로그인El consejo de Grupo Ferrer convocó una reunión extraordinaria, citada con apenas un día de aviso, para discutir la situación de Leandro Vidal, ahora que su renuncia formal coincidía, de manera demasiado sospechosa, con la investigación activa en su contra.
Valeria asistió como auditora, no como esposa, con una carpeta propia bajo el brazo y un asiento asignado lejos del de Damián. La distinción, aunque técnica, le pesó más de lo que esperaba cuando Ernesto Paz la presentó anteEl camino de vuelta desde la terminal fue el más largo que Valeria recordaba. Damián no preguntó nada más. Ella tampoco ofreció nada. En el coche, con Casares al volante, el bolso descansaba sobre sus rodillas y le pesaba como un ladrillo. Cenó poco, besó a Lía en la frente y subió a su cuarto a las nueve. Néstor ya estaba en su silla, junto a la puerta. —Buenas noches, señora. —Buenas noches, Néstor. —¿Necesita algo? —preguntó él, cuando ella ya tenía la mano en el pomo. —Solo dormir. —Entonces estaré aquí. Cerró con llave por dentro, algo que nunca había hecho en esa casa. Comprobó el armario. Miró debajo de la cama. Se sintió ridícula, y lo hizo de todos modos. Se sentó en el colchón, apagó la lámpara del techo y dejó encendida solo la de la mesilla. Afuera llovía otra vez. Sacó el sobre marrón del bolso. Pesaba menos de lo que parecía. L
El lunes, Néstor le abrió la puerta a las siete con un «buenos días, señora» tan cortés que Valeria sintió ganas de preguntarle si había dormido de pie. Bajó a desayunar, saludó a Lía, a Doña Consuelo y a Camila, que ya había llegado con sus carpetas, y a Damián apenas le dedicó un movimiento de cabeza.Él abrió la boca. Ella ya estaba mirando su taza.A media mañana, en Torre Ferrer, sonó su teléfono.—Efrén encontró a la exesposa de Marcos —dijo Inés, sin saludar—. Sonia Ocampo, la del calendario. Vive en las afueras y quiere hablar. No con la fiscalía. Con alguien de la casa Ferrer.—¿Con Damián?—Pidió expresamente a la señora Ferrer.Valeria miró la libreta cerrada que había traído en el bolso.—Voy contigo. Y por ahora, no le digas nada a Damián.—No te lo prometo. Pero déjame ver primero qué quiere esa mujer.La cafetería quedaba entre un taller y una farmacia, en una calle donde el sol de invierno calentaba más de lo que se esperaba. Sonia
Valeria estaba en la biblioteca, con los extractos bancarios de Vidal extendidos sobre la mesa, cuando vio por la ventana a Casares agachado bajo el balcón de su habitación. Había dos hombres más con él. Uno fotografiaba el suelo húmedo del jardín y el otro medía algo con una cinta. Eran las once de un domingo, y Casares no solía trabajar de rodillas. Bajó con la chaqueta sobre los hombros. —¿Pasó algo? Casares se incorporó y miró hacia la casa antes de responder. Valeria siguió su mirada. Damián estaba en la puerta de la terraza, con el teléfono todavía en la mano. —Revisión de rutina, señora. —Tres hombres y una cinta métrica un domingo a las once. ¿Rutina de qué? —Del jardín. Detrás de él, en el barro blando bajo su ventana, había una huella de bota, nítida, mucho más grande que cualquier pie de la casa. Casares se movió para taparla con el cuerpo. Fue un gesto mínimo y Valeria lo vio entero
A las dos de la madrugada, la luz de su habitación seguía encendida. Damián estaba sentado en el borde de la cama, con una carpeta gris sobre las rodillas que llevaba semanas sin abrir. El contrato matrimonial. Seis hojas, dos firmas, una fecha de inicio y otra de término. El papel olía a archivo y a tinta vieja. Pasó de largo la cláusula catorce, como llevaba meses haciendo, y se detuvo en la tercera hoja: doce meses a partir de la firma. Contó con los dedos sobre el papel. Poco más de tres. En el pasillo, el reloj dio la media. Bajo la puerta de Valeria, al otro lado del corredor, se veía una línea de luz. Se levantó, dio un paso y volvió a sentarse. Valeria había dicho «apartamentos» en la cena, con la voz con que se dicen las cosas que ya están decididas. Él había querido preguntar cuántos, dónde, para quién. Las tres preguntas se le habían quedado atravesadas en la garganta. Cualquier respuesta lo obligaba a elegir entre dos frases: «quéd
El sábado, Valeria desayunó de pie en la cocina, con el bolso ya colgado del hombro.—Salgo con Camila. Volvemos para la cena.—Mándame tu ubicación cuando lleguen —dijo Damián, sin levantar la vista del periódico.—Te la mando.Él dobló el periódico y la miró un momento, como a punto de preguntar algo. Se limitó a desearle buen día. Valeria salió sin saber si se había ahorrado una pregunta o la había esperado.El primer apartamento quedaba en el piso catorce de un edificio de cristal. La agente, una mujer de sonrisa ensayada y tacones que resonaban sobre el mármol, abrió las cortinas con gesto de presentadora de televisión.—Dos habitaciones, vista al río, gimnasio y portero las veinticuatro horas.Camila leyó el precio en la hoja y se atragantó.—Esto es más de lo que gano en tres meses.—Incluye el gimnasio —dijo la agente.—Perfecto. Aprenderé a vivir en el gimnasio.La agente sonrió sin entender el chiste y apuntó algo en su tableta.
A las tres de la madrugada, el hotel entero dormía. Valeria no. Tenía los extractos de Vidal extendidos sobre la cama, un lápiz entre los dientes y el zumbido del minibar como única compañía. Había revisado ya cada transferencia grande. Ahora repasaba las pequeñas, las que nadie mira. En la página cuarenta y uno, entre pagos de servicios y una cuota de club, encontró una línea que no encajaba. Una transferencia a nombre de Marcos Tejeda. Concepto: «servicios de jardinería». Fecha: quince días antes de que el hombre dejara su apartamento y desapareciera. Valeria sacó el lápiz de entre los dientes y releyó el nombre dos veces. Lo subrayó. Al amanecer, ya en el asiento trasero del coche de Casares, marcó el número de Inés. —¿Qué tan fuerte es? —preguntó la abogada, con el ruido de una cafetera al fondo. —Es un pago de Vidal a un hombre que, según todos, lleva seis años sin trabajar en jardin







