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La sanadora destinada del Rey Dragón
La sanadora destinada del Rey Dragón
Author: Lia Maxwell

La bestia bajo la montaña

Author: Lia Maxwell
last update publish date: 2026-10-16 19:45:48

POV de Zara

El hombre que me contrató no parpadeó ni una sola vez durante todo el viaje en carruaje.

Se llamaba Vorrin y se sentaba frente a mí con ambas manos enguantadas cruzadas sobre la cabeza de plata de su bastón, mirándome de la forma en que un carnicero mira a un ternero en el mercado. Me dije que eran nervios. Me dije que diez veces mi sueldo anual valían unas cuantas horas incómodas en compañía de un desconocido.

Me equivoqué en las dos cosas.

—El paciente es difícil —dijo Vorrin mientras el carruaje gemía subiendo el camino negro de la montaña—. Once sanadoras han entrado en su cámara antes que usted. Ninguna ha salido respirando.

Casi me reí. Entonces vi su cara y la risa se me murió en la garganta.

—Me dijo que era un animal enfermo —dije.

—Le dije que era una bestia. —Su sonrisa delgada nunca le llegó a los ojos—. Nunca dije de qué clase.

Apreté la bolsa de medicina hasta que el cuero gastado crujió. Todo lo que poseía que importaba estaba dentro. Hierbas secas, agujas de hueso, el viejo mortero de mi madre, el pequeño cuchillo de latón que llevaba desde los doce años. Bajo la palma, la cicatriz de la mordedura de un perro salvaje me dolía como siempre me dolía cuando tenía miedo.

No se suponía que tuviera miedo. Yo era Zara Quinn, la sanadora que había sacado a un semental del borde de la muerte solo con corteza de sauce y testarudez. Había cosido heridas de lobos. Había pasado toda la noche con un halcón moribundo en el regazo. No había criatura en las Tierras Fronterizas que no pudiera calmar.

Pero las Tierras Fronterizas quedaban muy lejos ahora, y la casa a la que nos acercábamos no parecía un lugar donde se calmaran criaturas.

La Finca de la Montaña se alzaba de la roca como una herida antigua que nunca había cicatrizado. Piedra negra, ventanas estrechas, torres que se inclinaban hacia las nubes como garras. Los sirvientes formaban fila en el patio con la cabeza tan baja que no pude ver ni una sola cara. Nadie hablaba. Nadie me miraba. El único sonido era el crujir de las ruedas del carruaje sobre la ceniza.

Se sentía como caminar hacia mi propio funeral.

Vorrin me guió por pasillos tan fríos que el aliento se me empañaba delante, y después bajó una escalera que se enroscaba hasta el corazón de la montaña. El aire cambiaba con cada peldaño. Primero solo estaba cálido. Luego se volvió seco y pesado, espeso con el aroma de cedro quemado y tormentas lejanas. La piel se me erizó. Los rizos, que aquella mañana había recogido con un cordón de cuero, empezaron a soltarse en las sienes.

Al fondo había una puerta de hierro macizo, más alta que tres hombres y quemada de negro en los bordes.

—La bolsa se queda con usted —dijo Vorrin, sacando una llave que brillaba con un rojo tenue—. Todo lo demás se queda fuera. Incluida su esperanza, sospecho.

—Eso es una cosa terrible decirle a una mujer a punto de entrar en una habitación.

—Me han dicho que soy honesto hasta la exageración.

La cerradura hizo clic. La puerta se abrió con un gemido.

El calor me envolvió como una ola que rompe en la orilla.

La cámara era enorme, una caverna tallada directamente en la montaña, iluminada solo por el brillo naranja apagado de brasas esparcidas por el suelo. Cadenas tan gruesas como mi brazo colgaban del techo y de las paredes. Muchas estaban derretidas y retorcidas en formas extrañas, como si algo hubiera intentado liberarse de ellas una y otra vez. Y en el centro mismo de todo, arrodillado en la ceniza, había un hombre.

No una bestia. Un hombre.

Estaba desnudo hasta la cintura, la piel brillante de sudor y marcada por venas negras que trepaban desde el pecho como raíces que se extendían. El cabello oscuro le caía por la cara, húmedo y enmarañado más allá de la mandíbula. Esposas de hierro le sujetaban las muñecas, el metal brillando de un rojo furioso donde lo tocaba. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, temblando, como si contuviera una tormenta con las manos desnudas.

Entonces levantó la cabeza.

Sus ojos eran dorados. No el oro suave de la luz de una vela, sino algo fundido y ardiente, partido por el centro por una pupila de serpiente. Se posaron en mí y toda la habitación pareció dejar de respirar.

La puerta se cerró de golpe a mi espalda.

Oí girar la cerradura.

—Espere —dije, girándome, las palmas planas contra el hierro caliente—. Vorrin. Abra esta puerta.

Ninguna respuesta. Solo pasos, subiendo.

—Sanadora.

La voz llegó desde detrás de mí, baja y áspera, como piedra arrastrada sobre grava. Debería haberme aterrorizado. En cambio, algo bajo en el estómago se tensó, y odié darme cuenta de ello.

Me giré despacio.

Se había levantado. Las cadenas se tensaron a su espalda, gimiendo, y se quedó de pie al final mismo de su alcance, lo bastante cerca como para que yo viera el humo enroscándose de sus labios entreabiertos. Era más alto que cualquier hombre que hubiera visto nunca, ancho de hombros, con la complexión magra y dura de un guerrero que había pasado toda una vida combatiendo. Una cicatriz pálida le cortaba la clavícula. A lo largo de los antebrazos, escamas doradas tenues brillaban bajo la piel, alzándose y desvaneciéndose con cada respiración.

Un dragón. La bestia era un dragón. Y el hombre encadenado frente a mí era el propio Rey Dragón.

Se me secó la boca. Todo niño de Drakoria conocía su nombre. Kaelen Drakos, el rey que había terminado las guerras fronterizas. El rey del que todo el reino susurraba que se había vuelto loco.

—No se acerque —dijo. La voz le temblaba. La quemaré.

Debería haberle hecho caso. Todos los instintos sensatos que poseía me gritaban que golpeara aquella puerta hasta que Vorrin se apiadara de mí.

Pero había pasado toda mi vida rodeada de criaturas asustadas y heridas, y conocía aquella mirada. No era rabia lo que había en aquellos ojos dorados. Era agonía.

—Está envenenado —dije en voz baja.

La mandíbula se le tensó.  

—Márchese.

—No puedo. La puerta está cerrada. —Di un paso adelante, luego otro, la bolsa de medicina apretada contra el pecho—. Pero puedo ayudarlo. Si me lo permite.

—Deténgase. —La palabra se quebró a mitad. Llamas lamiaron sus antebrazos, brillantes y hambrientas, y el aire entre nosotros tembló de calor. Deje de caminar.

No me detuve.

El fuego saltó de sus manos en el momento en que llegué a su alcance, un muro rugiente de oro y carmesí que se tragó el espacio entre nosotros. Levanté los brazos y cerré los ojos con fuerza, esperando el dolor que había matado a once sanadoras antes que a mí.

No llegó.

Sentí calor. Solo calor, suave y extraño, enroscándose alrededor de mis dedos como un gato contra la piel. Cuando me atreví a abrir los ojos, las llamas danzaban sobre mis manos, sobre mis brazos, hasta los hombros, y ni un solo hilo de la manga se había quemado.

El rey me miraba fijamente.

El fuego se extinguió en un instante, como si lo hubiera tragado de vuelta. El pecho le subía y bajaba. Los ojos se le abrieron hasta que las pupilas verticales se volvieron redondas y negras.

—Imposible —susurró.

—Creo —dije, con la voz temblando— que va a tener que explicármelo.

No contestó. Las fosas nasales se le dilataron. Inclinó ligeramente la cabeza y aspiró un aliento largo y estremecido, de la forma en que un hombre hambriento aspira el olor del pan.

Entonces se movió.

Las cadenas gritaron cuando se lanzó, rompiendo tres eslabones de un solo tirón violento. No tuve tiempo de correr. Su mano se cerró alrededor de mi cintura mientras la otra se estrellaba plana contra la piedra junto a mi cabeza, y la espalda me golpeó la pared con suficiente fuerza como para sacarme el aire de los pulmones.

Estaba ardiendo. Cada centímetro de él presionado contra mí, sólido y temblando, la cara enterrada en la curva de mi cuello. Sentí su aliento quemarme la piel mientras inhalaba, lento y profundo, y un sonido retumbó desde su pecho que sentí en los huesos.

—Jazmín —raspó contra mi garganta—. Lluvia. Algo más antiguo. —Sus labios rozaron mi pulso y casi se me doblaron las rodillas—. Huele a hogar.

—Su Majestad —logré decir, porque la mente buscaba a tientas cualquier cosa sólida a la que agarrarse—. Por favor. Soy una sanadora. Solo estoy aquí para tratarlo.

Levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los míos, a centímetros de distancia, ardientes y salvajes, y algo en ellos se suavizó y se afiló al mismo tiempo. El pulgar trazó una línea lenta y temblorosa a lo largo de mi mandíbula. Me di cuenta de que miraba mis ojos, la forma en que la luz del fuego los volvía de marrón a ámbar.

—No —dijo, y su voz bajó a un gruñido bajo y posesivo que envió calor corriendo por mi columna—. Usted no está aquí para tratarme.

La frente se le apoyó contra la mía.

—Mía.

El corazón se me detuvo.

Detrás de la puerta de hierro, pasos resonaron en la escalera, seguidos de una voz que reconocí. Vorrin, calmado y complacido, hablando con alguien a quien yo no podía ver.

—Funcionó. El fuego no la tocó. —Una pausa. Luego, casi con cariño: Exactamente como ella prometió. La chica Quinn, tal como decía el nombre.

El rey se puso rígido contra mí.

Y comprendí, con un frío que ningún fuego de dragón podía ahuyentar, que yo no le había dicho nunca a nadie mi apellido.

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