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Capítulo 7

作者: Wheat Grain
Era mediodía y, en pleno verano, el interior del auto parecía un horno. El cuero de los asientos estaba tan caliente que a Roxie le ardía la piel donde lo tocaba.

Buscó el teléfono a tientas y llamó a Evan, pero no contestó. La temperatura seguía subiendo. La vista empezó a nublársele y un zumbido cada vez más fuerte le llenó la cabeza. Si seguía allí dentro, iba a morir.

Apretó los dientes, se volteó y tiró del reposacabezas hasta arrancarlo. Agarró las varillas metálicas y golpeó con ellas la ventanilla. Los golpes retumbaron dentro del auto. Insistió una y otra vez en el mismo punto, con todas sus fuerzas, hasta que el vidrio estalló.

El aire más fresco entró en el auto y la ayudó a despejarse un poco. Roxie salió por el hueco de la ventanilla y cayó con fuerza sobre el asfalto. Se quedó tendida, respirando aire fresco a bocanadas. Tardó un buen rato en reunir las fuerzas necesarias para ponerse de pie.

Entonces se dio cuenta de que el auto estaba estacionado a mitad de la subida, en una carretera de montaña llena de curvas. No muy lejos, en la ladera, parecía haber algún tipo de actividad de campamento.

Roxie distinguió a Evan enseguida. Con una mano sostenía un paraguas para proteger a Sylvia del sol y, con la otra, le acercaba con cuidado una botella de agua a los labios. Sylvia bebió un sorbo y dijo algo que Roxie no pudo oír. Evan casi nunca sonreía, pero esa vez lo hizo, divertido por lo que ella le había dicho.

A Roxie le pareció tan absurdo todo aquello que casi le dio risa. Apartó la mirada y bajó la montaña con las piernas pesadas como el plomo. Cada paso le dolía, pero por fin consiguió un taxi que la llevara al hospital.

Evan la llamó poco después de que llegara.

—Roxie, ¿por qué te fuiste sin avisarme? ¿Y qué le pasó al vidrio de mi auto? —preguntó por teléfono.

—Evan Shaw, me dejaste encerrada en el auto para sostenerle el paraguas a Sylvia y darle agua —le reprochó Roxie con la voz ronca—. ¿Tienes idea de que casi me muero ahí dentro?

Hubo dos segundos de silencio al otro lado de la línea.

—Perdón —se disculpó Evan—. Me bajé de prisa y se me olvidó lo mucho que iba a calentarse el auto. Vi al grupo de Sylvia preparando su evento. Es una chica joven y estaba cargando con todas esas cosas en pleno verano. No podía quedarme mirando sin ayudarla. ¿Y si le daba un golpe de calor?

Roxie se rio al oírlo hablar como si aquella fuera una explicación razonable. Le había preocupado que Sylvia sufriera un golpe de calor, pero había olvidado a Roxie, que ya tenía fiebre alta, encerrada en un auto sin ventilación.

—Evan, me acaban de revisar en urgencias —le informó—. El médico dijo que sufrí un golpe de calor grave. Media hora más ahí dentro podría haberme causado un daño cerebral permanente.

A Evan se le cortó la respiración.

—Roxie… —intentó decir, pero ella colgó sin darle oportunidad de continuar.

Hizo un esfuerzo por no perder el conocimiento y llamó a un amigo.

—Pon a la venta la vieja casa de mi madre —le pidió, cansada—. Necesito venderla lo más rápido posible. Necesito el dinero.

Después revisó su lista de contactos y llamó a todos los que pudieran tener alguna conexión con el doctor Chandler. Tenía que conseguir que operara a su madre.

A primera hora de la mañana siguiente, Evan fue al hospital. Al ver lo pálida que estaba Roxie, la culpa se reflejó en su mirada.

—Roxie, no pensé bien las cosas —se disculpó—. Perdón.

—Evan Shaw, no necesito que me pidas perdón —le dijo Roxie al mirarlo—. Te lo repito: terminamos. Devuélveme mis cincuenta y cinco mil dólares.

Evan respiró hondo para contener la irritación.

—¿De verdad tienes que buscarme pelea justo ahora? —le reprochó—. ¿Puedes dejar de comportarte como una niña y de ponerte celosa de Sylvia sin motivo?

Roxie ya no tenía fuerzas para discutir. Se arrancó la vía que llevaba en el dorso de la mano, echó la manta a un lado y empezó a levantarse de la cama. Evan la sujetó del hombro y la obligó a recostarse otra vez.

—¿Adónde vas? —preguntó, sin retirar la mano—. En tu estado, necesitas quedarte aquí en observación por lo menos una semana.

Roxie miró con frialdad la mano que él tenía en su hombro.

—Si no fuera por ti, no habría sufrido un golpe de calor —le recordó—. Y si no fuera por ti y por Sylvia, mi madre no estaría en la UCI.

Evan la miró con dureza.

—Lo que le pasó a tu madre fue un accidente —replicó—. ¿Por qué tienes que meter a Sylvia en todo? ¿Puedes ser racional por una vez?

—Está bien. Entonces dile a Sylvia que me devuelva mis cincuenta y cinco mil dólares o llama al doctor Chandler y pídele que opere a mi madre —le exigió Roxie con una sonrisa de burla—. ¿Cuál de las dos cosas estás dispuesto a hacer?

—Ya te lo dije —respondió Evan, apretando los labios—. Ninguna de las dos cosas sería apropiada.

—Entonces apártate —le ordenó Roxie con una risa fría.

Lo empujó a un lado y salió de la habitación.

Los días siguientes fueron agotadores. Roxie iba de un lado a otro de la ciudad siguiendo cualquier pista sobre el doctor Chandler, acompañaba a su madre en la UCI y llamaba uno por uno a sus familiares y amigos para decirles que no habría boda.

Evan también estaba ocupado: dirigía el hospital y ayudaba a Sylvia a sacar adelante el proyecto al que había destinado setecientos mil dólares, incluidos los ahorros de los dos.

Por fin, la tarde del quinto día después del ingreso de su madre, Roxie recibió una llamada de su amigo.

—¡Roxie, lo encontré! —le anunció, emocionado—. ¡El doctor Chandler está en la ciudad! ¡Esta noche va a una gala benéfica!

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