LOGINEl ambiente dentro de la oficina se volvió especialmente tenso y frío.Al final, Jairo salió con el rostro lívido de rabia.Teresa estaba afuera. Al verlo y percibir la frialdad que emanaba de él, se apresuró a hacerse a un lado y lo saludó con respeto:—Buenos días, señor Jairo.Jairo pasó de largo sin siquiera mirarla y caminó directamente hacia el elevador.Después de que se marchó, Teresa entró en la oficina para informarle a Héctor sobre algunos asuntos de trabajo.El rostro de Héctor se veía tan sereno como siempre y ya se había abrochado el cuello de la camisa, como si antes lo hubiera dejado abierto a propósito.Cuando terminó de informarle, Teresa salió de la oficina.Miguel la estaba buscando para hablar de un asunto.Después de conversar sobre el trabajo, Teresa no pudo evitar preguntar:—Parece que el señor Héctor y el señor Jairo tuvieron una discusión bastante seria. ¿Ocurrió algo?Miguel frunció el ceño.Héctor podía tener conflictos de intereses con cualquier persona,
Julieta se sobresaltó al ver que Héctor abría la puerta y entraba. Asustada, se dio la vuelta de inmediato y se cubrió el pecho con una mano, mientras con la otra intentaba alcanzar la toalla que colgaba del perchero.Sin embargo, apenas dio un paso, Héctor la rodeó por la cintura con facilidad.Al instante siguiente, cayó entre sus brazos firmes y ardientes. Incluso a través de la fina tela, el calor de su cuerpo parecía quemarle la piel.—Tú... Mmm...Héctor la besó con una urgencia incontenible, apoderándose de sus labios sin darle oportunidad de reaccionar.Sus fuertes brazos la mantenían inmovilizada contra su pecho, impidiéndole resistirse.La respiración de Héctor se volvió cada vez más intensa.El agua seguía corriendo y el vapor envolvía el baño en una espesa neblina.Julieta sentía que se hundía y salía a flote en medio de un océano profundo, a punto de ahogarse por falta de aire.—Héctor...Pronunció su nombre con voz débil y temblorosa.Héctor hundió el rostro en su cuell
Héctor recibió una llamada de Sofía.—Papá, mamá, vengan rápido.Julieta alcanzó a escuchar la voz alegre de Sofía al otro lado de la línea, seguida de un acceso de tos.Sintió que se le encogía el corazón. Cuando Héctor colgó, preguntó:—¿Sofía está enferma?—Empezó a sentirse un poco mal desde que regresó.***Cuando llegaron a Casa Gómez, Julieta no entró. Se quedó afuera, junto al carro, esperando a que salieran.Mientras esperaba, un Rolls-Royce se detuvo lentamente.Julieta vio a Fabián bajar y caminar hacia ella.Cuando se detuvo frente a ella, lo saludó:—Fabián.—En realidad, ahora puedes decirme primo.Julieta apenas curvó los labios y no respondió.—Si viniste por Sofía, ¿por qué no entraste?—Héctor fue por ella.Fabián asintió sin hacer más preguntas.—Quisiera pedirte un favor.—Dime.—Últimamente hemos pensado en varias muchachas que podrían hacer buena pareja con Sergio y queremos que las conozca. Ya no es ningún jovencito y no puede seguir dejando de lado su vida pers
Julieta frunció el ceño e intentó escupir la medicina, pero Héctor mantenía sus labios completamente sellados, obligándola a tragar aquel líquido amargo.Ella lo empujó con todas sus fuerzas. Ya casi no podía respirar.Solo entonces Héctor la soltó poco a poco.Julieta se volvió de inmediato, abrió la llave y se enjuagó la boca mientras respiraba agitadamente, con el pecho subiendo y bajando.Después desenvolvió un dulce y se lo metió a la boca.Cuando logró recuperarse, volteó hacia Héctor.Él tomó tranquilamente una servilleta y se limpió la comisura de los labios. Luego la arrojó al bote de basura.—Dame uno.Julieta le entregó un dulce.Héctor lo tomó, le quitó la envoltura y se lo metió a la boca.—Aunque esté amarga, tienes que acabarte toda la medicina. Ya no eres una niña para hacerle el feo solo porque sabe mal.Julieta lo miró sin responder y pasó junto a él para salir.Héctor la siguió fuera del baño.Alrededor de las ocho y media, Héctor terminó de atender los asuntos pend
Julieta miró el trozo de carne que tenía en el plato.—Tampoco es como si ya no pudiera hacer nada.Se lo comió y después tomó otro bocado de arroz.Sentía que ya se encontraba bastante bien y que incluso podía comenzar a pensar en volver al trabajo.Sin embargo, su mamá y los demás seguramente no estarían de acuerdo y le exigirían que primero se recuperara por completo.Héctor dijo:—Del trabajo hablaremos después.Julieta no respondió.Cuando terminaron de cenar, alguien entró para recoger los platos.Héctor miró la bolsa que estaba sobre el sofá y vio los sobres de medicina.—Lleven uno a calentar.Julieta contempló la bolsa y, con solo recordar el sabor, sintió que se le revolvía el estómago. Ya había tomado una dosis por la mañana y otra al mediodía. Saltarse una no debía ser tan grave.—Esta noche no voy a tomarla. Mañana continúo.Los profundos ojos de Héctor se fijaron en ella.—¿No tienes que seguir las indicaciones del médico?Julieta levantó la mirada hacia él.Héctor sacó
Julieta miró la bolsa que llevaba en la mano.—Este es para Sofía.Héctor bajó la mirada, abrió la caja y probó una cucharada. El intenso sabor del chocolate se mezclaba con la mermelada de arándanos. Estaba dulce, pero no empalagoso.—La presentación podría mejorar, pero el sabor no está mal. Ve a sentarte un rato.Julieta se dio la vuelta y fue a sentarse en el sofá.Héctor se terminó el pastel cucharada tras cucharada. Después miró a Julieta, que hojeaba una revista financiera que estaba sobre la mesa. La brisa que entraba por la ventana movía suavemente los mechones que le caían sobre la frente, mientras ella leía con atención.Él apartó la mirada y continuó trabajando.En la oficina solo se escuchaban los clics del mouse de Héctor. Durante ese rato, también recibió dos llamadas de trabajo.Julieta levantó la vista hacia él. Su perfil frío y definido, junto con su tono sereno, transmitía una autoridad imponente, incluso sin necesidad de alzar la voz.Por los documentos apilado







