로그인RENATA—Diles que no vamos a cambiar el diseño. Si alguien necesita que nuestro tequila parezca menos mexicano para considerarlo un producto de lujo, entonces no entiende lo que está comprando.Marcelo cerró la carpeta sin discutir. Llevábamos casi veinte minutos dando vueltas sobre la misma propuesta y, a juzgar por su expresión, estaba tan cansado como yo.—Eso era exactamente lo que necesitaba escuchar de ti. Puedo defender una negativa, pero quería asegurarme de que no fueras a acusarme mañana de haber mandado al carajo una oportunidad internacional.—Si mañana cambio de opinión, puedes recordarme que hoy estaba embarazada, hambrienta y particularmente intolerante a las estupideces. Será una defensa bastante sólida.Valeria soltó una carcajada.—Me preocupa que estés empezando a utilizar el embarazo para justificar tu carácter cuando todos sabemos que eras igual de insoportable antes.—No estoy utilizando a mi hijo para nada. Estoy aprovechando una ventaja temporal que probablemen
ELENAEl chófer alcanzó la puerta antes de que yo pudiera hacerlo.—Gracias. Yo me encargo desde aquí —dijo, inclinándose hacia Alexander.Toda su atención estaba puesta en su jefe, desplomado contra el asiento trasero. Hacía menos de diez minutos todavía podía caminar apoyado en mí. Ahora tenía los ojos cerrados y la cabeza ladeada.Me había pasado.Había querido bajarle las defensas, confundirle la noche lo suficiente para que mañana dudara de sus recuerdos. No dejarlo casi inconsciente.El chófer fue a cerrar la puerta.—Voy con ustedes.Esta vez sí me miró.—El señor Kane estará bien. Lo llevaré a casa.—Hace veinte minutos también parecía estar bien y míralo ahora. Estuve con él cuando empezó a sentirse mal. No pienso irme sin saber que llegó bien a su departamento. Después puede dejarme donde encuentre un taxi.Miró a Alexander y luego hacia la entrada del hotel, donde todavía quedaban fotógrafos.—Suba. Pero cuando lleguemos, yo me ocuparé del señor Kane.Sonreí como si acabara
ALEXANDERElena no intentó retenerme cuando mencioné a Renata. Al contrario, miró mi teléfono cuando volvió a vibrar sobre la mesa y se hizo a un lado con naturalidad.—Deberías contestarle si está esperándote. Una conversación conmigo no merece que mañana tengas que dar explicaciones por haber incumplido una promesa.Leí el mensaje.Ya terminé. Cuando salgas me llamas. Tengo algo que contarte y sigo sin querer hacerlo por mensaje.Aquello consiguió que volviera a preguntarme qué demonios estaba planeando.Dame un poco más. Estoy terminando aquí.—No puedo llamarla todavía —expliqué mientras guardaba el teléfono—. Vive en México y últimamente hemos descubierto que mantener una relación con un océano de por medio requiere demasiada organización. Quedamos en hablar cuando saliera y prefiero cumplir por una vez sin obligarla a perseguirme.—Entonces deberías marcharte antes de que alguien vuelva a encontrarte y te encierre en otra conversación de negocios.—Créeme, esa es exactamente mi
ALEXANDERMi padre cumplió su palabra más rápido de lo que esperaba.No había encontrado una forma mágica de trasladar Londres a México ni pretendía hacerlo. Lo que puso sobre la mesa aquella mañana fueron alternativas bastante menos espectaculares y mucho más útiles: periodos más largos trabajando desde México, responsabilidades que podía atender a distancia y otras para las que tendría que regresar obligatoriamente. No resolvía el futuro. Me daba margen para empezar a construirlo sin sentir que cada visita a Renata venía acompañada por una cuenta regresiva.Aurora llevaba varios minutos revisando una de las carpetas cuando levantó la vista y sonrió. Conocía esa expresión. Mi hermana no necesitaba demasiado para divertirse a mi costa y mi reciente vida sentimental le estaba proporcionando material para varios años.—Tengo que admitir que estoy disfrutando muchísimo esta versión tuya. Durante años te burlaste de papá porque mamá conseguía que cambiara reuniones y viajes, y ahora lleva
ELENALondres me recibió con lluvia. No esa lluvia bonita de las películas en la que alguien camina con un paraguas impecable mientras la ciudad brilla detrás. Era una llovizna fría, molesta, suficiente para pegarme el cabello a la cara mientras intentaba meter la maleta en un taxi y me preguntaba por enésima vez qué demonios estaba haciendo.Podría haberme quedado en Puerto Vallarta, podría haber esperado a que las marcas de mi cuello desaparecieran por completo, buscar trabajo, llamar a mi hermana y contarle una versión de mi vida que no me hiciera parecer una completa imbécil. Había opciones. Varias, seguramente mucho más sensatas que cruzar medio mundo detrás de un hombre que ni siquiera sabía que yo existía.Pero llevaba demasiado tiempo haciendo cosas poco sensatas, la diferencia era que esta ve
NICOLÁSDejar de buscar a Renata había sido la primera decisión inteligente que tomaba en semanas. No porque hubiera dejado de pensar en ella. Eso habría sido más sencillo. Seguía despertando algunas mañanas con el impulso absurdo de tomar el teléfono y escribirle, y todavía tenía momentos en los que algo tan estúpido como pasar frente a un restaurante bastaba para recordar una cena, una discusión o alguna de esas pequeñas costumbres que durante cuatro años había considerado permanentes.La diferencia era que finalmente había entendido que perseguirla solo conseguía alejarla más. Presionarla con Casa Sarmiento había sido un error. Presentarme frente a ella cuando claramente no quería verme había sido otro. Y sugerirle que podía deshacerse del embarazo para que







