ANMELDEN
Era el inicio de un nuevo ciclo lectivo en la escuela. Sin embargo, siempre me había disgustado ir a la escuela desde que era pequeña. Bueno, no es que me molestaran o me hicieran *bullying*. Era solo porque odiaba no poder mostrar mi verdadero yo. En especial el hecho de que siempre aparento ser una chica tímida, cuando no lo soy. No es que yo haya elegido ser así por voluntad propia. Mi mamá me recuerda constantemente que ser una persona reservada evita que los problemas busquen tu puerta. Sin embargo, eso nunca me funcionó; al contrario, todo empeoró. De repente, una pelota me golpeó la cabeza.
—¡Ay! —Un grito de dolor se me escapó de los labios mientras me sobaba el golpe. Levanté la cabeza y miré en la dirección de donde había venido el pelotazo. A lo lejos, había un grupo de chicos jugando en la cancha de fútbol. Al ver que la pelota le había pegado a una estudiante, uno de los chicos se acercó. Sin embargo, en lugar de disculparse, me regañó duramente: —Oye, deberías fijarte por dónde caminas. ¿Qué no tienes ojos o qué? —Se inclinó y recogió la pelota que me acababa de golpear. —Qué descaro. El que debería fijarse a dónde apunta eres tú —murmuré entre dientes. —¿Qué dijiste? —Sabiendo que había mascullado algo, el chico me miró con dureza. —Nada —sacudí la cabeza a toda prisa y dije—: Me fijaré mejor por dónde voy la próxima vez. —Tras decir eso, me fui de ahí a paso apresurado. Siempre he sido una chica valiente y encantadora. Sin embargo, esa es solo mi fantasía interna. A veces, la realidad te da un bofetón en la cara. —Belia —Ivy salió de la nada y me tomó de la mano—. Viniste hoy a la escuela. Pensé que no vendrías. De todas las personas cercanas a mí, solo Ivy, mi mejor amiga, es quien mejor me entiende. —Pues aquí estoy. Suéltame la mano, ¿por qué te sudan tanto las palmas? —dije con un gesto de desagrado mientras me zafaba de su agarre y sacaba un pañuelo de mi bolsillo para limpiarme la mugre de la palma. A Ivy no le importaron mis palabras y me miró con preocupación: —Ajá, ¿qué le pasa a nuestra querida Belia? ¿Estás de mal humor? ¿Qué es esa marca roja que tienes en la frente? ¿Te golpeaste con algo? —Extendió la mano para tocarme la frente, pero de un manotazo la aparté. —No es nada, estoy bien. —Llegamos al pasillo de nuestro salón e entramos a la clase. —Qué bueno estar ya en nuestro último año —dijo Ivy sonriendo mientras se sentaba detrás de su pupitre—. Todos ya están hablando de la universidad. ¿A qué escuela piensas ir tú, Belia? —se giró a mirarme para preguntar. —A cultivar el campo —respondí con indiferencia mientras sacaba los libros de mi mochila. —¿A cultivar? —Ivy se quedó atónita al principio por mi respuesta antes de soltar una carcajada—. Ya, déjate de bromas, eres buenísima para hacer chistes. Dime, ¿a dónde vas a ir en realidad? —¿Acaso tengo que contarte absolutamente todo sobre mi vida? —Me imagino que andas de mal humor hoy. —Ivy se dio cuenta de mi actitud y dejó de hacerme preguntas. El profesor no tardó en entrar al salón y los alumnos que estaban de pie se apresuraron a regresar a sus asientos. Sin embargo, la mirada de la profesora no se posó en los estudiantes que corrían, sino en las grandes letras escritas en el pizarrón que decían: *«VÁYASE AL DIABLO, SEÑORA GIVANNI. LE HUELE MAL EL ALIENTO»*. En cuanto vi esas palabras, supe que alguno de los chicos tuvo que haberlo escrito, ya que les encanta hacer ese tipo de bromas. Sin embargo, a la Sra. Givanni, nuestra profesora del día, no le hizo ninguna gracia al ver las oraciones escritas en el pizarrón. Se giró hacia los alumnos sentados frente a ella, con el rostro echando chispas de ira mientras preguntaba: —¿Quién escribió estas palabras en el pizarrón? —Para su desgracia, su pregunta solo obtuvo por respuesta un silencio sepulcral—. Lo preguntaré una vez más: ¿quién escribió esto en el pizarrón? —Al ver que ninguno de los estudiantes levantaba la mano para hablar, la Sra. Givanni azotó las manos contra el escritorio—. ¡Vaya! Qué cooperación tan perfecta. Pero ¿saben qué? Todos van a reprobar esta materia. —¿Qué? ¡De ninguna manera! —Expresiones de descontento salieron de la boca de todos. —Entonces lo único que tienen que hacer es señalar al culpable. Estoy segura de que uno de ustedes lo hizo. —Miró fijamente a cada alumno a los ojos. Cómo se atrevían a decir que le olía mal el aliento. No iba a perdonar al culpable sin importar qué—. Entonces, ¿quién fue? El salón entero se quedó en completo silencio hasta que una voz gritó: —¡Fue Belia!Era el inicio de un nuevo ciclo lectivo en la escuela. Sin embargo, siempre me había disgustado ir a la escuela desde que era pequeña. Bueno, no es que me molestaran o me hicieran *bullying*. Era solo porque odiaba no poder mostrar mi verdadero yo. En especial el hecho de que siempre aparento ser una chica tímida, cuando no lo soy. No es que yo haya elegido ser así por voluntad propia. Mi mamá me recuerda constantemente que ser una persona reservada evita que los problemas busquen tu puerta. Sin embargo, eso nunca me funcionó; al contrario, todo empeoró. De repente, una pelota me golpeó la cabeza.
—¡Ay! —Un grito de dolor se me escapó de los labios mientras me sobaba el golpe. Levanté la cabeza y miré en la dirección de donde había venido el pelotazo. A lo lejos, había un grupo de chicos jugando en la cancha de fútbol.
Al ver que la pelota le había pegado a una estudiante, uno de los chicos se acercó. Sin embargo, en lugar de disculparse, me regañó duramente:
—Oye, deberías fijarte por dónde caminas. ¿Qué no tienes ojos o qué? —Se inclinó y recogió la pelota que me acababa de golpear.
—Qué descaro. El que debería fijarse a dónde apunta eres tú —murmuré entre dientes.
—¿Qué dijiste? —Sabiendo que había mascullado algo, el chico me miró con dureza.
—Nada —sacudí la cabeza a toda prisa y dije—: Me fijaré mejor por dónde voy la próxima vez. —Tras decir eso, me fui de ahí a paso apresurado.
Siempre he sido una chica valiente y encantadora. Sin embargo, esa es solo mi fantasía interna. A veces, la realidad te da un bofetón en la cara.
—Belia —Ivy salió de la nada y me tomó de la mano—. Viniste hoy a la escuela. Pensé que no vendrías.
De todas las personas cercanas a mí, solo Ivy, mi mejor amiga, es quien mejor me entiende.
—Pues aquí estoy. Suéltame la mano, ¿por qué te sudan tanto las palmas? —dije con un gesto de desagrado mientras me zafaba de su agarre y sacaba un pañuelo de mi bolsillo para limpiarme la mugre de la palma.
A Ivy no le importaron mis palabras y me miró con preocupación:
—Ajá, ¿qué le pasa a nuestra querida Belia? ¿Estás de mal humor? ¿Qué es esa marca roja que tienes en la frente? ¿Te golpeaste con algo? —Extendió la mano para tocarme la frente, pero de un manotazo la aparté.
—No es nada, estoy bien. —Llegamos al pasillo de nuestro salón e entramos a la clase.
—Qué bueno estar ya en nuestro último año —dijo Ivy sonriendo mientras se sentaba detrás de su pupitre—. Todos ya están hablando de la universidad. ¿A qué escuela piensas ir tú, Belia? —se giró a mirarme para preguntar.
—A cultivar el campo —respondí con indiferencia mientras sacaba los libros de mi mochila.
—¿A cultivar? —Ivy se quedó atónita al principio por mi respuesta antes de soltar una carcajada—. Ya, déjate de bromas, eres buenísima para hacer chistes. Dime, ¿a dónde vas a ir en realidad?
—¿Acaso tengo que contarte absolutamente todo sobre mi vida?
—Me imagino que andas de mal humor hoy. —Ivy se dio cuenta de mi actitud y dejó de hacerme preguntas.
El profesor no tardó en entrar al salón y los alumnos que estaban de pie se apresuraron a regresar a sus asientos. Sin embargo, la mirada de la profesora no se posó en los estudiantes que corrían, sino en las grandes letras escritas en el pizarrón que decían: *«VÁYASE AL DIABLO, SEÑORA GIVANNI. LE HUELE MAL EL ALIENTO»*.
En cuanto vi esas palabras, supe que alguno de los chicos tuvo que haberlo escrito, ya que les encanta hacer ese tipo de bromas. Sin embargo, a la Sra. Givanni, nuestra profesora del día, no le hizo ninguna gracia al ver las oraciones escritas en el pizarrón.
Se giró hacia los alumnos sentados frente a ella, con el rostro echando chispas de ira mientras preguntaba:
—¿Quién escribió estas palabras en el pizarrón? —Para su desgracia, su pregunta solo obtuvo por respuesta un silencio sepulcral—. Lo preguntaré una vez más: ¿quién escribió esto en el pizarrón? —Al ver que ninguno de los estudiantes levantaba la mano para hablar, la Sra. Givanni azotó las manos contra el escritorio—. ¡Vaya! Qué cooperación tan perfecta. Pero ¿saben qué? Todos van a reprobar esta materia.
—¿Qué? ¡De ninguna manera! —Expresiones de descontento salieron de la boca de todos.
—Entonces lo único que tienen que hacer es señalar al culpable. Estoy segura de que uno de ustedes lo hizo. —Miró fijamente a cada alumno a los ojos. Cómo se atrevían a decir que le olía mal el aliento. No iba a perdonar al culpable sin importar qué—. Entonces, ¿quién fue?
El salón entero se quedó en completo silencio hasta que una voz gritó:
—¡Fue Belia!
—¡Guau! —exclamó Janice sorprendida en el momento en que vimos lo que había ante nosotras, al igual que las demás jovencitas que no conocían mucho del mundo.Frente a nosotras se extendía un manto gigante de hermosas flores y altas montañas flotantes. Incluso el aire que se respiraba borraba todo el cansancio del cuerpo. Las ampollas de mis pies comenzaron a sanar a simple vista, dejando ver una piel totalmente nueva.—El reino inmortal es tan mágico... —Nadie supo quién lo dijo, pero todas estuvieron de acuerdo con esa voz. De verdad era mágico, como un paraíso en la tierra. Encajaba perfecto con mi imaginación sobre el mundo inmortal.—Es un espectáculo hermoso. —Miré a mi alrededor con admiración. Casi al instante, una luz deslumbrante me cubrió los ojos, cegándome.—¡Cierren los ojos, tod
El camino hacia la puerta inmortal estaba lleno de obstáculos. Dado que el rey nos había prohibido viajar en carruaje para mostrar respeto a los inmortales, no nos quedaba más remedio que avanzar a pie hacia nuestro destino. A estas alturas, mis dedos tenían ampollas rojas debido a los continuos golpes contra las piedras ásperas del camino.Ambas piernas me temblaban y sentía que colapsarían en cualquier momento. Giré la cabeza hacia un lado para mirar el lujoso carruaje custodiado por un séquito de soldados. Maldito rey doble cara. Cuando habló de mostrar respeto a los inmortales, jamás tuvo la intención de incluir a su hija.Al ver que casi todas a mi alrededor apretaban los dientes mientras persistían en caminar, en contraste con la princesa, que iba cómodamente sentada dentro del carruaje con sirvientas a los lados atendiendo sus órdenes, me mordí los cac
—Jajaja —solté una risa burlona al ver sus acciones tan vergonzosas. Fue realmente satisfactorio ver cómo le daban una bofetada con guante blanco.El rostro de la chica noble se puso aún más rojo al escuchar la risa de Zanillia a sus espaldas. Se mordió los labios, deseando salir corriendo a darle una lección, pero al recordar su vergüenza de hace un momento, no le quedó más remedio que tragarse su rabia.Dado que la acusación ya se había aclarado, me acerqué a la chica hermosa y le di las gracias:—Muchas gracias. Si no hubieras servido de testigo a mi favor, no habría sabido cómo librarme de su malvada jugada.—No hay problema. —La boca de la chica se curvó en una sonrisa al escuchar mis palabras de agradecimiento—. A mí también me da gusto ayudar.—Gracias de nuevo. Mi nombre es Be... quiero decir, Zanillia —me corregí de inmediato, evitando que se me escapara mi verdadero nombre.—Xinger —se presentó ella también.—¿Singer? Es un nombre muy bonito —le dije ofreciéndole una sonrisa
Unos minutos más tarde, el carruaje en movimiento se detuvo de golpe.Al darme cuenta de esto, me giré para preguntarle a la sirvienta que custodiaba la puerta:—¿Ya llegamos?—Sí, mi señora. —Las sirvientas descorrieron la cortina de la puerta y me tendieron la mano para ayudarme a bajar del carruaje.En cuanto puse un pie abajo, mi mirada se desvió hacia el descomunal portón que tenía enfrente.—¿Dónde estamos? —le pregunté a la sirvienta. Este no puede ser el mundo de los siete reinos del que me habló mi padre, ¿o sí? Aunque el portón se ve imponente, se queda un poco corto para ser un palacio inmortal.—Estamos en el palacio, señorita. Todas las candidatas que están en la lista deben reunirse en el palacio antes de partir hacia los siete reinos —explicó la sirvienta.—Ah, con que así está la cosa. Bueno, adiós. Gracias por la información. —Como la sirvienta había sido muy atenta conmigo durante el viaje, me despedí de ella como un pequeño gesto de buena voluntad antes de dirigiénd
Las sirvientas me rodearon y empezaron a ponerme todo tipo de accesorios en el cabello, haciendo que el peso sobre mi cuello fuera cada vez más pesado. Sumado a la gran carga sobre mi cabeza, llevaba puestas varias capas de ropa enrolladas al cuerpo. Mi respiración se volvió agitada, ya que me costaba trabajo respirar enfundada en telas tan gruesas. Maldita sea. El rostro se me desencajó mientras soltaba una queja.—¿No puedo cambiarme por algo más ligero? Casi no puedo ni respirar con este vestido. —Me limpié con la manga el sudor que empezaba a acumulárseme en la frente.—El ministro nos ordenó arreglarla con este atuendo y no nos atrevemos a desobedecer su orden, mi señora —explicó amablemente una de las sirvientas.—Lo entiendo, pero ¿acaso no ven que apenas estoy sobreviviendo vestida con esto? ¡Consíganme algo más ligero! —les grité en tono de orden. ¿Qué importa si estaban siguiendo las órdenes de alguien más? No quiero ser la primera persona que muere sofocada por un vestido.
Todavía me dolía la cola por la tremenda paliza que me habían dado. Al principio creí que estaba en el país de los sueños, pero ¿cómo es posible sentir dolor cuando estás soñando? A lo mejor esto no es un sueño después de todo. ¿Acaso me morí cuando me golpeó esa cosa desconocida? Si es así, entonces este lugar debería ser el más allá, ¿no?—¡Ay! —chillé con amargura mientras me sobaba las nalgas doloridas—. Duele muchísimo. El más allá duele demasiado.—Hermana —llamó la suave voz de una niña desde el exterior—. ¿Puedo pasar?—Eh... —Me quedé pasmada por la repentina interrupción antes de responder—: Claro, pasa.La puerta de la habitación se abrió de par en par y entró una niña vestida con una túnica tradicional rosa. Tenía el rostro pequeño y redondo; se notaba que era la definición perfecta de lo tierno. ¿Cómo demonios podía alguien ser así de adorable? Se acercó a mí y se sentó en el cojín que estaba frente a mí.—Toma. —Buscó dentro de sus mangas y sacó un frasquito—. Es una pom







