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Kaen rugió con furia cuando vio a los enemigos rodeando a su manada.Sus ojos brillaban con un rojo intenso, y el aire se llenó del olor a hierro y sangre. A su alrededor, los suyos luchaban con fiereza, pero era evidente que los Iktar habían planeado ese ataque con precisión.Isabella, acorralada entre los restos de la batalla, apenas podía respirar.Su cuerpo temblaba.Veía a Kaen pelear como una bestia invencible, y aun así, el miedo le oprimía el pecho.Los gruñidos se mezclaban con gritos de agonía, el suelo cubierto de sangre y tierra.Kaen, transformado en su forma de lobo, era un torbellino de fuerza y furia. Se lanzó sobre el gran Alfa enemigo, un monstruo de pelaje negro como la noche.Los dos se enfrentaron con brutalidad: dientes, garras, y rugidos que estremecían la tierra. Isabella cerró los ojos, rezando en silencio a la Diosa Luna.Un último golpe, un rugido desgarrador, y el cuerpo del Alfa Iktar cayó sin vida. El silencio se extendió entre los sobrevivientes.Los lobo
Isabella corrió sin pensar en otra cosa que no fuera sus cachorros.La transformación en loba fue un acto de urgencia y de pura necesidad: sus patas golpearon la tierra, su respiración se volvió vapor en la noche y su mente se llenó de una única imagen que la quemaba por dentro —los ojos pequeños de sus crías, frágiles, asustados—. Nada importaba más que alcanzarlos, tocarlos, asegurar que estuvieran vivos.Entró en la zona donde la batalla aún resonaba; el olor a sangre y a temor flotaba en el aire como una niebla pesada.Sus músculos se tensaron, sus colmillos se mostraron, y atacó con una ferocidad que no reconocía en sí misma cuando era humana.Acabó con el primero, luego con otro; su furia era una marea que barría todo a su paso. Cada golpe era un rugido que venía desde lo más profundo de su garganta. Fue hermosa y terrible, una Luna que defendía su manada con la fuerza de la antigua ley.Pero la escena cambió en un instante.La cantidad de enemigos —lobos salvajes, ojos encendido
El viento helado del amanecer se filtraba por los ventanales del gran salón, levantando las cortinas como si fueran alas de humo.Isabella permanecía de pie frente a Kaen, la mirada firme, los labios temblando entre la ira y la tristeza. En su interior, su loba rugía con fuerza, deseando correr hacia él… pero el orgullo era más fuerte que el instinto.—No puedo echarte del palacio, ni de la manada, Kaen —dijo con voz quebrada, aunque trató de sonar firme—. Puedes quedarte, puedes ser el Alfa si eso es lo que deseas. Supongo que no querrás irte…Kaen bajó la mirada, mudo. Los músculos de su mandíbula se tensaron, como si luchara por contener el dolor que lo atravesaba.—Mi loba —continuó Isabella, apretando los puños—, mi loba no puede rechazarte. No puede hacerlo, aunque lo intente. Pero yo… yo no puedo estar junto a ti. Quédate o vete, pero no vuelvas a provocarme, Kaen. Me hiciste tanto daño que ya no puedo creer en ti.Las palabras, aunque dichas con serenidad, eran cuchillas.El e
Los ojos de Isabella eran feroces, destilando una rabia que ardía como el fuego en su interior.—¡Kaen! ¿Cómo te atreves? —su voz resonó en la penumbra de la ceremonia, donde las sombras danzaban al ritmo de la celebración de su manada.Él la miró con una intensidad que desafiaba su furia.—Me atrevo porque así será —respondió con firmeza, su voz profunda y cargada de determinación.La ceremonia llegó a su fin, y mientras los demás lobos continuaban festejando, Isabella se alejó, sintiendo cómo el dolor y la rabia se entrelazaban en su corazón.No podía comprender cómo Kaen había tenido el valor de presentarse allí, de desafiarla en un momento tan crucial. Su loba estaba agitada, inquieta, como si presintiera la tormenta que se avecinaba.Al entrar a la mansión, Isabella se dirigió rápidamente a ver a sus cachorros.Al verlos dormir con ternura y paz, sintió un dolor punzante en su corazón. Era un recordatorio de lo que estaba en juego, de lo que podría perder.—No sé si soy valiente c
La noche había caído sobre el bosque como un manto denso y plateado.El aire olía a tierra húmeda, a luna llena y a presagio. Desde la cima del risco, podía verse el resplandor de las antorchas que iluminaban el círculo sagrado.Era la noche que todos temían.Isabella, vestida con un manto blanco, aguardaba en el centro del claro.Sus manos temblaban apenas, pero su postura era erguida, digna de una Luna.El viento jugaba con los mechones sueltos de su cabello oscuro, y la luz plateada de la diosa caía sobre su piel como si quisiera bendecirla o advertirle.El consejo de ancianos estaba reunido. Los lobos más viejos, los guardianes del equilibrio, observaban con miradas graves. Ninguno aprobaba del todo la ceremonia. Rechazar a un mate era desafiar las leyes del vínculo sagrado.Romper el lazo era romper algo más profundo que el amor: era quebrar un pacto con la Diosa Luna.Sin embargo, Isabella había decidido hacerlo. Había llorado, había suplicado al destino por otra salida, pero no
El aire de la montaña olía a lluvia y tierra húmeda cuando Isabella regresó a su territorio.Las nubes grises se abrían paso entre los pinos como fantasmas antiguos, y el sonido de los pasos de su escolta resonaba como un trueno contenido.Hiran, el general de su ejército, marchaba a su lado. Era un guerrero imponente, con cicatrices en los brazos y una mirada fría que no perdía detalle.Él y sus hombres rodeaban a Isabella con una mezcla de respeto y cautela.Temían que aquella visita fuese una trampa, una maniobra del Alfa Kaen para volver a tenerla bajo su dominio.Pero Isabella no temía. Su loba interior rugía con fuerza, feliz de volver al hogar que una vez fue suyo, al territorio donde había nacido la hija del Alfa y donde había aprendido a ser fuerte. Cuando la vieron llegar, los miembros de la manada comenzaron a reunirse.Machos y hembras salieron de sus casas, de las tiendas, del bosque. Sus ojos brillaban con reverencia.Algunos aullaron, otros aplaudieron, y cuando Isabel







