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Capítulo 4. La última página

last update Veröffentlichungsdatum: 24.10.2026 13:17:03

¿Quién más desapareció aquella noche? —preguntó Camila.

Su madre bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos. Leonardo permanecía junto a la puerta, con la carta de su madre todavía en la mano y una tensión evidente en la mandíbula.

—Necesito que me respondas —insistió Camila—. Ya no puedo seguir descubriendo mi vida a pedazos.

—Esteban Molina —contestó finalmente su madre—. Trabajaba con tu padre y fue la última persona que lo vio antes de que saliera hacia aquella reunión.

Leonardo levantó la cabeza.

—Esteban desapareció la misma noche que Julián.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste? —preguntó Camila.

—Porque tu padre me pidió que no pronunciara su nombre. Me dijo que, si alguien preguntaba por él, debía fingir que no lo conocía.

Camila sintió que la frustración comenzaba a vencerla.

—¿Y obedeciste durante tres años?

—Tenía miedo.

—¿De qué? ¿De perder a alguien más o de que descubrieran lo que sabías?

Su madre no respondió.

Camila guardó la carta y se dirigió a la salida. Leonardo la siguió, pero ella se detuvo antes de llegar al automóvil.

—Quiero que busques a Esteban.

—No será fácil. Si desapareció voluntariamente, habrá cambiado de identidad o de domicilio.

—Entonces empieza por los registros de la empresa. Mi padre trabajó con tu familia y alguien tuvo que conservar sus contratos.

Leonardo asintió.

—Lo haré.

—Y no quiero que tu padre se entere.

—Eso será complicado.

—Pues encuentra la manera. Si Victoria firmó el documento, tu padre puede estar implicado o puede saber quién lo hizo. No voy a permitir que vuelva a desaparecer una prueba.

Leonardo abrió la puerta del automóvil.

—Hay algo que debes entender, Camila. Mi padre no es un hombre que acepte perder el control. Si descubre que estamos investigando, hará todo lo posible para detenernos.

—Entonces tendremos que llegar a la verdad antes que él.

A la mañana siguiente, Camila llegó a Salvatierra Holdings antes de que comenzara la jornada. Había pasado la noche revisando mentalmente cada conversación, cada nombre y cada fecha. La carta de su padre seguía en su bolso, y la firma de Victoria no dejaba de aparecer ante sus ojos.

Encendió el ordenador y buscó los archivos antiguos del departamento financiero. Necesitaba encontrar el nombre de Esteban Molina, pero los registros anteriores a la muerte de su padre estaban incompletos.

Después de varios intentos, localizó un expediente archivado bajo el nombre de una empresa que ya no existía. El documento contenía una lista de empleados y una referencia a una investigación interna realizada semanas antes del catorce de junio.

Esteban aparecía como responsable de trasladar documentos confidenciales entre dos oficinas del grupo.

Camila imprimió el registro y lo guardó en una carpeta. Estaba a punto de cerrar el archivo cuando encontró una anotación en el margen.

Entrega suspendida por orden de L. Salvatierra.

No había nombre completo, pero la inicial coincidía con la de Leonardo.

Camila se quedó mirando la hoja. No quería sacar conclusiones precipitadas, aunque la coincidencia era demasiado importante para ignorarla.

—¿Encontraste algo?

Leonardo estaba en la entrada de su despacho. Camila giró la pantalla hacia él.

—Una orden de suspensión relacionada con Esteban. Tu nombre aparece en el registro.

Él tomó la hoja y la examinó con atención.

—Esta firma no es mía.

—¿Estás seguro?

—Completamente. En aquella época, todas mis órdenes llevaban un código de autorización. Aquí falta el código y la firma está incompleta.

Camila señaló la fecha.

—Entonces alguien utilizó tu nombre para detener una entrega.

Leonardo volvió a leer el documento.

—O alguien quería que creyéramos que fui yo.

Aquella posibilidad era peor. Significaba que una persona con acceso a los registros había manipulado documentos para involucrar a Leonardo o proteger a alguien más.

—Necesitamos encontrar el expediente original —dijo Camila.

—Está en el archivo privado de mi padre.

—Entonces iremos a buscarlo.

Leonardo negó con la cabeza.

—No podemos entrar allí sin que él lo sepa. El archivo está protegido y solo mi padre tiene autorización para acceder a ciertos documentos.

—¿Y qué propones? ¿Pedirle permiso?

—Propongo conseguir una copia del registro de acceso. Si alguien retiró el expediente, quedará constancia.

Camila aceptó a regañadientes. No le gustaba depender de Leonardo, pero sabía que actuar sin pruebas podía poner en peligro toda la investigación.

Él llamó al departamento de seguridad y solicitó el registro de movimientos del archivo. Mientras esperaba la respuesta, Camila volvió a revisar el documento que había encontrado.

Una pregunta no dejaba de inquietarla: si Esteban había desaparecido para proteger a su padre, ¿por qué había dejado una pista que podía conducir hasta él?

El teléfono de Leonardo vibró.

Leyó el mensaje y su expresión se endureció.

—¿Qué ocurre? —preguntó Camila.

—Encontraron una dirección vinculada a Esteban. Está en los registros de una propiedad que perteneció a tu padre.

Camila se levantó inmediatamente.

—¿Dónde?

Leonardo le mostró la dirección.

Era una casa antigua en las afueras de la ciudad, una propiedad que su padre había vendido varios años antes de morir.

—¿Crees que sigue allí? —preguntó ella.

—No lo sé. Pero es la única pista concreta que tenemos.

Camila recogió su bolso.

—Vamos.

La casa estaba rodeada de árboles y tenía las ventanas cubiertas por cortinas gruesas. La verja permanecía cerrada, aunque el candado parecía haber sido forzado recientemente.

Leonardo estacionó y observó el lugar antes de bajar.

—Quédate cerca de mí.

—No empieces otra vez.

—No es una orden. Mira la verja.

Camila se acercó y vio las marcas recientes en el metal. Alguien había entrado o salido sin utilizar la llave.

Leonardo llamó a la puerta. Nadie respondió.

Camila rodeó la casa hasta encontrar una ventana parcialmente abierta. En el interior distinguió una mesa, varias cajas y un archivador metálico.

—Hay alguien que estuvo aquí hace poco —dijo.

Leonardo se acercó a la ventana.

—No entres todavía.

Antes de que pudiera responder, escucharon un ruido al otro lado de la casa. Un hombre salió por la puerta trasera y comenzó a caminar rápidamente hacia el jardín.

—¡Espere! —gritó Camila.

El hombre se volvió. Durante un instante, sus miradas se encontraron.

Era mayor, tenía el cabello canoso y llevaba una pequeña bolsa de cuero.

Camila reconoció su rostro por una fotografía que había visto entre los documentos de su padre.

—¿Esteban Molina?

El hombre se quedó inmóvil.

Leonardo avanzó unos pasos, pero Esteban retrocedió.

—No deberían estar aquí —dijo.

Camila se acercó lentamente.

—Mi padre murió intentando descubrir qué ocurrió en esta familia. Necesito saber qué viste aquella noche.

Esteban miró a Leonardo y después a Camila. Parecía debatirse entre marcharse y revelar algo que había mantenido oculto durante años.

Finalmente, abrió la bolsa y sacó un reloj antiguo.

Camila lo reconoció inmediatamente. Era el reloj de su padre, el mismo que su madre había asegurado que desapareció después del accidente.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó, con la voz quebrada.

—Tu padre me lo entregó la noche en que murió —respondió Esteban—. Me pidió que lo conservara hasta que alguien viniera a buscar la última página del segundo informe.

Camila sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Tienes esa página?

Esteban guardó el reloj.

—No. Pero sé quién la recibió.

Leonardo dio un paso hacia él.

—Dinos el nombre.

Esteban negó con la cabeza.

—No aquí. Hay alguien que nos vigila y no puedo arriesgarme a que vuelva a ocurrir lo mismo.

Camila miró alrededor, pero solo vio los árboles y la carretera vacía.

—¿Quién nos vigila?

Esteban se acercó a ella y habló en voz baja.

—La persona que ordenó detener a tu padre antes de que pudiera entregar las pruebas.

Sacó un papel del bolsillo y se lo entregó.

En él había una dirección y una hora escrita a mano.

—Si de verdad quieres saber quién mató a tu padre, ven esta noche. Pero ven sola.

Camila levantó la mirada.

Esteban ya se alejaba hacia la verja.

—¿Por qué no podemos ir con Leonardo? —preguntó ella.

El hombre se detuvo una última vez.

—Porque la última página del informe lleva su firma.

Y se marchó antes de que Camila pudiera preguntarle nada más.

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