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Capítulo 4

Autor: Salsa Picante
En la sala, sobre el sofá de tela que Valeria había elegido con tanto cuidado, había ropa interior masculina usada tirada por todas partes.

El piso estaba lleno de envases vacíos de comida a domicilio.

Uno de los cuadros que ella misma había pintado tenía manchas de grasa.

Las estampillas que llevaba años coleccionando habían desaparecido del álbum.

Incluso faltaba la foto que tenía con sus padres sobre la mesa junto al sofá.

En su lugar había un cenicero repleto de colillas.

La expresión de Valeria se endureció. Siguió avanzando por el departamento, cada vez más furiosa.

La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta.

La empujó.

Desde el baño llegaba el sonido del agua y, poco después, el tarareo de una mujer.

Entonces se abrió la puerta.

Una mujer de poco más de cincuenta años salió del baño. Al ver a Valeria, se quedó paralizada un instante y luego soltó un grito.

—¿Quién eres? ¿Cómo entraste aquí?

Valeria conocía aquel rostro. Jamás podría olvidarlo.

Era la madre de Camila.

Si años atrás ella y Camila no hubieran mentido en su declaración, su padre nunca habría terminado condenado a muerte.

Valeria empezó a temblar de rabia.

—¿Qué haces aquí? ¡Esta es mi casa! ¡Fuera!

Patricia se quedó pensando unos segundos en lo que Valeria acababa de decir y pareció entender quién era.

—Ah, ya sé quién eres. Tú eres la exnovia de mi yerno, ¿verdad? Él nos dejó vivir aquí. Tú no tienes ningún derecho a echarme.

—¿Sebastián les dejó vivir en este departamento?

Un escalofrío recorrió a Valeria.

¿De verdad Sebastián había metido a sus enemigos en su propia casa?

Solo pensarlo le resultaba humillante.

—Sí. Camila quería que su papá y yo viviéramos cerca de ella y, como además le encantaba la vista desde aquí, Sebas nos dejó el departamento.

Patricia la miró de arriba abajo.

—Sebas adora a Camila. Y mira, muchachita, no quiero meterme donde no me llaman, pero si él te dejó hace tantos años, ¿cómo todavía tienes cara de venir a buscarlo?

La cabeza de Valeria empezó a zumbar.

Otra vez... siempre era lo mismo.

Todo lo que Camila quería, Sebastián terminaba quitándoselo a ella para dárselo.

Pero Valeria ya no era la mujer que cedía cada vez que él se lo exigía.

Sin decir una palabra más, agarró a Patricia del brazo y empezó a arrastrarla hacia la puerta.

—¿No entiendes lo que te estoy diciendo? ¡Te dije que salgas de aquí ahora mismo!

—¡Esta casa es mía! ¡Ni Sebastián tiene derecho a meter aquí a una familia de desgraciados como ustedes!

—¡Suéltala! ¿Quién eres tú? ¿Por qué estás golpeando a mi esposa?

En medio del forcejeo, un hombre que apestaba a alcohol apareció corriendo desde la zona de los ascensores.

En cuanto Valeria le vio la cara, se le heló la sangre.

Jamás olvidaría aquel rostro.

Ricardo... el asesino que había incriminado a su padre.

—¡Ricardo, ayúdame! ¡Es la exnovia de Sebas! ¡Quiere echarnos! —gritó Patricia, señalando a Valeria.

Ricardo entrecerró los ojos y la observó unos segundos hasta reconocerla.

Su expresión cambió.

—¿Pero quién tenemos aquí? ¿No es la mocosa de los Reyes? ¿Así que tú eres la ex de Sebastián?

Soltó una risa burlona.

—¿Qué pasa? ¿Después de tantos años todavía quieres limpiar el nombre de tu papá? ¿Me seguiste hasta aquí?

Luego sonrió con desprecio.

—Qué lástima. Tu padre ya está muerto. Por mucho que hagas, la sentencia no va a cambiar.

—¡Cállate!

Aquel rostro había aparecido incontables veces en las pesadillas de Valeria.

Todavía recordaba cómo Ricardo había mentido sin pestañear durante el juicio, cómo había tergiversado los hechos con una seguridad insultante y cómo, después de librarse de toda responsabilidad, todavía había tenido el descaro de presumirlo.

Esos recuerdos la habían perseguido durante años.

Ricardo se tensó al ver el odio en sus ojos.

—¿Por qué me miras así?

—Así se mira a alguien a quien quieres matar.

Valeria dejó de contenerse.

Agarró el jarrón de cerámica más cercano y se lo lanzó.

Por desgracia, no acertó. El jarrón se hizo añicos contra el suelo, junto a los pies de Patricia.

Entonces Valeria empezó a destrozar todo lo que no era suyo.

Lo que podía lanzar, lo lanzaba. Lo que podía cortar, lo cortaba. Lo que podía romper, lo hacía pedazos.

No dejó nada intacto.

Ricardo y Patricia intentaron detenerla, pero no pudieron.

—¡Estás loca! ¡Con razón Sebastián te dejó!

—¡Dios mío, esa pulsera es de marca! ¡No la rompas!

—¡Ese aparato para la cara costó una fortuna! ¡No lo tires!

Cuando Valeria terminó de arrancar de la pared todas las fotos de Camila y estaba a punto de prenderles fuego, Patricia se abalanzó sobre ella.

—¡Loca! ¡No toques las fotos de mi hija!

Valeria agarró una percha de metal y se volvió para golpearla con ella.

—¡No me toques! ¡Vuelve a hacerlo y te reviento!

—¡Ay!

Patricia gritó de dolor y, llorando, sacó el celular para llamar a Sebastián.

—Sebas, ven rápido. Tu exnovia se volvió loca. Entró a nuestra casa y quiere matarnos.

Sebastián y Camila llegaron más rápido de lo esperado.

Valeria ni siquiera había terminado de sacar toda aquella "basura" cuando los vio aparecer en la puerta.

Sebastián había salido con tanta prisa que ni siquiera llevaba abrigo.

Su mirada recorrió el desastre de la sala hasta detenerse en Valeria, que seguía de pie en medio de todo.

—Valeria, ¿qué estás haciendo?

Camila entró justo detrás de él.

En cuanto vio a sus padres, su expresión cambió.

—¡Papá! ¡Mamá! ¿Están bien? ¿Les hizo algo?

Revisó con cuidado el brazo de Patricia y luego levantó la vista hacia Valeria.

—Valeria, si tienes algo contra mí, desquítate conmigo. Mis padres ya son mayores. No puedes tratarlos así —dijo con la voz temblorosa.

—¿Crees que me voy a olvidar de ti? Cuando termine con ellos, sigues tú.

Valeria volvió la mirada hacia Sebastián.

—Cuando me obligaste a irme, dejaste muy claro que me habías regalado este departamento. ¿Y ahora dejas que toda esta basura venga a vivir aquí?

—¡Valeria, cuida lo que dices! —gritó Camila—. ¿Quién te dio derecho a insultar así a mis padres?

Valeria soltó una risa burlona.

—¿Estoy mintiendo? Una mujer que se metió en el matrimonio de otra y un asesino que incriminó a mi padre. ¿Cómo quieres que los llame?

—¡Valeria!

La mandíbula de Sebastián se tensó.

Dio un paso hacia ella y la tensión en la sala aumentó de golpe.

—Mide tus palabras. No seas tan vulgar.

—Los buenos modales son para la gente que los merece. Con ellos, ya estoy siendo bastante educada.

Sebastián la miró con frialdad.

—Yo les permití vivir aquí. Si estás enojada, desquítate conmigo. No metas a los padres de Camila en esto.

Extendió la mano hacia ella.

—Ahora vienes conmigo.

Intentó agarrarla del brazo, pero Valeria se apartó con evidente repugnancia.

—Yo no me voy. Los que se van son ellos.

Lo miró fijamente.

—Sebastián, ¿tengo que recordarte qué nombre aparece en las escrituras?

Hizo una breve pausa.

—El mío. Valeria Reyes.

Su voz se volvió más fría.

—Este departamento está legalmente a mi nombre. Ni siquiera tú puedes echarme de aquí. En cambio, a ellos sí puedo denunciarlos por ocupar una propiedad privada sin mi permiso.

Sebastián suspiró.

Había algo en su mirada que Valeria no lograba descifrar.

—Valeria, ¿ya olvidaste quién pagó este departamento? Si pude regalártelo, también puedo recuperarlo.

La miró con calma.

—Ya estoy siendo bastante considerado contigo.

Valeria lo miró, incrédula. Jamás imaginó que algún día Sebastián llegaría a decir algo tan descarado.

—Entonces, ¿vas a demandarme para recuperar el departamento?

—Yo no dije eso. Pero si sigues armando un escándalo, podría hacerlo.

—Bien. Perfecto.

La última vez que Valeria y Camila se habían disputado algo había sido cuatro años atrás.

Sebastián había comprado un diamante para ella. Quería mandarlo engastar en su anillo de bodas.

Pero bastó con que Camila dijera:

—Qué envidia me da Valeria. Desde que mi familia quebró, tuve que vender todas mis joyas.

Y Sebastián obligó a Valeria a darle el anillo.

Habían pasado tres años desde entonces.

Esta vez, no iba a ceder.

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