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CAPÍTULO 8

Autor: Ría Luxuria
last update Fecha de publicación: 2022-01-20 08:53:34

El único sonido que ambientaba el comedor era la voz de Noah, el niño hablaba sin parar sobre lo que hizo durante su día. No era como que el aire del lugar estuviese tenso, Laura parecía relajada y sonreía, dejando caer uno que otro comentario esporádico. David centraba toda la atención en su hijo, admirado de la capacidad que tenía para saltar de un tema a otro en cuestión de segundos.

―Ahora que ya terminaste de comer ―dijo Laura con voz suave―, puedes ver un rato la televisión, luego te duchas y a dormir, ¿de acuerdo?

Noah se calló al momento en que su madre habló, fue una reacción inmediata, se limitó a asentir y se retiró sin decir nada más.

Verlo marcharse de ese modo hizo que David se sintiera contrariado, no comprendía el comportamiento de Noah ni el cambio tan radical; durante esos días lo había notado, cómo actuaba cuando su madre no estaba con ellos, estando solos, el niño parecía alegre, feliz, energético tal cual alguien de su edad, pero la presencia de Laura hacía que este se reprimiera ante el menor gesto de la pelirroja.

―Estuve pensando en lo que hablamos ―comentó ella, abandonando los cubiertos sobre la mesa, el plato estaba a medio terminar, como si no tuviese estómago para comer mucho más―, si nos vamos de vacaciones dentro de un mes, estaremos al inicio del verano y pensé que es mejor tomarnos más tiempo ―sugirió con algo de timidez―. La verdad es que, desde el nacimiento de Noah, no hemos tenido una verdadera vacación familiar, y pensé que podríamos disfrutar un mes entero viajando, no solo ir a la playa, podríamos pasar una semana en una isla, otra en Europa, apuesto a que Noah disfrutaría mucho yendo a un parque de diversiones temático…

David la miró mientras hablaba, haciendo un notable esfuerzo por mantener una expresión plana.

―Sí, suena bien ―respondió sin emoción―. Lo que sea por Noah.

―¡Excelente! ―exclamó la pelirroja con alegría. Retomó los cubiertos para continuar cenando.

Los siguientes diez minutos transcurrieron en silencio, la servidumbre recogió la vajilla sucia y depositó frente a él un vaso de whisky. Laura se levantó, excusándose con ir a tomar un baño, pero él la detuvo justo antes de que abandonara el comedor.

―Laura, ¿sucedió algo en la oficina que deba saber?

Ella se giró a mirarlo, escondió las manos detrás de su espalda y apretó los puños; era extraño ver esa versión de David. En esos años de matrimonio, él había cambiado, convirtiéndose en un hombre más controlado, frío y distante, nada similar a la persona que ella conoció de joven, cuando andaba con Ángela Lee.

Incluso la manera en que trataba a Noah, antes de que su condición sucediera, él siempre fue un padre poco afectivo, o era mejor decir que fue poco efusivo. La manera en que se manejaba a sí mismo con el niño era menos cálida, aunque siempre mostró interés en él; por eso Laura se sentía tranquila, sabía que David haría cualquier cosa por su hijo, hasta quedarse con ella, atrapado en un matrimonio asfixiante.

Eso le daba esperanza, había tenido paciencia para tenerlo, ella podía esperar a que sus defensas bajaran de nuevo y conquistarlo.

Pero allí estaba un hombre que era esas dos personalidades al mismo tiempo; el cálido y cariñoso hombre, que trataba al pequeño chico con amor: acariciaba su cabeza cada vez que tenía ocasión, le dedicaba más atención que antes, no solo atento a sus historias, sino que compartía las actividades que le divertían. Sin embargo, en contra parte, se mostraba frío, calculador, justo el David que había vivido todo ese tiempo con ella, el cual la llenaba de dudas y miedo cuando la miraba de ese modo.

―No, nada en particular ―respondió con calma, mientras su interior se revolvía―. Ha habido demasiados rumores y habladurías en la empresa, los empleados se han vuelto más osados, propagando chismes sin pensar en las consecuencias, así que hoy fueron despedidas varias personas.

―Seguiste los procedimientos adecuados, ¿verdad? ―inquirió él, mirándola con intensidad―. Quiero decir, esto no va a pasar a convertirse en otra habladuría más, ¿correcto? Los empleados no van a empezar a comentar que la CEO de relaciones públicas manejó todo esto en un arrebato emocional y que actúa dentro de la empresa como la niña mimada de papá que hace un berrinche cuando no consigue lo que quiere…

»Al fin y al cabo… ellos no estaban mintiendo.

Laura apretó las mandíbulas, sabía que si se alteraba y terminaba explotando, ella sería la culpable de todo. No obstante, era difícil contenerse; desde hacía dos años toda la dinámica entre ambos había cambiado, David no respondía a sus avances, ya ni siquiera la miraba, y eso la fue orillando a la ansiedad y el miedo.

Miedo a perderlo, cuando apenas había conseguido estar con él.

Miedo a no tener más oportunidades para lograr que la amara.

Miedo a que la abandonara, porque a pesar de todo lo que pudiese hacer, ella solo amaba a David.

―No pasará ―le aseguró, aunque su voz no lo demostraba―. Fueron despedidas unas doce personas, aproximadamente. Tal vez no podemos controlar lo que dicen fuera del trabajo, pero dentro de este, deben ser respetuosos, si no se da el ejemplo, todos esos chismes pueden llegar a oídos de nuestros clientes, incluso de nuestra competencia, y entonces podrían usarlo para desestabilizar la opinión pública y afectar nuestros negocios…

»Fue una decisión pensada, no un arranque de malcriadez.

»Además, ellos no mentían, pero tampoco decían la verdad, porque no saben qué está pasando en realidad.

David asintió, ella se dio media vuelta y abandonó el lugar.

Él miró el vaso sobre la mesa, el hielo empezaba a desvanecerse dentro del trago. Tomó su bebida y se alejó en dirección a su estudio, el único lugar de la casa que ―en apariencia― no era controlado por Laura.

Se entretuvo mirando las fotos colgadas en las paredes a medida que degustaba el primer trago que tomaba tras su amnesia. El lugar parecía más una galería que su oficina; todas las imágenes contenían una carga emocional muy fuerte, algunas eran tristes, otras invitaban a una profunda contemplación; pocas eran a color, el resto contenían un intenso tono sepia o gris.

Había una en particular que siempre que la miraba le dejaba sin aliento, supuso que se debía a lo que representaba para sí mismo de manera personalísima.

«Debí admirar mucho al fotógrafo antes de perder la memoria» pensó, contemplando los cuadros en las paredes. «B.A.L., quien quiera que seas, ¿cómo puedes hacerme sentir de este modo?... tan… arrepentido…»

La foto que más le gustaba, que más lo atormentaba, era la de unos columpios, uno de ellos estaba suelto de un lado, mientras el otro permanecía en su sitio, solo que cubierto de una enredadera que parecía que lo estrangulaba. Sobre el asiento del que aún continuaba colgado, estaba una mariposa, y al fondo del paisaje, se veía la silueta desenfocada de una persona que se alejaba.

Un sonido en la puerta lo sacó de su contemplación, la misma se abrió segundos después y la cabeza de Noah apareció.

―¿Puedes contarme un cuento antes de dormir? ―pidió con un ruego.

―Por supuesto, hijo ―respondió de manera automática. Noah sonrió tan ampliamente que David casi quiso llorar. Se levantó de su silla, no sintió el paso de las horas mientras miraba las fotos, cargó al niño sin esfuerzo y caminó directo a la habitación.

Al chiquillo le tomó solo media hora caer dormido, el cuento de Pulgarcito quedó a poco más de la mitad, así que él lo dejó en la mesilla para continuarlo la noche siguiente, acomodó las sábanas sobre el cuerpecito de Noah y acarició sus cabellos con cuidad antes de apagar la luz.

Suspiró, estaba cansado de todo eso.

Desde que había perdido la memoria parecía que toda su energía se había desvanecido también; como si su cuerpo no pudiera soportar más la carga que arrastraba.

El reloj marcaba más de las nueve y media de la noche, ya la servidumbre empezaba a retirarse a descansar, dentro de poco no quedaría nadie que fisgoneara mientras él estaba en su estudio.

«Las pruebas están en el cajón oculto en el escritorio» recordó lo que dijo Stella, «la llave es tu llavero.»

Si todo lo que su secretaria había dicho era verdad, si Laura había hecho todo lo que le dijeron esa tarde, entonces no se contendría.

―Ella boicoteó cada uno de tus intentos de ascender dentro de la empresa desde el primer momento ―dijo su secretaria―. Hace dos años, durante la celebración de tu puesto actual, tras el retiro del señor Becker, el CEO de recursos humanos se emborrachó y cuando fue a felicitarte, te dijo que menos mal habías decidido casarte con Laura, porque si no, nadie sabría en que posición estarías en ese momento.

»Ella estuvo controlando cada aspecto de tu vida laboral, todos los proyectos que te rechazaron, las incontables horas extras, incluso los reconocimientos… David, ella manejó todo de tal forma que tú no avanzaras de acuerdo a lo que merecías, pero tampoco evitaba que te sintieras desanimado como para renunciar.

»Los proyectos donde estuvieron juntos, los viajes, las comidas, el que ascendieran a tus compañeros a mejores puestos que tú, mientras te quedabas en posiciones menos ventajosas.

»Y la única finalidad era que tú y Ángela se separaran, porque ya no pasaban tiempo juntos, debido a sus carreras.

Miró el escritorio, en un compartimiento oculto se encontraban las pruebas que confirmarían todo lo dicho por su secretaria. Jugueteó con sus llaves, mirando la placa metálica que hacía de llavero; para él era solo una pieza demasiado bonita para tener algunas llaves juntas, de hecho, el bajo relieve que lo decoraba se veía demasiado artístico; sin embargo, Stella le comentó que en la parte frontal del escritorio se escondía un cajón al cual se podía acceder por medio de esa placa.

Solo tenía que insertarla en una de las ranuras que se distribuían por todo el borde del mismo, unas que él creyó, solo eran mera decoración para un mueble demasiado elegante y extravagante.

Deslizó la yema del dedo por la orilla, y nada más por simple intuición, introdujo la placa en la tercera ranura de la esquina derecha.

El escritorio ni siquiera vibró, un cajón se deslizó de manera silenciosa, era amplio pero poco profundo, y en este descansaban una serie de libretas, memorias, discos y documentos.

Sonrió al ver la fotografía que descubrió al abrir un sobre de manila blanco que llamó su atención, soltó una carcajada de alivio y satisfacción, no importaba si había perdido la memoria.

―Muchas gracias por ser tan meticuloso, David del pasado ―dijo, devolviendo todo a su lugar.

Recogió el vaso con lo que quedaba de su bebida, el sabor original había desaparecido, pero incluso así, el agua le supo a gloria.

«Acabaré con este matrimonio infernal» pensó, contemplando el horizonte oscuro de la ciudad.

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Comentarios (1)
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Brunilda Maria Manco Villero
ya está descubriendo las cosas de la arpía Laura
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Último capítulo

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    ―Mamá va a matarte ―dijo Noah con voz preocupada, mirando de medio lado a su padre. En el suelo, David se encontraba sentado con sus dos hijas, jugando. Se suponía que él había subido para ayudar a las niñas a terminar de arreglarse, Ángela sabía que las niñas necesitaban supervisión y tiempo para poder vestirse, por eso le pidió a David que las ayudara… dos horas antes. En ese momento, no solo las niñas no estaban listas, sino que la ropa que llevaban eran disfraces de princesas, el cabello de ambas tenía moñitos por todos lados y en ese instante maquillaban a David. Rodeados de muñecas y peluches. ―Aún tenemos tiempo ―le respondió su padre, restándole importancia―. Terminamos aquí y nos arreglamos para salir. ―¡Es verdad, hermano! ―dijo la más pequeña, tenía seis años y unos adorables ojos ámbar, iguales a los de Noah. Su color era tan puro que contrastaban con el cabello castaño oscuro―. Además, papá está quedando muy lindo, no podemos parar ―explicó, mientras su hermana mayor

  • NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE   CAPÍTULO 117

    El verano se acabó, las lluvias se espaciaron y aunque el clima comenzó a enfriarse, las hojas de los árboles se tiñeron de vivos rojos vinos.David tardó tres semanas en recuperarse por completo, durante esos días encontró un nuevo lugar donde vivir, esta vez una villa a las afueras de la ciudad, en una zona rodeada de altos árboles y algunas lomas. El sitio cumplía con todas sus demandas: seguro, tranquilo y para el gusto de Noah, su propiedad tenía un estanque artificial.Al momento de la mudanza ya habían adoptado dos perros, un labrador y un pastor alemán, con el que el niño se encariñó de inmediato. La casa requería que hubiese más personal, así que pronto contaba con un grupo de personas viviendo con ellos.Ángela los visita seguido, Noah desarrolló un fuerte apego por la morena, que jamás demostró molestia por eso. Ella le enseñaba a tomar fotografías, corrían juntos con los perros y construían cosas en medio de la sala.Robin regresó al país junto con Jade y Oscar, aunque los

  • NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE   CAPÍTULO 116

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  • NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE   CAPÍTULO 115

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  • NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE   CAPÍTULO 114

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  • NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE   CAPÍTULO 113

    David recibió un mensaje directo a su móvil con una fecha y hora, supuso que provenía de Laura, quien le estaba indicando el momento en que se verían.Antoni dudó en decirle sobre la llamada, porque sabía que él contactaría a la policía para arrestar a la pelirroja; no obstante, accedió a hacerlo, tras pensar que la forma en que su hermana se estaba comportando solo la conduciría a un final nefasto.Se dirigió al café una vez que confirmó con la policía que estarían allí, planeaban atraparla a como diera lugar. Entró al local, pidió una mesa y esperó.Por dos horas estuvo a la expectativa.Cuando estuvo seguro que Laura no iba a presentarse, salió del local y se subió a su auto. Mientras conducía rumbo a la empresa de Alex, conversó con el detective.―Es posible que se haya dado cuenta de que estábamos allí ―explicó el oficial, su voz llenó todo el habitáculo del auto, porque se encontraba en alta voz―. Si los Stracci la están ayudando, significa que debe tener a alguno de sus hombres

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