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CAPITULO 41

last update Veröffentlichungsdatum: 29.05.2026 02:05:34

AARÓN

Daba vueltas en la cama de mi habitación sin poder pegar el ojo. El recuerdo de Amelia me perseguía de una forma implacable, clavándoseme en la mente: su risa en la terraza, el roce de sus dedos, la silueta descalza de sus piernas caminando por la arena y esa mirada desafiante que me había dejado sin aliento. La tensión en mi cuerpo se había vuelto completamente insoportable, apretándome los músculos y acelerándome el pulso con una violencia que jamás había experimentado.

Me senté en el b
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  • La Gorda que obsesiono al Millonario   CAPITULO 48

    ALEXANDERMi padre me encontró en la cocina poco después de las siete de la mañana, sentado frente a una taza de café que llevaba tanto tiempo intacta que probablemente ya estaba fría. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos terminaba pensando en Renata dentro de aquel consultorio, en mi cara apareciendo en una pantalla mientras la doctora revisaba a nuestro hijo y en esa sensación de estar presente a medias que me había acompañado durante todo el día.Aarón entró terminando de abrocharse el reloj. Se detuvo cuando me vio y durante unos segundos no dijo nada. Mi padre tenía esa costumbre irritante de observar antes de preguntar. Seguramente por eso mentirle había sido tan difícil incluso cuando era adolescente.—Tienes un departamento bastante caro y una cafetera que probablemente c

  • La Gorda que obsesiono al Millonario   CAPITULO 47

    RENATALa doctora Morales acababa de decirme que todo estaba bien y yo tenía unas ganas absurdas de llorar. No tenía sentido.El bebé estaba creciendo como debía, mi presión estaba bien, las náuseas empezaban a darme pequeños descansos y, según ella, podía continuar trabajando mientras escuchara a mi cuerpo y dejara de comportarme como si dormir fuera una actividad opcional.Buenas noticias, todo eran buenas noticias. Entonces, ¿por qué demonios me sentía así?—Si vuelves a apretar la boca de esa manera, voy a asumir que estás intentando no llorar y voy a abrazarte. Te aviso porque todavía estás a tiempo de evitar la humillación.Miré a Valeria.Estábamos en el estacionamiento, junto a su camioneta. Había venido conmigo porque Alexander no

  • La Gorda que obsesiono al Millonario   CAPITULO 46

    ALEXANDERLlevaba toda la mañana de mal humor. Carlo lo sabía, la gente que había entrado a mi despacho también, a esas alturas probablemente lo sabía medio edificio. No iba a llegar a la consulta de Renata, eso era todo.Podía seguir moviendo cosas, insistiendo, cabreándome con mi agenda o buscando una solución que no existía. El resultado no cambiaba, el jueves yo tenía que estar en Londres y Renata estaría entrando al consultorio de la doctora Morales sin mí.Cerré la computadora con más fuerza de la necesaria.Me había perdido cosas antes. Cenas familiares, cumpleaños, vacaciones. Nunca me había importado demasiado. Siempre podía mandar un regalo, llamar después o aparecer otro día. Esto era diferente, mi hijo no iba a repetir una consulta porque su padre estuviera ocupado.Pensar en mi hijo todavía conseguía descolocarme, también conseguía tranquilizarme. A veces estaba sentado en una reunión escuchando a alguien hablar y, de pronto, recordaba aquella imagen que llevaba en la car

  • La Gorda que obsesiono al Millonario   CAPITULO 45

    ELENALos moretones empezaban a ponerse amarillos, los odiaba más así. Cuando eran morados podía mirarlos y recordar perfectamente por qué estaba en Puerto Vallarta, encerrada en un departamento que no era mío, durmiendo mal y revisando dos veces la cerradura antes de acostarme. Ahora comenzaban a borrarse, como si mi cuerpo hubiera decidido superar el asunto antes que yo.Me acerqué al espejo del baño y levanté la barbilla, todavía quedaban marcas alrededor del cuello, aunque ya podía ocultarlas con maquillaje. Pasé los dedos por una.Nicolás no había vuelto a llamarme, no desde que bloqueé su número, tampoco había aparecido nadie preguntando por mí y mi hermana no había recibido nada extraño. Debería haberme tranquilizado, pero el miedo no funciona así, cada vez que escuchaba pasos en el pasillo me quedaba quieta. Si un auto permanecía demasiado tiempo frente al edificio, me asomaba entre las cortinas. Después me sentía estúpida.Nicolás probablemente estaba demasiado ocupado pensan

  • La Gorda que obsesiono al Millonario   CAPITULO 44

    RENATALa tercera persona que me preguntó cómo me sentía antes de las diez de la mañana estuvo a punto de recibir una respuesta que no merecía. La primera había sido Martha, apenas entré a Casa Sarmiento. La segunda, Marcelo. La tercera fue mi padre, por teléfono, para recordarme que había dejado unas galletas saladas en mi oficina porque, según él, yo estaba comiendo muy poco.Miré el paquete sobre mi escritorio.—Papá, estoy embarazada, no convaleciente. Puedo sobrevivir una mañana sin que alguien compruebe cada media hora si sigo respirando.—No estoy comprobando que respires. Solo te dejé algo para el estómago porque ayer dijiste que amaneciste con náuseas.—Y agradezco las galletas, pero si mañana encuentro un botiquín, una manta y un desfibrilador debajo del escritorio, voy a empezar a preocuparme por ti.Mi padre se rio.—Exagerada como siempre. Come algo y deja de pelear con la gente que intenta cuidarte.Colgué sonriendo, aunque cinco minutos después volví a irritarme cuando

  • La Gorda que obsesiono al Millonario   CAPITULO 43

    ALEXANDERA las seis y media todavía estaba convencido de que llegaría a tiempo, ese fue mi primer error, el segundo fue creerle a Carlo cuando entró a mi despacho asegurando que la reunión pendiente con el equipo de Madrid no tardaría más de cuarenta minutos.—Necesito salir de aquí antes de las ocho. Si alguno pretende descubrir una crisis nueva después de esa hora, dile que tenga la amabilidad de conservarla hasta mañana.Carlo miró su reloj.—Considerando que llevas casi dos semanas posponiendo esta reunión, te recomiendo no empezar anunciándoles a todos que piensas abandonarlos en menos de dos horas.—No voy a abandonar a nadie, tengo una llamada importante y prometí estar en casa.—Entonces intenta no discutir durante veinte minutos cada punto que no te gusta. Quizá así ocurra el milagro.Le enseñé el dedo medio y Carlo salió riéndose.Renata y yo habíamos quedado en hablar a las nueve de Londres. Tres de la tarde para ella. Habíamos revisado los horarios casi como dos imbéciles

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