LOGIN*CAPÍTULO OCHO: LA FIESTA DEL TÉ**
**Punto de vista de Isabella**
Al caer la tarde, la casa se había convertido en la de otra persona.
Desde mi ventana vi llegar los coches, negros y relucientes, uno tras otro por el camino de grava, hasta que el patio centelleó con ellos. Los hombres bajaban con trajes que costaban más que todos los ahorros de mi padre. Las mujeres los seguían entre sedas y joyas, riendo en voz baja de cosas que yo no alcanzaba a oír. Los violines subían flotando desde algún lugar de abajo, dulces y caros, y por debajo corría un sonido más oscuro: el murmullo grave y constante de gente a la que el salón le pertenecía antes de entrar en él.
Nunca había ido a una fiesta del té. En mi mundo, el té significaba una mesa de cocina y una taza descascarada. Esto era otra cosa, una reunión de la gente más peligrosa de Sicilia, disfrazada de civilización.
El vestido rojo colgaba de la puerta del armario, donde lo había dejado.
Me había pasado el día entero buscando cualquier excusa para no ponérmelo. Probé el vestido crema, el azul marino, el gris. Cada vez me sorprendía mirando fijamente el papel prendido a la seda carmesí. *Es una orden.* Con su letra. Con sus iniciales.
Caterina llegó a las seis con una máscara de encaje negro. —Para las mujeres de la casa —susurró, sin mirarme a los ojos—. Es una velada de máscaras. —Dudó en la puerta—. Señorita Romano, ¿está segura del vestido?
—Él lo ordenó.
Algo cruzó su rostro. Lástima, quizá. Se marchó sin decir una palabra más.
Me puse el vestido, y el espejo me devolvió a una extraña. La seda roja y profunda se pegaba a cada línea de mi cuerpo. El escote caía hondo. Los cordones de mi espalda apenas dejaban nada a la imaginación. Incluso con los moretones ocultos bajo una fina capa de polvo, parecía algo hecho para ser mirado, y no lograba entender por qué él querría eso.
*Quizá sea otra prueba.* Até la máscara sobre mis ojos. *Quizá quiere ver si me echo atrás.*
Dejé la venda doblada sobre la cama y salí con la barbilla en alto y el corazón en la garganta.
La música crecía a medida que descendía. La luz dorada se derramaba sobre el mármol desde el gran salón, y el sonido de las risas se alzaba y rompía sobre mí como una ola. Llegué al último escalón y me detuve bajo el arco, con la mano sobre la piedra fría.
Entonces vi el escenario.
Dos mujeres estaban de pie sobre una tarima en el centro del salón, sin más ropa que jirones de seda roja y máscaras. Una bailaba despacio, con una corbata de hombre enrollada en la muñeca. La otra reía mientras un grupo de hombres vestidos de negro a medida le metía billetes en las manos.
Seda roja. Máscaras de encaje negro. El mismo corte. El mismo color.
El mismo vestido que el mío.
Se me heló la sangre.
*Van vestidas exactamente como yo.*
Al principio no lo entendí. Luego lo sentí, como se siente un cambio de tiempo. Las risas se adelgazaron. Las cabezas se giraron, una tras otra, como las flores se vuelven hacia la luz. La mujer del escenario siguió bailando, pero ya nadie la miraba.
Me miraban a mí.
Un silencio se extendió desde el lugar donde yo estaba. En algún sitio tintineó una copa. Un hombre cerca de la escalera soltó un silbido grave y apreciativo, y el sonido me atravesó como una cuchilla.
—Vaya —arrastró una voz junto a mi hombro—. Alguien ha traído a una tercera.
Me volví. Un hombre corpulento con canas en las sienes me estudiaba con una sonrisa lenta y hambrienta, y su mirada pasaba de mi rostro a mi garganta y al arco del escote. Su anillo de oro destelló bajo la luz.
—Yo no soy…
—Una tercera —repitió, como si yo no hubiera hablado—, y mejor. —Señaló el escenario con su copa—. ¿Para qué perder el tiempo con las aficionadas, cariño?
El calor me trepó por el cuello. No era deseo. Era una humillación tan afilada que me quemaban los ojos tras la máscara. Todos mis instintos me gritaban que huyera, pero mis pies no se movían. A mi alrededor, los hombres se inclinaban más cerca, como se inclinan los lobos cuando captan un rastro.
Al otro lado del salón, junto a la gran escalera, la vi.
Beatrice estaba de pie con una copa de vino en la mano, perfectamente serena en un elegante vestido esmeralda, con la máscara subida entre su cabello oscuro. Sus ojos se encontraron con los míos a través de la multitud. Levantó su copa en un pequeño saludo.
Y sonrió.
Despacio. Satisfecha. La sonrisa de una mujer que observa cómo la trampa que ella misma construyó se cierra sobre su presa.
El vestido. La nota. La venda doblada sobre el corpiño como una broma que solo ella entendía. Nadie me había ordenado ponerme esto. Alguien solo lo había hecho *parecer* una orden, y yo había caminado derecha hacia ella con la cabeza alta, creyendo a un hombre que sostenía la vida de mi hermano en su mano.
—¿Dónde está Lorenzo? —Mi voz salió delgada.
—¿El Don? —El hombre corpulento rio—. Lo llamaron. Alguna emergencia en los muelles, creo. Qué lástima. Se perderá el espectáculo. —Su mirada volvió a deslizarse por mi cuerpo—. Aunque sospecho que lo arregló todo para nosotros.
Otro hombre se acercó por mi otro lado, más joven, de mirada aguda, con una sonrisa curvando su boca que no llegaba a sus ojos. —¿Cuánto por la noche? —preguntó con suavidad, y su mano se cerró alrededor de mi muñeca.
Me eché hacia atrás. Su agarre se apretó.
—Suéltame.
—Fogosa. —Sonaba encantado—. Me gusta. La casa Moretti siempre contrata a las mejores.
—No soy bailarina. Soy…
Me detuve. La palabra *esposa* murió en mi lengua. Porque ¿quién la creería? ¿La novia del Don, con un vestido cortado para escandalizar a una iglesia, de pie en un salón lleno de sus enemigos, sin anillo en el dedo y sin marido a su lado?
Recorrí la sala con desesperación. Maria no estaba por ninguna parte. Marco estaba fuera. Los guardias permanecían rígidos junto a las paredes con la vista al frente, como si les hubieran ordenado no ver. Caterina y Sofia se apiñaban junto a una puerta lejana, con las manos entrelazadas y los rostros pálidos de horror.
Nadie se movió para ayudarme.
Eso era lo que Beatrice había planeado. Alguien había colado ese vestido en mi armario, alguien había alejado a Lorenzo con una llamada, y todas las personas de esta casa que pudieran haberme defendido habían sido mantenidas fuera de la sala.
—Ven —murmuró el hombre más joven, tirando de mí hacia el rincón donde un sofá de terciopelo se hallaba medio en sombras—. Deja que te invite a una copa.
—Dije que me sueltes.
—Y yo dije que vengas.
Sus dedos se hundieron en mi piel, y el resto del salón pareció desvanecerse en un rugido lejano. Mi corazón golpeó. Abrí la boca para gritar, aunque sabía que nadie respondería.
Entonces, a nuestras espaldas, las grandes puertas del salón se abrieron de golpe con tanta fuerza que se estrellaron contra las paredes.
La música murió a media nota. Todas las cabezas de la sala se volvieron.
Lorenzo Moretti estaba en el umbral, con el abrigo negro aún cubierto de la humedad de la noche, el pecho subiendo y bajando como si hubiera conducido todo el camino a toda velocidad. Su mirada barrió el salón una vez, fría y letal.
—No hubo ninguna emergencia en los muelles —dijo, muy bajo.
Y entonces su mirada me encontró a mí, con un vestido rojo y la mano de un desconocido cerrada alrededor de mi muñeca
CAPÍTULO 20: LO QUE ÉL ESEl primer disparo alcanzó el coche.Golpeó la luna trasera con un chasquido plano, y el cristal se volvió una telaraña blanca. Marco soltó una maldición, dio un volantazo, y el sedán derrapó tras el poste de piedra de la verja, con los neumáticos chillando. Un segundo disparo atravesó la puerta junto a mi cabeza.—¡Al suelo! —La mano de Lorenzo se cerró en mi nuca y me empujó contra el suelo—. Isabella. *Quédate abajo.*Ya estaba fuera. La puerta se cerró, oí sus zapatos sobre la grava, y luego nada salvo disparos.Me quedé tendida en el suelo con la mejilla contra el cuero y conté. Se me daba bien contar. Al llegar a diez, paré. Había demasiadas armas, y ninguna seguía un ritmo.Entonces Marco también se fue, por el otro lado, y me quedé sola con el olor a pólvora y mi propio aliento.*Quédate abajo.*Levanté la cabeza.La ventana sobre mí era una ruina, pero una esquina había resistido. Apreté el ojo contra la rendija, y lo vi.No corría. Eso era lo que no
CAPÍTULO 19: COSAS HERMOSASSe soltaron en el mismo instante, como si entre ellos hubiera pasado una señal que yo no había oído.Adrian flexionó los dedos una vez, con languidez. La mano de Lorenzo cayó a su costado, una marca blanca de nudillos ya desvaneciéndose en su piel.Entonces los ojos de Adrian se volvieron hacia mí. Eran castaños y cálidos, con arrugas en las comisuras, y se tomaron su tiempo, bajando por la seda esmeralda y subiendo de nuevo hasta el oro de mis orejas. No había nada grosero en ello, solo el placer pausado de un hombre que admira un cuadro del que ya posee una reproducción.—Ah. Isabella. —Dijo mi nombre como una palabra que hubiera practicado—. Siempre tan hermosa.*Siempre.*Jamás había visto a este hombre en mi vida. Pero la sala estaba llena de ojos, y una Donna no frunce el ceño ante un cumplido, así que le regalé la sonrisa que le había dado a Vittoria.—Es usted muy amable.—Para nada. Soy preciso.---El salón había sido reorganizado en mesas redonda
CAPÍTULO 18: ADRIAN—Salimos a las ocho —dijo Lorenzo, y se marchó antes de que pudiera responder.Esa fue toda la instrucción. Sin tono, sin mirada, nada que me dijera qué esperaba. *Es hora de hacer el trabajo de una Donna*, y luego una puerta cerrada.A las cinco estaba frente a mi armario con los brazos cruzados y comprendí que no poseía nada para esto. Todo lo que había traído a esta casa había sido elegido para una chica que se escondía en los rincones. La blusa crema. La falda gris. Un vestido negro que había llevado al funeral de mi madre. Saqué tres perchas, las tiré sobre la cama y me senté a su lado.Llamaron a la puerta. Caterina asomó la cabeza, algo sin aliento.—Signora, perdone. La Signora Maria le pide que vaya con ella. Ahora, si puede.---La habitación de Maria olía a lavanda y a hierro caliente. Un vestido colgaba de lo alto de la puerta de su armario, envuelto en papel de seda, y sobre la cama, detrás de ella, había tres cajas de terciopelo con las tapas abiertas
CAPÍTULO 17: MI DONNABeatrice llegó cojeando.La oí antes de verla. El clic de un tacón, luego un arrastre más suave y desigual, luego el clic otra vez. Cruzó el pasillo como una mujer que camina sobre cristales rotos y trata de que parezca un paseo.Lorenzo no se había movido de detrás del escritorio. Estaba sentado en el sillón de cuero de respaldo alto como un juez que espera a un peticionario. El cajón astillado yacía abierto frente a él, con la carpeta negra encima. No la había tocado desde que despachó a Sofia. No había tocado nada. Una mano vendada reposaba plana sobre la madera.Yo estaba junto a la chimenea fría con los brazos cruzados. Él no me había pedido que me fuera, y yo no me lo había ofrecido.La puerta se abrió.Beatrice entró con su cara más dulce, la arruga preocupada entre las cejas, las manos juntas sobre el pecho. Sofia rondaba tras ella, pálida como la leche, y volvió a escabullirse en cuanto pudo.—Lorenzo. —Beatrice exhaló su nombre—. Gracias a Dios. Tenía t
CAPÍTULO 16: QUE CREANo me volví.Me quedé con el papel en las manos, escuchando el clic de la cerradura. Había cerrado la puerta tras de sí y girado la llave. Lo oí, y lo oí respirar, lento y uniforme, la respiración de un hombre que ya había decidido cómo iba a transcurrir esto.—¿Cuánto has leído?No *qué haces*. No *cómo te atreves*. No preguntaba si lo había leído. Preguntaba cuánto sabía.Me volví.Estaba apoyado contra la puerta con los brazos a los costados, con la misma camisa negra, la misma mano vendada. Su rostro no me daba nada. Era la cara del salón la noche de la fiesta del té, quieta como un lago en invierno.—Todo —dije. Mi voz era perfectamente tranquila. Estuve orgullosa de eso, durante un segundo—. La cesión. La firma de Luca. La de Marco. —Alcé la segunda página—. Y esto.Sus ojos cayeron sobre ella. Algo parpadeó, demasiado rápido para nombrarlo.—*Que crea que eligió* —leí en voz alta—. Esa es tu letra.—Sí.—Lo escribiste tú.—Sí.—Antes de que yo entrara en a
CAPÍTULO 15: EL CAJÓN CERRADOEl sedán de Marco apenas había cruzado la verja cuando empecé a contar.Lorenzo se había ido con él a las nueve. Se había detenido en la puerta, había dicho «No salgas de los terrenos» sin mirarme, y se había marchado. Eso me daba, según mis mejores cálculos, cinco horas y una casa llena de ojos.Empecé por lo fácil. Desayuné de forma muy visible. Le pregunté a Sofia por las rosas. Dejé que la doncella de Beatrice me viera bostezar y anunciar que pasaría toda la mañana leyendo en mi cuarto, una mentira tan aburrida que nadie en su sano juicio la comprobaría.A las diez, cerré mi puerta con llave, me recogí el pelo con dos horquillas y salí trepando de mi propia vida.El pasillo este estaba vacío. La puerta del despacho se alzaba al fondo, roble oscuro y latón, de esas puertas que decían *no* antes de que las tocaras. Puse la mano en el picaporte.Cerrada. Naturalmente.Me arrodillé y saqué una de las horquillas.Lo había aprendido por Luca. Yo tenía once







