LOGIN«Vaya, ¿no es esto algo?»
La multitud comenzó a murmurar mientras aquellos que reconocieron la voz se sobresaltaban, mirándose entre sí con incredulidad.
Chrystal levantó la cabeza de golpe; su mente, siempre cautelosa, registró inmediatamente la amenaza, aunque su cuerpo la traicionó, atraído por el sonido que parecía llenar sus pulmones de un aire tan fresco que se preguntó con ligereza si realmente había respirado alguna vez antes de ese momento.
Un cambiaformas salió de la oscuridad. Alto, de hombros anchos, con ojos gris tormenta y un rostro tallado en piedra, se movía con el paso firme y decidido de un depredador experimentado.
Las cicatrices surcaban sus antebrazos, testimonio de innumerables batallas. Su capa negra apenas ocultaba los músculos letales que había debajo, mientras la brisa nocturna la agitaba, revelando su amplio pecho y su torso musculoso.
A medida que se acercaba, sus fríos ojos escudriñaban a la multitud como un lobo observando a las ovejas, aunque el cambiaformas estuviera solo, en presencia de enemigos, con una sonrisa cruel jugando en sus labios como si estuviera disfrutando de alguna broma privada a costa de todos los demás.
Los susurros se extendieron por el claro en oleadas. Un nombre salió de los labios de alguien, teñido de horror. «¡Castian Rhodes!».
«¡El Alfa renegado!», dijo otro susurrador.
El traidor. Lo que nadie dijo. Las palabras flotaban, invisibles, en el aire que rodeaba la incredulidad contenida de los cambiaformas reunidos.
A Chrystal se le cortó la respiración. Conocía ese nombre, conocía las historias. Ese invitado no deseado había sido en su día miembro de su manada, pero había sido desterrado hacía años en circunstancias envueltas en misterio y acusaciones susurradas.
¿Por qué está aquí? ¿No se supone que está muerto, con los huesos convertidos en polvo en la naturaleza? Las preguntas se agolpaban en su mente mientras sus ojos buscaban a su padre con más desesperación ahora.
Sabía las implicaciones de lo que estaba sucediendo. Era la próxima Luna de la manada Moonblaze, la hija del Rey Alfa, criada para ser reina; conocía las reglas.
Formar un vínculo de pareja con el cambiaformas que acababa de revelarse, con un lobo renegado, tenía demasiadas consecuencias, cada una peor que la anterior.
En el mejor de los casos, la desterrarían. En el peor, la matarían. Chrystal ya podía ver el camino que su manada tendría que seguir.
Tenía que adelantarse a ello, para salvar su vida, para cumplir su destino. Tenía que hablar con el único que podía detener o, al menos, retrasar cualquier acción drástica.
—¡Padre! —le gritó a su padre a través del vínculo de la manada, o al menos lo intentó. La formación del vínculo era un proceso sagrado. Nada lo detenía, ni siquiera la muerte; ninguna habilidad psíquica podía atravesarlo ni llegar a ninguna de las partes.
Los ojos de Chrystal volvieron rápidamente hacia el renegado que se acercaba con una calma que ocultaba la verdad de que él también estaba siendo arrastrado. El intruso no parecía sentir ninguna incomodidad. ¿Soy solo yo? ¿Por qué? pensó Chrystal mientras observaba al lobo moverse con el paso de un cazador, un guerrero, un asesino.
De repente, su corazón se aceleró por una oleada diferente, incluso mientras el vínculo quemaba cada fibra de su ser. Se le hizo un nudo en el estómago por un anhelo inimaginable, incluso mientras los peligros llenaban su mente como una tormenta embravecida.
¡Es un lobo renegado, una vergüenza para nuestra manada! La diosa no cometería el error de unirnos. ¡Pero cuando esto termine, me convertiré en una renegada! ¡Moonblaze me marcará como lo que él es!
Entrecerró los ojos mientras ella y Castian seguían acercándose el uno al otro, y los guerreros de la manada rodeaban a los tres —Chrystal, Castian y Dorien—, moviéndose en silencio mientras la multitud observaba incrédula.
Lentamente, con la dignidad regia que llevaba en los huesos, Chrystal se enderezó a pesar del dolor que no había remitido ni un ápice.
La habían tomado por sorpresa, pero esa conmoción había pasado, y la distracción que le causaba el poder bruto del renegado bajo la fina capa había quedado relegada mientras Chrystal analizaba lo que tenía ante sí, controlando al mismo tiempo su expresión y sus reacciones.
Si me convierto en una pícara… No. Esto no es real. ¡No puede serlo! Alguien ha hecho algo… ¡Él! ¡Este pícaro! ¡Debe de haber hecho algo! ¡Esto es un plan para hacer daño a mi padre, para causar un alboroto en el Reino!
¿Por qué otra razón estaría aquí? Perturbación. Eso es lo que es esto. Hablaré con mi padre. ¡No soy una renegada! Mi padre investigará esto…
El rostro de Chrystal se relajó cuando la determinación sustituyó al pánico, aunque su frente estaba cubierta de gotas de sudor y sentía el pecho oprimido, lo que le dificultaba la respiración.
Algo brilló en el rostro de piedra que sus ojos azul verdosos estaban clavando. Había desaparecido al instante, como las sombras ante la luz, pero la aguda mirada de Chrystal había captado lo que parecía cinismo en su esencia.
Apretó los dientes, conteniendo un gruñido que habría sido indigno de una Luna, incluso en circunstancias tan extraordinarias.
Cuando la mirada de Castian se cruzó con la de ella, su expresión era indescifrable, pero había un destello de oscura diversión en sus fríos ojos grises, que parecían haberla evaluado de alguna manera que iba más allá del momento presente, comparando o sopesando algo, pero sin llegar aún a una conclusión.
Un escalofrío indeseado recorrió el cuerpo de Chrystal, removiendo algo en lo más profundo de su ser, una vez más, que se negaba a reconocer o nombrar.
Apartó la mirada de aquellas profundidades gris tormenta que parecían ver demasiado, saber demasiado, prometer misterios oscuros, profundos y mucho más, y escudriñó a la multitud en busca del familiar ancla que suponía la presencia de su padre en la repentina pesadilla en la que se había convertido su futuro cuidadosamente planeado en menos de un latido.
Alpha Mason Barone permanecía inmóvil en la tribuna, rodeado de guardias, con el rostro pálido como la muerte mientras observaba cómo el renegado se acercaba a su hija. No se movió ni dijo palabra. Era el Rey Alfa; tenía que mantener la compostura.
Si su hija no podía delirar ni gritar ante un peligro real, de ninguna manera él, el gobernante de todo un reino, caería tan bajo.
Chrystal apartó a regañadientes la mirada de su padre.
De todos modos, está demasiado lejos, pensó apresuradamente. Si fuera una luchadora, podría haber huido, pero por la forma en que se mueve este pícaro… Sería una tontería intentarlo…
Sus ojos se posaron en Castian una vez más. Había detenido su avance, a solo unos metros de ella, esos ojos, esos labios, irradiando un desdén que Chrystal no podía comprender.
—¿Por qué… por qué estás aquí? —preguntó con voz ronca, observando atentamente al lobo pícaro mientras Darius avanzaba a su derecha, con los ojos azules en llamas.
La mente de Chrystal seguía dando vueltas.
El momento es demasiado perfecto… ¡Esto no es casualidad! ¿Está solo? ¿Es esto algún tipo de trampa? ¿Para mí, para mi padre? ¿Para… Darius?!
Su pulso se aceleró.
Pero el cambiaformas que le había estado cogiendo la mano, susurrándole al oído, alimentándola con su fuerza y su olor, su «pareja», la estaba apartando de él, justo en el umbral de su puerta.Había sido tan compasivo, si es que podía llamarlo así, hacía apenas unas horas.Dándole fuerzas, apoyándola, esperándola cuando se cansaba, protegiéndola de los demás cuando se sentía débil o se ralentizaba.Se secó la cara, sorbió por la nariz y miró hacia atrás, hacia él, pero apartó la mirada tan pronto como se posó en su rostro. Él la miraba con esa expresión insípida suya, pero lo estaba haciendo de nuevo: esperándola, ocultándola de la vista de los demás.Inclinó la cabeza, con los ojos cerrados mientras se recomponía.Abrió los ojos de par en par.¿Es por… Larnik?[Linkel], ronroneó Ari. Chrystal jadeó en su espacio mental, sonrojándose en el físico. Inmediatamente reprimió ese sentimiento. Detuvo su pulso, borró su men
Chrystal ya tenía una idea de la profundidad de la fuerza de Castian. De sus propios poderes personales. No solo era fuerte físicamente, con una resistencia que desafiaba la razón, incluso para los términos de los cambiaformas, sino que también poseía destreza mental o psíquica.Le había hablado, dentro de su mente, sin que compartieran un vínculo de manada.Además, la forma en que había respondido a sus emociones, desde que ella había matado por primera vez, le hizo sospechar que, efectivamente, podía oír sus pensamientos, aunque hubiera fingido no hacerlo cuando ella lo había puesto a prueba en el barranco.—No —respondió en voz baja en medio del grupo, ahora bullicioso—, no puedo. Pero tu pulso me está irritando. ¿Puedes parar, al menos hasta que lleguemos al lugar?Chrystal bajó la cabeza y fijó la mirada en el suelo. Mi pulso… Mentiroso…, pensó, pero apartó su mente de aquel a quien Castian llamaba Linkel.Los hombros de Castian se re
«Alfa…», gimió el joven lobo, Darius, el noble Alfa de la manada Moonblaze, mientras el Rey Alfa se acercaba.El joven lobo extendió la mano hacia Mason. El Rey la aceptó, deslizándose hasta el lado de su heredero y acariciándole el pelo húmedo mientras el cachorro lo miraba con sus penetrantes ojos azules.A pesar de lo débil que estaba, los ojos del chico seguían brillando como el primer día que lo vio.—Alfa, lo siento. Sé que me equivoqué. Debería haber esperado, tal y como me indicaste. Por favor… Alfa —comentó Darius con remordimiento.Mason depositó un beso en la frente húmeda de su elegido, se apartó y siguió acariciándole el suave cabello dorado, enredando sus cortos mechones entre los dedos.—¿Qué quieres, jovencito? —preguntó Mason con voz ronca.—Tu… poción. Alfa, por favor. El dolor… No puedo… ¡Klaric! ¡Alfa, he perdido a Klaric! —gimió, con los ojos llenos de algo más que su dolor físico.«No servirá de nada. No ahora mi
Ella no se incluía en este recuento, ya que la única razón por la que había llegado a ponerse al frente era que Castian se mantenía a su espalda.También notó que el comportamiento hostil inicial de los lobos hacia ella se había calmado.Chrystal había captado algunas miradas no agresivas y simples asentimientos mientras se movían, cambiando de posición.Los que no la reconocían, al menos, no estaban tan irritables como antes.Eran lobos solitarios, sí. No estaban preparados para la unidad ni el apoyo. Sin duda. Pero tenían ciertos códigos. Habían sido testigos de lo que había ocurrido. Ella había matado a un enemigo suyo. Ahora era de los suyos.Ya fuera intencionado o por casualidad, daba lo mismo. La sangre era sangre. La muerte era muerte. Los lobos solitarios eran lobos a simple vista.==========«¡Lo mataré! ¡Mataré a todo el grupo! ¡Les arrancaré los colmillos y les daré a comer acónito! ¡Lo mataron! ¡Lo mataron! ¿Cómo pudieron
Sus ojos, tal y como los había pronunciado, se grabaron en la mente de Chrystal.¿Perdonarte por qué, Klaric? ¿Por obligarme a matarte? ¿Por engañarme haciéndome creer que apuntabas a mi cabeza?¿Por asegurarte de que pidiera ayuda… o de que te atacara?¿Perdonarte por qué? ¿Qué te pidió Darius que hicieras? Reflexionó mientras corrían.Nos querían vivos, ¿verdad? Frunció el ceño mientras intentaba comprender lo que había pasado, cómo las cosas se habían complicado tanto.Las palabras de Castian de esa misma noche, después de que salieran del río, resonaban en su mente.«Tu padre es un loco; te habría hecho pedazos para llegar hasta mí… Siempre y cuando mantuvieran intactas las partes principales…»¿Es por eso por lo que Darius actuaba de forma tan precipitada? Pero… ese fue un golpe mortal que Klaric dirigió a Castian.¿Era por eso por lo que se disculpaba? ¿Por matar a
Castian se movió al instante, colocándose delante de Chrystal para protegerla de la ira de Darius.Darius no lo vio. Sus ojos solo estaban fijos en una persona.«¡Has matado a mi guerrero! ¡Tú… tú has matado a mi AMIGO!», gritó como si sus palabras pudieran atravesar a Chrystal.Lo estaba consiguiendo.El cuerpo de Chrystal temblaba incontrolablemente mientras se balanceaba de un lado a otro, abrazándose a sí misma con sus manos ensangrentadas.La mirada de Darius se posó en Castian. «Tú la dejaste...»—No «dejé» que hiciera nada —interrumpió Castian, con voz baja y fría—. Si alguien «dejó» que pasara algo, fuiste tú. Te uniste a alguien durante nuestra pelea... Debió de ser él —afirmó Castian con sequedad.«¡Eres una serpiente, Darius!», le reprendió. «¡Si MI Luna ha hecho algo, ha sido para proteger a su pareja!», le espetó al Alfa Noble derrotado, cuya pierna aún sangraba, con voz alta que resonó por todo el campo abierto.L







