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Aguanta un poco más, solo un poco más.
Ese fue el mantra que Addison repitió por enésima vez ese día para no desfallecer.
Ya era medianoche y llevaba ocho horas de pie en un turno que parecía interminable, mientras su rodilla operada protestaba con fuerza y solo tenía tres dólares con cuarenta y siete centavos en propinas.
No era una buena noche para ella.
El trabajo en el hotel había sido rudo con los cambios nuevos, las peleas con su novio la tenían ansiosa, las deudas aumentaban y todo se acumulaba como una bola de nieve. Aun así, se mantuvo estoica mientras limpiaba las mesas de su sección y fingía que no le dolía cada vez que apoyaba demasiado peso sobre la pierna derecha.
Su teléfono vibró dentro del bolsillo del delantal.
Por un momento pensó que sería Dylan. Llevaba casi tres horas sin contestarle después de haberle prometido que pasaría por el Bar de Joe para recogerla, pero cuando miró la pantalla encontró un mensaje de la madre superiora Reven.
Raven: ¿Comiste algo hoy, niña? No me respondas “café”. El café no cuenta como comida. Y deja de trabajar como si tuvieras siete hijos que mantener.
Addison sonrió a pesar de todo.
Reven podía dirigir un orfanato entero con una sola mirada, pero seguía escribiéndole como si Addison tuviera doce años.
Addison: Estoy bien. Comí.
Raven: ¿Qué comiste?
Addison miró una papa frita abandonada en un plato y decidió no responder.
Otra vibración la hizo mirar de nuevo y esta vez sí era Dylan.
Dylan: Karen tuvo otra crisis. Voy a quedarme con ella, no me esperes.
Addison cerró los ojos.
Dylan llevaba semanas raro incluso cuando Karen no estaba cerca.
Había olvidado pagar la electricidad pese a que Addison le transfirió su mitad, luego cambió la contraseña de la cuenta del alquiler sin avisarle y dos noches antes tomó su tarjeta “por error” para comprar gasolina. Cuando ella reclamó, él la besó en la frente, le dijo que estaba demasiado tensa y prometió arreglarlo.
Addison había querido creerle, quería creerle todavía, pero cada pequeño detalle empezaba a rasparle por dentro como una alarma que se negaba a callarse.
Karen, siempre Karen.
Desde que la hermanastra de Dylan había reaparecido seis meses atrás, todo giraba alrededor de ella: dinero, crisis, desapariciones, noches sin dormir.
Y Dylan siempre corría detrás.
Addison había intentado ser comprensiva, hasta que Karen empezó a usar su ropa, vaciar la nevera y aparecer en el apartamento a cualquier hora. Dylan jamás le ponía límites.
Addison: No puedes seguir haciendo esto cada vez que ella llama.
Escribió ella y los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron.
Dylan: Es mi hermana, no empieces.
Addison apretó la mandíbula.
El vínculo fraternal no era el problema. Lo era que Dylan la tratara como una monstruo cada vez que Addison pedía límites.
Ella guardó el teléfono antes de iniciar otra pelea y entonces llegó un correo.
El remitente hizo que se le encogiera el estómago.
Oficina de Ayuda Financiera — Universidad St. Helena.
Addison abrió el mensaje con el pulgar temblándole.
Señorita Harper: necesitamos que se presente con carácter de urgencia mañana a primera hora. Se han detectado inconsistencias financieras asociadas a su historial crediticio que pueden afectar la continuidad de su beca y matrícula. Por favor, no ignore esta notificación.
Leyó el mensaje dos veces.
Luego una tercera.
—No —murmuró.
Su beca.
No podían tocar su beca.
Había perdido la beca deportiva después del accidente y conseguir aquella ayuda académica había sido una batalla de meses. Sin ella, la universidad se acababa.
Entonces recordó que Dylan le había pedido una fotografía de su identificación y su número de seguro social para “actualizar” el contrato del apartamento.
Ella había protestado y él la llamó paranoica, ahora ya no le parecía gracioso.
Marcó su número, pero Dylan rechazó la llamada.
Ella inmediatamente sintió un tirón desagradable en el estómago.
Addison: ¿Por qué rechazaste?
La respuesta tardó casi un minuto.
Dylan: Estoy con Karen, mañana hablamos.
Addison escribió antes de poder detenerse.
Addison: La universidad dice que hay problemas con mi historial crediticio. ¿Tú hiciste algo con los documentos que te envié?
Esta vez no aparecieron los tres puntos.
Nada.
—Addison.
Maya le dio un golpecito en el brazo y señaló la puerta.
—Esos hombres parecen haberse perdido —dijo con diversión, tomando las bandejas que Addison había apilado a un lado—. Tal vez puedas acercarte y obtener buenas propinas. Parecen de los que sí tienen dinero.
Addison alzó las cejas.
Maya solo sonrió y se llevó los platos.
—Te debo una.
—Veinte dólares y dos cafés —corrigió Maya.
Addison suspiró, se limpió las manos, tomó su libreta de comandas y caminó hacia la entrada. Cuando se acercó al grupo, entendió exactamente a qué se refería su amiga.
Eran cinco hombres con trajes a medida que desentonaban por completo entre las luces de neón, las mesas rayadas y el olor a papas fritas.
Parecían ajenos a todas las miradas, entonces el hombre más alto levantó el rostro hacia ella.
Addison se congeló.
Era alto, de cabello oscuro, hombros anchos y expresión tan seria que parecía venir de despedir a medio Manhattan. El traje negro se ajustaba demasiado bien a un cuerpo que no parecía hecho para un escritorio.
Pero fueron sus ojos los que terminaron de traicionarla: verdes e intensos, clavados directamente en ella.
Addison olvidó durante dos segundos lo que tenía que hacer.
Madre santísima.
El hombre bajó la mirada hacia su placa con el nombre y volvió a sus ojos con una lentitud que le calentó las orejas.
—¡Camarera! —gritó un hombre regordete desde la mesa seis.
Addison reaccionó.
El desconocido tomó asiento a dos mesas y ella respiró hondo antes de ir con el cliente que llevaba diez minutos quejándose porque su hamburguesa tenía “demasiada cebolla” después de haber pedido cebolla extra.
—Tengo diez putos minutos esperando que me cambien esta hamburguesa y me traigan más cerveza —dijo el hombre con violencia—. Pedí una hamburguesa con extra de cebolla, no esta porquería.
Addison contó hasta cinco.
—Voy a cambiarla.
—Quiero otra, una más grande y mejor.
—Enseguida.
—Y esta vez usa la cabeza.
Addison apretó los dientes.
No dijo nada, necesitaba ese trabajo. Mejor dicho, necesitaba todos sus trabajos, así que tomó el plato y, cuando iba a girar, el cliente le sujetó la muñeca.
—Todavía no terminé de hablarte.
Addison se quedó inmóvil y lo miró con incredulidad, luego una voz grave llegó desde detrás.
—Suéltela.
El desconocido de ojos verdes estaba de pie, justo detrás de ella. No había levantado la voz. No hacía falta.
El borracho soltó una carcajada.
—Métete en tus asuntos.
—Lo estoy haciendo.
Dos de los hombres que acompañaban al desconocido se levantaron.
El cliente soltó a Addison inmediatamente y, para suerte de ella, Joe apareció un segundo después y expulsó al borracho entre quejas absurdas sobre camareras incompetentes.
Addison se frotó la piel enrojecida y miró al extraño con una mezcla de enojo y frustración.
—Podía manejarlo.
Él bajó los ojos hacia su muñeca.
—Eso parecía.
La fascinación que había sentido al verlo por primera vez murió de forma rápida y estrepitosa.
—¿Siempre es así de encantador cuando ayuda a alguien?
—¿Siempre discute con la persona que acaba de evitar que la agredan?
—Yo no le pedí que me salvara.
Él dio un paso hacia ella.
—No. Evidentemente tiene problemas para pedir ayuda.
Addison abrió la boca, indignada.
Qué hombre tan insufrible. Y qué injusticia que de cerca sea todavía más guapo.
—Mire, señor...
—Hades.
Ella parpadeó.
—¿Hades?
—Sí.
Addison recorrió con la mirada el traje oscuro y la expresión sombría.
—Eso explica muchas cosas.
Algo parecido a diversión cruzó sus ojos.
Irritada, ella dio media vuelta antes de decir algo que Joe pudiera descontarle del sueldo. Para ella, las propinas de ese hombre podían irse al infierno.
Lo que no vio venir fue a Rolan, su compañero, que avanzaba justo detrás con una bandeja llena. Chocaron y bandeja se inclinó. Un vaso de whisky escocés salió disparado directamente sobre la camisa blanca de Hades.
El bar entero pareció guardar silencio.
M****a, esa camisa debe valer más que mi alquiler, pensó ella con horror.
—No puede ser —susurró Addison.
Hades miró lentamente la mancha que se extendía por su pecho y ella quiso desaparecer.
—Eso sí fue un accidente.
—Me tranquiliza saber que distingue entre ambos conceptos.
—No empiece.
Addison agarró una servilleta y, por puro reflejo, intentó secarlo. Hades atrapó su muñeca antes de que siquiera tocara su pecho y quedaron demasiado cerca.
Addison tragó saliva.
La mano de él rodeaba casi por completo su muñeca y el calor de su cuerpo cruzaba el pequeño espacio entre ambos. Olía a colonia limpia y whisky.
Ella alzó la vista y él ya la observaba.
No con enfado, con algo muchísimo peor: interés.
—¿Cómo se llama? —preguntó él.
—Addison.
—Addison —repitió, despacio, como si quisiera probar el nombre.
Ella retiró la mano antes de hacer alguna estupidez, como descubrir si aquella boca arrogante sabía besar tan bien como parecía.
Contrólate.
—Para cuando quiera mandar a lavar la camisa.
—No creo que vaya a olvidarlo.
—Perfecto. Así tampoco olvidará que no puede darme órdenes.
Hades tomó su chaqueta.
—Veremos.
La seguridad de su voz le provocó un calor absurdo a Addison.
—No habrá nada que ver.
Hades solo le dedicó una mirada lenta antes de marcharse.
Addison lo observó atravesar la puerta y sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con miedo.
—Dios mío —murmuró Maya a su espalda—. Creo que acabas de coquetear peleando.
—Cállate.
—Él quería comerte.
—Maya.
—Y tú estabas considerando dejarlo.
Addison se giró para responder, pero su teléfono vibró otra vez.
Dylan.
Por fin.
Abrió el mensaje.
Dylan: No vayas mañana a la universidad sin hablar conmigo primero. Yo puedo explicarlo.
Todo el calor que Hades había dejado en su cuerpo desapareció.
Addison leyó la frase dos veces.
Explicarlo.
No había preguntado qué ocurría ni qué decía el correo, smplemente había dicho que podía explicarlo.
Un frío lento le recorrió la espalda y marcó su número del inmediato.
Dylan volvió a rechazar la llamada y entonces llegó un segundo mensaje.
Dylan: Y no revises la cuenta conjunta esta noche. Hay movimientos que pueden confundirte.
Addison dejó de respirar.
—¿Qué pasa? —preguntó Maya.
Ella no respondió, rápidamente abrió la aplicación del banco y la cuenta tardó unos segundos en cargar. Cuando apareció el saldo, Addison sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
Casi todos sus ahorros habían desaparecido.
No.
Actualizó la pantalla y miró el mismo número.
Veintitrés dólares con once centavos.
Su corazón empezó a golpearle las costillas.
Addison levantó la mirada hacia la puerta por la que Hades acababa de marcharse, aunque ya no pensaba en él.
Por primera vez en un año, una idea desagradable tomó forma con absoluta claridad.
Dylan no estaba cuidando a Karen.
Dylan estaba escondiéndose de ella.
Hades supo que había dicho exactamente lo incorrecto cuando Addison dejó de parpadear.No porque fuera mentira, ese era el problema, lo había dicho porque era verdad.Si alguna vez un médico le pedía decidir entre una instrucción escrita y verla morir, Hades no confiaba en sí mismo para escoger el papel. Había pasado demasiados años viendo cómo la gente desaparecía de su vida: sus padres, su hermana, Ares, Ada. El cáncer también había intentado llevárselo a él.No estaba preparado para añadir a Addison a esa lista.Aunque ella no fuera suya, especialmente porque no lo era.—Eso —dijo Addison con una calma peligrosa—, es exactamente lo que intento explicarte.Hades apartó la mano de la puerta.—No voy a pedir disculpas por querer mantenerte viva.—No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo que entiendas que salvarme no significa sustituir mi voluntad.—Si estás consciente, decides tú.—Siempre decido yo.—Si estás inconsciente, alguien tendrá que hacerlo.—Mi representante médico.—¿Q
El grito llegó desde el segundo piso.Addison corrió antes de pensar.Hades dijo su nombre detrás de ella, pero no se detuvo. Atravesó el vestíbulo de Santa Brígida con el corazón golpeándole las costillas y subió las escaleras casi de dos en dos, olvidándose de la rodilla hasta que una punzada de dolor la hizo trastabillar.Hades la sostuvo del brazo.—Despacio.—Suéltame.—Cuando deje de intentar romperse la otra pierna.No tuvo tiempo de discutir y otro llanto sonó al final del pasillo.Una de las cuidadoras abrazaba a Emma, la niña de siete años que dormía en la habitación más cercana al patio trasero. El cristal de una de las ventanas estaba roto.Addison sintió que el mundo se detenía.—¿Qué pasó?Emma la vio y se soltó de la cuidadora.—Addy.Addison se agachó pese al dolor y la niña se lanzó contra ella.—Estoy aquí. ¿Te lastimaste?Emma negó con fuerza.—Había un hombre.La sangre de Addison se heló y Hades se volvió hacia Dorian.—Cierra el edificio.—Ya está hecho.—Nadie s
Hades había aprendido hacía años que el miedo era más útil cuando se convertía en acción.Durante el cáncer, había contado ciclos de quimioterapia en vez de probabilidades. Después del accidente aéreo que mató a su familia, había leído informes hasta memorizar números de serie, horarios y nombres de tripulantes porque era más sencillo revisar datos que aceptar que toda su familia había desaparecido en unas pocas horas.Ahora tenía otra cosa que contar.Dos hombres detenidos, un vehículo identificado, tres equipos moviéndose hacia Santa Brígida y uno hacia el cuartel de Mark.Y veintisiete niños que no tenían absolutamente nada que ver con Addison Harper ni con las deudas que alguien había colocado sobre sus hombros.—Quiero cámaras en ambos accesos —ordenó mientras Dorian conducía—. Dos hombres dentro del perímetro y dos fuera. Nadie con uniforme de Sinclair.Addison giró hacia él desde el otro extremo del asiento trasero.—No puedes convertir un orfanato en una base militar.—Puedo e
Addison había llegado a una conclusión después de conocer a Hades Sinclair.El hombre tenía un talento especial para aparecer cuando ella menos quería verlo y, peor aún, para quedarse en su cabeza cuando por fin lograba perderlo de vista.Dos días después de la conversación en el restaurante, todavía recordaba demasiado bien la forma en que él la había sujetado por la cintura cuando casi se desmayó. También recordaba su sonrisa, esa que parecía ocurrir pocas veces y que, por alguna razón absurda, la había dejado más alterada que todas sus órdenes juntas.Por suerte, la realidad se encargaba de aplastar cualquier pensamiento inconveniente.Tenía clases, turnos en el restaurante, una cita pendiente con un obstetra que había elegido por su cuenta y ciento dieciocho mil dólares en deudas que seguían existiendo, aunque un multimillonario quisiera resolverlas con una transferencia.Su teléfono vibró cuando salió de la universidad.Raven: ¿Fuiste al médico?Addison: Tengo cita mañana.Raven:
Hades Sinclair había negociado adquisiciones por cientos de millones sin que le temblara un músculo.Había despedido juntas enteras, enfrentado demandas, pasado meses escuchando a médicos hablar de porcentajes de supervivencia y aprendido a vivir con la posibilidad de que su apellido terminara con él.Nada de eso lo preparó para ver a Addison Harper salir de una sala de reuniones llevándose con ella la posibilidad más concreta que había tenido de convertirse en padre.La puerta se cerró y Hades siguió mirando el lugar por donde ella había desaparecido hasta que Martin Cole, su abogado, carraspeó.—Necesitamos hablar.—No.—Hades.—He dicho que no.La doctora Ward seguía de pie al otro lado de la mesa, pálida. Uno de los abogados de Everwell hojeaba documentos con una velocidad que solo podía significar pánico.—Quiero saber exactamente cómo ocurrió —dijo Hades.Ward respiró hondo.—Hubo una cadena de errores de identificación. Se intercambiaron expedientes y una autorización no fue ve
No puede ser.La frase seguía golpeándole la cabeza a Addison mientras miraba a Hades Sinclair al otro lado de la sala.La doctora Ward acababa de decirlo con una tranquilidad que a ella le parecía casi obscena:—La muestra utilizada durante su procedimiento pertenecía a Hades.Él era el padre biológico del embarazo que Addison ni siquiera sabía que tenía hasta unas horas antes.Durante unos segundos nadie se movió.Maya seguía sentada a su lado, con los dedos aferrados a su antebrazo. Los dos abogados permanecían demasiado erguidos, como si respirar de forma incorrecta pudiera generar una demanda millonaria. Hades, en cambio, parecía haberse convertido en piedra.Solo sus ojos lo traicionaban, verdes y fijos en ella.—Diga algo —espetó Addison.La doctora Ward abrió la boca.—Señorita Harper...—No usted, él.Hades parpadeó por fin.—Estoy intentando entenderlo.—Pues avíseme cuando termine, porque yo llevo una mañana excelente.Maya le apretó el brazo.—Addison.—No, Maya. Fui a ven







