ANMELDEN
¡Es el momento! ¡Por fin! pensó Chrystal mientras alisaba su vestido ceremonial con dedos temblorosos.
Cada caricia le recordaba la magnitud de lo que estaba a punto de suceder mientras se encontraba en el centro del círculo ritual de piedra.
Iba vestida con una túnica blanca y vaporosa, frente a su prometido, su príncipe, el alto Darius Strigan, de cabello dorado y ojos azules, el Noble Alfa.
La elección de su padre y la suya: su prometido, su pareja predestinada.
Sentía un nudo en el estómago por la expectación y los nervios, pero sonreía feliz, con la gracia y la elegancia que había practicado, tal y como le habían enseñado desde que tenía uso de razón.
Los penetrantes ojos de Darius estaban clavados en los suyos, y su complexión esbelta y segura irradiaba el aire de un hombre nacido para gobernar. Su mano se crispó a su lado mientras le devolvía una sonrisa devota.
Esta era su Ceremonia de Unión de la Luna de Sangre, en la que ella se uniría a Darius; su manada al completo estaba presente como testigo de su unión sagrada.
Chrystal tragó saliva.
¡Esto está bien! Se dijo a sí misma, no por primera vez ese año. ¡Así es como debe ser! Dos lobos, unidos por la tradición y el afecto, asumiendo sus roles como líderes de su pueblo.
Esto es lo que siempre he querido. ¡Es hora de honrar a mi padre, mi Alfa! Se dijo a sí misma con paciencia, mientras su sonrisa se ampliaba.
Todo ha conducido a este momento. Estaré bien. Todo irá bien. No, más que eso, ¡todo va a ser perfecto!
Se dijo a sí misma mientras ella y la multitud esperaban a que la luna alcanzara su punto más alto.
Como futura Luna, el control emocional era fundamental. Cada temblor de sus manos, cada latido acelerado, se disimulaba cuidadosamente bajo capas de compostura real.
Se obligó a mantener una sonrisa perfecta: sin encías, sin dientes, algo suave y entrañable.
Sopló una brisa fuerte, que agitó el vestido de Chrystal y le lanzó mechones de su largo cabello rubio miel a la cara.
Se apartó el pelo detrás de la oreja con una timidez ensayada, apartando la mirada de Darius, tal y como le habían enseñado, un gesto calculado para parecer modesta y seductora a partes iguales.
Su futuro Alfa le sonreía con cariño, a su futura Luna.
Perfecto. Todo debe ser perfecto. Chrystal repitió su mantra mientras sentía un nuevo vuelco en el estómago.
Desde que tenía uso de razón, las matronas del castillo la habían adiestrado en modales, comportamiento y decoro.
Dedicaba horas cada día a aprender la historia de la manada y las enseñanzas personales de su padre sobre diplomacia: todo lo necesario para convertirla en una líder fiable.
Todo ese cuidadoso cultivo de su naturaleza gentil la había llevado hasta esta noche.
Para ser la Luna perfecta. Una compañera humilde, pero fuerte; dócil, pero sabia; devota y comprensiva. Una compañera digna del futuro Rey Alfa. Una madre digna de la manada más poderosa del reino de Malbarone: la manada Moonblaze.
Chrystal sonrió para sus adentros.
Los sonidos de la multitud cambiaron, un cambio que significaba la alineación de las estrellas que tanto se había esperado. Era el momento.
Levantó la cabeza, inhalando profundamente, con un cosquilleo en los dedos. Una voz grave retumbó desde la cabecera del círculo.
«Adelante, hijos de la Luna. Dejad que la Diosa revele vuestro destino», exclamó el anciano a cargo de la ceremonia, con los brazos extendidos hacia Chrystal y Darius.
Chrystal estaba lista. Mantuvo la sonrisa y dio un paso adelante, con la mente bullendo de expectación. Darius se movió junto a ella, y en el momento en que sus pies tocaron las runas brillantes del círculo, la magia cobró vida.
Una calidez se extendió por el pecho de Chrystal, como aceite calmante sobre aguas embravecidas, y sintió un cosquilleo en la piel, como si la acariciaran suaves plumas, mientras el vínculo sagrado despertaba.
Entonces, de repente, ese calor reconfortante se transformó en algo completamente distinto; un frío tan absoluto que parecía como si la muerte misma hubiera penetrado en su pecho y envolviera su corazón con dedos helados.
Un escalofrío recorrió a Chrystal, y sus ojos se abrieron de par en par cuando un dolor brutal le atravesó los huesos, con cada nervio de su cuerpo en llamas como si la hubiera alcanzado un rayo.
El vínculo se estaba formando, quemándola como un incendio forestal que consume un bosque seco, pero no la estaba conectando con Darius.
El mundo de Chrystal se tambaleó mientras sus ojos escudriñaban la multitud, buscando el origen de aquel dolor abrasador, buscando alguna guía, alguna luz, alguna ayuda, mientras apretaba los dientes para contener el aullido que no debía salir.
No de los labios de una Luna.
Se tambaleó hacia delante, la magia tirando de ella hacia otra persona, alguien invisible.
«¿Qué...?» jadeó Chrystal mientras se movía, su compostura, tan cuidadosamente mantenida, resquebrajándose como hielo bajo presión mientras se agarraba el pecho desesperadamente, como si pudiera impedir físicamente que su corazón se desgarra.
A su alrededor, la multitud comenzó a murmurar desconcertada, ya que la esperada transformación entre los dos que iban a unirse no se producía, y la inquietud entre los allí reunidos iba en aumento.
Sus ojos muy abiertos se posaron en Daruis, que la miraba fijamente, con los labios ligeramente entreabiertos y los ojos tan redondos como los de ella.
¿Por qué no le afecta? ¿Por qué no le pasa nada? ¿No se supone que debemos unirnos? La mente de Chrystal se aceleró mientras miraba a su prometido, quien estaba claramente tan sorprendido como ella por el repentino giro de los acontecimientos.
Apartó la mirada de Darius y buscó entre los allí reunidos a su padre, el Rey Alfa de Malbarone, Alfa Mason Barone. Su guía, su maestro, su fuerza.
Antes de que pudiera encontrarlo, Chrystal volvió a jadear, esta vez cayendo de rodillas mientras su voluntad sucumbía a la fuerza imposible que no podía ser negada.
—¡Argh! —gritó Chrystal mientras se le doblaban las rodillas.
El dolor se enroscó alrededor de sus costillas, ardiendo, retorciéndose, haciendo que casi se tumbara en el suelo ceremonial mientras toda la multitud daba un paso al frente al unísono, como para atrapar o llevar a su preciada y más querida Luna.
Pero la magia aún no había terminado con Chrystal. La fuerza la hizo ponerse de pie, a pesar del dolor, imponiendo su voluntad, ejecutando la tarea que le había sido encomendada.
Desde las sombras al borde de los árboles, una risa grave y oscura resonó en la noche, un sonido que transmitía una diversión que parecía burlarse de todo lo sagrado de la ceremonia.
Una voz grave que sonaba como agua corriendo sobre las rocas resonó: «Vaya, ¿no es esto algo?»
Castian frunció los labios mientras la miraba fijamente.Sus ojos temblorosos se centraban en él, sin vacilar. Incluso en su estado actual, él percibía esa fuerza de acero que había notado en ella cuando lo había desafiado frente a los guerreros renegados.La chica estaba luchando, pero tenía una determinación en su interior con la que pocos podían compararse.Lo había visto en su lucha durante la prueba. Lo había visto cuando había atacado a los de su propia especie.La puñalada no había sido en el pecho ni en la columna vertebral del cambiaformas. Había sido en el costado, pero había sido mortal. Puede que hubiera sido un error por su parte, pero había acabado con la vida del guerrero, y ella se había marchado sin más.Conmocionada, sí. Pero capaz de moverse. Funcional.Durante la carrera, se había detenido a menudo, pero era una princesa mimada. No se esperaba menos de ella. Pero había seguido adelante. Esa lucha en su interior seguía est
Pero el cambiaformas que le había estado cogiendo la mano, susurrándole al oído, alimentándola con su fuerza y su olor, su «pareja», la estaba apartando de él, justo en el umbral de su puerta.Había sido tan compasivo, si es que podía llamarlo así, hacía apenas unas horas.Dándole fuerzas, apoyándola, esperándola cuando se cansaba, protegiéndola de los demás cuando se sentía débil o se ralentizaba.Se secó la cara, sorbió por la nariz y miró hacia atrás, hacia él, pero apartó la mirada tan pronto como se posó en su rostro. Él la miraba con esa expresión insípida suya, pero lo estaba haciendo de nuevo: esperándola, ocultándola de la vista de los demás.Inclinó la cabeza, con los ojos cerrados mientras se recomponía.Abrió los ojos de par en par.¿Es por… Larnik?[Linkel], ronroneó Ari. Chrystal jadeó en su espacio mental, sonrojándose en el físico. Inmediatamente reprimió ese sentimiento. Detuvo su pulso, borró su men
Chrystal ya tenía una idea de la profundidad de la fuerza de Castian. De sus propios poderes personales. No solo era fuerte físicamente, con una resistencia que desafiaba la razón, incluso para los términos de los cambiaformas, sino que también poseía destreza mental o psíquica.Le había hablado, dentro de su mente, sin que compartieran un vínculo de manada.Además, la forma en que había respondido a sus emociones, desde que ella había matado por primera vez, le hizo sospechar que, efectivamente, podía oír sus pensamientos, aunque hubiera fingido no hacerlo cuando ella lo había puesto a prueba en el barranco.—No —respondió en voz baja en medio del grupo, ahora bullicioso—, no puedo. Pero tu pulso me está irritando. ¿Puedes parar, al menos hasta que lleguemos al lugar?Chrystal bajó la cabeza y fijó la mirada en el suelo. Mi pulso… Mentiroso…, pensó, pero apartó su mente de aquel a quien Castian llamaba Linkel.Los hombros de Castian se re
«Alfa…», gimió el joven lobo, Darius, el noble Alfa de la manada Moonblaze, mientras el Rey Alfa se acercaba.El joven lobo extendió la mano hacia Mason. El Rey la aceptó, deslizándose hasta el lado de su heredero y acariciándole el pelo húmedo mientras el cachorro lo miraba con sus penetrantes ojos azules.A pesar de lo débil que estaba, los ojos del chico seguían brillando como el primer día que lo vio.—Alfa, lo siento. Sé que me equivoqué. Debería haber esperado, tal y como me indicaste. Por favor… Alfa —comentó Darius con remordimiento.Mason depositó un beso en la frente húmeda de su elegido, se apartó y siguió acariciándole el suave cabello dorado, enredando sus cortos mechones entre los dedos.—¿Qué quieres, jovencito? —preguntó Mason con voz ronca.—Tu… poción. Alfa, por favor. El dolor… No puedo… ¡Klaric! ¡Alfa, he perdido a Klaric! —gimió, con los ojos llenos de algo más que su dolor físico.«No servirá de nada. No ahora mi
Ella no se incluía en este recuento, ya que la única razón por la que había llegado a ponerse al frente era que Castian se mantenía a su espalda.También notó que el comportamiento hostil inicial de los lobos hacia ella se había calmado.Chrystal había captado algunas miradas no agresivas y simples asentimientos mientras se movían, cambiando de posición.Los que no la reconocían, al menos, no estaban tan irritables como antes.Eran lobos solitarios, sí. No estaban preparados para la unidad ni el apoyo. Sin duda. Pero tenían ciertos códigos. Habían sido testigos de lo que había ocurrido. Ella había matado a un enemigo suyo. Ahora era de los suyos.Ya fuera intencionado o por casualidad, daba lo mismo. La sangre era sangre. La muerte era muerte. Los lobos solitarios eran lobos a simple vista.==========«¡Lo mataré! ¡Mataré a todo el grupo! ¡Les arrancaré los colmillos y les daré a comer acónito! ¡Lo mataron! ¡Lo mataron! ¿Cómo pudieron
Sus ojos, tal y como los había pronunciado, se grabaron en la mente de Chrystal.¿Perdonarte por qué, Klaric? ¿Por obligarme a matarte? ¿Por engañarme haciéndome creer que apuntabas a mi cabeza?¿Por asegurarte de que pidiera ayuda… o de que te atacara?¿Perdonarte por qué? ¿Qué te pidió Darius que hicieras? Reflexionó mientras corrían.Nos querían vivos, ¿verdad? Frunció el ceño mientras intentaba comprender lo que había pasado, cómo las cosas se habían complicado tanto.Las palabras de Castian de esa misma noche, después de que salieran del río, resonaban en su mente.«Tu padre es un loco; te habría hecho pedazos para llegar hasta mí… Siempre y cuando mantuvieran intactas las partes principales…»¿Es por eso por lo que Darius actuaba de forma tan precipitada? Pero… ese fue un golpe mortal que Klaric dirigió a Castian.¿Era por eso por lo que se disculpaba? ¿Por matar a







