yo, Lorenzo, Beatrice y los restos de la fiesta.

Intenté hablar.

—Lorenzo, escucha...

Se volvió y me tomó del brazo.

No con brusquedad, pero tampoco con suavidad. Su mano se cerró en torno a la parte alta de mi brazo, lo bastante firme para que supiera que discutir no serviría, y echó a andar. Hacia la escalera. Lejos de todos.

—Lorenzo, por favor. —Tropecé para seguirle el paso, con la chaqueta resbalando de un hombro y los tacones patinando sobre el mármol—. Yo no lo hice. No lo elegí. Tienes que creerme, alguien dejó este vestido en mi armario, había una nota, llevaba tus iniciales, pensé que era tuyo...

No dijo nada.

—Por favor, no sabía lo que era. Te lo juro, no lo sabía.

Me ardían los ojos. Lo odié, odié que mi voz se quebrara, odié sentir las lágrimas deslizándose bajo la máscara. Me había enfrentado a sus hombres, y me había enfrentado a él en aquella habitación cerrada con su mano alrededor de mi garganta, y no había llorado. Pero esto era distinto. Entonces sabía qué creía él que yo había hecho. Ahora no podía leer su rostro en absoluto.

—Lorenzo, di algo. Por favor.

Nada. Solo su mano, apretada en mi brazo, y el sonido de sus pasos en la escalera.

Miré atrás una sola vez.

Beatrice estaba al pie de la escalera, sola en el salón devastado, con los cristales rotos brillando alrededor de sus zapatos. Ya no estaba pálida. Ya no estaba asustada. Su mano había caído del pecho y su rostro estaba perfectamente sereno.

Sonreía.

Era una sonrisa pequeña, lenta y satisfecha, la sonrisa de una mujer que ve cerrarse una puerta sobre alguien a quien acaba de encerrar. Pensaba que Lorenzo me llevaba arriba para destruirme. Pensaba que había ganado.

Y mientras él me arrastraba hacia la oscuridad, lejos de la luz, de los cristales rotos y de la única testigo que conocía la verdad, comprendí algo que me heló la sangre.

Yo también lo pensaba.

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