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Capítulo 3: Desheredada

ผู้เขียน: Dara W
last update วันที่เผยแพร่: 2026-03-30 13:13:39

Hazel despertó y se encontró en la calle, su cuerpo cubierto de suciedad.

Parpadeó, el mundo volviendo a enfocarse mientras recobraba la conciencia. Las calles empedradas del pueblo eran frías e implacables bajo ella, las farolas parpadeantes iluminando la tierra que cubría su pelaje.

La noche estaba en silencio, con el único sonido del lejano murmullo de celebración proveniente del castillo y el viento agitando los árboles. El olor del bosque llenó la nariz de Hazel, un recordatorio inquietante de lo que había perdido.

—No —gruñó, con el fuego de la rebeldía encendiéndose en su pecho—. No dejaré que me hagan esto.

Se puso de pie y se dirigió de nuevo al castillo. Quién sabe, tal vez Ethan podría cambiar de opinión y aceptarla de nuevo.

Llegó a la puerta del castillo y, por suerte, no había ningún guardia allí.

Justo cuando estaba a punto de entrar, una voz la detuvo.

—¿Estás tan desesperada por volver a ser nuestra Luna?

Hazel se giró y vio a Nora. No sabía por qué, pero Nora la odiaba sin razón.

—Nora —dijo Hazel con voz plana e inflexible—. ¿Qué quieres?

Los ojos de Nora se entrecerraron, el odio en ellos ardiendo como una llama siniestra.

—Estoy aquí para asegurarme de que nunca tengas la oportunidad de arrastrarte de vuelta. No eres digna de ser Luna. Nunca lo fuiste.

El pelaje de Hazel se erizó, el instinto de defenderse crudo, primitivo. Pero se obligó a permanecer quieta, con la mirada fija en Nora.

—Nunca te he hecho nada… Por favor, ayúdame a suplicarle a Ethan, solo te escuchará a ti —rogó Hazel.

¿Qué crees que estás haciendo? —Mia, la loba de Hazel, finalmente habló después de días de silencio.

No me hables, Mia —respondió Hazel.

—¿Quieres que le ruegue a mi hermano que se case con una estéril y portadora de mala suerte? —Nora aplaudió.

Hazel sintió las palabras de Nora como una bofetada en el rostro, las sombras de sus dudas resurgiendo. Pero Mia tenía razón, no podía seguir arrodillándose, no podía dejar que esa mujer la pisoteara.

—No volverás a hablarme así —gruñó Hazel, el poder primitivo en su voz haciendo que Nora diera un paso atrás—. Soy Hazel, la Luna legítima, y no suplicaré por lo que me pertenece.

El mundo pareció detenerse por un momento, el viento enmudeció, los pájaros guardaron silencio.

Nora soltó una carcajada fuerte, una risa cargada de burla.

—¿Crees que aún eres relevante aquí? Déjame aclarártelo… mi hermano se va a casar con la madre de sus hijos por nacer y también con su Luna —dijo Nora.

El mundo volvió de golpe a la realidad, la absurda declaración de Nora golpeando a Hazel como un impacto físico.

—¡Mientes! —gritó, con la voz rasgada—. ¡Layla ni siquiera puede estar embarazada, está mintiendo!

El rostro de Nora se deformó en una máscara cruel.

—No importa si es verdad o no. Lo que importa es que Ethan lo cree. Y muy pronto, toda la manada lo creerá.

—¿Qué está pasando aquí…?

Ethan se acercó a ellas, con Layla tomada de su brazo.

—¿Qué sigues haciendo aquí, estéril? —escupió Ethan.

Hazel sintió cómo su corazón se desplomaba, su mundo entero derrumbándose a su alrededor. La sonrisa burlona de Layla, el desprecio de Ethan… era demasiado. Pero no se rompería.

—Ethan, por favor —su voz tembló, sus ojos buscando en los de él alguna señal del amor que una vez compartieron—. Sé que no puedes creer esto. No después de todo lo que hemos pasado.

Pero Ethan solo endureció su expresión y apartó la mirada.

—Ya no eres mi compañera, Hazel.

—Cariño, me siento incómoda al verla otra vez —dijo Layla.

—Vete y no regreses jamás —ordenó Ethan.

Y con esas palabras, Ethan le dio la espalda a Hazel por última vez. El mundo pareció girar a su alrededor, los rostros de sus antiguos compañeros de manada apartándose, silenciosos y cómplices de su caída. Ni siquiera sus padres pudieron sostener su mirada.

—Por favor —susurró Hazel, con la garganta seca—. No hagas esto.

Pero la palabra del Alfa era ley, y Hazel sabía que tenía que irse. Con la cabeza en alto, se dio la vuelta y comenzó a caminar, con el cuerpo entumecido.

—Mi señora… ¿necesita algo? —preguntó Lia a Layla.

Hazel se giró a mirarlas.

—Solo quiero descansar por ahora… ¿puedo hacerlo? —respondió Layla.

—Por supuesto, mi señora —dijo Lia.

—Prepárale un baño caliente antes de que descanse —ordenó Nora.

—Sí, Lady Nora —Lia inclinó la cabeza y se apresuró a preparar el baño.

Mientras observaba, una ira ardiente reemplazó el entumecimiento en las venas de Hazel. ¿Cómo se atrevían a tratarla así? ¿Cómo se atrevían a dejar que Layla tomara su lugar? ¿Y qué pasaba con su hijo no nacido, el que compartía con Ethan? Tendría que irse sin siquiera poder explicarse ante su antiguo Alfa.

La injusticia la impulsó hacia adelante, sus pasos volviéndose más firmes, más decididos. No dejaría que la destruyeran. Lo juró. Se levantaría de esto.

Salió del castillo y se dirigió a la casa de sus padres. Aunque estaban enfadados con ella por algo que no era su culpa, seguían siendo sus padres.

El aire nocturno era frío, un alivio sobre su piel ardiente. Caminó en silencio, con pasos firmes, la mirada fija en las luces distantes de la casa de sus padres. Las estrellas brillaban arriba, frías e indiferentes, pero a Hazel no le importaba. Eran constantes, algo en lo que podía confiar, incluso cuando todo lo demás se había convertido en cenizas.

Al acercarse a la casa, sintió una punzada de incertidumbre. ¿La recibirían siquiera? Pero se armó de valor, reprimiendo sus dudas. Lo necesitaba.

Tocó la puerta y su madre abrió.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con enojo.

—Mamá… —sollozó Hazel.

—Vete antes de que mi esposo salga, y por favor no vuelvas… no nos sentimos cómodos con extraños —dijo su madre.

Hazel se quedó paralizada, su corazón hundiéndose como una piedra en lo profundo de su pecho. Esto no debía ser así. Se suponía que encontraría consuelo en ellos, en su amor. Pero en cambio, la trataban como a una extraña, una paria.

—Mamá —suplicó en un susurro—. Por favor, soy tu hija. No me des la espalda también.

El rostro de su madre se endureció.

—No eres mi hija… déjame dejarlo claro. Te hemos desheredado, así que vete y no vuelvas nunca —dijo.

Hazel sintió como si mil flechas atravesaran su corazón, cada palabra de su madre retorciéndose como un cuchillo. Su garganta se cerró, las lágrimas acumulándose en sus ojos.

—No merezco esto —logró decir con voz quebrada—. Nada de esto es mi culpa. No he hecho nada malo.

El rostro de su madre permaneció impasible.

—Tu vida ya no es asunto nuestro. Ahora vete.

—No —susurró Hazel, su negativa resonando en el aire nocturno—. He terminado de obedecer órdenes de cualquiera.

Su loba se agitó, la furia creciendo en su interior. Pero la contuvo, obligando a su cuerpo a volver a su forma humana. Sus ojos eran un torbellino, su voz un rugido de desafío.

—Puedes desheredarme, pero no puedes borrarme. Soy Hazel, Alfa de mi destino, y te arrepentirás de haberme dado la espalda.

Su madre resopló y cerró la puerta, dejándola completamente sola afuera.

La puerta se cerró de golpe, su eco resonando en los huesos de Hazel. Por un momento, se quedó allí, aturdida, mientras la realidad de su situación caía sobre ella.

Comenzó a llorar…

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