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BUENA CHICA PARA PAPÁ(3)

Author: Only_Shila
last update publish date: 2026-06-09 19:13:33

Punto de vista de Elena:

La caja rosa pesaba bastante. La llevaba por el pasillo. En dirección a su habitación. Tal como él me lo había ordenado. Porque ÉL me lo había dicho. Y yo lo hacía. Como una buena chica. Como una idiota.

Me temblaban los brazos. No por el peso, sino porque podía oírlo detrás de mí. Sus pies descalzos sobre la madera del suelo, siguiéndome. Observándome.

No me giré. No hacía falta. Sentía sus ojos clavados en mi espalda. En mi trasero. En cómo mis pantalones cortos se me subían al caminar.

—Más rápido, Elena.

Su voz era baja. Casi fría. Como si aquello no le afectara en absoluto. Como si no fuera él quien me había mandado traer la caja de mi ex a su habitación.

—Voy lo más rápido que puedo.

—Vas despacio porque estás pensando en lo que hay dentro.

Me detuve en seco. El corazón me dio un vuelco.

—¡NO es verdad!

—Mentirosa.

Me di la vuelta. Fue un error. Un error enorme. Porque él estaba justo ahí, delante de mí, con el torso desnudo. El pantalón de chándal gris le colgaba muy abajo de las caderas. Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él una y otra vez. Su piel brillaba, como si acabara de salir de la ducha.

Y no sonreía. Tenía la mandíbula tensa. La mirada dura. Me miraba como si yo fuera un problema que todavía no había logrado resolver.

Mis ojos bajaron solos. No pude evitarlo. Siempre bajaban.

Se posaron en su pecho ancho y duro. Una línea de vello oscuro bajaba por su abdomen, desapareciendo justo por encima de la cintura del pantalón.

Me mordí el labio, y él lo vio. Apretó la mandíbula con más fuerza todavía.

—No hagas eso —me espetó.

—¿Hacer qué?

—No te muerdas el labio. No me mires así. No te quedes ahí parada con esa caja como si me estuvieras ofreciendo algo.

—No te estoy ofreciendo nada. Tú me mandaste traerla.

—Y lo estás haciendo fatal.

Dio un paso hacia mí.

—Dame la caja.

Se la entregué. Nuestros dedos se tocaron, rozándose a través del cartón. Él envolvió mi mano con la suya. Y no me soltó.

—Suéltame.

—A ver si eres capaz de hacérmelo soltar.

Nos quedamos allí parados, en medio del pasillo. La puerta del dormitorio de mamá estaba abierta. Podía salir en cualquier momento. En cualquier momento.

Y él seguía sujetando mi mano. Con el pecho desnudo. Mirándome como si tuviera ganas de estrujarme entre sus brazos. O de besarme. O las dos cosas a la vez.

—Padrastro… —susurré—. La puerta de mamá está abierta.

—Lo sé.

—Entonces suéltame.

Se inclinó hacia mí. Demasiado cerca. Su aliento me rozó la cara, y olía a algo que hizo que me flaquearan las rodillas.

—Di «por favor».

—Vete al diablo.

Sus ojos brillaron con peligro. Y entonces me soltó, de golpe y con fuerza.

Di un paso atrás, tambaleándome. La caja se movió entre sus brazos. Y fue entonces cuando ocurrió. El cierre se rompió. La caja rosa se abrió de par en par. Todo su contenido cayó al suelo y se desparramó.

Toda mi ropa, fotografías, joyas… todo estaba allí. Y también estaba eso. El consolador.

Era rosa, grueso, con relieves marcados. Rodó despacio por el suelo del pasillo, como si supiera adónde iba.

Se detuvo justo entre sus pies descalzos. Los dos miramos hacia abajo.

Se hizo un silencio. De esos que queman. Y esta vez, quien se quemó fui yo.

Maldita sea.

Él no se movió. Ni siquiera parpadeó. Se quedó mirando el objeto. Luego me miró a mí. Pero esta vez… vi la sorpresa en su mirada, un destello rápido que ocultó al instante.

No tenía ni idea de lo que había en la caja. Creía que solo eran ropa. Fotos. Quizás joyas.

No se imaginaba que fuera esto.

—¿Qué M****A es esto? —Su voz era cortante, cargada de ira. Pero sus ojos… sus ojos seguían fijos en el juguete. Seguían mirándolo.

—No es lo que crees.

—Es un consolador, Elena. ¿Qué otra cosa voy a creer?

—Era de mi ex. Estaba ahí dentro. Yo no sabía…

—¡CÁLLATE!

Me callé al instante.

Se agachó despacio, lo recogió y le dio la vuelta en la mano. Tenía la mandíbula tan tensa que se le veía el músculo de la mejilla moverse.

—¿Estaba esto dentro de tu caja?

—¡SÍ!

—¿Has traído esto caminando por MI casa?

—Tú me mandaste traer la caja.

—Te mandé traer una caja. No un maldito juguete sexual.

Lo levantó un poco. El plástico rosa brillaba contra su pecho desnudo. Luego su mirada se oscureció. Y apartó la vista de golpe, muy rápido.

—Devuélvemelo.

—No.

—Rick, devuélvemelo.

—He dicho que NO.

Dio un paso hacia mí. Uno solo. Todavía tenía el objeto en la mano. El pecho le subía y bajaba agitado. Sus ojos tenían una expresión salvaje.

—¿Tu madre sabe de esto?

—¡NO!

—¿Sabe que usabas ESTO?

—¡YA TE HE DICHO QUE NO!

—Entonces, ¿por qué estás temblando?

—No estoy temblando.

—Sí que lo estás. —Sus ojos bajaron hasta mis manos. Temblaban sin control—. ¿Y por qué estás mojada?

Se me cortó la respiración.

—No estoy…

—No me mientas. —Su voz se volvió grave y peligrosa—. Lo veo, Elena. Se nota perfectamente a través de esos pantalones.

Miré hacia abajo. Tenía razón. Estaba empapada. Toda la tela húmeda y pegada a mí. Se veía claramente. Quería que me tragara la tierra. Desaparecer de allí mismo.

Él vio mi cara. Y algo dentro de él se rompió.

—Estás aquí parada. En mi pasillo. Cargando el consolador de tu ex. Mojada. Temblando. Mirándome como si quisieras que yo te… —Se detuvo y respiró hondo, con dificultad—. Aléjate de mí.

—Lo estoy intentando.

—No lo estás intentando. Te quedas ahí parada, con las piernas abiertas y la boca entreabierta, y no estás intentando nada.

—Te odio.

—Mejor. Ódiame. Es más fácil que admitir lo que realmente sientes.

Se dio la vuelta y se pasó la mano por el pelo, alterado. Su pecho desnudo subía y bajaba con fuerza. Todavía tenía el juguete en la mano. Lo miró, luego me miró a mí, y volvió a mirarlo a él.

—Esto es asqueroso —dijo con desdén.

—Pues tíralo.

—Debería hacerlo.

Pero no lo hizo. Lo dejó en el suelo, justo en medio de los dos. Como una línea divisoria. Como una prueba.

—¿Quieres esto? —preguntó con tono burlón—. ¿O prefieres otra cosa?

—No quiero nada tuyo.

—Mentirosa.

Se acercó más. Su pecho desnudo estaba a apenas unos centímetros del mío.

—Quieres mis dedos. Admítelo.

—No.

—Dilo.

—¡Que NO!

—Di: «Quiero tus dedos, papá».

Esa palabra me golpeó como una bofetada.

—No te llamo así.

—¿Por qué no?

—Porque eres mi PADRASTRO.

Me agarró de la barbilla. Con fuerza. Y me obligó a levantar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Dilo otra vez.

—Padrastro.

Apretó más fuerte. Sus ojos brillaban con intensidad.

—Te has equivocado. Inténtalo de nuevo.

—Suéltame.

—DILO.

—P-Papá…

La palabra se me escapó, rota y patética. Él retiró la mano de golpe, como si yo le hubiera quemado la piel. Dio un paso atrás y me miró como si yo fuera lo peor que le había pasado en la vida. Como si él fuera quien estuviera sufriendo.

—Otra vez —ordenó con voz áspera, destrozada.

—¿Qué?

—Responde a la pregunta. El consolador o mis dedos. Elige uno.

—Yo… yo…

—¡ELIGE!

Tenía los ojos cerrados. Su pecho desnudo estaba a milímetros del mío. Notaba los latidos de su corazón justo debajo de mi barbilla, donde me había sujetado. Y sus dedos todavía dejaban una sensación caliente y áspera en mi mandíbula.

¡Basta. BASTA, ELENA!

Es mi padrastro. Es el marido de mi madre. Tiene 40 años y yo tengo 21, y esto está mal. Es enfermizo. Es de esas cosas por las que te meten en la cárcel.

¿Entonces por qué estoy mojada?

¿Por qué estoy aquí parada, en medio del pasillo, con los pantalones empapados, pensando en su polla?

No en el juguete. En su polla. La de verdad. Esa que vi cuando se agachó: gruesa, dura, tensando la tela del pantalón gris.

Mi ex tenía 24 años. Duraba dos minutos, y yo fingía que disfrutaba cada vez.

Rick ni siquiera me ha tocado de verdad. No donde importa. Y ya estoy…

¿Ya estoy qué?

Ya estoy imaginándomelo inclinándome sobre el suelo de este pasillo. Aquí mismo. Donde mamá puede salir en cualquier momento.

Su pecho desnudo aplastado contra mi espalda. Pesado y caliente. Su mano alrededor de mi garganta, apretando. No lo suficiente para hacerme daño. Lo justo para recordarme quién manda.

—Silencio, Elena. Tu madre está ahí al lado.

Y yo me quedaría callada. Me mordería el labio hasta hacerme sangre. Porque la idea de que ella entre… de que nos vea…

Dios. Me hace estar todavía más mojada.

Eso no es normal. No está bien. Lo sé. Lo sé perfectamente. Pero a mi cuerpo le da igual. Mi cuerpo me traiciona. Porque ahora estoy pensando en sus dedos.

Esos dedos que ya estuvieron dentro de mí. Curvándose. Golpeando ese punto exacto. Haciéndome temblar. ¿Cómo se sentirá su polla? ¿Será más grande que el juguete? Por supuesto que sí. Y estará caliente.

¿Será brusco? ¿Me empujará con fuerza? ¿Me agarrará del pelo y me echará la cabeza hacia atrás y…?

¡DEJA DE PENSARLO.

Soy su hijastra. Le he dicho «papá». Lo he dicho en voz alta. Delante de él.

¿Y lo peor? Que no me ha parecido mal. Ha sonado como lo más verdadero que he dicho en mi vida. Y ahora no puedo parar. No puedo dejar de imaginarlo dentro de mí. Llenándome. Estirándome. Haciéndome gritar su nombre.

No Rick. Papá. Gritaría «papá». Se lo pediría a «papá». Le diría: «Por favor, papá, no pares», mientras mi madre duerme a tres metros de distancia.

Soy una asquerosa. Estoy tan mojada que da asco. Estoy parada en un pasillo con el consolador de mi ex en el suelo y solo pienso en la polla de mi padrastro y en…

Me voy a ir al infierno.

—LOS DOS.

Casi lo susurré.

Se hizo un silencio absoluto.

Él bajó la mano de mi barbilla. Como si yo le hubiera dado una bofetada.

—Respuesta equivocada —dijo con voz ronca y dura.

—¿P-Por qué?

—Porque no puedes tener las dos cosas.

Recogió el juguete del suelo y lo levantó de nuevo.

—Solo puedes elegir una. Y ahora mismo… —Me lo apretó contra el vientre— …te quedas con esto. Porque está claro que no eres de fiar con lo de verdad.

—No es justo.

—¿Justo? —Soltó una risa oscura—. ¿Estás aquí parada en mi pasillo, llamándome papá, empapada de deseo, y me hablas de justicia?

—No quería llamarte así.

—Sí que querías. Y ese es el problema.

Dio un paso atrás y me miró fijamente. Como si quisiera grabar mi imagen en su memoria.

—Hoy no, Elena.

Me mordí los labios con fuerza, luchando por no llorar. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Él se dio la vuelta y caminó hacia su habitación. Luego se detuvo.

—¿Elena?

—¿Qué?

—Ponte algo más largo la próxima vez. Se te ve todo. —Su voz era fría como el hielo—. Y deja de llamarme padrastro. Ya sabes cómo tienes que llamarme.

Desapareció dentro de su cuarto y cerró la puerta de golpe. Yo me quedé allí parada, temblando y odiándome a mí misma. Las cajas y las cosas seguían esparcidas por el suelo.

Y entonces…

—¡ELENA!

Mamá me llamó de repente.

El corazón se me paró en seco.

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