LOGINAlgo está muy mal.
Pensó Addison desde el momento en que la mujer de la Oficina de Ayuda Financiera evitó mirarla directamente a los ojos. Había llegado a la Universidad St. Helena con apenas tres horas de sueño, el cabello recogido de cualquier manera y la rodilla todavía resentida por el turno de la noche anterior. El dolor era constante, una presión sorda que le recordaba a cada paso la lesión de su rodilla.
Para empeorar las cosas, Dylan seguía sin contestarle, sin una llamada ni una explicación.
Addison se sentó frente al escritorio de la empleada y apretó las manos sobre el bolso. Sobre la mesa había una carpeta con su nombre completo impreso en una etiqueta blanca.
—Señorita Harper, su matrícula está temporalmente bloqueada.
—¿Bloqueada?
La mujer asintió y giró el monitor hacia ella.
—Tenemos que revisar su elegibilidad financiera antes de permitirle continuar con el próximo semestre. Su beca exige determinados criterios académicos y financieros.
—Mis notas están bien —dijo Addison de inmediato.
—No hablamos de sus notas.
Eso sí consiguió helarla.
En la pantalla aparecían dos tarjetas de crédito, un préstamo personal, una línea de financiamiento y una deuda cercana a los treinta mil dólares con una empresa cuyo nombre no le sonaba. Addison leyó su número de Seguro Social y volvió a mirar los montos, como si al hacerlo pudieran desaparecer.
—Eso no es mío —dijo ella con desconcierto.
—Las cuentas aparecen asociadas a su identificación, su dirección y su número de Seguro Social.
—Entonces alguien usó mis datos.
—Es posible.
Addison se inclinó hacia delante.
—No es posible, es lo que pasó.
La funcionaria suspiró.
—Mientras se investiga, el sistema la considera un riesgo financiero.
Riesgo financiero.
La frase le cayó como una bofetada. Después de años trabajando y estudiando, unas cifras podían convertirla en alguien “riesgosa”.
—¿Puedo perder la beca por deudas que ni siquiera pedí? —preguntó Addison con incredulidad.
—Debe demostrar que hubo fraude, así que le recomiendo que presente una denuncia y entregue documentación. El comité revisará su caso antes del corte final del semestre.
Eso eran pocas semanas.
Su teléfono vibró.
Maya: Aquí todo está rarísimo. Hay gente nueva caminando por el Imperial con carpetas negras y cara de funeral.
Addison apenas leyó el mensaje, su mente estaba centrada en la conversación que le acababa de apagar parte de sus ilusiones.
—¿Puedo tener una copia de todo esto? —preguntó ella y la empleada asintió.
Mientras la mujer imprimía, llegó otro mensaje de texto.
Maya: Dicen que un conglomerado enorme compró varios hoteles. Creo que el Imperial está metido en ese lío.
En cualquier otro momento Addison habría preguntado qué ocurría en su trabajo, pero aquella mañana el hotel apenas entraba en su lista de desgracias.
La impresora expulsó varias hojas, la mujer se las dio y Addison revisó fechas, montos y correos hasta que encontró algo que la dejó inmóvil.
d.mercer87...
Era una dirección vieja de correo electrónico del Dylan.
—¿Ese correo aparece vinculado a la solicitud? —preguntó ella con la voz ronca.
—Sí.
El corazón de Addison empezó a golpearle las costillas. Recordó que Dylan había fotografiado su identificación y su número de Seguro Social para “actualizar” el contrato del apartamento.
No puede ser, pensó ella con horror y la llamó de inmediato.
La llamada fue directo a buzón de voz.
Addison abrió la aplicación bancaria: veintitrés dólares con once centavos. Había transferencias, retiros y cargos que no reconocía. DM Services. KB Cash.
Fotografió todo y abrió el chat.
Addison: Estoy en la universidad. Hay préstamos a mi nombre y uno tiene tu correo de recuperación.
La respuesta de su novio llegó casi de inmediato.
Dylan: No hagas nada todavía.
No había dicho yo no fui ni preguntado de qué préstamo hablaba, solo quería que ella no hiciera nada.
Hijo de puta.
Addison: ¿Qué hiciste?
Dylan: Puedo arreglarlo.
El miedo desapareció y una rabia cegadora devoró a Addison.
Addison: ¿QUÉ HICISTE?
Dylan: No por mensaje.
Aquello bastó.
Addison se levantó tan rápido que la silla raspó el suelo.
—Voy a denunciarlo.
La mujer asintió y ella salió con los papeles apretados contra el pecho.
Maya volvió a escribirle.
Maya: Sacaron cajas de administración y hay rumores de despidos. Estoy cagada de miedo, amigo.
Después llegó una fotografía.
Sinclair Crown Hospitality — Reestructuración Operativa.
Addison apenas miró el apellido.
Cuanto más repasaba los últimos meses, más cosas encajaban: la electricidad que Dylan “olvidó” pagar, la contraseña del alquiler, su tarjeta usada “por error” y Karen entrando y saliendo del apartamento con los ojos vidriosos y ese olor químico que Addison ya reconocía.
Llamó a Maya enseguida.
—No voy al hotel todavía.
—¿Qué pasó?
—Creo que Dylan usó mi identidad para pedir préstamos.
—¿Qué?
—Tengo que hablar con él.
—Addison, no vayas sola.
—Solo quiero respuestas.
—Con esa voz no quieres respuestas, quieres cometer un delito.
Addison colgó antes de que Maya pudiera insistir y tomó el metro con prisa. Durante ese trayecto, escribieron Raven y Mark.
Raven: Me llamó la universidad. ¿Qué sucede?
Raven: ¿Pasa algo? Tengo una llamada de St. Helena.
Addison: Un problema administrativo.
Ella le contestó a los dos, pero solo Raven respondió.
Raven: Te crie. Sé cuándo mientes incluso por mensaje. Si necesitas ayuda, vienes aquí. No estás sola.
Addison cerró los ojos.
No estás sola.
Al llegar a su apartamento, vio el coche de Dylan estacionado afuera. Así que subió las escaleras con el corazón acelerado por la rabia. Metió la llave, pero la puerta estaba cerrada por dentro con el pasador.
—¡Dylan! —gritó con fuerza y golpeó de nuevo—. ¡Abre la maldita puerta!
Escuchó pasos apresurados, un golpe y algo que cayó. Luego oyó una voz femenina.
Karen.
Addison sintió cómo algo dentro de ella terminaba de romperse.
—¡DYLAN!
La puerta se abrió casi un minuto después. Dylan apareció con el cabello revuelto y los pantalones mal abrochados.
Addison miró por encima de su hombro.
Karen estaba en el sofá usando una camiseta de ella y nada más. Tenía el maquillaje corrido, las pupilas demasiado abiertas y una línea blanca mal limpiada sobre la mesa de centro, junto a un billete enrollado, una tarjeta bancaria y un pequeño envoltorio transparente.
—Addison... —empezó Dylan dijo él con mierdo.
Ella levantó una mano.
—No.
Karen soltó una risita ronca.
—Sabía que esto iba a ser divertido.
Addison la miró.
—Quítate mi camiseta —espetó ella.
Karen arqueó una ceja.
—¿Eso te preocupa ahora?
—Te dije que te la quites.
—¿Y si no quiero?
Addison avanzó.
—No me pruebes hoy —gruñó ella con ira.
Karen se puso de pie con una sonrisa torcida y un equilibrio dudoso.
—¿O qué?
La bofetada salió antes de que Addison pudiera pensarlo. Su mano golpeó la mejilla de Karen y el sonido seco llenó la sala. Karen chilló y se lanzó sobre ella.
—¡Maldita perra!
Dylan intentó separarlas, pero Karen alcanzó a devolverle la bofetada. Addison sintió el ardor sobre el rostro y respondió con un empujón.
—¡Las dos paren! —gritó Dylan.
Él agarró a Addison por los brazos.
—¡SUÉLTAME!
—¡Cálmate!
—¡NO ME DIGAS QUE ME CALME!
Karen aprovechó para empujarla con fuerza. Addison tropezó contra la mesa y todo el peso cayó sobre su rodilla operada. El dolor la atravesó como una descarga.
—¡Mierda!
Dylan intentó ayudarla, pero ella lo apartó.
—¡No me toques!
—¡Estás loca!
Addison giró lentamente.
—¿Yo estoy loca? —cuestionó ella, luego agarró los papeles de la universidad y se los lanzó al pecho—. ¡HAY DEUDAS A MI NOMBRE! ¡TU CORREO ESTÁ EN LOS DOCUMENTOS! ¡DESAPARECIERON MIS AHORROS Y ELLA ESTÁ CON COCAÍNA SOBRE MI MESA!
Karen levantó la barbilla.
—No sabes nada de mí.
—Sé que tienes droga en mi casa y llevas puestas mis botas.
—No metas mis cosas en esto.
—Tus cosas están literalmente sobre mi mesa —espetó Addison con ira.
Dylan se pasó una mano por el rostro.
—Baja la voz.
—¡NO ME DIGAS QUE BAJE LA VOZ!
Karen soltó una risa amarga.
—Necesitábamos dinero, ya está.
Dylan se giró hacia ella.
—¡Karen, cállate!
—¿Para qué? Ya lo sabe.
Addison sintió un frío desagradable.
—¿Qué hicieron?
Karen se encogió de hombros.
—Dylan debía dinero. Yo también. Tú tenías buen crédito.
Addison tardó unos segundos en responder.
—Entonces me robaron.
—Íbamos a devolverlo —dijo Dylan.
—¿Con qué? ¿Con mis ahorros? —Él bajó la mirada y ahí estaba la confirmación final—. Eres un hijo de puta.
—Cuidado.
—¿Cuidado con qué?
Dylan avanzó y trató de agarrarla otra vez del brazo. Addison retrocedió y su mano chocó contra la encimera. Sus dedos encontraron el cuchillo pequeño que usaban para cortar fruta y lo tomó.
—No vuelvas a tocarme.
Dylan se quedó inmóvil.
—Baja eso.
—Aléjate.
Karen soltó una carcajada alterada.
—Mírala. Ahora también amenaza con cuchillos.
Addison giró apenas hacia ella.
—Tú tampoco te acerques.
Karen dio un paso y casi perdió el equilibrio. Dylan la sostuvo. Addison miró el envoltorio, el billete enrollado y la mandíbula de Karen moviéndose sin parar.
—¿Cuánto de mi dinero se gastó en drogas?
Karen se tensó, pero Dylan respondió demasiado rápido.
—No todo fue por eso.
—No pregunté eso.
Silencio.
—¿Cuánto?
—No lo sé —admitió él.
A Addison le dieron náuseas.
—Fuera.
—Este también es mi apartamento.
—No pagas renta desde hace tres meses.
—No puedes echarme así.
Addison levantó el teléfono con la mano libre.
—Entonces llamo a la policía y les explicamos juntos cómo conseguiste mis documentos, cómo vaciaste mi cuenta y qué está haciendo tu hermanastra con cocaína sobre mi mesa.
Karen reaccionó de inmediato.
—¡No llames a la policía!
Se lanzó hacia ella, pero Dylan la sujetó por la cintura.
—¡Karen, basta!
Ella comenzó a gritar y patear.
—¡Todo esto es por tu culpa! ¡Él estaba bien antes de conocerte!
Addison soltó una risa amarga.
—Sí, se nota.
Dylan consiguió arrastrarla hacia la puerta.
—No sabes en qué te estás metiendo si denuncias esto —dijo entre dientes.
Addison lo miró fijo.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia. La gente a la que debemos ese dinero no juega.
Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no bajó el cuchillo.
—Fuera.
Karen agarró su bolso a trompicones.
—Eres una perra.
—Y tú te estás llevando mis botas.
Karen miró hacia abajo.
—¿En serio?
—Ahora.
Karen se las quitó y las lanzó contra la pared. Dylan recogió una bolsa con ropa y antes de salir volvió a mirar a Addison.
—No denuncies esto.
Ella abrió más la puerta.
—Vete al infierno.
Cerró, puso el pasador y empujó una silla contra el picaporte antes de dejar el cuchillo sobre la mesa.
Las manos empezaron a temblarle.
Su mejilla ardía, la rodilla pulsaba y el apartamento olía a sudor, alcohol y ese rastro químico que Karen había dejado atrás.
El teléfono vibró.
Maya: Confirmado. Sinclair Crown compró el Imperial. Mañana reunión obligatoria. El nuevo CEO viene en persona.
Otro mensaje apareció debajo.
Maya: Hades Sinclair. ¿No era así que se llamaba el tipo del bar?
Addison miró el nombre.
Hades Sinclair.
El hombre del whisky.
Durante un instante recordó aquellos ojos verdes y la forma en que la había sujetado de la muñeca. Pero enseguida volvió a escuchar la última frase de Dylan.
La gente a la que debemos ese dinero no juega.
Addison respiró con calma para llamar a la policía, comprendió algo peor que la infidelidad, peor que las drogas y peor que el dinero.
Dylan tenía miedo y acababa de dejarle ese miedo a ella.
Hades supo que había dicho exactamente lo incorrecto cuando Addison dejó de parpadear.No porque fuera mentira, ese era el problema, lo había dicho porque era verdad.Si alguna vez un médico le pedía decidir entre una instrucción escrita y verla morir, Hades no confiaba en sí mismo para escoger el papel. Había pasado demasiados años viendo cómo la gente desaparecía de su vida: sus padres, su hermana, Ares, Ada. El cáncer también había intentado llevárselo a él.No estaba preparado para añadir a Addison a esa lista.Aunque ella no fuera suya, especialmente porque no lo era.—Eso —dijo Addison con una calma peligrosa—, es exactamente lo que intento explicarte.Hades apartó la mano de la puerta.—No voy a pedir disculpas por querer mantenerte viva.—No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo que entiendas que salvarme no significa sustituir mi voluntad.—Si estás consciente, decides tú.—Siempre decido yo.—Si estás inconsciente, alguien tendrá que hacerlo.—Mi representante médico.—¿Q
El grito llegó desde el segundo piso.Addison corrió antes de pensar.Hades dijo su nombre detrás de ella, pero no se detuvo. Atravesó el vestíbulo de Santa Brígida con el corazón golpeándole las costillas y subió las escaleras casi de dos en dos, olvidándose de la rodilla hasta que una punzada de dolor la hizo trastabillar.Hades la sostuvo del brazo.—Despacio.—Suéltame.—Cuando deje de intentar romperse la otra pierna.No tuvo tiempo de discutir y otro llanto sonó al final del pasillo.Una de las cuidadoras abrazaba a Emma, la niña de siete años que dormía en la habitación más cercana al patio trasero. El cristal de una de las ventanas estaba roto.Addison sintió que el mundo se detenía.—¿Qué pasó?Emma la vio y se soltó de la cuidadora.—Addy.Addison se agachó pese al dolor y la niña se lanzó contra ella.—Estoy aquí. ¿Te lastimaste?Emma negó con fuerza.—Había un hombre.La sangre de Addison se heló y Hades se volvió hacia Dorian.—Cierra el edificio.—Ya está hecho.—Nadie s
Hades había aprendido hacía años que el miedo era más útil cuando se convertía en acción.Durante el cáncer, había contado ciclos de quimioterapia en vez de probabilidades. Después del accidente aéreo que mató a su familia, había leído informes hasta memorizar números de serie, horarios y nombres de tripulantes porque era más sencillo revisar datos que aceptar que toda su familia había desaparecido en unas pocas horas.Ahora tenía otra cosa que contar.Dos hombres detenidos, un vehículo identificado, tres equipos moviéndose hacia Santa Brígida y uno hacia el cuartel de Mark.Y veintisiete niños que no tenían absolutamente nada que ver con Addison Harper ni con las deudas que alguien había colocado sobre sus hombros.—Quiero cámaras en ambos accesos —ordenó mientras Dorian conducía—. Dos hombres dentro del perímetro y dos fuera. Nadie con uniforme de Sinclair.Addison giró hacia él desde el otro extremo del asiento trasero.—No puedes convertir un orfanato en una base militar.—Puedo e
Addison había llegado a una conclusión después de conocer a Hades Sinclair.El hombre tenía un talento especial para aparecer cuando ella menos quería verlo y, peor aún, para quedarse en su cabeza cuando por fin lograba perderlo de vista.Dos días después de la conversación en el restaurante, todavía recordaba demasiado bien la forma en que él la había sujetado por la cintura cuando casi se desmayó. También recordaba su sonrisa, esa que parecía ocurrir pocas veces y que, por alguna razón absurda, la había dejado más alterada que todas sus órdenes juntas.Por suerte, la realidad se encargaba de aplastar cualquier pensamiento inconveniente.Tenía clases, turnos en el restaurante, una cita pendiente con un obstetra que había elegido por su cuenta y ciento dieciocho mil dólares en deudas que seguían existiendo, aunque un multimillonario quisiera resolverlas con una transferencia.Su teléfono vibró cuando salió de la universidad.Raven: ¿Fuiste al médico?Addison: Tengo cita mañana.Raven:
Hades Sinclair había negociado adquisiciones por cientos de millones sin que le temblara un músculo.Había despedido juntas enteras, enfrentado demandas, pasado meses escuchando a médicos hablar de porcentajes de supervivencia y aprendido a vivir con la posibilidad de que su apellido terminara con él.Nada de eso lo preparó para ver a Addison Harper salir de una sala de reuniones llevándose con ella la posibilidad más concreta que había tenido de convertirse en padre.La puerta se cerró y Hades siguió mirando el lugar por donde ella había desaparecido hasta que Martin Cole, su abogado, carraspeó.—Necesitamos hablar.—No.—Hades.—He dicho que no.La doctora Ward seguía de pie al otro lado de la mesa, pálida. Uno de los abogados de Everwell hojeaba documentos con una velocidad que solo podía significar pánico.—Quiero saber exactamente cómo ocurrió —dijo Hades.Ward respiró hondo.—Hubo una cadena de errores de identificación. Se intercambiaron expedientes y una autorización no fue ve
No puede ser.La frase seguía golpeándole la cabeza a Addison mientras miraba a Hades Sinclair al otro lado de la sala.La doctora Ward acababa de decirlo con una tranquilidad que a ella le parecía casi obscena:—La muestra utilizada durante su procedimiento pertenecía a Hades.Él era el padre biológico del embarazo que Addison ni siquiera sabía que tenía hasta unas horas antes.Durante unos segundos nadie se movió.Maya seguía sentada a su lado, con los dedos aferrados a su antebrazo. Los dos abogados permanecían demasiado erguidos, como si respirar de forma incorrecta pudiera generar una demanda millonaria. Hades, en cambio, parecía haberse convertido en piedra.Solo sus ojos lo traicionaban, verdes y fijos en ella.—Diga algo —espetó Addison.La doctora Ward abrió la boca.—Señorita Harper...—No usted, él.Hades parpadeó por fin.—Estoy intentando entenderlo.—Pues avíseme cuando termine, porque yo llevo una mañana excelente.Maya le apretó el brazo.—Addison.—No, Maya. Fui a ven







