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Capítulo 7. La voz que quedaba

last update Veröffentlichungsdatum: 22.10.2026 03:07:06

Irene detuvo el vídeo después de aquella primera frase. La imagen de Sebastián quedó inmóvil, con una mano sobre la mesa y la cabeza inclinada hacia la cámara. Le había visto adoptar esa postura durante reuniones en las que pretendía convencer a alguien de que una decisión ya tomada seguía abierta a discusión. Reconocerlo me produjo un rechazo físico que no esperaba. Durante el funeral había intentado recordar su voz para saber si sentía algo parecido a la pena. Ahora deseaba que el ordenador dejara de conservarla con tanta precisión.

—Podemos verlo otro día —dijo Irene. Negué sin mirarla y le pedí que continuara. Había aplazado demasiadas conversaciones con mi marido esperando encontrarme más preparada. Él no iba a salir de la pantalla para interrumpirme, y aquella diferencia me permitió mantener las manos quietas sobre las rodillas mientras el vídeo recuperaba el movimiento.

Sebastián empezó hablando de su familia. Describió a su madre como una mujer que podía confundir la preocupación con la dureza, una forma generosa de referirse a su conducta que yo había escuchado cada vez que Beatriz me humillaba durante una cena. Después explicó que había elegido a Nicolás para revisar la fundación porque ambos debíamos aprender a trabajar juntos. Su tono era el de un hombre que distribuía tareas antes de un viaje. No nombró el accidente ni dijo que estuviera muriendo. Hablaba de una posible ausencia y de los mecanismos que había previsto para que las cosas continuaran sin él.

Le pregunté a Irene cuándo se había grabado. No lo sabía. Aquella incertidumbre hizo más difícil escuchar a Sebastián hablar de su ausencia como si la hubiera organizado con la misma tranquilidad con que preparaba una cena.

En la pantalla, Sebastián entrelazó las manos antes de mencionar las finanzas. Dijo que había utilizado estructuras complejas para proteger nuestro futuro, que alguna documentación podía resultar confusa y que lo importante era no actuar precipitadamente. Reconocí la cadencia exacta de la mañana en que me pidió firmar las hojas con pestañas adhesivas. Sentí ganas de responderle en voz alta. En cambio, busqué un bolígrafo y anoté la frase sobre la documentación, obligándome a escuchar hasta el final.

—Mi hermano sabe hacerse necesario cuando encuentra una debilidad —continuó—. No confundas su interés por lo que puedes darle con interés por ti. Pregúntale qué ocurrió con Aster antes de entregarle información sobre nuestras cuentas.

Irene pausó de nuevo. Yo había dejado de respirar con normalidad. Sebastián nunca me había hablado de aquella sociedad; utilizaba historias incompletas sobre Nicolás, deslealtades que no concretaba y llamadas que convertían su rostro en una expresión cerrada durante horas. Escuchar un nombre verificable me produjo un alivio que inmediatamente se volvió sospecha. Mi marido había sabido cuánto deseaba yo encontrar una prueba cuando me ofrecía solamente su palabra.

El resto del mensaje no aclaró nada. Me pidió conservar la calma, confiar en Salvatierra y permanecer junto a la familia hasta que terminara la revisión. Terminó diciendo que siempre había procurado darnos a Clara y a mí una vida mejor. Cuando la imagen se oscureció, seguí mirando mi reflejo en la pantalla. La gratitud era la última puerta que dejaba abierta: si yo se la cerraba, tendría que soportar la idea de ser una mujer incapaz de reconocer lo que habían hecho por ella.

—Quiero una copia de todo lo que diga que acepté —dije al fin—. Y quiero saber quién recibió este vídeo antes de Marta.

Irene anotó las peticiones. Le dije que no enseñaría todavía el archivo a Nicolás, pero que iba a preguntarle por Aster. Cuando se marchó, lo encontré en la biblioteca. Apartó las carpetas de una silla; yo preferí quedarme de pie.

—¿Qué es Aster? —pregunté. Nicolás bajó la mirada a sus manos antes de volver a mí. No contestó con la indignación que yo había preparado para recibir, y esa demora me inquietó más que una protesta.

—Una sociedad a través de la que se movió parte del dinero que me atribuyeron —respondió—. Mi hermano te habrá dicho que le robé.

Le dije que acababa de ver un mensaje grabado de Sebastián y le expliqué lo que había escuchado sin repetir la advertencia personal. Él cerró una carpeta y me dijo que podía facilitar a Irene los informes que conservaba su abogado. Quise saber por qué tenía que esperar a que alguien me enviara otro archivo para escuchar su versión. Nicolás se levantó, pero se detuvo al advertir que yo tensaba los dedos sobre el respaldo.

—Puedo contártela —dijo—. Pero no quiero que tengas que elegir entre mi relato y el suyo para decidir qué es verdad.

Me senté. Durante los minutos siguientes habló de movimientos que descubrió tarde, de una autorización que utilizaba su nombre para respaldar más operaciones de las que conocía y de la decisión de su padre de creer a Sebastián. Admitió que al principio había intentado resolverlo dentro de la familia y que esa espera lo había perjudicado. Yo escuchaba procurando separar sus palabras de las emociones que despertaban en mí. No parecía disfrutar de su condición de perjudicado; había partes de la historia que pronunciaba como quien pisa una herida que conoce bien.

—¿Nunca cometiste un error? —pregunté cuando terminó. Me miró en silencio y después respondió que había cometido varios, especialmente creer que podía proteger a su padre sin exponerse. Le pedí que precisara qué significaba eso. Sus ojos se apartaron hacia las carpetas antes de que dijera que había firmado una autorización que no debió firmar, pero que eso no era lo mismo que haber dispuesto del dinero que desapareció.

La respuesta no me tranquilizó por completo. Tampoco sonaba como la inocencia perfecta que habría sido más fácil venderme. Le pregunté si la documentación de su abogado incluía aquella firma y aseguró que sí. Entonces le dije que Irene debía recibirla sin exclusiones. Nicolás apoyó los antebrazos en las rodillas y tardó un instante en aceptar. Vi el esfuerzo detrás de su asentimiento y me pregunté si se debía a la vergüenza o a algo que aún no había mencionado.

No seguí interrogándolo. Tenía una oportunidad de contrastar sus palabras y no quería convertir la biblioteca en otro lugar donde una persona debía declarar su lealtad para poder quedarse. Al levantarme, Nicolás me preguntó qué había sentido al escuchar a Sebastián. La pregunta me encontró sin una respuesta preparada. Miré la puerta, el escritorio y los objetos que mi marido había elegido para representarse antes de admitir que su voz me había hecho dudar de algo que llevaba días intentando conservar.

—De mi derecho a estar enfadada —dije—. Ha hablado de Clara y he vuelto a pensar en todo lo que pagó por nosotras.

Nicolás no intentó consolarme de inmediato. Se quedó sentado mientras yo recogía una esquina de mi chaqueta entre los dedos, agradecida de no tenerlo encima observando mi vergüenza. Después preguntó si aquel dinero había sido un regalo o una obligación que Sebastián podía cobrarme cuando quisiera. La forma de plantearlo me recordó las veces que había oído que yo era libre de marcharme, justo antes de explicarme todo lo que Clara perdería si lo hacía.

—No sé qué parte de mi vida habría aceptado si hubiera podido pagarla sola —confesé. Nicolás levantó los ojos hacia mí y sentí la desnudez extraña de haberle dicho algo que no figuraba en ningún documento. Me arrepentí lo suficiente para dirigirme a la puerta, pero él pronunció mi nombre sin levantar la voz.

—Lo que decidas ahora puede llevar tiempo —dijo—. No tienes que resolver cuatro años esta noche.

Salí de la biblioteca con aquella frase y la advertencia de Sebastián compitiendo dentro de mí. En el corredor encontré a Beatriz, que llevaba unas flores secas hacia una papelera. Se detuvo al verme salir y miró la puerta detrás de mí. Le dije que había visto el vídeo. Mi suegra apretó los tallos entre las manos antes de preguntar si había escuchado todo. Contesté que sí y quise saber cuándo se grabó. Aseguró que Sebastián acostumbraba a preparar instrucciones cuando viajaba, pero no pudo darme una fecha.

Subí con la sensación de que la conversación en la biblioteca había quedado incompleta y abrí el correo que acababa de enviar el abogado de Nicolás. Irene también lo había recibido. El nombre de Aster figuraba entre los archivos, tal como él había prometido.

Estuve a punto de escribirle para darle las gracias. En cambio, dejé el teléfono en la mesa y regresé a la biblioteca. Seguía allí, pero ya no estaba trabajando: tenía las manos apoyadas sobre la carpeta cerrada.

—Has enviado los documentos —dije.

—Era lo que habíamos acordado.

—Quiero que me digas algo antes de leerlos con Irene. ¿Por qué firmaste?

Nicolás se levantó despacio. Esta vez no me detuve a medir la distancia que dejaba entre nosotros.

—Porque creía que podía resolver el problema sin destruir a mi familia.

—Sebastián también decía que hacía las cosas por nosotros.

Vi cómo se le endurecía la boca. La comparación le había dolido; no necesitó alzar la voz para hacérmelo saber.

—No soy mi hermano, Emilia. Y no puedo responder por él cada vez que te acerques a mí.

—Entonces responde por ti.

Apoyó los dedos sobre la carpeta. Durante unos segundos escuché el reloj del vestíbulo y me pregunté si prefería que me pidiera marcharme.

—Firmé antes de comprobar todo lo que debía comprobar. Después dejé pasar tiempo intentando arreglarlo dentro de casa. No voy a convertir esas decisiones en virtudes para que me mires de otra manera.

La franqueza me obligó a bajar la vista. Había ido a buscar una razón para confiar sin reservas y él acababa de negármela. Sin embargo, era la primera respuesta que no parecía exigir nada a cambio.

—Empiezas a importarme —admití. La frase me dejó sin una defensa que había creído conservar—. Por eso necesito saberlo.

Nicolás apartó la mano de la carpeta. No se acercó, pero su expresión cambió lo suficiente para que yo lamentara y agradeciera haberlo dicho.

—Entonces lee lo que envié —respondió—. También la página que lleva mi firma.

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