MasukTodo el mundo de Julian Vance se desmoronó en un instante cuando sus dedos rozaron la alianza de oro blanco que descansaba sobre el lavabo del baño VIP.
Junto al anillo había un sobre grueso de color café. Con mano temblorosa, Julian extrajo el documento que contenía. Las palabras impresas en la parte superior le ardieron en la mirada: Demanda de Divorcio. Y allí, firme y clara, estaba la firma de Victoria.
—¿Qué es esto, Vic...? —alcanzó a decir con voz ronca.
En ese momento, su teléfono vibró. En pantalla apareció el nombre del gerente general del estudio.
—Señor Julian, el acto oficial debe comenzar ya —dijo el hombre con urgencia—. Los inversores ya se han reunido.
—Cancela el anuncio del proyecto de esta noche —lo cortó Julian con frialdad.
—Pero señor, los inversores esperan la presentación oficial del cambio de protagonista a favor de Chloe...
—¡He dicho que lo cancele! ¡Y averigua de inmediato a dónde ha ido Victoria! —bramó Julian antes de cortar la comunicación.
Salió al pasillo con el rostro desencajado. Allí, junto a la puerta, estaba Chloe, de brazos cruzados y con un gesto de desagrado en los labios.
—Julian, ¿por qué te alteras tanto solo porque tu vieja estrella ha desaparecido? —se burló ella con desdén.
Julian la miró con unos ojos que despedían furia pura. —Ella no es simplemente una actriz de este estudio, Chloe. Es mi esposa.
Los ojos de Chloe se abrieron con asombro. Sin detenerse a mirarla, Julian salió bajo la lluvia que acababa de empezar, y alcanzó a ver solo las luces traseras del automóvil de Victoria alejándose velozmente hacia la oscuridad. Llamó una y otra vez, pero su voz era la de la línea desconectada.
Quince minutos después, Julian introdujo su tarjeta y entró al ático que compartían.
Al encender la luz, el aire se le quedó atrapado en la garganta. El salón estaba demasiado ordenado, silencioso, vacío. Ya no se respiraba la fragancia floral de Victoria. Sus premios y reconocimientos habían desaparecido de las repisas.
Corrió al dormitorio y abrió el armario. Su mitad estaba completamente vacía. Sobre la cama solo quedaba una caja de joyas de terciopelo negro. En su interior descansaban todos los collares de diamantes y relojes de lujo que él le había regalado. No se había llevado ni uno solo.
En ese instante, su teléfono mostró una notificación enviada por su gerente: ÚLTIMA HORA: Victoria Roy Abandona Oficialmente Vance Pictures y Rescinde Todos sus Contratos.
Julio leyó una por una las líneas del comunicado enviado por los abogados de Victoria y sintió que le faltaba el aire. Su esposa no se había marchado simplemente; esa misma noche había puesto los cimientos de su imperio al borde del derrumbe.
Recibió entonces un breve mensaje desde un número cifrado:
Cuida bien de tu estudio y de tu nueva mujer, Julian. El verdadero espectáculo acaba de comenzar.
Sus dedos temblaron al leerlo una y otra vez. El teléfono estuvo a punto de resbalársele de las manos. La pantalla se llenó de llamadas entrantes: miembros del consejo de administración, equipo de relaciones públicas, hasta el presidente del consejo directivo de Vance Pictures.
Presionó la tecla para hablar con su jefe de asesores legales.
—¡Explícame cómo es posible! ¡Cómo ha podido rescindir todos los contratos sin mi autorización! —tronó Julian, y su voz resonó con fuerza en la habitación vacía.
—La señorita Victoria ha invocado la Cláusula de Rescisión Unilateral, señor Julian —respondió el abogado con voz temblorosa—. Asume el pago total de la penalización por ruptura de contrato. El monto asciende a veinte mil millones de rupias, y sus representantes han comunicado que se hará efectivo en su totalidad mañana por la mañana.
Julian contuvo el aliento. Veinte mil millones de rupias. Victoria había dispuesto de casi todos sus ahorros personales, acumulados durante años, únicamente para cortar de raíz su vínculo con él en una sola noche.
—¡Busquen algún resquicio legal! ¡Que rechacen esa rescisión! —exigió Julian con desesperación.
—No es posible, señor. El documento fue redactado a petición expresa de la señorita Victoria antes de su matrimonio, y usted lo firmó libremente —respondió el abogado con resignación—. Si nos oponemos, amenazan con hacerlo público junto con las pruebas del desplazamiento unilateral de sus papeles. Eso destruiría irremediablemente la reputación de Vance Pictures.
Julian lanzó contra el suelo un jarrón que descansaba sobre el tocador, haciéndolo añicos. El sonido del cristal roto resonó frío y cortante en todo el cuarto.
Apenas tuvo tiempo de reponerse, recibió otra llamada urgente de su gerente. —¡Señor Julian! ¡Los periodistas se agolpan frente a la sede del estudio! La noticia de la partida de Victoria ya ha llegado a oídos de los inversores. Si no ofrece una declaración inmediata, el valor de nuestras acciones se desplomará mañana por la mañana.
Julian apretó los puños con fuerza. Siempre había creído que Victoria era el activo más seguro de Vance Pictures una esposa dócil, profesional, siempre dispuesta a ceder por el bien de la empresa. Pero esa noche, Victoria acababa de demostrarle que sin ella, Vance Pictures no era más que un cascarón vacío que había perdido su corona.
—¿Dónde está ahora? —susurró Julian entre dientes, con la mirada encendida por la desesperación y la furia.
—Hemos rastreado su vehículo, señor —respondió su secretaria con voz entrecortada desde otra línea—. El automóvil de la señorita Victoria acaba de pasar por el peaje en dirección al Aeropuerto Internacional Soekarno-Hatta.
—¿Al aeropuerto...?
—Así es, señor. Y además... hemos hallado el manifiesto de vuelo de un jet privado registrado a nombre de Dirgantara Pictures, con salida programada en una hora.
Ese nombre cayó sobre la conciencia de Julian como un rayo. Gibran Dirgantara —su mayor rival en la industria cinematográfica, el hombre que durante años había buscado la forma de socavar su influencia— acababa de entrar por la brecha abierta en su propio hogar.
—¡Preparen mi coche! —ordenó Julian.
—Pero señor, la reunión de emergencia con los inversores es en quince minutos...
—¡Al diablo con la reunión! —bramó él mientras tomaba sus llaves.
Julian salió corriendo del ático y se abrió paso bajo una lluvia torrencial que anegaba la ciudad. Subió a su automóvil y pisó el acelerador a fondo; el rugido del motor se abrió paso entre la cortina de agua y la oscuridad de la noche. Mientras los limpiaparabrisas se movían sin descanso y la lluvia caía implacable, Julian corrió hacia el aeropuerto, compitiendo contra el tiempo, antes de que la mujer que acababa de comprender cuánto valía desapareciera para siempre de su vida.
—He mentido en el formulario médico, Helen.Iris soltó la mano de Victoria cuando la productora se detuvo frente a ellas. Su voz seguía siendo suave, pero repitió la frase por iniciativa propia. Helen bajó el teléfono que sostenía. Victoria se quedó sentada a su lado, dejando que la chica lo explicara por sí misma.—Me duele la pierna izquierda desde la audición de Londres. Pensé que se me pasaría practicando. No quería que pensaran que no estaba a la altura.—¿La has llevado al médico? —preguntó Helen.—Todavía no.Helen se volvió hacia su ayudante y ordenó detener la escena de la carrera. No pidió ni una sola toma más. El equipo empezó a recoger el material que acababan de instalar. Iris los miraba con las manos apoyadas en el banco.—Puedo hacer las es
—No quiero venir contigo solo por no decepcionarte.Victoria lo dijo mientras preparaban la siguiente toma. Owen cerró el guion que estaba revisando. Estaban junto a la puerta del gimnasio, lejos del equipo que movía el material. Ella dejó el vaso sobre una mesa antes de seguir hablando.—Me gusta hablar contigo. Solo aún no sé qué puedo darte si esperas algo más.—Me atraes —respondió Owen—. No quiero que suene a reunión de trabajo. Pero puedes decir que no. Mañana seguiré viniendo a rodar.—¿Y si quiero ir, pero no estoy lista para llamarlo cita?—Comemos y charlamos. Después vemos si solo nos llevamos bien como amigos. Lo acepto.Victoria pasó el dedo por la mancha de café en el vaso. Buscó en su rostro algún rastro de exigencia, pero Owen solo le preguntó qué comida
—Tú te fuiste primero, Martin.Victoria lo dijo apartando el guion de en medio. Owen dejó la mano sobre la mesa, tal como habían acordado. Ella miró esa mano antes de volver a su rostro. No apartó la suya cuando él respondió.—Lo sé. Solo quería saber si queda algo de lo que hablar.—Siempre vienes después de decidir tú misma lo que quieres conseguir.—Esta vez solo pregunto.Victoria pasó la hoja y la volvió a dejar sin leer. Sabía la respuesta de Cora, pero la voz de Owen la hacía querer esperar un instante más. Gareth no intervino cuando ella dejó la silla quieta. Lo miró hasta que la siguiente frase salió más suave.—Todavía quiero que vengas. Pero no sé si quiero que vuelvas.—Entonces, ¿puedo quedarme sentado aquí?Victor
—Quiero ver a mi madre antes de irme.Victoria lo dijo tras apartar el aviso del juicio a un lado de la mesa. Rian esperó en la pantalla, dándole tiempo para explicarse. El calendario de producción seguía cerca de su mano. Alisó la esquina del papel antes de continuar.—Rodaré según el contrato si me conceden el permiso. Pero quiero decirle en persona que no asistiré a su juicio.—Puedo solicitar una visita.—No le digas que voy para hablar de su declaración. Ya respondí lo que me pedían.—De acuerdo. ¿Quieres que te acompañe?Victoria negó con la cabeza y, al darse cuenta de que su abogado la veía a través de la cámara, añadió que hablaría a solas con Eleanor, bajo la supervisión de los agentes. Rian anotó su petición y prometió contactar con la
—Quiero interpretar a Cora.Victoria lo dijo claramente cuando Gareth la llamó a la mañana siguiente. La maleta ya estaba junto a la puerta de la habitación. Seguía con la ropa de dormir y el guion completo abierto sobre la cama. En la última página había subrayado la frase en la que pide a su alumna que no diga que le duele.—¿Lo ha leído todo? —preguntó Gareth.—Dos veces.—¿Qué parte la hizo detenerse más tiempo?—Cuando Cora le pide que retire su declaración. Lo intenté con tono de arrepentimiento, pero sonaba como si quisiera que la calmaran a ella.—¿Qué quiere probar ahora?Victoria se llevó el teléfono al otro oído. Se miró en el espejo, acomodándose un cuello que no necesitaba arreglo. En esa escena, Cora ya llevaba preparado lo que
—¿Cuánto dinero te queda?Victoria lo dijo antes de buscar la línea en el guion. Iris la miró y retrocedió medio paso. Victoria se quedó junto a la marca en el suelo, dejando crecer la distancia. Oyó el roce de la suela de los zapatos de Iris cuando respondió.—¿Por qué me habla como si yo fuera la que ha causado el problema?—Necesito saber cuánto tiempo puedes seguir entrenando.—Ya se lo expliqué la otra vez. No puedo perder mi sueldo.—Yo no le pedí que dejara su trabajo.La frase salió antes de tiempo. Vio cómo Iris tensaba los hombros, pero no suavizó la respuesta con una sonrisa. Gareth permanecía en silencio junto a la cámara. Cuando Iris se volvió hacia la puerta, Victoria salió de su marca.—Dijo que se haría cargo —dijo Iris—. Le cr







